lunes, 23 de abril de 2018

Pañuelos en compañía



Esther es de mis amigas más antiguas. Vivía a pocos metros de mi casa por lo que casi siempre veníamos del colegio juntas contándonos nuestras cuitas y nuestros sueños. Tengo fotos de cuando teníamos unos 16 años, en aquellos tiempos gloriosos de veranos infinitos, un día de playa en Las Teresitas con la pandilla de entonces. Después vinieron mis estudios fuera, las bodas, los hijos, los trabajos en sitios distintos, y luego nos perdimos la pista en años. Y de repente un día, en un viaje a Londres ¿a quién me encuentro en la  guagua de una excursión organizada a Stratford y a Oxford? A mi amiga Esther, con su marido y su hija. Besos, abrazos y ¡qué benditas casualidades se dan en la vida! Fue como si no hubiera pasado el tiempo.

Después ya todo fue muy fácil y hace cerca de 20 años que retomamos los ratos de charla y confidencias, un gintónic al atardecer frente al mar de vez en cuando y eso tan bueno que llamamos amistad.

Casi todos los meses nos reunimos con nuestro grupo de amigas del colegio y hacemos un "tour" (ver una exposición o hacer alguna visita a un lugar interesante...) con una comida posterior en amor y compaña. Ahí está siempre la sonrisa de Esther que, igual que le ha echado coraje a la vida y a todas sus contrariedades, ahora ha sido igual de valiente frente al cáncer. "Es lo que toca", dice sin hacer aspavientos ni verlo como una tragedia. "Pero no me gustaría que se me cayeran las pestañas", puntualiza. Y el cielo parece haberla oído porque sigue igual de guapa con sus preciosos ojos de siempre.

La semana pasada hicimos nuestra acostumbrada fiesta anual en mi casa. Es un día especial en el que todas procuramos asistir, incluso las que viven en otra isla o en la península. Cada una trae un plato rico, hay regalos y sorpresas, Chari nos da un CD con las más de 600 fotos del año, Nievitas reparte exquisiteces palmeras, y algunas traen libros ya leídos para quien los quiera... Sobre todo, hablamos, nos reímos y nos damos cuenta de que un grupo como el nuestro de 24 amigas, tan distintas, que se conocen desde hace más de 60 años, se sustenta especialmente en todo lo compartido, en la confianza, en la tolerancia y en el buen humor.

Este año en el que a Esther ya solo le queda la última sesión de quimio y apareció con su pañuelo en la cabeza, todas sacamos nuestros pañuelos y nos los pusimos también. Y mientras nos reíamos con ella comparándonos con la vieja del visillo, con Lord Byron, con el pirata de la pata de palo, con un motero o con la Bruja Peruja, brindamos por todo lo bueno y dimos por hecho que lo de menos es el pelo o el peinado, y que lo de más es todo lo que la queremos y la admiramos.

Roguemos para que siempre ondeen pañuelos solidarios por todos los que en este momento plantan cara al destino. Incluida mi amiga Esther.

(En la foto, algunas de mis amigas con Esther en la comida del miércoles pasado luciendo pañuelos)

lunes, 16 de abril de 2018

Se atormenta una vecina




Imitando al Anoniman que pone carteles geniales en la Autopista y que hace un tiempo puso este que hoy le he cogido prestado para mi título -"Se atormenta una vecina"-, hoy quiero que hablemos precisamente de vecindades que son un tormento. Y es que de esas las hay de varios tipos.

Está el vecino flamenco, que es el que, viviendo en el piso de encima, taconea todo el día, él, su familia y hasta el gato, al ritmo de soleares y bulerías; está el nómada, al que le da (preferiblemente por las noches), por trasladar muebles de una habitación a otra; el vecino melómano admite variantes, desde el que aporrea el piano a la fan de Mari Trini (ésta me tocó a mí una vez); el vecino plasta es el que te cuenta vida, milagros, enfermedades suyas y de toda su parentela. Tuve una vez uno al que llamábamos El Ohmio porque, si nos descuidábamos y nos cogía en el ascensor, nos endilgaba un curso de electricidad en lo que subíamos 5 pisos; también el vecino investigador, del que hay abundantes ejemplos en la literatura y el cine: James Stewart en "La ventana indiscreta", las amigas de la señorita Marple en las novelas de Agatha Christie, que hasta llevan prismáticos "para ver pájaros", dicen, o las que aparecen en la siempre inquietante Patricia Highsmith... Aunque la realidad supera a la ficción.

Y luego hay otro tipo de vecindades tormentosas: cuando te toca al lado de tu casa una circunstancia desagradable. Por ejemplo, los carnavales, que no te dejan dormir en una semana. O lo que se cuenta en "El adivino" de Astérix y Obélix, en el que el protagonista vive al lado de una fábrica de curtidos en Roma, que debe ser lo más apestoso del mundo. O también lo que le pasaba a mi amiga Cae, que vivía al lado de la Refinería, mañana, tarde y noche con el chacachaca de los motores y el humo de las chimeneas.

Y últimamente, que estoy yendo a recoger una vez por semana a mis nietos al colegio, se me ponen los pelos como escarpias cuando veo el caos en que se convierten las calles vecinas a esas horas. Hay coches hasta en tercera fila, aparcados en garajes y en pasos de peatones, que muchas veces no hay por dónde pasar, y personas que quieren salir de sus casas y no pueden, tocando la pita desesperadas. Parece una película de Buñuel.

¿Comprenden por qué vivo en donde vivo, a pesar de que solo pasan por aquí cinco guaguas al día? Cuando me despierto, oigo el piar de un pájaro en el naranjo, el arrullo de las palomas en el palomar y el viento en los árboles de la huerta.

lunes, 9 de abril de 2018

Compartir o no un buen chismorreo: he ahí la cuestión




Mi amiga Pepa me mandó hace poco un wasap de esos que pululan por las redes. Era una foto en blanco y negro de tres chicas desnudas en la playa, una de las cuales tenía un gran parecido hasta en la postura -hombros ligeramente caídos y cabeza hacia delante- con Angela Merkel en su juventud.

Por curiosidad y por saber si era verdad que en sus años mozos había sido tan natural y desinhibida, reenvié la foto a un amigo que es de Historia y él me dijo que es una foto muy conocida, que había aparecido en una revista nudista en los años 60 y que, a pesar del enorme parecido,  no podía ser la Merkel, que por aquel tiempo era una niña. Me mandó también un enlace en el que analizaban la foto en ese sentido. Cuando le contesté a Pepa con la rectificación, me dijo que no debería haberla reenviado, que no le gustaba contribuir a que ese tipo de fotos se propagase.

Aunque ni se me ocurre enviar ninguna foto personal sin el permiso de sus dueños, no actúo igual con las fotos públicas. En esta en concreto, a pesar del desnudo, vi frescura, libertad e inocencia en la mirada de las tres jóvenes que, sin ningún tipo de recato, sonreían con naturalidad ante el fotógrafo. Incluso me empezó a caer bien Doña Angela, una señora con la que no tengo ninguna afinidad. Pero el rechazo de mi amiga Pepa sobre su difusión me hizo pensar, sobre todo en estos tiempos en que parece que todos llevamos una ventana indiscreta en el bolsillo y en los que la difusión de nuestros datos nos hace vulnerables, visto el último escándalo de Facebook y Cambridge Analytica. Como nos avisa El País, "el rastro que un usuario deja a su paso por Internet y la información privada que va cediendo, a menudo sin ser consciente de ello, se van acumulando hasta convertirse en un codiciado botín, una bomba cuya explosión es solo cuestión de tiempo y que puede tener efectos catastróficos" ¡Qué miedo!

¿Qué debemos hacer entonces, ahora que ya nos hemos acostumbrado a esta conversación global que es Internet? ¿Qué compartir y qué no? ¿Dónde acaba lo público y empieza lo privado? ¿Nos estamos convirtiendo en chismosos universales?

Por una parte, el que cualquier noticia de interés público pueda propagarse al instante y media humanidad esté al tanto de lo que hace la otra media es bueno porque favorece la claridad y se les hace más difícil a los jerarcas engañar u ocultar desmanes.

Por otra parte, tal vez estemos convirtiendo al planeta en un gigantesco lodazal de chismes, rumores y noticias distorsionadas. Inconscientemente, se me presenta delante la imagen de los establos de Augías, tan llenos de mierda del ganado del rey, que Hércules en uno de sus 12 trabajos tuvo que desviar el curso de dos ríos para limpiarlos en un solo día. Si, sin darte cuenta, contribuyes a ensuciar honras, se necesitaría algo más que el caudal de dos ríos para limpiarlas.

Tal vez deberíamos fiarnos de Sócrates y, ante cualquier noticia que queramos compartir, pasarla por su triple filtro: ¿es verdad? ¿es buena? ¿es útil? Si la respuesta es negativa, mejor no la cuentes. 
¿Es verdad la noticia de la Merkel ? Por lo que parece, no.
¿Dice algo bueno de ella? Para mí particularmente, sí: la humaniza y la acerca a los demás. Pero entiendo que hay personas a los que el desnudo no les parezca bien ¿Se acuerdan de Il Braghettone, el que cubrió las partes pudendas de los personajes del Juicio Final en la Capilla Sixtina?
¿Es útil saber que la mujer más poderosa de Europa tuvo una juventud hippy y libre como muchas de su generación? Tal vez sí, si se quiere hacer un retrato fidedigno de ella, pero...

Pero como en las tres respuestas hay "quizás", "puede ser" y "tal vez" y no hay seguridad, debería darle la razón a mi amiga Pepa, hacer el acto de contrición sintiendo haber sido una retuiteadora contumaz y cumplir la penitencia de no reenviar tanta foto. Como dice Manuel Vicent "si persistes en enterarte de las noticias  que llenan de basura moral el mundo y las prefieres al aroma de café que te llega de la cocina, es que estás muerto"

Y de lo que se trata es de vivir.

(En la imagen, la limpieza de los establos de Augías por Hércules)

lunes, 2 de abril de 2018

La infancia me envió una postal




"A veces la infancia me envía una postal" es un verso del poeta Michael Krüger en su libro "Previsión del tiempo" ¡Qué verdad más grande! Yo no sé a ustedes, pero a mí a cada rato se me llena el buzón de la memoria de postales de mi niñez. Miren, si no, la que me mandó esta Semana Santa pasada sin ir más lejos.

En una familia tan religiosa como la mía, en Semana Santa los niños asistíamos a todas las misas, visitábamos todos los monumentos, coleccionábamos estampitas hasta de San Dionisio Areopagita, veíamos en el cine "La túnica sagrada" y "Los diez mandamientos" y no había procesión a la que no asistiéramos como una santa obligación y como si fueran a pasar lista. Y de todas, la más importante para nosotros era la del Señor de las Tribulaciones porque pasaba por mi casa, por la calle estrechita y entonces de callaos del Barrio del Toscal que lleva su nombre: calle del Señor de las Tribulaciones.

A nosotros, los niños, nos encantaba la vida del barrio. Enfrente de casa había un pasaje y una ciudadela con mucha vida y muchos niños, y casas terreras a lo largo de la calle, con tejado unas y  con azotea otras, en las que veíamos gallinas, conejos y hasta una cabra. Estaba el estanco de Gobi, el futbolín de don Federico , la carpintería de Vicente, la venta de Bartolo en la esquina, el carrito de doña Nati más arriba...En el taller de mecánica de enfrente de mi casa estuvo mucho tiempo un King Kong de una carroza de carnaval que medía 5 o 6 metros de alto  y que nos daba un susto de muerte cada vez que abríamos la ventana del despacho de mi padre (vivíamos en el primer piso) y nos encontrábamos frente a frente con la cabezota negra y amenazadora. En el centro de Santa Cruz el Toscal tenía entonces un aire de pueblo. Todos nos conocíamos.

Había muchos personajes pintorescos. Estaba el Tocatodo, que iba tocando coches, paredes, puertas y farolas; o el del Transistor, al que no vimos nunca sin él a la oreja; o el Cartucho, que dirigía el tráfico; o Quico, el borrachito que todos los sábados por la noche nos despertaba con una canción de Machín arrastrada: "Tengo una debilidá, ay qué calamidá, mi vida es un disgustoooo. Yo no sé qué voy a haserrrr, o me curo de este mal o me voy a enloqueseeeeerrr".

El día de la Procesión, el martes de Semana Santa, el barrio se vestía de fiesta. Se hacía una alfombra de flores de la que todo el mundo se sentía tan orgulloso como si fuera la del Corpus de La Orotava. Las ciudadelas se baldeaban, se ponían las más perfumadas y floridas macetas en las ventanas y todo el mundo preparaba sus galas. En mi casa ese día se montaba una merienda especial porque toda la familia y las amigas de mi madre venían a ver la procesión desde las 8 ventanas que daban a la calle. Desde por la mañana los olores de los marquesotes, los bollos de manteca y los almendrados que hacía mi abuela se notaban antes de subir la escalera. Recuerdo las torrijas y unos sandwichs que me gustaban mucho y que preparaba mi madre con una pasta hecha de sardinas en lata, pimientos, huevo duro y aceitunas. La mesa se vestía con el mantel bordado de La Palma y a los niños nos ponían desde temprano a deshojar rosas para echárselas al Cristo cuando pasara bajo nuestra ventana.

Y a la hora de la procesión, allí estábamos todos, acodados para ver al Cristo, las caras expectantes, las manos agarrando una cesta llena de pétalos de flores, preparados, listos, ya, para tirarlos; la música vibrando cuesta arriba, la calle llena de gente con sus trajes de fiesta, las mujeres de la ciudadela de enfrente alegando... y Quico, el borrachito, que va y les dice con la misma voz tronante con la que nos despertaba los sábados: "¡¡¡Chissst!!! ¡¡¡A callar todas ustedes!!! ¿No ven que está pasando el Señor de las Tres Purgaciones?"

Esta fue la postal que este martes pasado de Semana Santa me envió mi infancia.

(Gracias a Javi, Isa, Pepe y Clari, que en este martes de Semana Santa de 2018 me sirvieron de corresponsales y me fotografiaron la procesión del Señor de las Tribulaciones. Y a Iris, por compartir recuerdos)

lunes, 26 de marzo de 2018

Hacia el Tornasauce




¿Se han fijado la cantidad de veces que, en muchos momentos de nuestra vida, hacemos cosas que no queremos hacer, pero que las tenemos que hacer? Miren, si no, a mi marido. Lo que más le gusta del mundo es soltar sus palomas en las mañanas claras, verlas volar sentado en una hamaca debajo del naranjo de la huerta y silbarles después para que, obedientes a su señal, vuelvan al palomar. No parece pedir mucho ¿verdad? Y, sin embargo, a cada rato está rezongando porque se le acumulan los compromisos y las obligaciones: llevar el coche a la ITV, o sacar papeleos absurdos y permisos para cualquier cosa, o arreglar el bajante que se rompió en la cocina, o ir a una reunión de la comunidad de vecinos, que es una de las cosas más aburridas que existen, o someterse al dentista... En el caso de las mujeres, ¿hay algo peor que tener que comparecer ante un mamógrafo, "un híbrido entre plancha del pelo y compactador de residuos diseñado por algún heteropatriarca de libro que te las junta, eleva y aplasta hasta dejártelas reducidas a sendas tarjetas de crédito sin saldo", según la periodista y compañera de fatigas Luz Sánchez-Mellado?

"¿Cuántas cosas nos sentimos obligados a hacer -dice el protagonista de un libro que acabo de leer, "La mujer de la libreta roja", de Antoine Laurain-  por principios, por conveniencia o por educación, cosas que nos pesan y no cambian en absoluto el curso de los acontecimientos?". Yo, en esos momentos de desvalimiento, me acuerdo de Frodo y sus amigos, los hobbits de "El Señor de los Anillos" de Tolkien, cuando se internan en el Bosque Viejo, un bosque raro y hostil en que los árboles parecen moverse y llevarte a la zona más maligna, el Valle del Tornasauce en el sur. "¡No iremos en esa dirección!", dirá Merry. El caso es que ellos, todavía animados por el espíritu de la aventura, quieren ir hacia el norte y no hay manera: los senderos se desvían y descienden abruptamente al sur, los árboles se cierran, aparecen fallas profundas e inesperadas en el terreno y zarzas que obstruyen el paso... y, aunque no quieren, se ven obligados a seguir "un itinerario que otros habían elegido para ellos", hasta llegar a la parte más oscura y peligrosa.

Los salva, por supuesto, un ser mágico, Tom Bombadil, que aparece inesperadamente saltando por el camino, un tipo extravagante ("El viejo Tom Bombadil es un sujeto sencillo, de chaqueta azul brillante y zapatos amarillos", canta) que los rescata de los árboles asesinos y los lleva a su casa, un sitio seguro: "Nada entra aquí por puertas y ventanas, salvo el claro de la luna, la luz de las estrellas y el viento que viene de las cumbres".

Lo mismo nos pasa a nosotros en la vida. Muchas veces nos parece que no andamos nuestro propio camino sino el que otros han elegido por nosotros  y que te van poniendo zarzas y obstáculos y obligaciones y cosas que no te apetecen nada de nada, hasta que de repente puedes darte cuenta de que, si no has dicho muchas veces que no, estés llevando una existencia en la que no puedas sentarte debajo de un naranjo sin tener remordimientos. Mis ex-compañeros, que por ser más jóvenes todavía están trabajando y enseñando, me cuentan que se asfixian en papeles, que casi todo su trabajo -tan creativo- se difumina entre informes y que están deseando ser mayores para jubilarse. Demasiada seriedad, demasiados trámites, demasiados requilorios, demasiada lejanía de lo que verdaderamente importa.

No nos queda más remedio en este caso que sacudirnos y mirar por simplificar la vida lo más posible. Hay un montón de consejos para eso y todos los conocemos: actuar por placer y no por compromiso, no perder tiempo en lo que no lo merece, no ser esclavo de nada ni de nadie, no vivir para trabajar, dar importancia a los festejos y regocijos, no hacer caso al qué dirán, no agobiarnos ("no agoniarnos", decimos en La Palma)... Hacer lo que sea para no pasarnos la vida hundidos en el valle del Tornasauce, porque en nuestro caso no hay ningún Tom Bombadil que aparezca saltando por el camino.

lunes, 19 de marzo de 2018

Receta para ser una estupenda insensata




Mi aforista preferido, Sergio García Clemente, en su libro "Mirar de reojo", tiene una frase que me encanta y que dice así: "Llegar a la vejez con muchas ganas de vivir es una estupenda insensatez".

Hoy cumplo 70 años y, aunque todavía no me lo creo, se supone que esto es llegar a la vejez, lo cual se traduce en que me queda menos vida por delante que la que he dejado atrás. Yo tenía un tío  -la alegría de la huerta- que, a estas edades, cada vez que llegaba a casa decía lúgubremente: "Un día más. Y un día menos". Y sin embargo, a pesar de mi tío, cumplo años hoy con unas enormes ganas de vivir. Para celebrarlo y explicármelo, me he puesto a buscar y a reunir los estupendos ingredientes de la receta que ha hecho que sea tan insensata. Ahí les van:

De fondo y de principal componente pongo el encuentro, en una excursión que la Universidad hizo al Puerto hace 52 años, con la persona que más quiero y que más me quiere, la que me hace el desayuno cada mañana y que, si no fuera por el genio que gasta, le diría. "Santito, ¿dónde te pondré?".

A eso añado un cucharón de una infancia segura y feliz en una casa llena de gente donde todo el mundo opinaba, alegaba y se metía alegremente con el otro sin que temblara Roma. "El sol que brilló sobre mi infancia -decía Camus, y yo con él- me libró de todo resentimiento".

Lo adobo todo con hijos, parejas de hijos y nietos, de muy buena cosecha, que me miman, me resuelven los problemas de la vida moderna y empiezan a mirarme con cierta condescendencia, ¡angelitos!

Le echo un buen chorretón de amistad con mis grupos de amigos, "viejos amigos para conversar", pero también para  compartir los buenos y malos momentos. Cuento con ellos desde siempre y ellos saben que pueden contar conmigo.

Espolvoreo todo con especias extraordinarias: un pizco de familia grande, tolerante y divertida, por aquí; otro pizco de buenas elecciones en el camino de la vida por allá (la docencia de la filosofía, la empatía con miles de alumnos, la vida en el campo con el silencio como acompañante...); otro pizco de aficiones como leer y viajar, por acullá...

Al final culmino con la escritura de este blog que tengo desde hace 10 años (buena añada) y que proporciona un bouquet de nuevos amigos, nuevas reflexiones, nuevos encuentros. 

Revuelvo todo y dejo reposar.

Ahora es el momento de disfrutar la receta, de soplar las velas de una tarta rodeada de los que quiero y de sentirme felizmente insensata ¡Brindo por ello con todos ustedes!

(La imagen inicial es un dibujo de mi nieta Eva de José González)

lunes, 12 de marzo de 2018

Historias de Los Sauces: La historia de Lionor




Esta semana pasada perteneció a las mujeres. Ellas han sido protagonistas de marchas masivas, huelgas y manifestaciones en todo el mundo. A todos los wasaps nos han llegado las fotos y los vídeos; imágenes curiosas como la de "Las meninas" sin mujeres porque se habían ido de huelga (resultaba muy extraño y desangelado ver solo a Velázquez, al hombre de la puerta al fondo y al rey en el espejo); minicuentos como "Había una vez una princesa que se salvó sola. Fin"; un contrato para maestras de 1923 en el que no se podían casar ni ir con hombres, ni salir después de las 8 de la tarde, ni fumar o beber, ni teñirse el pelo, y otras lindezas por el estilo; frases, carteles, chistes..., todos sobre el mismo tema: la deseada igualdad de oportunidades y la misma consideración social para todos los seres humanos, independiente de sexo o condición.

En homenaje a esa larga lucha, hoy quiero hablarles de una mujer, una antepasada mía que vivió en Los Sauces toda su vida, desde que nació en 1775 hasta que murió en 1860, y cuyo testamento -una joya, oigan- me llegó gracias a Marcelo, otro de sus descendientes. Se llamaba Leonor Machín, aunque todos -y ella misma se nombraba así- la conocían por Lionor. Hablo de ella porque, en un tiempo en el que las mujeres pintaban muchísimo menos que ahora, fue poderosa e hizo lo que le dio la gana, a juzgar por lo que se conoce. 

Se casó con José Isidoro Herrera que no aportó nada al matrimonio, pero ella, la Lionor -detalla en su testamento-, heredó 13 propiedades (sus padres eran una familia rica de la costa de Los Sauces) y, durante el matrimonio, ampliaron sus bienes hasta tener 40 propiedades entre tierras y casas. Tuvieron 10 hijos y su testamento es un prodigio de minuciosidad al repartir todo entre ellos. Miren, por ejemplo, un párrafo donde detalla algunas cosas que había regalado a mi retatarabuela Josefa por su boda y cuyo valor reclamó después. Lo transcribo con la ortografía de la época:

"También declaro yo, la Lionor, que le di a la dicha María conosida por Josefa muger de José Conde cuando se casó una caldera de cobre que su valor eran cinco pesos corrientes, unos sarcillos de oro su valor cuatro pesos, un Rosario de asabaches con cruz de oro su balor dos pesos, una cruz de pecho su balor cuatro pesos y cuatro de plata porque era de oro, un telar de sintas su balor tres pesos, un clabo de pecho de oro su balor dos pesos, cuatro sábanas y una colcha, una cucharilla de plata, y es mi voluntad que lo que importan todas esas piesas y el valor que se le dará a las sábanas, colcha y cucharilla se le llebe en cuenta de su legítima. Cúmplase que es mi boluntad.". Impone ¿verdad?

De los 10 hijos dejó mejorados a 4, que heredaron 8000 pesetas de las de entonces, mientras que a los otros 6 les dejó 3000. Estos protestaron y hubo juicios hasta que años después se llegó a la partición de bienes. Se cuenta que a uno de esos juicios, muerto ya su marido, asistió la Lionor disfrazada de hombre porque no dejaban entrar a las mujeres.

Fue enterrada, tal como ella dejó dispuesto, en la capilla de la Virgen de la Iglesia de Montserrat. Fue arbitraria e injusta con sus hijos (vete tú a saber por qué), fue rica y, aunque no sabía escribir, supo hacer siempre su santa boluntad. Exactamente igual que un hombre.

Y digo yo ¿dónde habrán ido a parar los zarcillos de oro, el rosario de azabaches, la cucharilla de plata, las 4 sábanas, la colcha y las demás cosas que le regaló a mi retatarabuela?

(La imagen de inicio es de Los Sauces, arriba a la derecha)

lunes, 5 de marzo de 2018

El arte de insultar




Hace un tiempo recibí una llamada curiosa que me dejó perpleja. Era de un noviete que tuve a los 15 años a quien no había vuelto a ver ni oír desde entonces (y hablamos de más de 50 años). Por lo que se ve, se había enterado de mi número y me llamaba para contarme su vida (de la mía no me preguntó nada). Se había separado de su mujer y, además, se había enfadado con todos sus hermanos (tenía 6 ó 7) por follones de herencia, cosa que pasó a relatarme con pelos y señales durante las 5 ó 6 veces que continuó llamándome.

No recuerdo casi nada de los pormenores que me contó -eran muy aburridos, como suelen ser estas cosas-, pero sí lo que me fascinaron los insultos que prodigaba generosamente a toda su parentela, como si fuera un rey mago repartiendo caramelos. Eran insultos canarios, ya casi desaparecidos entre la juventud de hoy, pero habituales entre la de nuestra época. "El papafrita de mi hermano...", "la muy babieca...", "Es que es un totorota, un pollaboba, un belillo...", "Y me dijo como una guanaja...", "Es que no hacen sino chafalmejadas... ". Tortolín, troncocol, abobancado, tolete, canchanchán, sorullo, machango... salían de su boca como si fuera un diccionario ambulante, recordándome otros tiempos y otras maneras de insultar, menos agresivas y más pintorescas que las de ahora. Y es que da la impresión de que hoy el repertorio se ha limitado solo a unas cuantas palabras malsonantes, relacionadas con la sexualidad (cabrón, hijoputa...) o con la caca-culo-pedo-pis que tanto gusta a mis nietos pequeños (pedorro, bobomierda...).

Lo que sí hay que admitir es que el insulto es una característica universal. En todas las culturas se insulta alegremente al prójimo, aunque algunos insultos son bastante sosos, como en Japón en donde los improperios se relacionan con las verduras (¡Berenjena, que eres una berenjena!)  o cuando entre los judíos se manda a alguien "a molestar chinches". Además, aunque se intentan disimular disfrazándolos o poniendo puntos suspensivos ("vete a la m..."), todo el mundo está bastante bastante enterado de los insultos y sabe perfectamente cuál es la palabrota que se ha omitido. Como decía un personaje de Santa Cruz a quien le gustaba llamar a las cosas por su nombre: "¡No me diga consio, dígame coño!". Somos seres insultones y belicosos. Razón tenía Konrad Lorenz cuando decía que los seres humanos somos agresivos y que esa agresividad es precisamente uno de los motores del progreso.

Y no crean que aplaudo el insulto, Dios me libre. Cuando alguien apoya su discurso en insultos es que no encuentra argumentos racionales que le den la razón. Pero digo yo, si somos así de virulentos ¿por qué no hacerlos más originales? El capitán Haddock en las historias de Tintín domina perfectamente el arte de insultar. No cuesta nada ampliar el catálogo y soltar como él un ¡Cercapiteco! ¡Anacoluto!, ¡Bachibuzuk!, ¡Cataplasma!, ¡Giroscopio!, ¡Jugo de regaliz!, ¡Archipámpano!, ¡Colonquíntido!, ¡Rocambole!... Usar estos o los insultos canarios de mi noviete perdido sería una manera estupenda de dejar descolocado al que recibe la rociada y que este suelte un "¡Huy, lo que me ha dicho", dejándonos tan contentos de ser maestros, demonios, en el arte de insultar.

lunes, 26 de febrero de 2018

La solita




Yo tenía una compañera que se regodeaba en la soledad. La llamábamos "la solita" porque su frase "como soy solita..." le servía de pretexto para viajes y escaqueos varios. Además, empleaba el verbo "ser" y no el "estar", más provisional, como si la soledad formara parte de su esencia. El colmo fue una vez que me dijo que ella comía mucho pan porque "como soy solita...". Todavía me estoy preguntando por la relación entre la ingesta de pan y la soledad.

Pero, independientemente de este caso, sí es verdad que hay en este mundo muchas personas más solas que la una, hasta tal punto que en el Reino Unido se ha creado una Secretaría de Estado para la soledad, algo que dicen que puede ser tan grave para la salud como fumarse 15 cigarrillos al día. Tengo una conocida que hizo una carrera pero que nunca ejerció y se quedó en casa cuidando a sus padres. Ahora sus padres han muerto. No se casó, no tiene hermanos ni amigos. Solo algunos vecinos con los que habla cuando se cruzan por la escalera. No sé cómo se siente pero me lo puedo imaginar.

Las circunstancias y nuestras propias elecciones nos pueden llevar a esta situación. Pero, aunque hay cosas que escapan a nuestro cuidado y no podemos manejar, sí que podemos controlar nuestra reacción ante lo que nos pasa. A esta conocida yo le hablaría de mis amigas, muchas de las cuales viven solas, porque son viudas, o separadas, o solteras. Pero mis amigas se apuntan a un bombardeo si este les surge. Van a natación, a manualidades, a clubs de lectura, a guitarra, a cursos para mayores en la Universidad, a cerámica, a pilates, a academias de idiomas, a caminatas... Hacen viajes siempre que pueden, cuidan nietos, ayudan a personas más desfavorecidas, van a exposiciones y conferencias, al cine y al teatro, oyen conciertos, se manifiestan cuando hay que hacerlo (la última vez, por ejemplo, la semana pasada para protestar por ese espléndido 0,25 % que nos han subido en las pensiones) y, por supuesto, cuentan con amigas con las que se reúnen siempre que pueden. Hay miles de soluciones para desterrar la soledad, algunas tan originales como la que me contaba mi amiga Suzi, sobre el dueño de la casa donde ella vive en Viena, un señor también solo en la vida. Este señor se dedica muchas tardes a visitar casonas antiguas en venta, no para comprarlas , sino solo por el placer de ver un edificio bello y hablar con los dueños de la casa, con los que muchas veces termina tomando el té.

Aristóteles dijo que el hombre es un ser social por naturaleza. No está mal tener ratos de soledad, ser soberanos de nosotros mismos. El refranero español, tan sabio, recoge lo de "Más vale solo que mal acompañado". Pero necesitamos a los demás: hablar, discutir, compartir, contar con ellos. No hacerlo así sería hasta antinatural. Hagamos caso a nuestro ser social para no acabar como la solita y como aquella protagonista (siempre me pareció una guanaja) de una canción que mi madrina me cantaba con mucho sentimiento cuando yo era pequeña:

"A la orilla de un palmar 
yo vi de una joven bella
su boquita de coral, 
sus ojitos, dos estrellas.
Al pasar le pregunté
que quién estaba con ella
y me respondió llorando:
"Sola vivo en el palmar.
Soy huerfanita,
no tengo padre ni madre,
ni un amigo 
que me venga a consolar.
Solita paso los días
a la orilla de un palmar
y solita voy y vengo
como las olas del mar".

. .

lunes, 19 de febrero de 2018

Alta alcurnia




Me encanta cuando mis nietos mayores vienen a quedarse a casa y pasamos, como el lunes pasado por la noche, un rato tranquilo después de cenar: mi nieta mayor con sus dibujos, el de 12 poniendo leña a la chimenea y haciéndole fotos, mi marido poniendo música de jazz de fondo, yo leyendo... Una gozada. Al día siguiente, después de un desayuno tardío, me encantó también quedarnos hablando un rato, sin tener prisa por nada. Entonces fue cuando mi nieta me preguntó si teníamos árboles genealógicos de nuestra familia. "Por supuesto -le dije-, somos descendientes de palmeros y los palmeros son como los hobbits". Les enseñé, para que lo vieran, el prólogo de "El señor de los Anillos" de Tolkien, donde dice: "Todos los Hobbits eran, de cualquier modo, gente aficionada a los clanes, y llevaban cuidadosa cuenta de sus parientes. Dibujaban grandes y esmerados árboles genealógicos con innumerables ramas. Cuando se trata de los Hobbits es importante recordar quién está relacionado con quién, y en qué grado.". Pues lo mismo se puede decir de los palmeros. A mí más de una vez, cuando he ido a Los Sauces, me han parado en medio de la calle para preguntarme: "¿Y tú de quién eres?".

Así que saqué la carpeta de los Rollos Ancestrales y empezamos a sumergirnos en el complicado mundo de los parentescos. Resultaba divertido para mis nietos ver hasta dónde llevaban algunas ramas. Una línea de mi abuela Lola llega hasta un maestro de azúcar de principios del siglo XVI que se llamó Diego Machín; otra de mi bisabuela Pepa nos emparenta, allá por el XVI, con los Díaz Pimienta, que eran portugueses llegados a La Palma. Hay hasta una antepasada casada con Diego Rodríguez de Talavera, que desembarcó en Barlovento para ayudar a la conquista de La Palma y que dio nombre al puerto de Talavera. Por los Duques y mi abuelo Gabriel hay un árbol (salió en el periódico "El Día" en un reportaje sobre nuestra familia, maestros constructores y carpinteros a quien se debe la construcción de muchas casas y obras en La Palma) que llega hasta principios del siglo XIX con Estanislao Duque Domínguez, que tuvo 10 hijos, uno de los cuales fue mi tatarabuelo. Hay hasta otra genealogía de mi bisabuela Natalia que llega hasta un rey indígena de El Hierro llamado Osinisa y nacido en 1380. Mis nietos leían asombrados, buscaban en Internet (a su retatarabuelo Estanislao le encontraron ascendencia en Fernando de Castilla, Regidor de La Palma) y hacían un montón de preguntas ¿Tenemos sangre guanche? ¿Y eso por qué se sabe si en 1380 ni siquiera la isla estaba conquistada? ¿Por qué mis abuelos tuvieron 3 hijas que se fueron muriendo de pequeñas (menos la última) y a las 3 las llamaron Lolita? 

Yo les contaba que, aunque muchos de esos trabajos se hacen con seriedad, no hay que fiarse enteramente de ellos porque la historia muchas veces se ha desfigurado a favor de intereses privados;  que lo de las Lolitas seguro que era un antojo; les recalqué que no se fijaran mucho en pamplinas y relumbrones, y que de lo que tenían que sentirse muy orgullosos es de ser descendientes, no de famosos ni de altos personajes, sino de los fuertes. En épocas en que la mortalidad infantil era tan grande, en que había guerras, inseguridad y epidemias, nuestros antepasados sobrevivieron a todo eso, llegaron a adultos y procrearon. Por eso estamos aquí. Hasta le conté una noticia que encontré en "La Opinión de Tenerife", del 12 de octubre de 1896 en la que hablan de que a mi abuelo Gabriel, entonces con 3 años, lo había atropellado un caballo en la calle del Cantillo de Los Llanos. Si llega a matarlo, ninguna de las 80 y pico personas que hemos descendido de él hubiera existido.

Tan entretenidos estábamos con todos estos tejemanejes que, cuando miré la hora, eran cerca de las 2 de la tarde y no había empezado a hacer las albóndigas para la comida. Les dije entonces una frase que mi madre soltaba cuando también se le hacía tarde: "Los que de alta alcurnia descendemos o comemos tarde o no comemos".

lunes, 12 de febrero de 2018

Cocina de carnaval




No crean que con este título aludo a comidas típicas de carnaval, aunque ganas me dan de recordar y, sobre todo, de volver a comer las deliciosas sopas de miel que religiosamente se hacían en mi casa por estas fechas cuando vivía mi madre.

No. Con este nombre, "Cocina de carnaval", me refiero a que, de un tiempo a esta parte, veo que cada vez más la comida se disfraza, se oculta bajo máscaras para parecer otra, se le añaden colores, texturas, brillos que no son los propios de su naturaleza, de tal manera que, cuando la vemos en el plato sin reconocerla, pareciera decir: "¿Me conoces, mascarita?". Por ejemplo, el mes pasado, en la 16ª edición del Congreso Gastronómico Madrid Fusión hubo quien presentó como el no va más los huevos fritos de colores (en la foto). Nada que ver con los huevos de siempre, de gallinas que corretean por las huertas, con su yema doradita en la que mojar pan, y festoneados del encaje de una clara blanca -para mí, una de las maravillas del mundo-. ¡No, ahora a disfrazarlos de verde, rojo, azul, marrón y de todos los colores del Arco Iris, que ni los va a conocer la madre que los parió (la gallina)! Y hubo allí más inventos y caretas, como comer los crustáceos con cáscara y todo (cuando todos sabemos que la belleza de un cangrejo está en el interior), o la comida azul, hecha con un alga que se llama espirulina, que ni que estuviéramos en el país de los pitufos... ¡Señooooor! Por eso sorprendió tanto que un chef japonés se limitara a freír unas alitas de pollo, las presentara en una cajita y, hala, a comer, que de eso se trata.

Y es que no hay que volverse loco con las comidas. Y si no, que se lo pregunten a mi marido. Cuando se jubiló dos años antes que yo, se quedó como dueño y señor de la cocina mientras yo me iba a trabajar. A pesar de que había cocinado muy poco, nunca me preguntó nada y yo llegaba a casa a mesa y mantel puesto como una señora. Me ponía pollo, por ejemplo, y yo le decía: "¡Qué bueno! ¿Cómo lo has hecho?" "Ah, pues lo he hecho al horno con sal y pimienta, un chorrito de vino, un chorrito de aceite y unas hierbitas.". Al día siguiente, me ponía pescado y la receta era "al horno, con sal y pimienta, un chorrito de vino, un chorrito de aceite y unas hierbitas.". Cuando le decía que todo lo hacía igual, me contestaba que no, que las hierbitas siempre eran distintas.

Tal vez se estén pasando con todo este boom de la cocina, con tantos masterchef y tantas "nutripolleces" (la palabra es de Anthony Warner en "El chef cabreado").  ¿Y si seguimos fieles a una comida sana y sencilla, y sin abalorios añadidos para que una simple merluza no parezca la reina del carnaval? Una cazuela de pescado, un buen puchero, una carne compuesta, una pata de cordero o un bacalao al horno... ¿Hay algo más perfecto que una croqueta? Tan humildes ellas y hasta han conseguido un día, el 16 de enero, como Día Internacional de la Croqueta. Son las comidas de casa de toda la vida, hechas con sentido común y buenos productos.

A uno de esos grandes cocineros de platos con destellos de oro y técnicas ultraferolíticas se le preguntó qué comía en su casa y contestó: "Lo que me pone mi madre". Y la madre de los Roca, con 81 años y 50 al frente de Can Roca (3 estrellas Michelín) resaltaba en Madrid Fusión el valor de lo sencillo y de lo que se tiene a mano como punto de partida ¡Cuántas veces una hace un arroz amarillo o inventa una ensalada con lo que se encuentra en la nevera! Como decía aquel chiste viejo (y sabio): "¿Cómo se llama la comida china en China? ¡Comida!". Eso sí, como diría Arguiñano, simple y sencilla y sin disfraces, sí, pero también rica, rica, rica.

lunes, 5 de febrero de 2018

Un lento vino pálido




El mayor inconveniente de haber llegado a una edad tan provecta como la mía es que se nos están muriendo a cada paso los de alrededor y el tanatorio se nos ha convertido en un lugar habitual. Como decía la poeta colombiana Meira Delmar, "y se me va llenando / de nostalgia la vida / como un vaso colmado / de un lento vino pálido...".

Este mes de enero he ido a dos entierros de dos personas, una mujer y un hombre a los que no conocía. Una va a esos sitios llevada por el cariño que se les tiene a sus familiares y amigos, con la sana intención de acompañarlos y darles un abrazo. Pero, después de todo, los que han muerto son los verdaderos protagonistas y todos los que los quisieron están allí porque ellos existieron. Quieras que no, las vidas que vivieron, las personas que fueron, sus experiencias, sus sentimientos, están también presentes y se van haciendo reales cuando allí, en el tanatorio, escuchas.

Ella fue una mujer que ha muerto con 46 años. Tenía dos hijas a las que adoraba y a las que preparó (si es que eso se puede) para el golpe que habían de recibir. Cuando en diciembre ya supo que le quedaba poco tiempo, se las llevó a Eurodisney para regalarles un último recuerdo brillante. Era una mujer vital, alegre, muy guapa -ojos verdes preciosos y sonrisa perenne-. Sus amigos y primas recordaban aquella vez que se disfrazó de Torrente con unos dientes horribles, lo divertida y bromista que era, lo que le gustaba esquiar y sentir el frío en la cara, la voz tan dulce y cálida cuando cantaba...

El fue un hombre que ha muerto con 83, aunque hacía años que la niebla del alzheimer lo fue despidiendo poco a poco. Pero, antes, fue una persona valiente y decidida -"se atrevía a cualquier cosa, no tenía miedo a nada"-, un hombre entusiasta, divertido, ingenioso y culto. Le encantaba el fútbol ("estuvo a un paso, cuando era joven, de que lo fichara el Real Madrid"), la literatura, la música ("¿Te acuerdas de lo que le gustaba Ray Conniff?"), las canciones y el parrandeo ("él fue quien me enseñó a tocar el timple"). Tuvo una vida plena: estudió Derecho, tuvo 4 hijos, viajó, vivió en Londres un año, cambió de trabajo cuando quiso y hasta escribió poesía. Alguna vez se le oyó decir que él tenía 150 años porque el tiempo que vivió, lleno de tantas y tantas experiencias, le había cundido.

Los dos se diferencian en edad, en sexo, en las circunstancias en las que vivieron y en las que se han ido. Pero los dos fueron personas que amaron y fueron amadas, que han pasado por la vida dejando huella en los demás, que vivieron intensamente. Para los que no los conocimos, son dignos de respeto y admiración porque supieron vivir. Para los suyos -a pesar de la nostalgia, ese lento vino pálido- siguen estando presentes. Son la "luz que nunca se extingue" de la que habló otro poeta.

Ella se llamaba Ruth. Él se llamó Nicolás.

lunes, 29 de enero de 2018

Ya nadie borda en La Palma




Nosotras, las mujeres que ahora rondamos los 70, no hacíamos como nuestras madres y abuelas, que reunían su dote a lo largo de los años previos a casarse (destino casi obligado en aquellos tiempos). Pero sí es verdad que todas aportábamos a la futura casa juegos de sábanas, mantelerías, toallas y hasta alguna bolsa de pan, preferiblemente bordado todo en La Palma.

Y es que entonces todas las mujeres bordaban. En las casas que visitaba en mi infancia, siempre había un cuarto de costura (ya he hablado aquí del de mi casa) en el que se hablaba de bodoques, de bordados richelieu, de matizado indefinido, de punto cruz, de presillas, vainicas dobles y calados. En mi recuerdo está la imagen de mi abuela con las gafas sobre la punta de la nariz, sentada con los pies en un escabel y la almohadilla de bordar sobre el regazo, transformando una tira de tela en un prodigio de flores realzadas. Todas sabían bordar divinamente, cosa que a mí (que, como saben, no sé coser sino botones) me llenaba de una profunda admiración. Los prodigios que salían de las manos palmeras y tinerfeñas eran únicos y famosos en el mundo. Isabel Allende, hablando de un sarao en "El Zorro: comienza la leyenda", lo describe así: "Hubo comida por tres días para quinientas personas, separadas por clases sociales: los españoles de pura cepa en las mesas principales con manteles bordados en Tenerife, bajo un parrón cargado de uvas; la gente de razón con sus mejores galas en las mesas laterales a la sombra; la indiada a pleno sol en los patios, donde se asaba la carne, se tostaban las tortillas y hervían las ollas de chile y mole". ¿Llegaría un tiempo en que nadie bordara aquí? Inconcebible.

De todo esto hablaba hace poco con mi amiga palmera Nievitas (que tampoco borda), cuando yo le comentaba que estas navidades jubilé el mantel que mi madre me regaló hace más de 20 años, un mantel blanco bordado entero en richelieu, que yo ponía religiosamente en cumpleaños y nocheviejas. En los tiempos de mi abuela, muchas de esas prendas no se usaban y se dejaban amarillear en baúles, esperando ni se sabe qué. Pero tanto mi madre como mi hermana y yo nunca hemos guardado el reposo a nada: a usarlo y a recrearnos en ello, que para eso está. Y en este caso, le decía yo a mi amiga que, aunque me daba mucha pena porque fue uno de los últimos regalos de mi madre, el mantel de rechi (como lo llaman allí) no aguantaba ni un lavado más ¿Se podría encargar otro?

Entonces fue cuando me dijo que ya nadie borda en La Palma. Bueno, sí, se dan cursillos para unas pocas personas y todavía queda alguna bordadora de las de antes. Pero ha desaparecido como trabajo corriente y ahora resulta bastante difícil encontrar quién te borde un mantel y no digamos un ajuar completo (si es que todavía eso existe). ¿Las razones? El precio prohibitivo frente a los bordados chinos; lo "detenoso" de un trabajo manual tan fino, ajeno al ritmo de la vida actual; o la interrupción de la cadena de aprendizaje de madres a hijas por el cambio en la educación y en el papel de la mujer hoy (antes, apenas levantabas un pie del suelo, ya te daban aguja, hilo, dedal y un trapito para que fueras tomando recortes). Ahora los cuartos de costura se han quedado vacíos.

Y en esas estábamos cuando quiso el destino que, el mismo día en que hablé con Nievitas del tema, ella se encontrara con una señora que estaba vendiendo su ajuar sin estrenar y que le ofreció un mantel blanco precioso, también bordado en richelieu. Mi amiga, que cree en las señales, entendió que ese era un guiño que mi madre le enviaba desde el más allá, y entonces lo compró y me lo regaló, casi considerándolo como un milagro.

A mí lo que me parece un milagro es que pueda seguir celebrando comidas con mi gente sobre una obra de arte y brindando (¡con cuidado de que no caiga una sola gota en el mantel, eh!) por que todavía podamos gozar de esos bordados legendarios. Pero, sobre todo, lo más milagroso es contar con amigas así de sensibles y generosas. Y que además crean en los milagros.






lunes, 22 de enero de 2018

Desta escapemos




"Desta escapemos" es la fórmula tradicional en broma que usan mi familia y amigos después de un viaje en avión para comunicar que hemos llegado bien, que no ha ocurrido ninguna de las catástrofes imaginadas antes del viaje y que, al final de este, nuestros pies han tocado la bendita tierra. A los canarios, obligados como estamos a viajar por los aires, nunca nos extrañó que el Papa Juan Pablo II, en sus visitas por el mundo, nada más bajar por la escalerilla, se lanzara a besar la tierra como un poseso. Tentada he estado yo de hacerlo más de una vez después de un zarandeado vuelo.

Esta semana pasada he pensado en que muchos habrían usado la frase familiar -de conocerla- después de ver las perrerías que el destino ha hecho con el mundo. Lo deben de haber dicho los 168 pasajeros del avión turco que derrapó en el asfalto mojado de la pista del aeropuerto de Trebisonda y se cayó por una pendiente hasta quedar embarrancado cerca del mar (en la imagen inicial). Imagínenselo, el morro hundido, la cola levantada, humo, olor a gasolina, y la gente horrorizada, gritando y tratando de pasar por encima de los demás. No hubo muertos ni heridos, pero no me digan que no es para decir, ya en tu casa cuando se lo cuentes a familia y vecinos, un aliviado "Desta escapemos".

Lo tienen que haber seguido diciendo los hawaianos que recibieron en sus móviles un mensaje del servicio de alertas oficial que, en mayúsculas, rezaba: "Amenaza de misil balístico en dirección a Hawai. Busque refugio de inmediato. Esto no es un simulacro". También el aviso interrumpió la programación de televisión y radio.  La Agencia de Emergencias tardó 10 minutos en Twitter y 40 en los móviles en avisar de que era una falsa alarma. En ese intervalo angustioso, unos buscaron refugio para los niños, otros se pusieron a rezar, otros se despidieron de sus seres queridos... ¿Dónde puede uno esconderse ante un caso así? Un jugador de golf, que participaba allí en un torneo, tuiteó: "Estoy debajo de colchones metido en la bañera con mi mujer, mi bebé y mis suegros. Por favor, Señor, que la amenaza no sea real". Lo menos que se puede decir después, tras maldecir en arameo al causante del desaguisado, es "Desta escapemos".

Y "desta escapemos" podríamos decir nosotros ante desastres que por ahora no nos tocan, como los dos ciclones que amenazan la isla de Reunión (donde vive el hijo de mi amiga Esther), o las bombas invernales que están dejando a los que viven en el norte de Europa con los pelos como carámbanos. Es como si a una pandilla de dioses chiflados les hubiera dado por jugar al pimpampum con los humanos y estuvieran todo el rato: "¡Ahí te va una ciclogénesis! ¡Pim! ¡Ahí, una artrosis! ¡Pam! ¡Ahí, la última ocurrencia de Trump buscándole las cosquillas al coreano! ¡Pum! ¡Y vengan accidentes, rupturas, pérdidas, miserias...!". Y nosotros, viéndolas venir y hurtando el cuerpo a  ver si no atinan.

Fernando Savater, en un homenaje que le hicieron en la Feria del Libro de Guadalajara (México), decía: "Una persona libre nunca se pregunta esto que oímos siempre. '¿Qué va a pasar?'. Las personas libres tienen que preguntarse: '¿Qué vamos a hacer?'". Así que, siguiendo sus sabios consejos, esta semana de catástrofes, he hecho lo que debía: recrearme con mi casa, mis lecturas y la gente que quiero. Y rogar por que ante lo inevitable podamos seguir diciendo"Desta escapemos". Y si no, que los dardos del destino nos encuentren disfrutando.

lunes, 15 de enero de 2018

Pottermanía




Ustedes saben que me gustan mucho los libros de Harry Potter de J.K.Rowling. Y si no lo saben, se lo digo ahora: me encanta todo ese universo mágico desde que, allá por el año 1999, mi hija me regaló el primero y me quedé enganchada para siempre. Desde luego no se me ha ocurrido jamás vestirme con capa y sombrero puntiagudo, como hacen los miles de fans en las largas colas que se forman para comprar los nuevos libros (un fenómeno editorial nunca visto y que viene a desmentir eso de que ahora no se lee). Pero sí que he leído y releído todos los libros y los he recomendado muchas veces. Tengo hasta un artículo publicado en la Revista del Instituto en el año 2001 (cuando aún ni habían salido sino 3 tomos de los siete que forman la saga, ni se habían llevado al cine), en el que animo a leerlos porque nos divierten, entretienen y nos cuentan una buena historia, los ingredientes que todo buen libro necesita, desde el Quijote hasta "El Señor de los Anillos". Recuerdo que años después le llevé el primer tomo a un amigo que estaba ingresado en el Hospital y, no solo se lo leyó en un solo día, sino que me pidió los demás y se los fui llevando día a día hasta que se los terminó en una semana. No hay mejor antídoto frente al aburrimiento.

Los libros de Harry Potter gustan a grandes y a chicos porque Rowling ha tenido la sabiduría de reunir en ellos toda la magia y el encanto de los cuentos infantiles y de la literatura fantástica. Además de las tramas que cada vez se hacen más inquietantes y adictivas, hay hechizos y encantamientos, espejos mágicos, laberintos, escobas voladoras, pociones, varitas mágicas, capas que te hacen invisible, cuadros cuyos personajes se mueven y se van a visitar al de al lado. Aparecen animales y seres que solo existen en sueños y en leyendas de otros tiempos, como los grifos, los unicornios, los fénix, los centauros, los dragones, los hombres-lobo, las sirenas, las mandrágoras, los vampiros, los trols, los fantasmas... Hay reminiscencias de Úrsula K.Leguin en ese Castillo de Hogwarts, lleno de pasadizos secretos y de habitaciones escondidas y cambiantes; y de Tolkien, en el Sauce-boxeador y en la araña gigante Aragog (tan parecidos al Viejo Hombre Sauce y a Ella-la-Araña de "El Señor de los Anillos"). Y hay humor, mucho humor.

Este año los Reyes Magos, que me conocen bien, uniendo mis dos aficiones me han regalado el libro "Harry Potter y la Filosofía (Hogwarts para muggles)" de Gregory Bassham y William Irwin. En aquellos lejanos tiempos en los que daba clase, con el propósito de fomentar la lectura, encargaba a mis alumnos de Ética y de Filosofía un trabajo de fin de curso que consistía en que se leyeran un libro, cualquier libro que quisieran, y en el último mes expusieran sus temas éticos y filosóficos, convencida de que todos los libros los tienen. Y "Harry Potter" no podía ser menos.

Lo estoy leyendo con calma en estas tardes frías de mantita y chimenea y me estoy encontrando con los temas eternos de la filosofía: la libertad y el destino, la identidad, el amor, el ansia de poder, el bien y el mal, el conocerse a sí mismo, la educación, la muerte y el sentido de la vida... Me lo estoy pasando pipa.

En el primer capítulo del primer libro, "Harry Potter y la piedra filosofal", la profesora McGonagall le dice a Albus Dumbledore, el director de Hogwarts, refiriéndose a nosotros los muggles (es decir, a personas que ignoramos todo sobre brujos y magos que viven en un mundo paralelo): "¡Esa gente jamás comprenderá a Harry! ¡Será famoso... una leyenda... no me sorprendería que el día de hoy fuera conocido en el futuro como el día de Harry Potter! Escribirán libros sobre Harry... Todos los niños del mundo conocerán su nombre." Tal vez, después de estos 20 años desde que se publicó por primera vez la saga de Rowling, podríamos decirle que comprendemos a Harry (un personaje inteligente y valiente, pero que también pasa miedo y mete la pata y está triste a veces y es humano, sobre todo), que forma parte de nuestro horizonte literario y que apreciamos sus libros como el clásico que ya es. Y, en efecto, todos los niños (y los grandes) del mundo conocen su nombre y se emocionan con su historia, ya desde el brindis del final de ese primer capítulo: "(Harry Potter) no podía saber tampoco que, en aquel mismo momento, las personas que se reunían en secreto por todo el país estaban levantando sus copas y diciendo, con voces quedas: '¡Por Harry Potter... el niño que vivió!'.".

lunes, 8 de enero de 2018

Si se calla el cantor...




Mi amigo Fernando, que es de El Bierzo, esa comarca de grandes bosques y antiguas tradiciones, cada vez que viene por aquí nos hace unas queimadas que te puedes morir. La otra noche en su casa lagunera, alrededor de una  –los reflejos azules del fuego en ese juego de vaivenes hipnóticos-, hablamos de cosas de antes, como a veces nos pasa, y él nos contó que, cuando era niño, era muy corriente que los hombres en el monte o en las huertas cantaran. Al segar, al arar, al recoger las cosechas… en el aire limpio de su pueblo se oían los cantos, bien de un cantor o bien de varios, como un acompañamiento natural al trabajo manual. Sin embargo, ya desde hace muchos años, cada vez que vuelve, no los ha vuelto a escuchar nunca más, como si ese aspecto musical hubiera desaparecido completamente del comportamiento habitual de los campesinos.

Los demás que le escuchábamos, a pesar de ser urbanitas, también hemos oído hablar siempre de los cantos de siega y trilla, de los de arada, de los de vendimia…, canciones de trabajo originadas en las faenas del campo que pueblan el cancionero popular desde hace siglos. En la zarzuela “La Rosa del azafrán” , por ejemplo, se oye “Cuando siembro voy cantando”. Pero por lo que se ve, ya eso no es lo habitual ¿Por qué no? -se preguntaba Fernando-  ¿Es que antes eran más felices?

Más tarde he recordado un artículo de Manuel Vicent en el que, abundando en lo mismo, también afirmaba, pesimista, que “los albañiles ya no cantan en los andamios”. Las razones que él exponía iban más allá del miedo a perder el trabajo o de que se les hubiera acabado el repertorio de pasodobles. Significaba para él que “en este país se ha pasado página al libro de la historia. Había miseria y dictadura cuando en cada bastida un paleta o algún peón canturreaba las coplas de Antonio Molina o de Juanito Valderrama (…) En efecto, eran tiempos duros, de odio y de anís del Mono, pero desde la posguerra se estaba abriendo de forma inexorable un compás hacia el optimismo, el mismo que ahora parece cerrarse.” El silencio de los andamios para él se corresponde con el de los patios de vecindad “donde las criadas vertían las coplas de la Piquer”. Hoy nadie canta mientras trabaja ¿Será que la vida ya no está para coplas?

No tengo respuesta para eso y no sé si alguien la tiene. Pero  –ya conocen mi vena positiva-  pienso que no todo está perdido. Mucha gente que conozco y a quien he preguntado me dice que siguen cantando, igual que hacía mi madre mientras hacía las tareas de casa. Algunos en la ducha, ese sitio que, por lo visto, tiene connotaciones musicales porque despierta hasta vocaciones operísticas; otros, mientras hacen algo con las manos: limpiar, ordenar, fregar la loza…  Tengo una amiga que canturrea siempre, incluso mientras va por la calle, y yo, este domingo por la mañana, cuando recogía el árbol y guardaba en la caja las figuras del nacimiento, me oí a mí misma cantando lo de “Brindo por las mujeres que derrochan simpatía…” unas cuantas veces. Y da igual si cantamos bien o mal, si nos sabemos la letra o nos la inventamos, si las canciones hablan de amor o de si Tenerife tiene seguro de sol. El caso es que la música nos sigue acompañando porque es una puerta abierta al optimismo.

Espero sinceramente que labradores y albañiles recuperen el tono. Porque ya lo decía Horacio Guarany:

“ Si se calla el cantor, calla la vida
porque la vida, la vida misma es todo un canto.
Si se calla el cantor, muere de espanto
la esperanza, la luz y la alegría…”

Que no calle el cantor.

(La imagen inicial de los segadores es de Vicent Van Gogh y está en el Pushkin Museum de Moscú)

lunes, 1 de enero de 2018

La gente está loca




Y que conste que no lo digo yo sola, sino que es vox populi. Seguro que desde el albor de los tiempos ya lo decían los vecinos del que se dedicó a embadurnar paredes con machanguitos en las cuevas de Altamira. Astérix y Obélix lo repetían a propósito de los romanos. Y hoy basta echar una ojeada a los periódicos y al entorno, para que eso de que "la gente está loca" sea una frase citada como un mantra por todo el mundo refiriéndose no a locos oficiales, no, sino a personas que se supone que son "normales".

Por ejemplo, ¿sabían ustedes que Dan Brown, el de "El código Da Vinci" se cuelga cabeza abajo atándose por los tobillos para evitar lo de la página en blanco y para hacer que le venga la inspiración? ¿O que en Corea del Norte solo hay 18 estilos de corte de pelo autorizados para las mujeres (y entre ellos no hay ni un mísero moño)? O una noticia de hace años que me extrañó. Contaban que François Hollande llevaba la corbata torcida en el 40% de sus apariciones públicas. Entiéndanme, no me extrañó eso, ya bastante difícil es atarse la corbata o tener que ponérsela porque sí en determinadas ocasiones. No, lo que me dejó pasmada es que haya gente que se entretenga en contar las veces que a una persona se le tuerza la corbata e, incluso, que hagan una clasificación del 1 al 5 a ver cuándo estaba más y cuándo estaba menos. La gente está loca.

Con lo animado que ha estado el panorama político en el último trimestre del año, es una frase que he oído a los dos bandos enfrentados en el disparate catalán. Pero encuentras más cosas: la denuncia de una madre a la profesora de su hijo porque en la función de navidad las niñas tenían faldas con estrellitas y así brillaban más que los niños que solo tenían una estrella en la camiseta; o el pifostio que le armaron a Lewis Hamilton porque se le ocurrió decir a su sobrino que los niños no se vestían de princesa, por lo que tuvo que pedir perdón públicamente y darse de latigazos virtuales; o el fichaje de jugadores de fútbol por 85 millones de euros mientras se lanzan cohetes porque el salario mínimo suba a 850 euros; o que una activista de Femen, desnuda, tratara de robar el niño Jesús del Belén de la Plaza de San Pedro. Y hay quien propone suprimir los fines de semanas para trabajar todavía más ("El fin del finde" se titulaba el artículo en el que lo leí) ¡Señoooor, la gente está loca!

Y, para rematar el año, en este mes en el que se ha comido, bebido, comprado, fiesteado... en exceso, todo el mundo se lanzó ayer a correr por esas calles como posesos a los que perseguía el diablo en las carreras de San Silvestre. Hasta mi yerno y mi nieta mayor participaron, con 40.000 personas más, en la de Madrid, con este frío (9º) y sin ninguna necesidad. Fatal.

¿Siempre hemos sido así los humanos? ¿O ha habido un momento en que se nos ha ido el baifo, como decimos aquí? Jorge Luis Borges tiene una frase que dice: "En aquel tiempo buscaba los atardeceres, los arrabales y la desdicha; ahora busco las mañanas, el centro y la serenidad". A estas alturas de mi vida, hoy que es el primer día del año 2018, solo me quedaría con una de sus búsquedas: me gustaría, si es posible, que el nuevo año nos cogiera un poquito más serenos, por favor.
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