lunes, 21 de agosto de 2017

Las bodas de Benijos




A mi amiga Carmen Delia la invitaron una vez en los años 70 a una boda en Benijos, un barrio de La Orotava en el que ella daba clases de adultos. La boda fue tan larga en el tiempo -con prolegómenos en los que la gente iba a ayudar y con tenderetes posteriores después en los que se iba a terminar con las sobras-; tan abundante en viandas consistentes en caldos, carne de cabra, cochino con castañas, conejos en salmorejos, papas bonitas, y toda clase de rosquetes y bizcochones; tan llena de gente que ayudaba, acompañaba y disfrutaba; tan prolija en detalles de todo tipo... que, cada vez que se hace entre amigas una celebración en la que nos pasamos un poco más del mero festejo, ya Carmen Delia está diciendo: "¡Esto se parece a las bodas de Benijos!".

Me he acordado de ella y de las bodas de Benijos en la boda a la que fui el sábado pasado porque, hasta llegar a la celebración, también amigos y familiares se han ido reuniendo todos los martes desde enero, en la casa familiar donde se celebró, para ayudar a que fuera una boda personal y entrañable. Allí se diseñaron, cortaron y montaron banderines de telas floreadas que luego adornaron el camino que sube hasta la casa; allí se cosieron manteles de hasta 10 metros y cortinas y lazadas blancas; allí se subieron vueltos de trajes de fiesta, se bordó, se pespuntó, se tuneó. Durante ese tiempo, y después de la vendimia del año pasado, se reservaron 400 botellas de vino y champán para el convite. Mi hermana, que es una artista, pintó motivos florales que adornaron las invitaciones, las botellas y los menús. Yo que, como saben, no sé coser sino botones, fui pocas veces pero también recorté y monté banderines y planché cortinas. En esos divertidos martes pre-boda los hombres destilaron aguardiente para chupitos y, luego, se metían en los fogones y servían suculentas cenas -un atún asado envuelto en sésamo, una fideuá, unas tortillas...-, que ponían el broche final a las tareas.

Una boda hecha así, en comandita, tiene por fuerza que salir bien. Cuando vi el sábado a los novios guapísimos y radiantes, a toda la familia como una piña alrededor, a los amigos sintiéndose cómplices y bailando como locos al final; cuando te encantan las mesas sencillas al aire libre y la comida exquisita y la música y lo que cada uno de los que quieren al nuevo matrimonio dice mientras todos aplaudimos a rabiar; cuando aprecias todo eso, te das cuenta de lo mucho que significan en todas las culturas las bodas, ese momento especial para congratularse y ser testigos de un cambio gozoso en la vida de una pareja.

Incluso, aunque no seamos románticos, todos, en un momento así, tenemos presentes las bodas felices de la historia, la literatura y el cine: las bodas de Caná, donde los milagros eran posibles; las prodigiosas y opíparas de "Las mil y una noches"; las de "Mucho ruido y pocas nueces" de Shakespeare, que superan malentendidos y terminan en alegres bailes; las bodas de Camacho del Quijote, tan parecidas en abundancia de platos a las de Benijos y a esta; la boda india del monzón, alborozo y color bajo la lluvia... Todas, las narradas y las que hemos vivido, tienen ese algo en común que nos conmueve y nos arranca sonrisas y risas.

En un mundo inseguro y en el que el odio parece despertarse a cada paso, es bueno que las personas se congreguen para festejar un acto en el que se habla de amor. Afortunadas son estas bodas como las "de Benijos", en las que la gente participa y alarga, dichosa, la celebración. Afortunados son Miriam y José María, la pareja de mi boda del sábado, por concentrar tanto cariño en torno a ellos. Afortunados todos nosotros, los que estamos seguros de que, mientras siga celebrándose con un gran fiestón el que dos personas se quieran y decidan pasar el resto de su vida juntos, nada se habrá perdido y el mundo seguirá teniendo una esperanza.







lunes, 14 de agosto de 2017

Serendipias, retazos de lo inesperado




Ayer me asomé desde mi ventana al jardín y, al mirar el drago, me llevé la sorpresa de verlo florecido. Aparte de empezar a hacerle fotos como una loca a distintas horas del día y de mandárselas a mis amigos -los dragos son muy suyos y no florecen en muchas ocasiones hasta que pasan 30 años de sembrado-, lo consideré un ejemplo de serendipia, un hallazgo casual y sorprendente, una nota de color naranja donde solo esperaba encontrar las lanzas verdes de sus hojas.

La palabra serendipity la acuñó con este uso en 1714 Horacio Walpole basándose en un cuento tradicional persa, "Los tres príncipes de Serendip" (nombre en persa de la isla de Ceilán), cuyos sagaces protagonistas tenían también una suerte increíble para resolver sus problemas. Hoy, desde 2014, la Real Academia la incluye en el Diccionario como "Hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual". Los post-it, América, la Viagra, el celuloide, la estructura de la molécula del benceno (descubierta en un sueño), el teflón, el velcro, el LSD, el principio de Arquímedes o la floración de mi drago son serendipias, descubrimientos o hallazgos inesperados, accidentes afortunados cuando buscabas otra cosa.

Esta palabra, serendipity, la vi yo por primera vez en una colección de cuentos preciosa, "Serendipity books", que les regalé a mis hijos, aunque solo uno de ellos se llamaba específicamente "Serendipity". Era la historia de una serpiente de mar rosa, a la que una foca y una morsa encontraban tan sorprendente que la llamaron así. Pero que conste que yo siempre he usado más la palabra chiripa, casualidad favorable ("Aprobé el examen del carnet de conducir de chiripa", por ejemplo). Son casi sinónimos, pero mi admirado Álex Grijelmo dice que chiripa es más de andar por casa (yo me la imagino con bata y cholas), mientras que serendipia suena más fino, casi como un vocablo científico (con bata blanca y gafas de concha).

A lo mejor es por eso por lo que estoy encontrando  la palabra serendipia por todas partes. La veo en publicidad: "Serendipia en Volkswagen. Descubre el efecto de ir a buscar algo y encontrar algo mejor"; en el discurso de Félix de Azúa como académico, que versó sobre la serendipia y las casualidades que lo llevaron hasta ese momento; en la deliciosa película de 2001, "Serendipity", en la que los protagonistas (interpretados por John Cusack y Kate Beckinsale) juegan con que el destino los premie con casualidades afortunadas; en el alias de mi amiga, la escritora Mónica Gutiérrez Artero, Mónica Serendipia, para su blog de reseñas literarias de obras feel good. Cuando le pregunté la razón por la que lo había escogido, me dijo que una vez su profesor de griego le habló de una musa llamada así que inspiraba al Destino para que ocurrieran sucesos imprevistos y felices, y le pareció apropiado para lo que ella hacía. "Cuando abres un libro, nunca sabes lo que te vas a encontrar. Puede ser un horror o que te guste mucho. En este caso, es una serendipia".

Así que aquí me ven convertida totalmente a la teoría de la serendipia y la chiripa, al convencimiento de que toda nuestra vida está llena de ellas y solo hace falta descubrirlas y asombrarse por que aparezca un inesperado estallido de color al abrir la ventana o vea en una historia la mano del destino (como, por ejemplo, la de Luis Diego Cuscoy, desterrado después de la guerra como maestro en Cabo Blanco, un barrio de Arona, donde el descubrimiento fortuito de una cueva funeraria guanche lo condujo a convertirse con el tiempo en uno de los mejores antropólogos de Canarias).

A lo mejor, las mejores cosas de la vida son las que pasan por casualidad.








lunes, 7 de agosto de 2017

Vivencias en la cumbre




Igual que en "Cien años de soledad" el coronel Aureliano Buendía, frente al pelotón de fusilamiento, "había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo", los de mi generación, durante toda la vida, recordaremos la primera vez que subimos a la cumbre y vimos la nieve. La cumbre para nosotros es el Teide y Las Cañadas, un lugar próximo y lejano a la vez en aquellos tiempos de malas carreteras y en los que solo unos pocos disponían de un coche que pusiera el mundo a su alcance. Yo tenía 9 años cuando mis padres alquilaron el coche de Dámaso, como siempre que salíamos más allá de La Laguna, y subimos al Teide, casi pensando, yo por lo menos, que, como en la canción de Lima Quintana y Llopis, habitaba Dios allí.

Precisamente de vivencias en la cumbre como estas habla el libro que he leído esta semana, titulado así y presentado el mes pasado en el Cabildo por sus autores, Montse Quintero García y Juan Antonio Núñez Rodríguez, dos personas que aman el Teide como aquellos que, desde siempre, han abrazado su paisaje inabarcable y han respirado su aire limpio. Por eso, este es un libro precioso (y con una edición exquisita), pero sobre todo es un libro sorprendente.

Sorprenden la cantidad, calidad y belleza de las casi 200 imágenes y fotografías antiguas que Montse, habitante privilegiada de Las Cañadas, ha ido recopilando en archivos y colecciones públicas y privadas.

Sorprenden, por lo completo y detallado, las cinco partes en que los autores han estructurado el libro: 1º, el camino al Teide, el difícil ascenso por aquellos senderos que cruzaban la isla de banda a banda desde antes de la conquista, salpicados de "descansaderos" con nombres como la Fuente del Dornajito, el Pino de la Carabela, el Pino de la Merienda, el Montón de Trigo o la Cueva de Diego Hernández; 2º, los recursos de la cumbre (¿quién podía imaginar en esa inmensidad casi desierta la cantidad de gente que ha vivido de lo que el Teide ofrecía y ofrece: el hielo, el azufre, la piedra pómez, la miel, la caza, el paisaje, el cielo sin contaminación...?); 3º, las construcciones de ayer y de hoy, desde las cabañas de los guanches a las torres blancas del Astrofísico; 4º,los protagonistas en Las Cañadas, guías y arrieros que llevaban y traían, pintores, científicos, escritores, periodistas, fotógrafos...; y la última parte, una selección de vivencias (Sabin Berthelot, Esmeralda Cervantes, Leoncio Rodríguez...), todos tan maravillados como nosotros ante el "Teide gigante, bello, majestuoso, gallardo rey de la feliz Nivaria", como lo saluda Nicolás Estévanez.

Y me ha sorprendido también el texto redactado por Juan Antonio, que ha sabido buscar las explicaciones puntuales a las imágenes, la anécdota precisa, los personajes populares (véase en la página 63 la descripción del proceso de fabricación de carbón, hecha por un carbonero. El habla del "mago", transcrita tal cual -"salíamos por aquí parriba, tumba, tumba..."-, no tiene desperdicio), los hechos específicos, los datos curiosos... ¿Sabían ustedes que existió el proyecto de hacer un tren desde La Laguna a Las Cañadas (que menos mal que se quedó en proyecto)? ¿O que se les prohibió estar en la cumbre a tres astrónomos alemanes durante la I Guerra Mundial no fuera que se les ocurriera usar los telescopios para espiar a los barcos enemigos?

He estado entretenidísima con este libro sugerente que me ha despertado recuerdos, no solo de aquella primera vez que hundimos nuestros dedos infantiles en la nieve, sino de tantas y tantas ocasiones en que hemos ido de excursión, de las dos subidas al cráter haciendo noche en el Refugio y levantándonos de madrugada para ver el amanecer iluminando las siete islas desde allá arriba, de las excursiones escolares, de las veces que llevábamos a los niños a ver la nieve y las Perseidas y los tajinastes y las retamas en flor, de las noches llenas de estrellas infinitas cuando acompañaba a mi marido en el Astrofísico, de las caminatas por senderos escondidos.

Y cuando lo termino, con las bellísimas imágenes todavía en la retina,  hallo la presencia del Teide en mi casa. En la acuarela de Guillermo Sureda que adorna la pared del vestíbulo; en la piedra de obsidiana que reposa junto a mis libros,  recuerdo de alguna vez lejana en la que la recogí; en las fotografías de los álbumes familiares; en los poemas de mi abuelo el poeta, el titulado "Volcán" que empieza con "¡Brama, infierno!... Plutón aviva el fuego / con el fuelle estridente de tu boca / y así, sin alma, sordo, mudo y ciego, / remueve las entrañas de la roca..."; o "Infancia" que dice "Para colgar mi columpio / de dos fúlgidas estrellas / al Teide subí una vez. / Estaba claro el sendero, / sobre mi frente el azul, / la nieve bajo mis pies.". Y, ahora, en este libro, "Vivencias en la cumbre", ya en la estantería de los libros especiales de los que no me voy a desprender nunca y que más de una vez releeré. Una joyita.


Acuarela de Guillermo Sureda

Con mi madre y mis hermanos probando el hielo el día en que subimos a la cumbre por primera vez. Febrero 1957


lunes, 31 de julio de 2017

El baile del esqueleto



Mis nietos pequeños saltan y brincan mientras cantan una canción que dice: "Este es el baile del esqueleto, mueve la cintura, no te quedes quieto, y, si este ritmo para de sonar, yo me congelo en mi lugar". Y en ese momento, se callan y efectivamente se "congelan" quedándose inmóviles, tal como el cese de la música los encuentre: con los pies separados o uno en el aire, las manos quietas en una pirueta, la boca abierta con gesto de piedra... Y así, hasta que se reanuda la canción y empiezan a bailar otra vez.

Me he acordado estos días del baile del esqueleto cuando veo el cese de actividad que supone agosto. En el herbolario donde compro un pan integral con pipas de calabaza que me encanta para mis desayunos me anuncian que hasta septiembre no lo traerán; voy a comprar tela para un mantel a "El Kilo" y, al ver que les queda poca, pregunto si me pueden mandar a pedir más y ya sé, por la cara de la dependienta, que hasta septiembre no hay nada que hacer; la licencia por obras que estamos esperando del Ayuntamiento, ya ni pregunto; mi peluquería echa el cerrojo durante este mes y yo con estos pelos; también cuando paso al lado de mi antiguo Instituto sé que a partir de hoy, 31 de julio, estará cerrado a cal y canto, con lo que van dados los que necesiten un título o un certificado durante este mes. Y roguemos a los cielos para que no nos dé un jamacuco o no se nos estropee la lavadora... ¿Hay alguien trabajando ahí fuera?

Agosto es por excelencia el mes de las vacaciones, una de esas palabras que siempre alegra el ánimo y hace sonreír. Viene de los verbos latinos vaceo y vacare, que significan vaciar o estar vacío, y es algo así lo que se hace en este tiempo bendito: vaciarse de todo lo que nos tiene sujetos en los meses de trabajo, desconectar, desenchufarse, estar ociosos. También otros derivados son vagar y vaguear y vagabundear, otras muchas cosas que también se hacen en vacaciones.

¡Y bienvenidas sean! Porque ya saben que lo de tener vacaciones es de ayer mismo, como quien dice, aunque Platón y Aristóteles (siempre ellos) ya insistieron hace miles de años en la importancia del ocio para desarrollar el coco. Pero luego, durante siglos, eso de no trabajar y que encima te pagaran, estaba pero que muy mal visto, con eso de que esto es un valle de lágrimas y que aquí se viene a trabajar y sanseacabó. Eso sí, los ricachones tenían bula y a ellos lo de penar, como que no. Fue solo hace un siglo, en la revolución de 1917 en Rusia cuando el gobierno bolchevique introduce en sus leyes el derecho a gozar de vacaciones y, un año más tarde, en España una ley contemplaba 15 días libres para los funcionarios. Pero eran intentos más teóricos que prácticos. El 1º que lo puso eficazmente en práctica y para todos los trabajadores fue en Francia el gobierno del Frente Popular de Leon Blum en 1936. Y luego poco a poco se fueron incorporando los demás estados europeos. Costó ¿eh? Pero ahora tener días libres que permitan oxigenar el cerebro y recargar pilas es una de nuestras señas de identidad y uno de los pilares del Estado de Bienestar europeo (Estados Unidos, por ejemplo, no lo contempla en sus leyes, siendo un asunto a negociar entre empresa y empleado. Y los pocos que tienen vacaciones son por solo 10 miserables días).

Alegrémonos, pues, porque es un logro irrenunciable y nada más lejos de mí hablar en contra de ellas. Pero ¿es necesario paralizar el país durante el mes de agosto? ¿Nos lo podemos permitir? ¿No podría contratarse a más gente, hacer más turnos, organizar la cosa un poco más racionalmente? Vayan pensándolo las sesudas cabezas que nos gobiernan, que para eso están, porque me da que no es de recibo este "baile del esqueleto" en el que se engolfa el país trabajando como locos durante todo el año para luego, en agosto, de repente "congelarse" y que aquí no se mueva ni el Tato. Vamos, digo yo.

lunes, 24 de julio de 2017

Mafalda y su tortuga




Llevo un tiempo acordándome mucho de Mafalda y de su tortuguita Burocracia y ahora les explico por qué.

En tiempos de nuestros abuelos, cuando querían construirse una bodega en la que guardar las barricas de vino o las papas de la cosecha, reunían a unos cuantos amigos mañosos y, entre todos, sin más allá ni más acá, la levantaban en unos días y a la semana ya estaban bajo su tejado estrenando la barriquita especial de las celebraciones.

Ahora, cuando los nietos heredan esa bodega que ya el tiempo y el abandono han dejado p'al arrastre (cosa que también nos pasa a nosotros, para qué nos vamos a engañar) y, en lugar de permitir que se siga deteriorando hasta desaparecer, tienen el deseo de devolverle viejos esplendores, las pegas, dislates y zancadillas que la burocracia nos impone recuerdan a lo que hace 2 siglos Larra escribía en su artículo "Vuelva usted mañana" sobre la manía española de no resolver los papeleos rápida y eficazmente.

Esto nos está pasando a mi marido y a mí con la bodega de su abuelo, un cuarto pegado al muro de una huerta con el tejado hecho polvo después de 30 largos años en los que sol, lluvia y desidia hicieron de las suyas. Nada, de todas formas -según mi hermano, que es arquitecto-, que un buen carpintero no pueda arreglar.

Así que, con la mejor de las disposiciones, nos presentamos en el Ayuntamiento para pedir una licencia de obras, pensando, tan ingenuos, que la cosa era algo así como pedirla y dárnosla casi sobre la marcha. No escarmentamos, no. De entrada, nos pidieron que hiciéramos un proyecto hecho por un arquitecto y sellado por el Colegio de Arquitectos de unas 100 y pico hojas con cálculo de estructuras, estudios básicos de seguridad y salud y gestión de residuos, planos hasta del pueblo, presupuestos... "Pero ¡si es un cuartucho, no el Tajmahal!" -le decíamos a la imperturbable aparejadora del Ayuntamiento- "¡Si solo vamos a poner bien el tejado y a hacerle un lavado de cara para que no se venga al suelo!". Pero con la Burocracia hemos topado, Sancho.

Y luego, venga a ir a cada rato, que ya me conozco el Ayuntamiento de ese pueblo como si fuera mi casa: que si falta un dato, que si hay que hacer dos copias, que si una tiene que ir en disquete... ¡Señor! Y al final, cuando ya hemos reunido una ristra de papeles y vamos ufanos a presentarlos, se me ocurre preguntar: "¿Estará ya esto resuelto la semana que viene?" y la técnica me responde que la cosa estará en 3 meses "¿¿¿3 MESES???" "Es que tengo que leerlo y hacer un informe", se justifica ella cuando me oyó el grito ¡3 meses! ¡Si yo me leía 200 exámenes en una semana y me daba hasta tiempo de poner anotaciones!

Hace 5 meses que empezamos todos estos trámites y diligencias. Supongo que alguna vez empezaremos a arreglar la bodega. Tal vez en un día muy, muy lejano bajo un tejado en condiciones descorcharemos una botella de vino y nos beberemos un vaso (si el médico para ese entonces nos deja beber vino), brindando por el abuelo que levantó la bodega en un mundo mucho más sencillo que este que vivimos. Pero entretanto y mientras pasa el tiempo ¿entienden por qué me acuerdo de Mafalda y de su tortuga Burocracia?


lunes, 17 de julio de 2017

¡Huy, qué miedo!




Anda mi nietita Julia, de 3 años, armando jaleo a la hora de acostarse porque dice que tiene miedo. Cuando le preguntamos que de qué, nos habla de la bruja Piruja que viene a pincharle los deditos. Y no hay manera de que acepte que la bruja Piruja no existe y que se duerma de una vez. Solloza y sigue, erre que erre, pidiéndonos en su mejor papel dramático que no la dejemos sola a merced de los monstruos.

Y ahí nos ven arropándola, tranquilizándola, razonando con ella, mimándola... porque en el fondo nos corroe la culpa. Y no es para menos si lo pensamos bien. Empezamos, cuando era pequeña, cantándole el arrorró con esa letra tan apropiada como quitamiedos de "duérmete, mi niña chica, duérmete que viene el coco, y que se lleva a los niños, los niños que duermen poco". Después seguimos con cuentos truculentos, pero que a ella le encantan y que nos pide una y otra vez que le contemos: el de la "Casita de caramelo", en la que yo la pongo de protagonista junto con su hermano, en lugar de a Hansel y Gretel. Y sí, hay una bruja pero, al final, ella la empuja dentro de la chimenea y luego se quedan los dos con toda la casita para montar fiestas de cumpleaños con los amigos, que mejor final, imposible; el de "Los siete cabritillos", con ese lobo tomando yemas de huevo para afinarse la voz y metiendo las patas en harina para parecerse a Mamá Cabra y poder comerse a los cabritillos; el de "Caperucita roja", donde también hay un lobo que se come a abuelitas y nietas, pero con un cazador antilobos al acecho; el de Pulgarcito, con ese ogro comeniños... Y, al final, además, terminamos llevándola al cine y dejándole ver películas en la tele: "Monstruos S.A.", llena de bichos horrorosos en forma de cangrejo de mil ojos o de serpientes viscosas; "Vaiana", que se la sabe de memoria, con Te Ka, un monstruo del tamaño de una isla, que vomita fuego (en la imagen); o "El libro de la selva", con el tigre Shere Khan rugiendo a todo rugir... Julia se conoce a todas las brujas: la de la Bella Durmiente, que le debe haber inspirado lo de los dedos pinchados; la de Blancanieves, más fea que Picio; la madrastra de Cenicienta, tan ruineja ella; la Cruella de Vil de "101 dálmatas"... Vamos, que si a mí me someten a todo ese visionado, me pondría al lado de Julia a llorar también y a implorar que alguien venga a quedarse con las dos porque ¡tenemos miedoooo!

Pero, después de meditar un poco, se me pasan los remordimientos. Cuando sea mayor, le explicaré, como han hecho todos los padres y abuelos del mundo, que lo hicimos por su bien. Que los miedos nos preparan para la vida y nos enseñan que no vayamos solos a un bosque infestado de lobos, que no hablemos con desconocidos, que no nos fiemos de las apariencias porque un lobo con voz dulce y patas enharinadas sigue siendo un lobo. En los cuentos aprendemos que las casitas de caramelo pueden no ser buenas para vivir en ellas; que sí, que las brujas existen, y que el bien es distinto del mal. Le diré que conocer el peligro la hará más fuerte y, en todo caso, la preparará para la huida. Los miedos son, aparte de un estimulante de la imaginación, un excelente mecanismo de defensa.

En el fondo, lo que estamos haciendo entre todos es convertirla en una mujer valiente, que seguro que estará de acuerdo con la frase de mi abuela: "Del hombre bueno líbreme Dios, que ya del malo me libro yo". Y que, si alguien, un presidente de una Generalitat, por ejemplo, dice algo así como "Damos miedo, y más que daremos", ella podrá decir, gracias a esa perfecta educación que le hemos dado: "¡Mieditos a mí! ¡Que te zurzan!".

lunes, 10 de julio de 2017

Y entonces llegó el bikini


Las chicas en bikini de la Villa romana del Casale (foto de Melchor Padilla))

Hace exactamente 71 años, un día de julio de 1946 en Estados Unidos se presentó en sociedad, ¡tachaaán!, el bikini. Louis Reard fue quien hizo enseñar el ombligo, ese desconocido, a las mujeres, señalando que iba a ser un invento tan explosivo como una bomba. De hecho, lo llamó así por el atolón Bikini en las Islas Marshall en donde en ese momento se estaban realizando pruebas para la bomba atómica ¡Y vaya sí lo fue! Me puedo imaginar perfectamente el escándalo y la conmoción que se armó la primera vez que se vio en una playa a una mujer en bragas y sujetador, como si tal cosa.

No hay que olvidar que las faldas se habían acortado en el segundo tercio de siglo y que un poco antes, en tiempos de la Reina Victoria, se forraban con telas floreadas las patas moldeadas de los pianos para esconderlas y que no les recordaran a los hombres, tan libidinosos ellos, las redondeces femeninas.

Por estos lares, las mujeres durante muchos años más siguieron escondiendo sus encantos bajo metros y metros de tela que, a la hora de nadar, no nos llevaban de milagro al fondo de los mares procelosos. 19 años después de aquel día de julio, en el verano de 1965 aquí todavía no se había visto un bikini. Ese año en Bajamar, una vez que me fui a bañar con mi pandilla a un charco que estaba alejado de las piscinas públicas, una de mis amigas, que tendría entonces 14 años, se atrevió a estrenar el primer bikini que vi en persona. Fue un acontecimiento sobradamente comentado (y criticado) que nos dio tema de conversación para todo el mes. Yo me puse mi primer bikini durante mi luna de miel en octubre del 71 y, desde entonces, es casi mi uniforme de verano.

Y, sin embargo, el bikini ya había sido inventado hacía siglos por los romanos, que siempre fueron tan modernos. El año pasado, cuando estuve en Sicilia, fuimos a ver en Piazza Armerina la Villa del Casale, un coto de caza romano del siglo IV, cuyos suelos estaban cubiertos de preciosos mosaicos. Y allí estaban, un grupo de chicas en bikini, más contentas que unas pascuas practicando deportes ¿Cómo dejamos las mujeres que después nos entullaran en ropa?

Bañarte en el mar, sintiendo el agua fresca en la piel, es una de las sensaciones más placenteras que existen. No sientes el impedimento de ropa que te arrastra y eres libre para nadar, zambullirte y jugar con las olas: es un momento de dicha total. Hay una escena de principios del siglo XX en el libro de E.M.Forster "Una habitación con vistas", que me recuerda cada vez que la leo ese gozo liberador que se siente en el agua. La protagonizan dos chicos jóvenes y un reverendo joven de espíritu que van paseando por un jardín un día de verano de mucho calor y se encuentran con un estanque. Sin apenas pensarlo se desnudan y se meten "dentro de la divina agua", se zambullen, se salpican mutuamente, se empujan jugando, disfrutan del momento glorioso. A la mañana siguiente, el hecho para todos "había sido como un grito de la sangre y una relajación de la voluntad, una pasajera bendición cuya influencia no se había perdido, una comunión, un hechizo, un momentáneo cáliz para la juventud".

Hace poco en la Playa de la Arena llamaba la atención una mujer en la orilla forrada de la cabeza a los pies con un burkini oscuro. Su marido y sus hijos llevaban bañadores normales y entraban y salían del agua saltando y riendo. Sin embargo, ella no se movió, ni se bañó. Quieta en la orilla. solo los pies mojados, se la veía francamente incómoda, sudando y atosigada bajo kilos de ropa y bajo la mirada de todo el mundo que no podía dejar de reparar en ella, un manchón negro entre la multitud. Mirándola me acordé de unas palabras de la filósofa Amelia Valcárcel sobre el velo: "Cuando el pañuelo no tenga carga ética, solo estética, yo no tendré nada en su contra; pero mientras alguien me diga que para ser una mujer honrada yo debo velarme y que, si no voy velada, no soy una mujer honesta, eso no es estética sino ética, y además inadmisible". La miré con empatía, de mujer a mujer, y le deseé mentalmente fuerza e inteligencia para ser ella misma. Y después, me tiré al agua, en bikini por supuesto, a disfrutar de la maravilla del mar.


Ursula Andress, el bikini más famoso del cine, en "007 contra el Dr. No" (año 1962)

lunes, 3 de julio de 2017

Mr. Chips y yo




La gente de ahora no la conoce, pero "¡Adiós, Mr. Chips!" de James Hilton fue una novela clásica escrita en los años 30 que nos encantó a muchos en nuestros años mozos y que fue llevada, por lo menos en dos ocasiones, al cine. Sus protagonistas (Robert Donat en 1939 y Peter O'Toole en el 69) fueron candidatos al Óscar y el primero lo ganó.

Mr. Chips es un profesor jubilado de latín y griego en la escuela inglesa de Brookfields que, a la altura de sus 80 y pico años, rememora los 50 cursos que le ha dedicado a la enseñanza. Vive enfrente del colegio y mide sus días por los signos de antaño, prefiriendo la hora de Brookfields a la de Greenwich. Es "un buen viejo, blanca la cabellera, un tanto raleada, vivo y activo para sus años, muy aficionado al té, cariñoso con sus visitantes, ocupado siempre de reunir datos para las memorias anuales del colegio (...) Había adquirido el derecho a esas excentricidades que son frecuentes en los viejos profesores y los antiguos sacerdotes. Usaba sus capas hasta que estaban tan remendadas, que apenas se tenían unidas. Y cuando pasaba lista a los niños, después de los juegos del mediodía, parecía entregarse místicamente a un ritual.". Mr. Chips es un profesor severo en la disciplina, pero también bondadoso, cercano, ocurrente y entrañable.

En épocas especiales -como esta de fin de curso- a muchos jubilados de los que hemos disfrutado con nuestra profesión nos da el síndrome Mr. Chips, "un estado introspectivo, lleno de niños, de rostros y de voces".  

Como él, recordamos todavía el susto del primer día en que empezamos a dar clases a los 22 años: "Cuando entré en el Gran Hall y vi todos esos niños, me temblaron las piernas. Creo que no he estado tan asustado en mi vida. Ni siquiera cuando nos bombardearon los alemanes. Pero ese malestar no duró mucho. Luego me sentí aquí como en mi casa.".

Como él también todavía medimos el tiempo por cursos y, si pasamos cerca de nuestro centro de trabajo y oímos el timbre entre clases, nos da un estremecimiento, como pasa ante un hecho conocido, asumido y vivido como en otra vida.

Como él, el recuerdo, en estos años de jubilación, mezcla rostros con esas listas que recitábamos a diario (formando hermosos hexámetros y combinaciones rítmicas, según Mr. Chips), y que servían sobre todo en mi caso para, desde el primer día, poder retener sus nombres y dialogar en clase.

Como él, recordamos anécdotas -divertidas, evocadoras, trágicas a veces-, y sobre todo, recordamos caras. Y es un placer irte encontrando ahora con muchos de aquellos alumnos con los que compartimos un tiempo y un espacio en la vida. Eduardo, Ana, Víctor... son médicos que me tratan, Antonio es mi notario, a Belén la veo en el mercadillo vendiendo flores, Pablo es profesor de Derecho en la Universidad, Alfonso se metió a político... Hasta tuve un alumno, Alex García, que es actor de cine y que igual ahora ni se acuerda de Platón. Hay un montón de ex-alumnos en Facebook  -Susana, Vero, Yasmina, Pedro, Beatriz, Fernando, Jorge, Saray, Elena, Tamara, Berta, Alicia, Domingo, Carlos, Isabel, Fran, Mónica, Juan Carlos, Javi, Estefanía, Daniel, Carmina, Sabina...- que, de vez en cuando, entran en este blog para dejar un comentario o un "me gusta", un contacto virtual pero que me dice que no están lejos. Y están los que siguieron mi camino -José, Rosario, Santi, Gabriel, Toni, Dani, Rocío, Isaac...- y que ahora son profesores de filosofía, hecho que me hace sentir muy orgullosa.

Pero también, como le pasa a Mr. Chips con todos los que desde Brookfields pasan a nutrir los batallones ingleses durante la Gran Guerra, en mi recuerdo están aquellos que ya no veré más, que sé que no encontraré por casualidad ni a la vuelta de una esquina ni en un aeropuerto ni en una fiesta: Inés, Adrián, Santiago, Luis, Pilar, Walter, José Luis, Alejandro... Rostros que permanecen jóvenes para siempre: "Yo tomé las instantáneas para mi memoria en la clase, en el patio, en la cancha de juegos, y allí siguen siendo siempre niños, con las miradas brillantes, las risas y los cabellos al viento, ingenuos y alegres".

Y es que Mr. Chips nos dio una gran lección a todos los que nos dedicamos a la enseñanza. El gran secreto para que nos guste tanto esta profesión es que, como él hizo, por encima de todo queramos a nuestros alumnos.




lunes, 26 de junio de 2017

Malagueando


Málaga desde el Muelle 

Ahora que empieza el verano, me encuentro por todos lados artículos periodísticos que hablan de los viajes y me he fijado en que muchos animan a ser viajeros y no turistas. Para ello, los hay que te sugieren que te vayas a destinos exóticos, como recorrer el Serengueti en globo, cabalgar sobre olas en Indonesia, subir a un glaciar o retirarte del mundanal ruido a un monasterio en Nepal. Luego están los que añoran encontrar una tierra virgen que no haya pisado el hombre blanco. "La gente se aprieta en un hormiguero mundial", dicen, y echan de menos los tiempos en que Stanley partió en busca del Dr. Livingstone por el África profunda y en los que Shackleton pudo poner en un anuncio: "Se buscan hombres para un viaje peligroso. Frío extremo. No es seguro volver con vida". Y al final también hay otros (como Enrique Vila-Matas) que, ante ese panorama, te exhortan a quedarte en casa -¿dónde se está mejor?- y, si te apetece salir, te lees un libro de viajes. igualito que hacía Kant, el viajero más inmóvil de la historia.

Dado que ninguno de esos consejos me atrae lo suficiente, esta semana he optado por otro camino,  nunca mejor dicho. Me he ido, ligera de equipaje, con mi amiga Cae a su casa de Málaga, ciudad que no conocía y me apetecía mucho conocer. Ir a casa de una amiga de toda la vida sin planes preconcebidos, sin saber muy bien cómo es la ciudad, sin mirar durante esos días el ordenador ni consultar una guía de viajes, ni "ya que estoy aquí" alquilar un coche para ver los alrededores, se me antoja ser lo más parecido a un viajero que malaguea que a un turista sudoroso.

Es verdad que hemos subido a la Alcazaba y hemos imaginado la vida de los árabes que una vez la habitaron; que también visitamos el Museo para conocer algo de la historia de esa ciudad, que fue fenicia, mora y cristiana; que nos llamaron la atención los edificios de altas ventanas y miradores de forja y esa catedral tan impresionante, "la Manquita", como ellos la llaman porque nunca se terminó la segunda torre.

Pero también es verdad que le cogimos el pulso a la ciudad. Fuimos al mercado a comprar fruta, verduras, pescado (y también cigalas, chirlas, gambas frescas...). Paseamos con calma por el Parque, por las calles del centro y de algunos barrios remozados y por las callitas de Pedregalejo, donde antes vivían los pescadores. Un día vimos una procesión a tambor limpio y otro, unos novios saliendo trajeados y guapos de la iglesia. Nos bañamos en La Malagueta, oyendo a la gente que estaba cerca hablar de volver la noche de San Juan a quemar un "Júa". Nos tumbábamos todos los días una buena siesta en las horas de calor, como hace cualquier malagueño en su sano juicio. Hasta nos dio tiempo de ver una exposición temporal en el Museo Picasso sobre la Escuela de Londres y, a mí, de leerme un libro intimista y evocador -"El mar" de John Banville- , cuya lectura irá siempre unida al recuerdo de estos días de junio en Málaga. Hubo cenas de marisco fresco en casa y de espetos de sardinas en la playa, gintónics a la caída de la tarde -una vez mientras oíamos una guitarra que tocaba bajito en una mesa cercana una música flamenca conmovedora-, y mucha, mucha conversación. Hablamos con la gente de la calle (con el frutero que nos hablaba de su huerto y sus melocotones, con el que nos contó que tenía dos cochinos que eran la niña de sus ojos, con aquel chico que había dejado su trabajo de abogado por tener un bar ("mucho más entretenido, dónde va a parar"), con el que había pasado su infancia y juventud en el Toscal en Tenerife...), pero sobre todo, hablamos muchísimo Cae y yo, porque los que nos conocemos desde hace 60 años tenemos que ponernos al día.

Por eso, el viaje no ha sido exótico sino tan normal y entrañable como la vida misma; no ha consistido en pisar tierra virgen porque, si algo hay en Málaga, es gente y vida; y, aunque me he sentido como en mi casa, también existió la emoción de conocer una ciudad nueva, "Málaga cantaora", como la nombró Manuel Machado. Málaga bella, Málaga viva.

A veces, para ser un viajero, no importa el sitio. Tan solo hay que cambiar la mirada.


Vida en la Plaza del Carbón
La Malagueta
La casa de mi amiga, desde la Alcazaba, entre el Museo de Málaga y la Catedral

Espeto de sardinas en la playa

lunes, 19 de junio de 2017

Una muralla que vaya...




A mucha gente le gustan los muros. Sin ir más lejos a uno de mis amigos, con el que de vez en cuando mantengo rifirrafes (respetuosos, eso sí) a cuenta de que pensamos totalmente distinto. Al contrario que a mí, a mi amigo le dan grima palabras como multiculturalismo, progre, cosmopolita o globalización, le encanta Trump al que considera el salvador del mundo, y es partidario de aquello que decíamos de pequeños "calabaza, calabaza, cada uno pa su casa".  Y si para mantener a cada uno en su casa, hay que levantar muros costosísimos, pues se levantan, como hace su amigo Trump, y santas pascuas.

El caso es que, igual que él, ha habido un montón de hacedores de muros. Por ejemplo, al emperador Adriano entre los años 122 y 128 antes de Cristo se le ocurrió partir en dos Inglaterra de este a oeste: "Yo fui el primero -dice- que trazó un muro de ochenta mil pasos para separar a los bárbaros de los romanos". "La erección de una muralla -cuenta Marguerite Yourcenar en "Memorias de Adriano"- que dividía la isla por su parte más angosta sirvió para proteger  las regiones fértiles y civilizadas del sur contra los ataques  de las tribus norteñas". Pero realmente era, sobre todo, una barrera comercial para cobrar impuestos y peajes a todo el que quisiera pasar por allí (la pela es la pela) y una demostración del poder de Roma ¡Aquí, a este lado, estoy yo y allí estás tú!

Los chinos hicieron otro tanto. Para protegerse de los pueblos nómadas del norte, empezaron desde el siglo V a.C. a construir una muralla que llegó a tener 7000 Km. de largo. El emperador Yangdi en el siglo VII d.C. compuso este poema: "El viento otoñal levanta gemidos, / mientras marchamos muy lejos miles de millas ./ A través del desierto reconstruimos la Gran Muralla / pero esta no fue idea nuestra, / fue construida por sabios emperadores del pasado: / establecieron aquí una política que durará miles de siglos / para asegurar las vidas de sus millones de súbditos / ¿Cómo podríamos, pues, evadirnos de preocupaciones / y descansar en paz en la capital?". Se ha dicho que es la única obra humana que se ve desde la Luna, pero no es verdad. Desde allá arriba solo se ve un hermoso planeta azul sin divisiones de ningún tipo.

También los berlineses del Berlín Este construyeron en una sola noche de 1961, como si fuera una hazaña de un cuento de terror mágico, un muro entre las dos Alemanias. Lo llamaron "muro de protección antifascista"; pero para el resto del mundo fue siempre el "muro de la vergüenza", que separó familias y segó las vidas de quienes querían escapar. El escritor Cees Nooteboom, en una entrevista que le hicieron en Madrid sobre su vida en un Berlín dividido, dijo: "Imagina que sales de casa y puedes andar solo hasta el Retiro porque hay un muro por todas partes. Imagina que tu familia vive al otro lado de Atocha y allí hay una vida totalmente diferente, con colas, con policías que te ponen espejos bajo el coche para pasar a verlos. Era muy, muy extraño".

Pero hoy en el Muro de Adriano pastan las ovejas y muchas de las antiguas piedras romanas que lo formaron fueron aprovechadas por los lugareños para hacer sus casas y sus establos. La Muralla China corre el riesgo de desaparecer por los más de ocho millones de turistas venidos de todo el mundo que la visitan y que se llevan poco a poco piedras de souvenir, al tiempo que se hacen un selfie. Y en Berlín cada año se celebra la caída de su muro desde aquel otoño de 1989 que fue, según los que lo vivimos, la revolución más hermosa del mundo. "No hay que olvidar -decía hace 3 años el escritor Ferdinand von Schirach- que en esta ciudad se produjo hace 25 años un verdadero milagro. una revolución pacífica, sin derramamiento de sangre y sin ejecuciones...". En las paredes que quedan hay pintados graffitis que hablan de paz.

Y es que no hay muro que detenga al hombre. A mí me gustaría recordarles a mi amigo y a los Trump y Adrianos de este mundo que ante las murallas, los hombres siempre han encontrado medios para sortearlas (debajo del muro de Trump que separa EEUU de México hay cientos de pasadizos subterráneos), si piensan que tras ellos pueden tener una vida mejor.

Siempre ha habido deseos de esconderse y de mantener alejado al otro que se siente como una amenaza, pero no ha existido nunca un muro en el que el cartel de "no pasarán" fuera eterno.

A mí no me gustan los muros.



(En las imágenes un fragmento del Muro de Adriano, y la famosa foto del soldado Conrad Schumann saltando las alambradas del Muro de Berlín, obra del fotógrafo Peter Leibing)



lunes, 12 de junio de 2017

La zona de confort




La zona de confort es el objetivo vital de cada uno de nosotros. Por conseguirla, empezamos a estudiar desde pequeños, hacemos una carrera (de obstáculos) y, a veces, una o más oposiciones. La zona de confort es ese momento en la vida en que ya se tiene un trabajo fijo por el que sabes que cada final de mes tendrás un sueldo que te permitirá vivir sin agobios hasta que te jubiles. Eso es lo que todo el mundo desea para sí y para sus hijos.

Y, sin embargo, esta misma semana mi hija Ana ha renunciado a su zona de confort. Me ha llamado entusiasmada desde el coche para decirme que se había despedido del Hospital en el que trabajaba como médico anestesista, después de una difícil carrera y de tener dos especialidades. En Facebook ha dicho a todos sus amigos: "La Dra. Jomeini (es su nombre de guerra) ha apagado hoy definitivamente las luces del quirófano. Empiezo nuevo proyecto de vida y digo adiós al sitio en el que he pasado los últimos catorce años".

El nuevo proyecto de vida va a ser seguir escribiendo (tiene ya publicados 7 libros, más 2 de cuentos en colaboración con otros autores) y hacer otros trabajos relacionados con la literatura. Es decir, va a dar un salto de la anestesia a la escritura, o, como le dice uno de sus amigos, "de inducir sueños a encender almas". Los ciento y muchos comentarios que le han llegado van desde desearle suerte y ánimos ("¡Olé, olé y olé! Suerte en la nueva etapa, amiga", "Tu lugar está donde están tus sueños", "Eso es creer en uno mismo"...), a expresar asombro ("Es como hacer puenting, que saltas al vacío pero sabes que vas bien atado") o incredulidad ("¿Sobresaliente en biología para esto?", le pregunta su profesor de Ciencias de COU). Y también hay quien siente pena por lo que deja atrás ("Te deseo lo mejor aunque me parezca una gran, gran pérdida", "Pero si alguna vez me tienen que dormir, te puedo llamar a ti ¿no?").

Ella contesta a todos eufórica y dice: "Tengo sensación de vértigo pero la sonrisa no se me borra de la cara". Y luego por la autopista va cantando "I will survive" a grito pelado, desde el Hospital hasta su casa.

Ese mismo día yo he salido con mis amigas del colegio en uno de esos paseos luminosos que cada mes nos regalamos. Al final, después de una buena comida, recalamos en mi casa a tomarnos el café y la copa y, entre rosquetitos y suspiros de Moya, hablamos del tema de mi hija. Todas estamos ya en la zona de confort de la jubilación, pero la duda surge espontáneamente ¿Nosotras habríamos hecho eso de dejar un buen trabajo por un sueño? Una de mis amigas, viuda y con hijos, alega que en su caso, más que una zona de confort, era una zona de necesidad: no podía plantearse siquiera dejar su trabajo de informática, aunque generalmente la estresaba mucho. Pero le pregunto a ella y a todas: "¿Qué cosa te habría tentado lo suficiente para dar el salto, quemar las naves y abandonar tu trabajo?". La mirada se torna soñadora y mi amiga dice que le hubiera encantado ser guía de montes. Otras, en lugar de ser ama de casa o tener un negocio, se hubieran dedicado a la medicina o a la asistencia social. Ser bailarina de bailes cubanos es lo que hubiera tentado a otra, que fue administrativa. Una ex-profesora echa de menos haberse dedicado más a la pintura y otra habla de escribir, cosa que, como a mi hija, también la hace intensamente feliz. Al final, ya vacilando y entre risas, una que fue catedrática de literatura dice que, antes que lidiar con los de la ESO, mejor millonaria o puta fina...

Todo esto me recuerda la escena de "Enredados", la película que cuenta la historia de Rapunzel, en la que la protagonista pregunta a un montón de criminales y facinerosos "¿Es que nunca habéis tenido un sueño?" y todos aquellos hombretones, a cual más patibulario, empiezan a cantar "Mi sueño es...": ser pianista, estar enamorado, hacer mimo, coleccionar unicornios, ser florista, diseñar interiores, tejer...

Bernard Shaw dijo "Yo sueño cosas que nunca fueron y digo ¿por qué no?". Pienso que tener sueños e intentar que se realicen ya es una buena variación a sólo tenerlos, y que ¡qué demonios!, ya hay demasiados sueños incumplidos en nuestro mundo. Así que ¡a por ellos, Ana!




(La foto inicial es de mi hija Ana firmando libros este año en la Feria del Libro de Madrid. Y el vídeo final de Youtube es la canción "Mi sueño es..." de "Enredados")

lunes, 5 de junio de 2017

Adiós, mundo cruel


(Últimas palabras de Steve Jobs)

A una de mis amigas le ha dado ahora por buscar últimas palabras para estar preparada cuando le llegue la hora de pronunciarlas. Mi amiga está más sana que una manzana y no es nada morbosa, pero siempre ha sido muy fina y educada, y le parece a ella que marcharse de un sitio sin una despedida decorosa no está nada bien. Se ha puesto a rebuscar en periódicos y redes, y me vino el otro día con un montón de hojas bajo el brazo, producto de su investigación.

- Mira, mira -me enseñaba, un poco enfadada, me pareció- , es que la cosa no es nada fácil. No es cuestión, cuando estés estirando la pata, de soltar un "¡Viva la Virgen de Candelaria!", como dicen que dijo Fran Rivera de la del Rocío, después de una cornada, pensando que serían sus últimas palabras ¡Ni que estuviera en una romería! Ni de empezar a pedir cosas, como  los caballos que piden José Gervasio Artigas ("¡Mi caballo! ¡Tráiganme mi caballo!") o Ricardo III con eso de "¡Mi reino por un caballo!"  ¿Para qué se quiere un caballo en ese momento? También Dalí se murió preguntando por su reloj, vete a saber por qué ¿Y qué les pasa a los casi difuntos con la luz? A Goethe se le oyó pedir "¡Luz! ¡Más luz!" y a Roosevelt, "Apaguen la luz" (y eso que no la iba a pagar).  No, una no va a pasarse toda la vida siendo una persona normal para al final decir una bobada o una bastada, y que te recuerden después por eso. Ni hablar. Fíjate, aquí pone -me enseña otra hoja- que al rey Jorge V de Inglaterra le dijeron, antes de sedarlo, que se iba a poner bien y volvería a pasar las vacaciones en Bognor, al sur de Inglaterra ¿Y sabes qué contestó? "¡Que le den a Bognor!", que ya me dirás tú si no es poco regia la expresión. Y mira éste, el Mariscal Antonio José de Sucre, que nunca en su vida había dicho una palabrota, ¡ni una sola!, y cuando le dispararon en la selva de Colombia va y dice: "¡Carajo, un balazo!", poniendo un manchón en el último instante a una vida impoluta. Y tampoco es cuestión de ponerse entonces en plan preguntón para quedarte luego sin respuestas. Mira. aquí tengo unas cuantas de esas: "Doctor, ¿cree usted que habrá sido el salchichón?" (Paul Claudel); "¿De dónde sacarán el dinero las Diputaciones? (el padre de Joaquín Sabina); "¿Me estoy muriendo o es mi cumpleaños?" (Nancy Astor, en un momento que despertó de la inconsciencia y vio a todo el mundo alrededor); "¿Está seguro de que está haciendo esto bien?" (Williams, un condenado a muerte a su verdugo, que no acertaba a matarlo); el mismo Julio César con su "¿Tú también, hijo mío?", como si no estuviera claro. No, estas últimas palabras no me sirven, no transmiten la serenidad que una debe desplegar en su despedida.

- ¡Pero, bueno! -le pregunto- ¿Qué buscas exactamente?

- Pues no sé, algo atinado y digno de ser recordado, que no sea pomposo ni complicado. Me gustan algunos adioses con humor, tipo el de Buster Keaton que, cuando en su lecho de muerte oyó a los parientes (que no sabían si estaba vivo o no) hablando de tocarle los pies porque los muertos siempre tienen los pies fríos, les soltó: "Juana de Arco, no", y después se murió. O Pedro Muñoz Seca que, cuando iba a ser fusilado, le dijo al piquete: "Me temo que ustedes no tienen intención de incluirme en su círculo de amistades". O Tomás Moro, que le pidió al verdugo que lo iba a decapitar: "¿Puede ayudarme a subir? Porque para bajar, ya sabré arreglármelas por mí mismo". Son frases increíbles. Pero se necesita mucha genialidad y sangre fría para ponerte a vacilar en esos momentos...

- Pues mira -le digo para ayudarla-, leí hace tiempo un artículo de Javier Cercas que justamente estaba haciendo lo mismo que tú. Decía que pensar en las últimas palabras era como hacerse un plan de pensiones, algo obligado al llegar a cierta edad, y que era una idea muy prudente para no quedar como un papanatas al final de toda una vida. Él ya hasta tenía preparadas las suyas. Se las cogió prestadas al practicante de su pueblo que, cuando se despedía de sus pacientes, decía siempre: "En vista del éxito obtenido, / me marcho por donde he venido".

- No sé, no sé, no me convencen mucho... Yo venía a ver si tú, que has leído a los filósofos, recuerdas alguna de sus frases que me pueda venir bien. Después de todo, son los sabios y los que más han reflexionado sobre la vida, la muerte, el alma, el más allá...

- No creas, me da que en esa coyuntura uno va a lo que va y no se mete en muchas disquisiciones filosóficas. Mira, por ejemplo, las últimas palabras de Platón: "Critón, debemos un gallo a Esculapio, no te olvides de pagar la deuda". Hobbes también tendría algún problema con la luz porque habló de "Un gran salto en la oscuridad". Y Marx se puso antipático: "¡Váyanse! Las últimas palabras son para los tontos que no dijeron lo suficiente".

Pero entonces me acuerdo de otro filósofo, Ludwig Wittgenstein, y le digo a mi amiga sus últimas palabras.

- Y ¿sabes? -concluyo- no busques ni rebusques más y dedícate a vivir bien. Al final, te saldrán solas.

Me da que se fue contenta. Las últimas palabras de Wittgenstein, dichas a su hermana, fueron: "Diles que mi vida fue maravillosa".

lunes, 29 de mayo de 2017

Ser fan de "Les Luthiers"




Ser fan de "Les Luthiers" imprime carácter, como dicen que les pasa a los curas. Igual que el que es cura lo es para toda la vida así cuelgue los hábitos, los fans de "Les Luthiers" lo son también para siempre, desde aquel lejano día que oyeron El rey enamorado o La bella y graciosa moza marchóse a lavar la ropa, la mojó en el arroyuelo y cantando la lavó, la frotó sobre una piedra, la tendió de un abedul. Desde ese sublime instante se quedaron prendados de una forma de hacer música, fresca, a veces un poco gamberra, pero siempre divertida, elegante y original.

Los fans de "Les Luthiers" seguimos sus giras ("Todo Por Que Rías", "Bromato de Armonio", "Unen Canto con Humor", "Chist", "Lutherapia" "Hacen Muchas Gracias De nada", "Grandes Hitos", "Show Gran Reserva"...) y no nos perdemos ni un concierto aunque ese día nos toque operarnos del riñón. Lo primero es lo primero.

Los fans de "Les Luthiers" desde hace años, cada vez que vienen, en las largas colas para entrar a verlos, hacemos amistades eternas con otros fans, con los que comentamos aquellos golpes de los que nos acordamos: Puse pie en tierra de incas, o sea, hice hincapié... (jajaja), "...una vieja leyendo ebria... ¡Ah, no! Una vieja leyenda hebrea..." (jajaja), Cualquier tiempo pasado... fue anterior (jajaja), Hay dos palabras que te abrirán muchas puertas: tire y empuje (jajaja... y así sucesivamente).

Los fans de "Les Luthiers" nos conocemos todos los instrumentos que han construido: el Latín o violín de lata hecho sobre una lata de jamón; la Mandocleta, una bicicleta unida a una mandolina; el Nomeolbidet, híbrido de bidet y organistrum; la Guitarra Dulce, construida con dos latas de dulce de batata; el Narguilófono, flauta dulce más narguile (¡echaba humo y todo!); las Tablas de Lavar, forradas en hojalata a las que se le añadían platillo, caja china, cencerro, bocina...; el Bolarmonio, con un teclado de 18 pelotas de voley; el Shoephone para imitar los pasos de El asesino misterioso...

Los fans de "Les Luthiers" sabemos y cantamos a coro, como está mandado, sus mejores canciones: "Añoralgia" (Esta zamba canto a mi pueblo distante, cálido pueblito de nuestro interior, tierra ardiente que inspira mi amor, gredosa, reseca, de sol calcinante; recordando esa tierra quemante, resuena mi grito: ¡Qué calor!); "Perdónala" (No quisiera con Esther seguir viviendo...); "La payada de la vaca" ( Nómbreme usted el animal que no es toro ni cebú, que pa ayudar la salud y pa que a usted la aproveche, le da la carne y la leche en generosa actitud. Tiene cola y cuatro patas y cuando muge hace muuuuuu); "El teléfono del amor" (Alló, Silvia ¿dormías? Es que te aaaamoooooo...); "El explicado" y tantas otras. También se nos da muy bien "El vals del segundo".

Los fans de "Les Luthiers" compartimos todas las historias del célebre e inexistente compositor, autor al parecer de muchas obras de "Les Luthiers",  Johann Sebastian Mastropiero, desde aquella vez que estudiaba en la biblioteca los "volúmenes" de la Marquesa de Quintanilla, o cuando frecuentaba a la Duquesa de Lowrich fingiendo ardorosa pasión para a la vez cortejar a su hija y a su nieta; o aquella otra vez que, al escribir sus Memorias, las plagió enteramente de Günther Frager (el título de las Memorias es "Mi nombre es Mastropiero, como que me llamo Günther"). Sabemos incluso la influencia de la semiología estructuralista musicológica en las obras de Mastropiero.

Les Luthiers eran un grupo de amigos que estudiaban para otra cosa (Química, Medicina, Derecho, Ingeniería...), pero que se lo pasaban pipa cantando en un coro e inventando locos instrumentos. De ahí, una cosa llevó a la otra y no han parado desde hace 50 años, siendo una mezcla de humoristas, músicos, mimos, actores y amigos. "Quedamos nosotros y los Rolling Stones, pero nosotros sin agregados químicos", dicen. Algunos de sus fans tenemos su misma edad y los hemos seguido desde que en el 74 vinieron por primera vez a España (¡conocimos a Carlos López Puccio cuando aún no tenía canas!). Cuando hace 2 años murió Daniel Rabinovich, nuestro Neneco, lo sentimos como si fuera un miembro de nuestra familia.

Este año "Les Luthiers" han ganado el premio Princesa de Asturias de Comunicaciones y Humanidades ¿Quién mejor que ellos, que sobre ganar han dicho "Lo importante no es ganar sino hacer perder al otro"; sobre Comunicaciones, "Dime con quién andas y te diré si voy contigo" y "De cada 10 personas que ven la televisión, 5... son la mitad"; y sobre Humanidades, "Errar es humano pero echarle la culpa al otro es más humano todavía"? Se lo merecen bien merecido y, si no le dan también el Premio Nobel de Literatura, es porque los suecos son muy suyos y no se enteran mucho de los juegos de palabras y de la riqueza del idioma español.

Los fans de Les Luthiers sabemos que ellos, Marcos Mundstock, Carlos López Puccio, Jorge Maronna, Carlos Núñez Cortés y los dos nuevos, Horacio Turano y Martín O'Connor, recibirán con dignidad ese honor ¿Qué nos queda a nosotros? Alegrarnos, brindar con ellos (alzando también una copa al cielo para decir "¡Qué bueno, Daniel!"), y darles las gracias por tanto rato bueno que nos han hecho pasar. Esto es todo.

(He subido dos vídeos de Les Luthiers. Uno, "Dilema de amor", por la cercanía con la filosofía. Ah, si lo hubiera visto en aquellos días que daba clase, mis alumnos no se habrían librado de un "análisis epistemológico". El otro, "Añoralgias", porque es uno de los que más cantamos cuando nos reunimos los amigos)






lunes, 22 de mayo de 2017

Sí, quiero






Yo nací en una generación en la que los momentos íntimos eran eso, íntimos, y en la que dichas intimidades no se pregonaban a diestra y siniestra. Nosotros, como en la canción de Armando Manzanero "Somos novios", procurábamos "el momento más oscuro para hablarnos, para darnos el más dulce de los besos...". Pero no hablo sólo de besos y demás arrumacos, sino que a la hora de decidir casarnos, de decirnos un "te quiero", de esos momentos tiernos que sólo pertenecen a dos personas, era imprescindible la soledad.

lunes, 15 de mayo de 2017

Presumir en los semáforos




Uno de mis parientes se ha comprado hace pocos días un descapotable. Era de segunda mano y estaba a buen precio pero realmente no lo necesitaba porque tanto su mujer como él tienen su coche para ir al trabajo. Además es de 2 plazas, así que es muy poco práctico y no sirve ni para ir a llevar a los niños al colegio. Pero parece que un instinto primario, una compulsión genética lo llevaron a un deseo repentino y urgente de posesión y, para convencer a su mujer, después de hablarle de todas las bondades del coche que se le ocurrieron, le dio la puntilla rematando: "Y ¿te has fijado en la matrícula? ¡Es la fecha de mi cumpleaños! ¡Es una señal!". Y, como ante las señales no hay nada qué hacer, se lo compró.

lunes, 8 de mayo de 2017

Nosotros, los de entonces




Esta semana mi primo Néstor ha creado un grupo de wasap, conmigo y mis hermanos, los 4 niños que crecimos juntos en la calle del Pilar y de San Miguel en Santa Cruz. Es un chat para la nostalgia y le puso por nombre "Nosotros". Ya mi hermano mandó una foto de unos niños jugando al fútbol en una calle sin coches -"Esto era vida", dice-; mi hermana, una foto de Marisol en "Ha llegado un ángel" -"Aquella época..."-; y yo subí las tres primeras fotos en las que se nos ve juntos a los 4, para que eligieran el icono del grupo. Optaron por la que pongo al inicio hoy, hecha en la primera comunión de mi primo, todos serios y vestidos de domingo, yo con gorro de casquete y todo. Hasta mi hermano, que tenía ahí 6 años, posa con corbata, como un señor.

lunes, 1 de mayo de 2017

Historias de Los Sauces: la historia de Frasquín


Antiguo edificio de Correos en Los Sauces

En aquellos tiempos en los que las cartas eran el principal medio de comunicación entre las personas y eran esperadas con toda la ilusión del mundo, el cartero de un pueblo formaba parte de las fuerzas vivas, junto con el maestro, el alcalde, el cura, el boticario y los cuatro o cinco ricachones que se reunían por las tardes en el Casino a jugar al dominó y a hablar de sus cosas.

lunes, 24 de abril de 2017

Dame limosna de amores, Dolores




¡Hay que ver la cantidad de formas de pedir limosna que tenemos los humanos! El lenguaje, que es trasunto de la vida, busca subterfugios, desvíos, disfraces, para que ese hecho, el sacarle el dinero al prójimo, no parezca lo que es. Porque ¡no me digan que lo que las monjas nos mandaban a hacer de pequeñas (pedir dinero por las calles para los negritos con una hucha-cabeza) no era pedir limosna! Sí, sí, ya sé que se llamaba cuestación o postulación, pero en el fondo era pedir dinero (postular viene del latín postulare, pedir). Igual que es pedir dinero pasar el cesto en la misa o en cualquier reunión, o que se haga una colecta, o que se pida un donativo o una propina, o que se recauden impuestos... O, más modernos todavía, que se haga un crowdfunding, que es otra manera más cosmopolita de pedir dinero para la colectividad. El caso es que, si se fijan bien, media humanidad le está pidiendo dinero a la otra media. Y es que siempre han existido pedigüeños, aficionados a pedir (y cuando piden "por Dios", son "pordioseros"), porque siempre ha habido gente que puede dar.

lunes, 17 de abril de 2017

Un paso adelante




Esta semana mi amigo Miguel se ha lanzado en parapente por primera vez en su vida. Miguel tiene 71 años, una edad en la que muchos pensamos que no estamos para vaivenes (y si son por los aires, menos). Y, sin embargo, ahí lo ven en la imagen inicial, cumpliendo el mismo sueño de volar que tantos han tenido antes que él (empezando por Leonardo da Vinci cuando se puso a dibujar alas como un loco). Miguel cuenta de esa experiencia prodigiosa que sólo fue dar un paso adelante. Te pertrechas bien con casco, chaleco y parapente, y después sólo se trata de correr un poco ladera abajo en los altos de Adeje y, oooohhh, das un paso más ¡y ya estás en el aire! Ni vértigo ni miedo: únicamente la sensación de jugar con las corrientes y de dominar un paisaje infinito a tus pies.

lunes, 10 de abril de 2017

¡¡¡Sorpresa!!!




Cuando yo era chica, no existían las fiestas-sorpresa. Todo lo contrario. Los cumpleaños y eventos varios eran anunciados y preparados con la suficiente antelación como para deleitarnos también en los "antes de". Se lo comunicábamos a todo el mundo y se pensaban con cuidado los regalos, mientras mi madre trajinaba poniéndolo todo a punto y pensando en juegos que nos iba a proponer (el pañuelito o el brilé en el patio, tinieblas en el cuarto oscuro del final del pasillo, las sillas musicales, que no podían faltar...), y mi abuela llenaba la casa de aromas que surgían de enormes bizcochones, de marquesotes melados, de bollos de manteca, de esponjosos merengues... Hasta recuerdo sus manos dándole forma con maestría a las delicadas figuritas de azúcar (pájaros, flores, mariposas) con las que iba a adornar la tarta. No eran fiestas-sorpresa pero siempre eran sorprendentes.

lunes, 3 de abril de 2017

El poltergeist de mi hermana


Recreación del poltergeist de mi hermana dibujada por mi nieta Eva de José

Mi hermana Chari asegura que tiene un poltergeist en su casa. La palabra poltergeist viene del alemán poltern, hacer ruido, y geist, espíritu. Así que lo que hay en casa de mi hermana, según ella, es un espíritu ruidoso haciendo el gamberro y dando la tabarra.

lunes, 27 de marzo de 2017

Padre, también, no hay más que uno




Todos los años por el Día del Padre oigo la misma cantinela en blogs, en la radio, en comentarios de amigos...: que si es una fiesta inventada por Galerías Preciados; que, total, a los padres se les quiere todo el año y se les puede homenajear cualquier día; que los "días de" no sirven para nada, sino para que los almacenes se forren... Y a mí, que ustedes saben que me encanta celebrar, se me llenó este año la cachimba y, qué demonios, voy a romper una lanza a favor de los sufridos padres y su Día.

lunes, 20 de marzo de 2017

Dios salve a la reina




¿No les ha pasado alguna vez que un tema se les hace recurrente y les aparece cual mosca cojonera por todas partes? Porque eso es lo que me ha pasado a mí esta semana con la reina de Inglaterra. Hace dos semanas les hablaba aquí de su antepasada, la pérfida Isabel I, y ahora me tropiezo con su descendiente Isabel II. Con la aristocracia hemos topado, mira tú por dónde.

lunes, 13 de marzo de 2017

¿Aplatanados, nosotros?




Así nos llaman a los canarios el resto de España y parte del extranjero: aplatanados (que, según el diccionario, es algo así como aletargados o amodorrados) ¿Lo somos realmente?

lunes, 6 de marzo de 2017

La venganza es un plato que se sirve frío




¡Ahora lo entiendo todo! He podido hallar el origen primigenio, la causa última de un hecho que esta semana me había dejado perpleja, confusa y ¿por qué no decirlo? hasta un poco cabreada.

lunes, 27 de febrero de 2017

¡Adelante, mis valientes!




Cuando éramos chicas y vimos "Un rayo de luz" de Marisol quedándonos traspuestas de la emoción (teníamos su misma edad), la escena que más nos gustaba era cuando ella y sus amigos armaban una guerra contra otros niños y ella cantaba lo de "¡Adelante, mis valientes! ¡Con la espada! ¡Con los dientes!...".

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