lunes, 24 de abril de 2017

Dame limosna de amores, Dolores




¡Hay que ver la cantidad de formas de pedir limosna que tenemos los humanos! El lenguaje, que es trasunto de la vida, busca subterfugios, desvíos, disfraces, para que ese hecho, el sacarle el dinero al prójimo, no parezca lo que es. Porque ¡no me digan que lo que las monjas nos mandaban a hacer de pequeñas (pedir dinero por las calles para los negritos con una hucha-cabeza) no era pedir limosna! Sí, sí, ya sé que se llamaba cuestación o postulación, pero en el fondo era pedir dinero (postular viene del latín postulare, pedir). Igual que es pedir dinero pasar el cesto en la misa o en cualquier reunión, o que se haga una colecta, o que se pida un donativo o una propina, o que se recauden impuestos... O, más modernos todavía, que se haga un crowdfunding, que es otra manera más cosmopolita de pedir dinero para la colectividad. El caso es que, si se fijan bien, media humanidad le está pidiendo dinero a la otra media. Y es que siempre han existido pedigüeños, aficionados a pedir (y cuando piden "por Dios", son "pordioseros"), porque siempre ha habido gente que puede dar.

Frente a este hecho, muchos sentencian, agarrándose a la sabiduría popular, que "frente al vicio de pedir está la virtud de no dar" y alegan que la limosna nunca ha resuelto nada; otros dan movidos por la compasión, un sentimiento muy humano; y otros han apoyado revoluciones para que pueda llegar el día en que la igualdad utópica y soñada entre clases haga innecesaria de una vez por todas la limosna.

Pero pienso que el hecho es complejo... Les cuento tres casos cercanos.

Primer caso: a casa de mis padres venía a pedir casi todas las semanas un viejito. Mal vestido, encorvado y con bastón, arrastraba los pies y hablaba con voz temblorosa. Pero un día mi madre lo vio en la recova, sin que él la viera, y era otro hombre. Caminaba con gallardía, sin bastón, hablando con todo el mundo: un hombre todavía joven que parecía moverse por allí como en casa propia. Nada extraño porque, como luego se enteró mi madre, tenía un puesto de verduras ¿Qué puede llevar a un hombre que se ganaba bien la vida a tal impostura?

Segundo caso: años después a mi casa también venía de vez en cuando un chico de unos 15 o 16 años. Se plantaba en la puerta -ceño fruncido y cierto desaliño, que me recordaba a Guillermo Brown- y decía muy serio: "Estoy pidiendo". Así lo llamaban mis hijos, Estoypidiendo, porque nunca le oímos otras palabras. Ni buenos días, ni gracias, ni nada. Yo siempre le daba una bolsa con lo que encontraba en la despensa: leche condensada, arroz, latas..., alimentos que no tuvieran temprana caducidad. Un día los encontré tirados en el camino de casa y él ya no volvió más ¿Qué pedía exactamente Estoypidiendo? Si hubiese sido más explícito...

El tercer caso me lo contó hace menos de un mes Chris, un amigo griego del que ya les he hablado alguna vez, que vive entre Nueva York, París y Dubai. Chris estaba en el Aeropuerto de Doha en Qatar, esperando coger el avión hacia Dubai. En Qatar, el país más rico del mundo con una renta per cápita de 100.000 dólares, no se ven mendigos nunca. Por eso le sorprendió tanto que se le acercara allí, en la sala de espera para coger un vuelo cuyo billete costaba 300 dólares, una señora muy digna, vestida con el hiyab tradicional, y le pidiera dinero ¿Qué historia habría detrás?

A mí estos tres casos me han hecho reflexionar sobre la naturaleza de la limosna. Porque también están los que no piden dinero, sino amor. Ya Platón dijo que el Amor es hijo de Poros, el dios de la Abundancia, y de Penia, la diosa de la pobreza y que algo de "pidión" tenía; y Lola Flores lo hizo al cantar su "Dame limosna de amores, Dolores, dámela por caridad..."; y Gloria Fuertes cuando dejó escrito en un poema:
Os digo en prosa:
nunca pedí dinero,
comida, sangre o ropa. 
Empecé a trabajar de niña de niñera.
Fui la criada de mi casa propia.
(Yo misma fui mi propia muñeca).
Luego de mayor,
lo único que pedí prestado
fue amor; 
lo devolví con creces, 
hoy estoy arruinada.

El caso es pedir. No tenemos remedio.

(La imagen inicial son dos niños mendigos, fragmento del cuadro "Los pifferari en el soportal de Vía Baccino de Roma" de José de Madrazo Agudo. Exposición "El mundo de los Madrazo", visto el jueves pasado en la Fundación CajaCanarias)


lunes, 17 de abril de 2017

Un paso adelante




Esta semana mi amigo Miguel se ha lanzado en parapente por primera vez en su vida. Miguel tiene 71 años, una edad en la que muchos pensamos que no estamos para vaivenes (y si son por los aires, menos). Y, sin embargo, ahí lo ven en la imagen inicial, cumpliendo el mismo sueño de volar que tantos han tenido antes que él (empezando por Leonardo da Vinci cuando se puso a dibujar alas como un loco). Miguel cuenta de esa experiencia prodigiosa que sólo fue dar un paso adelante. Te pertrechas bien con casco, chaleco y parapente, y después sólo se trata de correr un poco ladera abajo en los altos de Adeje y, oooohhh, das un paso más ¡y ya estás en el aire! Ni vértigo ni miedo: únicamente la sensación de jugar con las corrientes y de dominar un paisaje infinito a tus pies.

En honor a la verdad, a aquellos que hemos llegado al otoño de la vida nos asusta lo que nunca hemos experimentado y nos identificamos más con aquellos versos de Manuel Alcántara que hasta Antonio Banderas tiene grabados en una pared de la terraza de su casa: "A la sombra de una barca / me quiero tumbar un día, / y echarme todo a la espalda / y soñar con la alegría". Y nos sorprende que haya personas como Miguel que, lejos de esa vocación "tumbona" a la que nosotros nos aferramos, se arriesguen, apuesten por el camino no trillado aunque pueda parecer peligroso y hagan una pirueta en la cuerda floja de la vida.

Esa pirueta no tiene por qué ser lanzarnos al vacío o conquistar un "ochomil" (como, por ejemplo, va a hacer ahora el alpinista abulense Carlos Soria con 78 años). Puede ser también un cambio de vida, como el del Sr. Kowalski, un personaje de la novela de Pierre Lemaitre que acabo de leer "Tres días y una vida", que en su jubilación se va a vivir a una caravana  para no sentirse de ningún lugar. O como Paco, un amigo que, con 76, se ha embarcado en comprarse un apartamento frente al mar y las gaviotas con lo trabajoso que es eso -remozarlo, amueblarlo, vivirlo-. O simplemente como Juan, otro amigo de 82 años que, con la ilusión de un adolescente, se ha comprado una moto. O como todos los que conozco que, ya jubilados, se apuntan a cursos para aprender a entender la música o la astronomía o el chino. Nada de tumbarse.

Tengo una amiga, viuda y con 70 años, que vive en esa Venezuela convulsa de la que nos hablan los periódicos y que ella sufre a diario: violencia, carencia de alimentos y medicinas, inseguridad. Los hijos viven fuera del país e instan a su madre, que está sola en Caracas, a seguirlos. Ella, con esa gracia del léxico hispanoamericano, dice que ya ha llegado "al llegadero", y es consciente de que eso no es vida y de que, ella que puede, debería cortar amarras. Pero tiene miedo de dejar su casa de toda la vida, el entorno conocido y amado.

Nadie puede decidir por ella. Pero tal vez, y salvando las distancias, el ejemplo de Miguel y de muchos como él la ayude. Costará, claro, porque nos hemos acostumbrados al suelo de la rutina bajo nuestros pies y a "tumbarnos a la sombra de una barca". Pero, a lo mejor, cambiar puede hacer que nos sintamos libres en el aire y llevarnos a la satisfacción de manejar nuestra vida sin que oscuros poderes decidan por nosotros. Al fin y al cabo, ante los retos, sólo se trata de pertrecharnos bien -los recuerdos siempre van a ir contigo-, coger carrerilla y dar un paso adelante.

lunes, 10 de abril de 2017

¡¡¡Sorpresa!!!




Cuando yo era chica, no existían las fiestas-sorpresa. Todo lo contrario. Los cumpleaños y eventos varios eran anunciados y preparados con la suficiente antelación como para deleitarnos también en los "antes de". Se lo comunicábamos a todo el mundo y se pensaban con cuidado los regalos, mientras mi madre trajinaba poniéndolo todo a punto y pensando en juegos que nos iba a proponer (el pañuelito o el brilé en el patio, tinieblas en el cuarto oscuro del final del pasillo, las sillas musicales, que no podían faltar...), y mi abuela llenaba la casa de aromas que surgían de enormes bizcochones, de marquesotes melados, de bollos de manteca, de esponjosos merengues... Hasta recuerdo sus manos dándole forma con maestría a las delicadas figuritas de azúcar (pájaros, flores, mariposas) con las que iba a adornar la tarta. No eran fiestas-sorpresa pero siempre eran sorprendentes.

La primera fiesta-sorpresa a la que fui me la organizó a mí una amiga americana por mi 40 cumpleaños. Hasta ese momento nunca había oído hablar de ellas. Pero mi marido, que odia los sustos y da saltos de 3 metros cuando alguien se le acerca por detrás sin que él lo oiga, fue y me lo dijo antes para que fuera preparada y no me diera un ataque al corazón o un jamacuco. Él es así de detalloso.

Y algo así deben de ser también todos los que no pueden callarse y fastidian todas las fiestas-sorpresa que ahora abundan por doquier. Y si no, vean los "toques sorpresivos" que mi amiga Marta, que se acaba de jubilar, fue recibiendo por parte de sus compañeros desde un mes antes de la fiesta-sorpresa que le prepararon.

Primer toque. El jefe manda al wasap colectivo (lo pongo en negrita para que se atienda bien a que es el chat que todos en la empresa, incluida la propia Marta, leen) la siguiente proclama: "¡Atención todos! ¡El 3 de marzo fiesta-sorpresa de Marta! Es importantísimo que nadie se vaya de la lengua ¡A disimular todos!"

Segundo toque: Marta encuentra en una bandeja en la sala común, entre listas de cosas pendientes y borradores, un papel que, bajo el título "Fiesta-sorpresa de Marta", pone la lista de asistentes y el dinero que cada uno tiene que pagar para el reloj que le van a regalar y para la cena.

Tercer toque: Una amiga, que la ve días después por el pasillo, va y le dice: "Fíjate, qué pena, el 3 de marzo estoy de viaje. No voy a poder acudir a tu fiesta". "No te preocupes, mujer, otra vez será" le contesta Marta, que cada vez  está más asombrada.

Cuarto toque: Encuentra otro papel, esta vez pinchado en un corcho, con las opciones de menú que el restaurante propone y la indicación de que vayan apuntando lo que prefieran. Marta está tentada de poner "a mí me gusta más el bacalao", pero se refrena.

Quinto toque: Dos días antes de la fiesta, la amiga y compañera con la que Marta y su marido suelen salir los viernes, la llama y con tono de voz entusiasmado (y superfingido) le dice que ese viernes la va a llevar a un sitio nuevo. Cuando Marta se lo cuenta a su marido, éste, pensando en un despiste de la amiga, manda a escondidas un wasap diciendo: "Eh, que no se les olvide que esa noche es la fiesta-sorpresa de Marta". Claro que lo manda al wasap del grupo de amigos (donde también está Marta).

Total, cuando llega el Día D y la Hora H, Marta sabe quiénes asisten a su fiesta, qué le regalarán, a qué restaurante van, que comerán y cuánto les ha costado todo. Pero como es una señora, antes de entrar se recompone, ensaya lo de abrir los ojos y la boca para que se le vea convenientemente pasmada, abre la puerta y... ¡¡¡Sorpresa!!!, aplauden todos encantados de la vida.

No, con fiestas-sorpresa así, no hay ningún peligro de que le dé un ataque al corazón del sobresalto. También es verdad que tampoco hay peligro de llevarse una sorpresa.

lunes, 3 de abril de 2017

El poltergeist de mi hermana


Recreación del poltergeist de mi hermana dibujada por mi nieta Eva de José

Mi hermana Chari asegura que tiene un poltergeist en su casa. La palabra poltergeist viene del alemán poltern, hacer ruido, y geist, espíritu. Así que lo que hay en casa de mi hermana, según ella, es un espíritu ruidoso haciendo el gamberro y dando la tabarra.

En la "Enciclopedia de las cosas que nunca existieron", un libro precioso obra de Michael Page y Robert Ingpen, dice que "las actividades de los poltergeist son bien conocidas y están abundantemente documentadas: rotura de cacharros y ventanas, ruidos y golpeteos, muebles y objetos que se caen...". Realmente lo que hacen es vacilar con el personal. Son traviesos, guasones y, como decimos los canarios, desinquietos.

Casi todos los días, cuando caminamos por las mañanas, Chari me da el parte. Que si ayer se cayó al suelo sin más ni más una churrera que tenía en el último estante de la despensa. Que si anteayer una tapa salió volando cuando ella abrió la puerta de la alacena. Que si otro día oyó desde el dormitorio un escandaloso ruido en la cocina, cataplún, plim, plam, y, cuando fue a ver, no había nada y esta es la fecha que no sabe qué cosa lo produjo ni que cosa se cayó. Que, además, a cada rato le desaparecen objetos, como un bote de aceitunas que pone sobre la mesa mientras ordena la compra y, cuando lo va a buscar, ni humo, ni pelo ni bote de aceitunas...

Yo me pongo en plan científico y le doy las explicaciones que la gente racional dice: ¡Eso es una corriente de aire pululando por allí! ¡Eso es la electricidad estática (sea lo que sea eso)! ¡Eso fue un ruido lejano y que oíste más cerca por aquellos de los ecos! ¡Eso es que tú tienes la cabeza en otra cosa y te despistas!  ¿Y si las aceitunas te las comiste tú sin darte cuenta mientras colocabas el detergente por allí y las papas por allá? No pongas esa cara, a mí me ha pasado.

O a lo mejor, le digo, lo que nos pasa es que, en esta época de materialismo y tan de al pan, pan y al vino, vino, tenemos una gran necesidad de creer en los misterios. La gente lleva siglos buscando respuestas racionales a leyendas milenarias. En una reseña que Guillermo Altares hace al libro "La historia de los fantasmas. 500 años buscando pruebas" dice que "el mérito de este libro reside en que nos convence de que da igual creer o no creer: los fantasmas nos gustan porque la posibilidad de que existan agranda un mundo cada vez más pequeño". Y algo de eso hay porque ¡anda que no nos gusta un fantasma! Y si es de estos que no van de asustones, uuuuuh. sino que son divertidos y que lo único que pretenden es reírse un poco de los mortales, mejor todavía.

Aunque, ahora que lo pienso, mejor es creer en ellos y empezar a echar la culpa de todo aquello que se nos olvida, que se nos cae, que se nos desordena, que está patas arriba..., no a explicaciones lógicas ni a que cada vez tenemos la cabeza más p'allá que p'acá, sino a ese ente burlón y enredador que hasta compañía nos puede hacer, oye ¿Saben la cantidad de responsabilidades que nos quitaríamos de encima? ¡La culpa la tiene él!, diríamos en plan emperatriz de Bizancio. Donde esté un buen espíritu (alias chivo expiatorio), que se quiten todos los remordimientos por nuestros despistes y todas las leyes electroestáticas del universo.

Estoy por pedirle prestado el poltergeist a mi hermana.

lunes, 27 de marzo de 2017

Padre, también, no hay más que uno




Todos los años por el Día del Padre oigo la misma cantinela en blogs, en la radio, en comentarios de amigos...: que si es una fiesta inventada por Galerías Preciados; que, total, a los padres se les quiere todo el año y se les puede homenajear cualquier día; que los "días de" no sirven para nada, sino para que los almacenes se forren... Y a mí, que ustedes saben que me encanta celebrar, se me llenó este año la cachimba y, qué demonios, voy a romper una lanza a favor de los sufridos padres y su Día.

En primer lugar, no es verdad que sea una fiesta inventada por los grandes almacenes. La historia de su creación es muy bonita porque es la de una hija agradecida. Sonora Smart Dodd en 1909 propuso establecer un día de homenaje a los padres porque el suyo, Henry Jackson Smart, un granjero de Spokane en el estado de Washington en Estados Unidos, cuidó, protegió y encaminó, con amor y acierto, a sus seis hijos cuando su mujer murió en el parto del último. La campaña que su hija hizo a favor de un Día especial cuajó y unos años después, en 1924, el presidente Calvin Coolidge lo instituyó oficialmente. Y como las buenas ideas se suelen propagar como virus (hoy decimos que se hacen virales), esta se extendió por el mundo entero. En España, la primera que recogió el testigo fue una maestra, Manuela Vicente Ferrero que, animada por los padres de sus alumnos, decidió en 1948 dedicar el día de San José, padre oficial de Jesús, a hacer una fiesta en homenaje a los padres: sus alumnos hicieron la manualidad correspondiente y hubo misa, actuaciones y teatro. Al año siguiente, también se celebró y, además, se publicó la experiencia en "El Magisterio español" y otras revistas, hubo entrevistas en la radio y de ahí la idea fue extendiéndose hasta hoy. 

Y claro que los comerciantes (no sólo aquí sino en todo el mundo) arrimaron el ascua a su sardina ¡Buenos son ellos para no hacerlo! Más lo hacen en las navidades y no por ello decimos que la Navidad la inventó Galerías Preciados. Pero la idea original no fue nunca, como muchos parecen creer, aumentar los ingresos de los grandes almacenes. Sobre todo porque las maestras (benditas sean) han continuado, desde aquella primera vez, promocionando en los colegios el hacer un regalo-manualidad. Este año a mi hijo le ha regalado mi nieto una taza con su manita pintada en ella. Y todavía mi marido guarda con mimo en su librería un lapicero hecho con una lata de jugo de frutas, pintada de rojo por mi hijo, en donde pone en infantiles letras blancas: "Te quiero, papá". 

En segundo lugar, ya sé que no hace falta que haya un día especial para querer a nuestros padres y que es verdad que podríamos homenajearlos todos los días del año. Pero el caso es que, agobiados por el ajetreo de la existencia, no lo hacemos nunca. Y menos mal. Tampoco es cuestión de estar todos los días de festejo. Pero ¿qué problema hay en que haya un momento para hacerlo? Un día al año no hace daño.

Y en tercer lugar, sí que los "días de" sirven. Todas las fiestas cumplen una función social de cohesión en cualquier comunidad y, en estos tiempos tan críticos, cuanto más se celebre la vida, mejor. Pero además, el Día del Padre cumple una función de justicia: agradecer a los hombres que, aunque no hayan parido, actúan como si lo hubieran hecho. Hombres que no "ayudan" sino que se implican; hombres que tienen la capacidad de amar; hombres que, cuando la mano de un recién nacido se les enrosca en el dedo (ya sé que eso es el reflejo de prensión palmar, pero ¡qué reflejo más emocionante y qué sabia es la naturaleza!), entregan el corazón y la vida a ese niño. A partir de ese momento se desvivirán por él, se levantarán de madrugada para calmar sus pesadillas, lo llevarán más tarde a las fiestas de sus amigos, le explicarán matemáticas antes de un examen, se preocuparán cuando empiece a tuntunear por la vida... ¡Qué menos que un día al año se junten las familias alrededor de un puchero (o, como nosotros este año, de una paella) y brinden por un padre que se ha comportado como tal!
¡Por mi padre, que fue todo bondad, y por el padre de mis hijos, que, el primer día que fuimos padres. me enseñó cómo se plegaba y se ponía a nuestra hija un pañal de los de tela! Y por mi hijo, que ya sabe lo que es que un niño te mire con adoración.


lunes, 20 de marzo de 2017

Dios salve a la reina




¿No les ha pasado alguna vez que un tema se les hace recurrente y les aparece cual mosca cojonera por todas partes? Porque eso es lo que me ha pasado a mí esta semana con la reina de Inglaterra. Hace dos semanas les hablaba aquí de su antepasada, la pérfida Isabel I, y ahora me tropiezo con su descendiente Isabel II. Con la aristocracia hemos topado, mira tú por dónde.

Primero fue con la lectura de una novelita deliciosa de Alan Bennet, "Una lectora nada común", sobre las aficiones literarias de una Isabel II, cercana a los 80, que descubre maravillada lo incitante y democrático que puede resultar un libro: "El atractivo, pensó, estaba en su indiferencia (...) A los libros no les importaba quién los leía o si alguien los leía o no. Todos los lectores eran iguales, ella incluida. Los libros no se sometían. (Leer) era un acto anónimo; era compartido; era común. Y ella, que había llevado una vida distinta de la de los demás, descubrió que ansiaba aquello. Allí, entre aquellas páginas y entre aquellas tapas, estaba de incógnito.". Nunca había pensado en esta característica igualitaria de la lectura.

Después, cuando a mí, que no soy nada monárquica, me empezaba a caer estupendamente bien la señora, me vi con mis nietos la película de Spielberg "Mi amigo el gigante", basada en el libro de Roald Dahl "El Gran Gigante Bonachón". En ella el Gigante, que habla con palabras torcidas, defiende ante su amiga, la huerfanita Sofía, las bondades del gasipum, una bebida verde en la que las burbujas van al revés, hacia abajo, provocando "popotraques":
- ¡Los "gingantes" soltamos popotraques continuamente! Eso es señal de "filicidad" ¡Es música para nuestros oídos! No vas a "dicirme" que un poco de popotraqueo es cosa prohibida entre los guisantes humanos...
- Se considera de muy mala educación - contestó Sofía.
- Pero tú bien debes soltar algún popotraque de vez en cuando, ¿no? -quiso saber el GGB.
- Todo el mundo lo hace -reconoció la niña-. Los reyes y las reinas popotraquean, como lo llamáis. Y también los presidentes. Y los artistas de cine. Y los bebés. Pero en mi tierra no es fino hablar de eso. 
En la película Sofía y el Gigante van a ver a la reina Isabel II de Inglaterra y él le da a probar el gasipum con lo cual la reina "popotraquea" (un gas verde por detrás que la levanta ligeramente de la silla). Me pegaba que esto era un añadido gamberro de Spielberg y, efectivamente, me fui a la fuente original y Dahl en su libro no menciona para nada esa falta de respeto a su real Majestad.

Le comentaba esto a mi amigo Álvaro y entonces me contó (y me envió después) una anécdota que le había leído a Alfonso Ussía en su libro "El humor en la alta política" sobre un encuentro entre la reina de Inglaterra y el presidente portugués Ramalho Eanes:
"Después del frío, pero cordial saludo, y tras pasar revista a los batallones de la Guardia Real, los lanceros y los Dragones de la Reina, ambos mandatarios abandonaron la Estación Victoria en la carroza de Su Majestad. La carroza marchaba tirada por ocho espectaculares caballos negros, uno de los cuales, al tomar una curva en Trafalgar Square, se fue de sus partes traseras y se tiró un pedo tan grande como la Abadía de Westminster. El hedor, dulzón y perverso del aire escapado del caballo, entró de lleno en la carroza real. La Reina, como anfitriona, se disculpó. El Presidente Eanes aceptó las disculpas: "No se preocupe vuestra majestad, porque yo creía que había sido un caballo". 

Esta reina, a ratos imaginada y a ratos real, con la que se puede hablar hasta de pedos (aunque no sea fino, como dice Sofía), casa muy poco con la inflexible y protocolaria de la que habla, en una entrevista que también leí esta semana, el piloto de Formula 1 Lewis Hamilton, cuando la Reina lo invitó a un almuerzo: 
"Estaba emocionado y me puse a hablar con ella, pero me dijo, señalando a mi izquierda: "Usted hable primero con quien tiene sentado a su otro lado y luego yo me volveré hacia usted y entonces conversaremos".

Y todo esto me deja pensando en esa dama que debía estar jubilada como yo, conocida por todos, con su sombrero, su bolso y su peinado siempre igual, una de las más ricas del mundo, llena de títulos como para empapelar un palacio; una mujer que no pensó en ser reina, pero que ahí la tienes, la más longeva, viviendo una vida que no ha elegido y que otros han organizado para ella, milimetrada, encorsetada en absurdos protocolos, sin poderse echar una cana al aire, ni siquiera una carcajada ¿Ustedes la han visto alguna vez pasando más allá de una sonrisa? ¡Qué soledad, qué aburrimiento, qué harta debe de sentirse a veces, qué vida tan terrible debe ser aquella en la que rascarte la nariz puede ser noticia en las páginas de los periódicos! Si ahora se convocaran oposiciones a reina, no me presentaba ni loca que yo estuviera.

Ahora entiendo por qué el himno de Inglaterra se llama "Dios salve a la reina" ¡La pobre!

lunes, 13 de marzo de 2017

¿Aplatanados, nosotros?




Así nos llaman a los canarios el resto de España y parte del extranjero: aplatanados (que, según el diccionario, es algo así como aletargados o amodorrados) ¿Lo somos realmente?

Es verdad que hay un ritmo más pausado en nuestra tierra que en la península. Por ejemplo, ante un semáforo en verde, no pitamos desesperadamente, como si se nos estuviera quemando el potaje, al coche que va delante, Tampoco se nos ve a todo meter caminando por las calles. Pero ¿amodorrados? ¡Como no sea a la hora de la siesta!

Pero así nos ven. Y todavía me parece más curioso, en este mundo tan globalizado y publicitado, cómo nos ven los que nunca han venido aquí y que casi lo único que saben de Canarias es que son unas islas en medio del Atlántico, cerca de África. Hace algunos años, conocí a unos extranjeros que me confesaron que su idea inicial era que los pueblos de nuestra isla se componían de cabañas a la orilla de ríos, desde los que los cocodrilos salían a pasear a todas horas (yo les dije que eso era totalmente falso, que aquí los cocodrilos sólo salen a pasear de 5 a 6). Y hace poco, no muy lejos de esto, los consuegros italianos de unos amigos, cuando vinieron a conocerlos, se quedaron tan maravillados de que esta fuera una isla civilizada, limpia y tranquila que le dijeron a su hija lo contrario que hasta ese momento habían defendido: "Si te decimos que vuelvas a Italia, no nos hagas caso".

Esta manera de vernos -aplatanados o habitantes del África profunda- es, por supuesto, un estereotipo, un acuerdo común sobre nuestros rasgos predominantes como grupo. Y todos tenemos estereotipos. Ayer mismo una amiga que veía el partido de baloncesto Real Madrid-Barcelona, hablando del cordobés Felipe Reyes, comentaba: "Ay, qué sosito es el rey de los rebotes. Cualquiera dice que es andaluz...". Los andaluces tienen que ser graciosos y ocurrentes; los ingleses, flemáticos; los catalanes, más agarrados que clavo en pared; los latinos, apasionados; los gallegos, escurridizos (¡hombre, como Rajoy!)...

El problema de los estereotipos (aparte de que nos engañan respecto a las personas concretas ¡Yo no soy aplatanada!) es que pueden justificar los prejuicios sociales, actitudes negativas hacia determinados grupos, que acompañan a todos los conflictos. A cada rato oigo soflamas que dicen que los de izquierdas son antiespañoles o que los de derechas son intolerantes. De ahí al "y tú más" o al "ahora no me 'ajunto' contigo" va un paso. Y, cuando menos te lo esperes, armamos el pifostio ¡Qué necesidad! (Bueno, en Canarias tal vez no, porque, como al parecer somos aplatanados, nos cuesta arrancar...).

Por eso me gustó tanto lo que me contó hace unos días mi amiga Merche que vio en Internet. Un niño, de 5 años, es uña y carne de otro de su clase que es negro. Cuando pelaron al negrito casi al rape, su amigo no paró de darle la lata a sus padres para que también lo pelaran igual. Cuando le preguntaron el porqué, dijo: "Porque así estaríamos iguales y nos vamos a reír un montón cuando nos confundan". 

¡Ay, la mirada limpia de la infancia, que sabe ir a lo esencial! ¿En qué triste momento de nuestra vida la perdemos y encontramos distintos a los demás? Hasta pueblos que llamamos primitivos, como los lacandones de México o los Inuvialuit de Canadá se consideran a sí mismos "los verdaderos hombres". Al final, cada grupo humano mira con condescendencia al otro (los de La Laguna a los de Santa Cruz, los de Tenerife a los de Las Palmas, los canarios a los peninsulares...) y todos se consideran los reyes del mambo. Aunque por parte canaria, eso sí, unos reyes del mambo ligeramente aplatanados...

Pero es lo que hay. Así nos ven, así nos vemos.





lunes, 6 de marzo de 2017

La venganza es un plato que se sirve frío




¡Ahora lo entiendo todo! He podido hallar el origen primigenio, la causa última de un hecho que esta semana me había dejado perpleja, confusa y ¿por qué no decirlo? hasta un poco cabreada.

Me explico. Fuimos hace unos días mi marido y yo al sur  y, desde el coche, me empecé a dar cuenta, estupefacta, de la cantidad de carteles en inglés que salpicaban los márgenes de la carretera: "Siam Park. The water kingdom", "Welcome to Paradise", "Siam Mall Shopping Center", "Arona Britain", "Punt blue", "Outlet Galeón", "Trébol opened on Sunday", "Volcano Teide experiences", "Marrero House Kitchens", "Intersport, the biggest sport store", "Burguer Bar", "Sun Bean", "Tenerife Pearl"... ¡Señor! Creo que el único letrero que vi en español era el del chino "Bazar Panda. Baratísimo". Fíjense, si no, cuando vayan ¡Si hasta la salida de la autopista en algunos de ellos estaba señalada con un "Exit 72"! ¡Y la misma Playa de la Arena, con su arena negra, sus olas caprichosas y su "Casa Pancho" a la derecha, tenía un cartelito de "Beach", por si hubiera alguna duda!

Supongo que los cartelones llevaban bastante tiempo ahí, pero no me había fijado ¿A qué venía esa profusión de nombres ingleses? ¿No es el español uno de los idiomas más hablados del mundo? Y yendo más allá, ¿estaba yo realmente en España? Vamos, que si no fuera por el sol radiante, el cielo azul y el mar lamiendo una costa más bien seca y amarillenta, me hubiera sentido transportada a los verdes campos de Inglaterra.

Quiso la casualidad de que esta misma semana leyera un libro y viera una serie de televisión que me abrieron los ojos y me señalaron el camino de la verdad, la verdadera causa de esta english explosion. El libro fue "Menudas Quijostorias. Así era la España de Cervantes" de Nieves Concostrina; y la serie fue "Reinas", producida y dirigida por José Luis Moreno. Las dos me refrescaron la memoria sobre la historia de amor de Felipe II de España e Isabel I de Inglaterra, la Reina Virgen, mal llamada así porque se benefició a unos cuantos, incluido al propio Felipe. Eso sí, virgen no, pero vengativa lo era un montón, y llevó fatal que Felipe le diera calabazas por aquello de ¿cómo el monarca más católico del mundo podía matrimoniar con la reina más protestante de todas? Ay, con la iglesia hemos topado, Sancho...

Tan mal lo llevó la susodicha que, desde entonces, no paró de hacerle putaditas a él y de paso a los españoles: que si mando piratas para que a Cádiz no llegue ni una sola nave con las riquezas de América que sostienen económicamente el Imperio español; que si financio a franceses y a flamencos para que mantengan una guerra por aquí y otra por allá contra España; que si me cargo a todo católico que se me ponga a tiro, aunque sea mi prima María Estuardo...

¡Y entonces, como San Pablo cuando se cae del caballo, yo también vi la luz! ¡Toda esta dominación sutil del inglés sobre el español era la venganza a través de los siglos del espíritu de la Reina Isabel! Lo que no habían podido los ejércitos, Almirante Nelson incluido, lo iba a conseguir el idioma ¡Spain inglesa! Las señales están claras, si las buscas. El lunes, que llevamos a nuestros nietos mayores a cenar, les pregunté no sé ni cuántas veces. "¿Y eso qué significa?". La mitad de las palabras que usaban eran en inglés. Nos hablaban de booktubers, challenge, bottle flip, cover, gamers, outfits... La próxima vez me llevo un diccionario.

La venganza es un plato que se sirve frío (en este caso, helado, después de tanto tiempo esperando por ella) y no hay nada peor que una mujer despechada ¡Y menuda era la Reina de la Pérfida Albión! Tarde o temprano España será inglesa. Y si no, al tiempo. Se empieza infiltrando el idioma y se acaba con todo el mundo bebiendo té a las 5 y conduciendo al revés. Y entonces, cuando llegue ese momento, (jojojojo, risas perversas desde los celajes) ¡la venganza  habrá culminado!


lunes, 27 de febrero de 2017

¡Adelante, mis valientes!




Cuando éramos chicas y vimos "Un rayo de luz" de Marisol quedándonos traspuestas de la emoción (teníamos su misma edad), la escena que más nos gustaba era cuando ella y sus amigos armaban una guerra contra otros niños y ella cantaba lo de "¡Adelante, mis valientes! ¡Con la espada! ¡Con los dientes!...".

La memoria me trae ese grito aguerrido de la niñez, ahora que quiero dar ánimos a algunas personas que quiero y que lo están pasando mal por todas esas majaderías con que la vida nos maltrata a veces ¡Adelante, mis valientes! me gustaría decirles. Ante los embates de la fortuna se pueden tomar dos caminos: o nos acoquinamos, o tiramos p'alante con la espada y con los dientes. Shakespeare lo dijo más fino: "¿Cuál es más digna acción del ánimo, sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta u oponer los brazos a este torrente de calamidades y darles fin con atrevida resistencia?". Y el siguiente cuento lo ilustra muy bien:
"Una vez dos ranas cayeron juntas en un balde lleno de nata. Una de ellas se desesperó y gritaba: "¡Esto es el fin! ¡No hay salvación! ¡Nos vamos a morir!". Pero la segunda rana dijo: "Pues yo no pienso morirme, porque no me estaré quieta y me moveré y me moveré como una loca". Al día siguiente, la primera se había ahogado y la segunda estaba sentada sobre un bloque de mantequilla".

He conocido gente que tira la toalla enseguida, personas que son como la primera rana. O como Marty McFly, el protagonista de "Regreso al futuro", que, cuando le aconsejan que mande su música a una discográfica, dice: "¿Y si ven la cinta y no les gusta? ¿Y si dicen que no es buena? ¿Y si dicen "Lárgate, chico, tú no tienes futuro? No sería capaz de soportar un fracaso como ese". El miedo puede ser un buen paralizante.

Pero también he conocido a gente luchadora que no se limita a esperar que una mano del cielo los salve. Como mi amigo Pepe que vive en el campo, cerca de mi casa. Una buena mañana salió de su casa y caminando por unas huertas vecinas cayó dentro de un pozo de unos 3 metros de profundidad y de un metro por un metro de ancho. No tenía móvil, nadie sabía a dónde había ido y nadie lo oiría si se ponía a gritar. Al final, salió apoyándose en los muros sobre la espalda y las piernas. Le costó muchísimo, y yo creo que yo no lo podría hacer, dadas mis dotes gimnásticas, pero él no se rindió y llegó hasta arriba.

La actitud lo es todo. No podemos manejar lo que nos pasa pero sí cómo te enfrentas a ello. En nuestras manos está cruzarnos de brazos o poner de nuestra parte contra viento y marea. Los verdaderos héroes no son los que ganan coronas de laurel sino los que cuando caen a un  pozo saben salir ¡Adelante, mis valientes!

lunes, 20 de febrero de 2017

No la llamen posverdad cuando quieren decir trola




¡Que levante la mano quien no haya contado una trola en toda su vida! Trolas para que no te castigaran, trolas por presumir y no ser menos, trolas piadosas de las de "¡qué bien te quedó la coliflor!", trolas de cortesía como no llamar gorda a la vecina, trolas de olvidar historias y "adornarlas", trolas por tradición (¿no han dicho alguna vez que el ratoncito Pérez es el que se lleva los dientes de leche?)... En los tiempos de antes lo asumíamos, nos íbamos a confesar, rezábamos los tres padrenuestros de penitencia y santas pascuas.

Ahora no. Ahora antes muertos que confesar mentir, y, para más inri, se disfrazan las trolas llamándolas posverdades. La gente se pone de lo más fino y define "posverdad" como el fenómeno que se produce cuando importa menos cómo son las cosas objetivamente que lo que tú crees de ellas. Como si eso no fuera una trola. Imaginen la siguiente conversación en un serial de esos eternos que te ponen después de comer:
- ¡Tú no me quieres, Segismundo Manuel! ¡Me has mentido como un bellaco!
-¡No! ¡No es mentira, Felicia Horacia! ¡Te lo juro! ¡Sólo es una posverdad!

Pero llámenlo como lo llamen, desde que el mundo es mundo, y hoy más que nunca, todo el mundo miente. La verdad está sobrevalorada, como diría Trump.

Mienten los políticos, prometiendo el oro y el moro, haciendo afirmaciones peregrinas (¿contabilidad extracontable?) o endilgando consignas populistas dándole a la gente lo que quiere creer.

Miente la Historia cuando se fabrica a la medida para dar lustre o justificación al presente. Mi marido, cuando estudió en su niñez en Venezuela, se quedó traspuesto cuando comprobó que la historia tenía 2 versiones y que los buenos de aquí eran los malos de allá.

Mienten las fotografías que ahora no son necesariamente testimonios de la realidad. Con photoshop, fuera kilos de más o compañías indeseables. Se borran (como hicieron los soviéticos con las fotos de Trotski) y a otra cosa, mariposa.

Mienten los periodistas cuando no cuentan toda la verdad, cuando destacan una parte y olvidan otra, cuando la sacan de contexto. La periodista Ana Morgade hablaba en noviembre de un titular que vio en una entrevista a un político: "No me considero un tigre para el amor". Como le extrañó en un hombre tan serio tal afirmación, buscó en el escrito y resultó ser una pregunta final del entrevistador ("¿Se considera usted un tigre para el amor?"), a lo que el buen señor, flipando seguramente, contestó: "No". Nunca dejes que la verdad arruine una buena historia (o un buen titular) parece ser el lema.

Mienten los horóscopos que dicen, con toda la jeta, que esta semana conocerás a un guapo mozo que será el amor de tu vida (y ahora ¿cómo se lo explico a mi marido, por dios?)

Mienten los tuits, los wasaps, los comunicados de Facebook, cuando te dan noticias impactantes, como que el cáncer se cura con limones, o batallitas falsas buscando ser virales, como que Podemos quiere suprimir las procesiones de Semana Santa (120.000 interacciones en Facebook) o que el Arzobispo de Toledo califica a zurdos y pelirrojos como criaturas de Satán (539.000 interacciones).

Mienten los chinos, que dan gato por liebre llenando el mundo de copias más falsas que un bolso de Louis Vuitton en un top manta. Hasta el pueblecito austriaco de Hallsttat lo han imitado tal cual allá en la China, los muy copiones.

Mienten hasta las máquinas, como han comprobado dolorosamente los ajedrecistas que hace un par de semanas se enfrentaron al robot "Libratus", que los desplumó marcándose unos faroles tremendos que ya quisiera Kaspárov.

Por mentir, miente incluso la Naturaleza. Y es que ¿qué se puede esperar de un mundo en el que los amaneceres y atardeceres, la salida y la puesta del sol, con toda su parafernalia de luces y tecnicolor, son mentira?

Por eso, llámenlo imitación, trola, embuste, bola ("levanta la pata que pasa la bola" decíamos de chicos al que mentía), mentira, patraña, cuento chino, invento, infundio, engaño, farol, impostura, ficción... Pero no utilicen la palabra "verdad", poniéndole de prefijo ese "pos" verrugoso que la envilece y la disfraza. Incluso aunque la pura verdad (si es que existe) sea infinitamente más sosa que una historia de mentiras maravillosas.


lunes, 13 de febrero de 2017

Quedarse para vestir santos




Leí hace poco "Patricia Brent, solterona" de Herbert George Jenkins, una novela al más puro estilo de aquellas de humor británico de principios del siglo XX, en el que militaron autores como Jerome K. Jerome o P.G. Wodehouse. Mi amiga Mónica, a la que le encantan tanto como a mí, las llama novelas de "té y simpatía".

La protagonista de la novela, Patricia Brent, es una mujer de 24 años, inteligente, guapa, satisfecha de su vida, que se la gana muy bien como secretaria de un político durante la primera Guerra Mundial. Sin embargo, para las damas mayores de la casa de huéspedes en la que vive, merece lástima porque, la pobre, es ya una solterona:
- Nadie viene a recogerla nunca para salir y jamás va a ninguna parte y, sin embargo, no tendrá más de veintisiete años, y realmente no es fea. (...)
-Pues vaya, me siento muy apenada por ella y su soledad. Estoy segura de que se sentiría mucho más feliz si tuviera un agradable joven de su clase que la llevara aquí y allá.

¡Una solterona! ¡Una de las peores lacras con que se calificaba a una persona! Nuestra sociedad, en su afán por perpetuarse, ha institucionalizado el matrimonio y durante todos los siglos en que la mujer, como decía Quino, no ha jugado un papel en la historia sino más bien un trapo, ese ha sido su destino ineludible. Ya lo vio bien Jane Austen, cuyas novelas dejaban claro que, si no te casabas, no eras nadie, un simple ser viviendo de la caridad de los parientes y cuyo cometido principal, a falta de otros, era ayudar en la iglesia. Lo que en nuestro lenguaje popular se llama "quedarse para vestir santos".

Esto hizo, claro, que se educara a la mujer para la busca y captura de marido. La "temporada" de la aristocracia londinense y las fiestas de los pueblos tenían el mismo objetivo en el fondo: que las familias echasen un vistazo al "mercado" matrimonial y se concertasen enlaces convenientes. Los que no llegaban a ese summun eran los solterones. Pero mientras al solterón se le consideraba más un "soltero de oro",  a quien nadie había conseguido pescar, la solterona era la que había fracasado en el intento. Incluso ellas mismas se veían así. Recuerdo a una compañera del Colegio Mayor, que todavía en los años 60 nos decía que prefería mil veces casarse sin estar enamorada que quedarse soltera.

Por supuesto, hubo excepciones gloriosas. Cuando yo era pequeña me gustaba mucho Chanita, una pariente lejana que se resistió siempre a pasar por el aro. Novios, sí; salir a bailar con ellos, también; tomarse aperitivos juntos en la plaza del pueblo viendo pasar el mundo, por supuesto; algún escarceo amoroso, tal vez... Pero casarse, ni hablar. Recuerdo a mi tía Agustina echándoselo en cara y preguntándole que qué le veía de malo a Fulanito, que era un viudo con posibles, o a Menganito, un indiano que había venido forrado de Venezuela. Ella siempre respondía: "¿Y qué tiene de malo divertirse un poco?".

Menos mal que a mediados del siglo XX en Europa cambió el panorama para la mujer. Las guerras y la incorporación de la mujer a la Universidad y a los puestos de trabajo convencieron a -casi- todos de que no era necesario tener una pareja para realizarse en la vida. Como decía Jardiel, el sexo débil hizo gimnasia.

Ahora tengo amigas que han permanecido solteras por decisión propia. Son mujeres valientes e independientes que saben arrostrar los problemas inevitables de nuestra existencia con un coraje que les envidio. Son  las Chanitas de hoy, las modernas "solteras de oro". Y viven, dentro de lo que cabe en este mundo, felices. ¿Y saben qué? Que a lo mejor han desvestido a un humano, no digo que no. Pero de lo que estoy segura es de que nunca han vestido a ningún santo.

Para los que quieran saber más de la novela "Patricia Brent, solterona" les hago un enlace aquí, a la reseña que Mónica Gutiérrez ha hecho en su blog "Serendipia". 

lunes, 6 de febrero de 2017

El dron, un moderno diablo cojuelo




Ya decía Hume que, mientras el cuerpo está confinado a un planeta en el que se arrastra con dolor y dificultad (a veces se ponía dramático), el pensamiento, sin embargo, en un instante puede transportarnos a las regiones más distantes del universo. Podemos imaginarlo todo. Y los que más lo hacen, los escritores, que poseen el toque divino de dominar el lenguaje, y los inventores que, como decía Julio Verne, hacen realidad todo lo que alguien pueda imaginar.

De escritores e inventores me acordé yo hace unos días, cuando fui con hijos y nietos a la casa vieja de los abuelos de mi marido, de la que ya les había hablado aquí. Mi nieto mayor llevó un dron, ese minúsculo aparatejo con forma de araña gigante, que vuela y toma fotos, y que los reyes le habían regalado. Él lo manejaba como si lo conociera de toda la vida y lo paseaba por encima de la casa y de la huerta. Allí aparecían los campos vecinos, el lagar, el aljibe, la casa; allí se nos veía, muy pequeños abajo a lo lejos, recogiendo naranjas del naranjero que da nombre a la casa y ajenos al bicho aquel que zumbaba sobre nuestras cabezas; allí se ve a los niños corriendo por la huerta haciendo ramilletes con flores amarillas de trebina; estaban también mis hijos inspeccionando y entrando a lo que un día fueron bodegas repletas de vino de la tierra; e incluso se veía a una vecina en una azotea cercana tendiendo la ropa...

Por supuesto, este cotilla aterrador que vigilaba nuestras vidas desde el cielo ya había sido imaginado antes. Vélez de Guevara, en 1641 nada menos, publicó "El diablo cojuelo", en la que un diablo va levantando los techos de las casas para enseñar a un estudiante las miserias, vicios e intimidades de aquel Madrid del siglo XVII. Y ya en el siglo XX,  en el libro-puzzle "La vida instrucciones de uso" de Georges Perec, hay también un ojo externo, voyeur y omnisciente que va describiendo todo lo que ocurre en todos los aposentos de un edificio.

Los inventores, por su parte, hace ya muchos años que poblaron la atmósfera de satélites espías capaces de detectar desde el espacio hasta la hoja de una cosecha de cereal tocada por el mildiu, cosa que puede informarles sobre el estado de la economía de una región enemiga. El problema es que ahora el espía no es un sofisticado y carísimo aparato sólo al alcance de unos cuantos países privilegiados, sino que cualquiera puede hacerse con un vigilante que puede saber si estás haciendo un tenderete y con qué amigos (y ofenderse porque a él no lo hayas invitado), cuántas veces a la semana riegas las macetas o si tomas el sol en pelota en el patio de tu casa.

Hace poco tiempo lo más avanzado que en este campo  dejaban los reyes a los niños era un equipo de explorador con unos prismáticos con los que veías las cosas un poco más cerca (1 metro o así). Ahora la capacidad de espionaje de estos ¿juguetes? te deja temblando ¿Hasta dónde llegarán estos modernos diablos cojuelos? ¿Traspasarán tejados y paredes, como su antecesor del siglo XVII? ¿Llegarán en un futuro a leer mentes y adivinar intenciones? ¿Viviremos (más si cabe) pendientes de las vidas de los demás? ¿Nuestra existencia se convertirá en un reality show?

¡¡¡Socorro!!!


lunes, 30 de enero de 2017

Con noticias de Trump




Ahora que tenemos a Trump hasta en la sopa, un día sí y al otro también, recibo por wasap una noticia, publicada en la web 12minutos.com, diciéndome que el susodicho ha hecho una oferta al gobierno español para comprar las Islas Canarias. Parece que quiere establecer durante un periodo de 50 años una colonia cívico-militar en todo el archipiélago, al que considera un punto estratégico clave, sobre todo para combatir al ISIS.

Esto es lo que yo llamo una noticia-bola, digna de aquel personaje de Pancho Guerra a quien llamaban Don Pedro el Batatoso. Pero independientemente de que haya páginas como esa que se dediquen a difundirlas y a las que no hay que hacerles mucho caso, la verdad es que a mí no me extrañaría nada que fuera verdad. Por una parte, porque algo así sería totalmente típico de este personaje absurdo y vociferante que parece regir ahora los destinos del mundo. Me recuerda a Chaplin en "El Gran Dictador", cuando juega con la bola del mundo sintiéndose el amo del cotarro. Y también a una señora que vino al Instituto a hablar con el profe de Matemáticas sobre el suspenso de su nieta y le preguntó, toda tiesa: "¿Y eso con dinero no se puede arreglar?".

Y, por otra parte, tampoco me extraña porque estas islas son muy apetecibles y merecen que las miren con ojos golositos (después de todo Frank Sinatra también intentó comprar la isla de Lobos para hacer allí un Las Vegas particular). Y es que aquí está en pequeña escala el mundo entero ¿Que quieres dunas y los colores dorados y ocres del desierto? Ahí tienes Fuerteventura ¿Que quieres paisajes apocalípticos en los que se cuela el fuego del infierno? Te vas un tiempo a Lanzarote. Puedes disfrutar en Gran Canaria de playotas de arena rubia junto a una gran ciudad, o lo mismo en La Graciosa pero alejados del mundanal ruido; o de cumbres de bosques antiguos y calas de agua clara en La Gomera, el Hierro y La Palma. Y, desde luego, para volcán majestuoso, para microclimas (te pasas del invierno al verano en una hora) o para guachinches en donde comes un conejito frito y un vinito del país que te puedes morir, Tenerife.

Por eso, por aquí ha pasado todo dios. Vinieron hace siglos los guanches desde África (aunque he leído también que eran vikingos, por aquello de ser altos y rubios como la cerveza ¿Otra noticia-bola?) y, después, fue como un desfile: genoveses, franceses, aragoneses, mallorquines, castellanos... Aunque muchos no lo saben, fuimos oficialmente portugueses durante 52 días allá por el año 1436. Los ingleses atacaron con barcos pero, después de que enseñamos a Nelson a escribir con la mano izquierda, se lo pensaron mejor y decidieron que tampoco estaba mal poseer lo mejor de las islas: los plátanos y el vino (del que hasta Shakespeare había hablado maravillas). Los alemanes han ido comprando cachito a cachito las islas; y ahora lo hacen los rusos, que llenan el sur de carteles en alfabeto cirílico. Todos, subyugados por este vergel de belleza sin par, se han ido quedando ¿Qué tiene, pues, de extraño que también Trump quiera tener su parte del cielo en la tierra? Máxime cuando parece ser que el tatarabuelo de Trump era de La Palma ¿No querría volver a sus raíces?

Yo, por si las moscas, ya me he puesto a aprender inglés. Gur monin.

lunes, 23 de enero de 2017

¡Mira, mamá!




Este enero mi nieto más pequeño (22 meses) vivió sus primeros reyes conscientes. Entre tanta barahúnda de papeles, regalos, globos, entre tanto ver a sus dos hermanos mayores desenvolviendo sus juguetes y gritando alborozados al enseñarlos: "¡¡¡Mira, mamá!!!" (o papá), el pobre iba desconcertado de un paquete a otro, sin saber qué coger o cuál abrir. Hasta que vio su zapatito, lo agarró y dijo todo contento: "¡Mira, mamá!".

Los descubrimientos conllevan, no sólo la emoción de hallarlos, sino también la alegría de compartirlos. Hacer un descubrimiento, ya sea un juguete de reyes (o el propio zapato), ya sea un continente, es lo más genuinamente humano que hay, Por eso, en el viaje que he hecho esta fría semana de enero a la provincia de Cádiz, me quedo y comparto con ustedes los descubrimientos que encontré.

Me quedo con el descubrimiento de atardeceres naranjas y lentos difuminándose por un horizonte ancho como el mundo.

Con el descubrimiento de la desembocadura del Guadalquivir a la orilla de Doñana, vista desde Sanlúcar.

Con los pinsapos de la Sierra de Grazalema que, verdes y altivos, no se sienten remedos de abetos.

Con las historias antiguas de Arcos de la Frontera sobre peleas entre "petristas" y "maristas" (partidarios de San Pedro o de Santa María) que llegaron incluso a cambiar oraciones de toda la vida ("Dios te salve, San Pedro, llena eres de gracia...") por no mencionar a la Virgen, y obligaron a intervenir hasta al mismo Papa.

Con las calzadas y cloacas romanas que están durmiendo bajo Medina Sidonia.

Con la magia de las calles andaluzas: rejas y flores, como en una comedia de los Álvarez Quintero.

Con la gracia gaditana ("Al que encuentre la gamba, le regalamos una noche de hotel", nos dijo el camarero al servirnos una crema de mariscos).

Con las catedrales, los alcázares, los castillos, que jalonan estas tierras llenándolas de belleza e historia.

Con las tortillitas de camarones, verdaderos encajes culinarios, o el sabor de los langostinos frescos o el pescaíto frito, que nos traen el mar a la mesa.

Pero, sobre todo, me quedo, ya que estamos con eso, con una historia de descubrimiento, la del arqueólogo Pelayo Quintero Atauri, que, emocionado porque en Cádiz, en 1887, se descubrió un sarcófago antropomorfo masculino fenicio, se empeñó en que tenía que haber uno femenino y se pasó media vida buscándolo. No tuvo éxito y murió sin conseguirlo. Pero años después, en 1980, se encontró: un sarcófago antropomorfo femenino, que muchos llaman la Dama de Cádiz, con sus rizos acaracolados y un alabastron, un contenedor de perfumes, en la mano ¿En dónde se descubrió? Pues nada menos que en el propio jardín de la casa de Pelayo Quintero. Así el escritor Felipe Benítez Reyes escribe en su "Mercado de espejismos": "Quintero Atauri tuvo, en fin, un sueño pero nunca supo que dormía sobre ese sueño. Jamás se nos ocurre mirar la tierra que pisamos cada día de nuestra existencia, aunque la mayoría de las veces esa tierra pisoteada es el único tesoro accesible: un lugar insignificante en el universo".

Los dos sarcófagos fenicios son únicos en España ¿Qué nos dice esta historia? ¿Tal vez que el hallazgo que deseamos puede estar más cerca de lo que pensamos? ¿O que somos ciegos a lo que tenemos al lado? ¿O que a veces los sueños son imposibles en esta vida? ¿O posibles?

No lo sé, pero de lo que estoy segura es de que, si existe el más allá y Pelayo Quintero, desde la nube más próxima a Cádiz, vio que en su propia casa se desenterraba la dama fenicia que tanto anheló, lo primero que hubiera hecho sería, igual que mi nieto la mañana de reyes, volverse a la madre que lo parió (que seguro que estaba cerca) y llamar su atención, incrédulo y regocijado, exclamando: "¡¡¡Mira, mamá!!! ¿Te lo puedes creer?".



lunes, 9 de enero de 2017

Chivarse o no chivarse, esa es la cuestión




He leído hace poco en algunos blogs de madres, preocupadas por las noticias sobre acoso escolar, argumentos a favor del chivato: que nunca hay que decirle a un niño " no seas chivato", que si es una manera de enterarse de lo que pasa en el cole, que puede ser hasta útil tener un "infiltrado" en el mundo de los niños...

Aunque las comprendo (nunca dejamos de preocuparnos por los hijos, así tengan 60 años), siento disentir (salvo en casos de acoso violento en el que, más que un chivatazo, es una denuncia). Igual que Amílcar Barca hizo jurar a sus hijos odio eterno a los romanos, el odio eterno al chivato forma parte también de un código no escrito que reina en todos los colegios y que todos los escolares de antes y de ahora aceptan tácitamente.

Yo lo viví muy pronto, el primer día que a los 6 años entré al colegio en la clase de la Madre Trinidad. Estaba yo tan emocionada cantando con las demás la tabla de multiplicar, cuando una niña le dijo a la monja señalándome: "Madre, la niña nueva está sólo moviendo la boca, no se sabe la tabla". Yo, que hasta ese momento no me había topado con el espécimen del chivatus acusica, me quedé tan anonadada ante tal injusticia que, 62 años después todavía no lo he olvidado. Yo SÍ sabía la tabla de multiplicar porque mi madre me enseñó desde los 3 años a leer, escribir y las cuatro reglas. Los chivatos no siempre dicen la verdad y, como el personaje de Perfectus Detritus de Astérix, van sembrando la cizaña y "el horripilante y verdoso rostro de la discordia surge a su paso". Así que desde aquel momento, yo, como Amílcar Barca.

Y claro que también hay acosadores en los colegios, siempre los ha habido. La literatura, fiel reflejo de la vida, nos ha dado numerosas muestras de ellos: Huberto Lane y los laneítas riéndole las gracias, en las novelas de Guillermo Brown de Richmal Crompton; Draco Malfoy y sus compinches Crabbe y Goyle, en las de Harry Potter de J.K.Rowling; el prefecto que obliga al alumno más pequeño a sentarse un rato en la taza del water para calentársela, en los "Relatos de lo inesperado" de Roald Dahl; Jaspe, el enemigo que siempre desafía a Ged, en "Un mago de Terramar" de Ursula K.Leguin... Y, por supuesto, también en mi colegio estaba la típica niña líder que, secundada por su camarilla de admiradoras, se burlaba de las más vulnerables.

Pero nosotras pasábamos de chivatas y de burleteras.  Aprendimos a defendernos, muchas veces con la indiferencia, sin necesidad de estar todo el rato colgadas de los faldones de las monjas. Y después, a lo largo de la vida, nos fuimos encontrando a veces con el mismo ejemplar de personas y comprobamos que el colegio y una familia atenta nos enseñaron a capear situaciones injustas.

"El sol que reinó sobre mi infancia me privó de todo resentimiento", dijo Albert Camus. La imagen inicial que pongo en este post es una foto de mi curso de 1º de Bachillerato (teníamos 10 años), en el hermoso patio de mi colegio. Todas están muy circunspectas y serias, aunque alguna muestra una sonrisa. Pero mi amiga Úrsula y yo, arrodilladas delante, estamos muertas de risa. Siempre me ha gustado esa foto porque recuerdo la explosión de alegría del momento, aunque no el motivo. La risa de esas niñas que fuimos fue "el sol que reinó" sobre nuestra infancia. Frente a este, no hay chivatos, pelotas ni acosadores ni resentimiento alguno que valgan. Casi 60 años después me he olvidado de ellos y no recuerdo ni sus nombres, pero Úrsula sigue riendo conmigo.

(Para Úrsula ¿para quién si no?)



lunes, 2 de enero de 2017

Contra el fin de año




Me manda mi amiga y colega Olga un texto, muy apropiado para estas fechas, de Antonio Gramsci, uno de los más importantes filósofos marxistas. El texto lleva el título "Odio il capodanno" y en él Gramsci apunta todos los argumentos posibles contra el fin de año y el año nuevo.

Gramsci odia esos días de año nuevo "de fecha fija que convierten la vida y el espíritu humano en un asunto comercial con sus consumos y su balance y precisión de gastos e ingresos de la vieja y nueva gestión"; odia la creencia común de que empieza una nueva historia, y que se hagan buenos propósitos y se lamenten los despropósitos; dice que la fecha se convierte en una molestia, un parapeto que impide ver que la historia se desarrolla sin bruscas paradas, "como cuando en el cinematógrafo se rompe la película y se da un intervalo de luz cegadora" (el escrito es de 1916); no quiere ningún día previamente establecido para el descanso ("las paradas las escojo yo mismo, cuando me sienta borracho de vida intensa"), ni quiere "ningún día de jolgorio en verso obligado, colectivo, a compartir con extraños que no me interesan", ni festejar algo porque ya lo hayan festejado antes.

Me deja pensando este Gramsci, idealista en el fondo, en el sentido del fin de año ¿Tendrá razón? No me gustan tampoco esas multitudes saltando y brincando en la Puerta del Sol, pero ¿quitar esta fecha del calendario, hacer como si no pasara nada y fuera un día cualquiera, no desear un feliz año a la familia y los amigos, no comer uvas a las 12 de la noche?

Siempre el día 31 de diciembre ha sido fiesta grande en mi casa. Primero, fue con la familia y luego, cuando los hijos se hicieron mayores, hace 24 años que lo celebramos con los amigos de toda la vida. Mi día de fin de año comienza cuando pongo la mesa con el mantel blanco, bordado por manos palmeras, que mi madre me regaló. Es el único día del año que lo pongo, simbolizando que hay algo importante que celebrar. Esa noche cada pareja de amigos hace con cariño un plato especial. Es una cena hecha de calma, risas y buena conversación, comenzada a las 9 para llegar con los postres (y los mantecados y la torta francesa que ese día hace mi amiga Carmeliña) a las uvas de la medianoche. Y después es el baile, las canciones a la guitarra y el intercambio de regalos. Siempre terminamos contentos, allá por la madrugada, con el recuerdo de otros fines de año y el deseo de que se repitan.

El día de año nuevo tal vez nos levantamos, como este año, a tiempo para ver un rato el concierto de año nuevo, tan alegre y tan conmovedor, emitido desde Viena. Y, por la tarde, hacia las 4, vamos a comer una paella a casa de otros amigos, cerrando con broche de oro unas fiestas estupendas.

Gramsci tiene razón en que, después de todo, son días como cualquier otro, en que no deben estar marcados por balances ni consumos desmedidos, en que es verdad que nos los marca la tradición y no los hemos elegido nosotros, en que los buenos propósitos no tiene sentido hacerlos una vez al año (¿a dónde va a parar lo de ponernos a dieta?), en lo de no compartir el jolgorio con multitudes ni extraños.

Pero no me gustaría una sociedad que me quitara este festejar el recuerdo, esta celebración de la vida que cada día termina y cada día empieza, este alegre encuentro con los amigos, este momento de pararnos y rogar por la felicidad y la paz en un mundo convulsionado...

Así que, sintiéndolo mucho por el Sr. Gramsci, a quien de todas formas respeto profundamente, y con su permiso, les deseo desde esta página a todos un feliz 2017. Que lo disfruten igual que se disfruta su comienzo.