lunes, 26 de diciembre de 2016

¿Qué hay de nuevo, viejo?




Cada vez que recojo a mis nietos mayores en el colegio les pregunto: "¿Qué han aprendido hoy de nuevo?". Y, por más que yo les digo que todos los días se aprende algo y que esta pregunta realmente sería más bien el efecto Bugs Bunny (¿recuerdan? Siempre saluda con su "¿Qué hay de nuevo, viejo?"), ellos lo llaman el efecto "abuela plasta". Siempre me contestan que no han aprendido nada, que están estudiando el mismo rollo de los planetas del año pasado (están en la adolescencia, no hay que olvidarlo). Por eso, me sorprendió cuando fui a cenar el lunes pasado a su casa y mi nieto me preguntó: "¿Y qué has aprendido hoy de nuevo, Aba?".

Y sí que le contesté. Ese día había aprendido, vía artículo periodístico de Jacinto Antón, que los héroes griegos murieron por lo general de mala manera. Como Jasón que, después de haber lidiado con una serpiente monstruosa y con los guerreros spartoi, nacidos de los dientes del dragón de Ares, murió cuando descansaba a la sombra de su barco varado y le cayó en la cabeza el mástil, que ya es muerte tonta.

El martes aprendí, vía mi amiga Conchi, que es una enciclopedia ambulante, que los franchipanes sembrados en la calle Viera y Clavijo de Santa Cruz (y que en mi familia llamábamos "flores de pan", quizás por analogía), se llaman así por Cesare Franchipani, un perfumista que creó para Luis XIII un perfume para sus guantes a base de almendras amargas, y por el pastel creado después en su honor. Si huelen las flores, percibirán un ligero olor a vainilla y almendras.

El miércoles aprendí, vía radio anticipándose a la decepción del día siguiente, que la probabilidad de me tocara el gordo en la lotería es de uno entre 100.000, que al 86% no le tocaría nada, el 9% recuperaría algo de los gastado (para perderlo en la lotería del Niño) y que sólo el 5% podía salir en la tele con el champán y lo de "tapar agujeros".

El jueves, que salí a cenar con los amigos, me nutrí de historias graciosas de gaditanos. Y también me enteré de que Rita Barberá no tenía 68 años como dicen los periódicos sino 3 años más, porque fue compañera de colegio de una de mis amigas y eso sienta cátedra. ¿Por qué lo habrá hecho? Es una verdad universalmente conocida que nadie puede disimular su edad ante una compañera de colegio.

El viernes aprendí, vía mi amigo Melchor, que de arte sabe mucho, que hay una estatua muy bonita, una alegoría de la Caridad con su corazón en la mano y todo, en la que nunca me había fijado, instalada desde 1897 en el frontón del antiguo Hospital Civil de Santa Cruz..

El sábado supe, vía mi nieto, cómo funciona los drones con cámara ¡Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad!

Y ayer domingo, día de navidad, mi consuegra, que es la reina de los fogones, nos instruyó, después de habernos deleitado, con la receta de un maravilloso caldillo de bogavante.

Así que, queridos nietos, sepan que es privilegio de los seres humanos el poder absorber continuamente información de lo que nos rodea, y más en estos tiempos en los que todo colabora para ello.

A ellos y a ustedes, mis queridos amigos, les deseo, este año que va a empezar el domingo próximo, que cada día atesoren lo aprendido porque el "no te acostarás sin saber una cosa más" es la verdad de la vida y no inventos de una abuela plasta. Feliz y productivo año.

lunes, 19 de diciembre de 2016

A vueltas con los fantasmas de la Navidad




Si como a Scrooge, el protagonista del "Cuento de Navidad" de Dickens, se me apareciera el fantasma de las navidades pasadas, seguro que me traería el olor del cabrito en adobo que hacía mi madre en Nochebuena, el sonsonete de los niños de San Ildefonso con el que se abría en mi casa la Navidad, o las figuritas de barro del nacimiento con las que jugábamos (y que a la que no le faltaba un brazo, le faltaba una pierna).

Pero cuando le tocara el turno, con su arrastrar de cadenas, al fantasma de las navidades presentes, llegaría cargado, no sólo de compras, comilonas y vídeos musicales ad hoc, sino también de miles y miles de listas.

Las personas despistadas y casi organizadas como yo las necesitamos como agua de mayo para funcionar en la vida. Y en estas fechas, más. Me aparecen por todos lados: en bolsillos, en monederos, en 7 u 8 libretitas que tengo repartidas en cada bolso, en los post-it de la nevera, tiradas sobre la mesa... Las hay vulgares listas de la compra, lejos del exotismo y la magia de las de, por ejemplo, Harry Potter cuando va a comprar el material para el colegio en el callejón Diagon:
- Tres túnicas sencillas de trabajo (negras)
- Un sombrero puntiagudo (negro) para uso diario.
- Un par de guantes protectores (piel de dragón o semejante)
- Una capa de invierno (negra, con broches plateados)
- 1 varita
- 1 caldero (peltre, medida 2)
- 1 juego de redomas de vidrio o cristal...


También aparecen listas de cosas que tengo que hacer, no tan divertidas y extrañas como la que Poppy, la protagonista de "Tengo tu número" de mi admirada Sophie Kinsella (mucho me ha hecho reír), hace antes de casarse con un intelectual:
- Convertirme en experta en filosofía griega.
- Aprenderme de memoria todos los cantos de La Odisea.
- Aprender palabras largas para el Scrabble.
- Recordar: soy hipocondríaca.
- Ternera strogonoff. Conseguir que me guste (¿Hipnosis?).

Y es que en esto de las listas también hay clases y las mías son más normalitas, más de andar por casa. Pero eso no quita para que no tenga con ellas un doble problema. Por un lado, se me pierden muchísimas veces. Una vez, una de mis alumnas me entregó una que, por lo visto, me dejé en clase, diciéndome: "Ya sé todo lo que los Reyes Magos le van a dejar a sus hijos". Y por otro lado, a veces ni yo misma las entiendo. Esta semana encontré una que decía:
- Ver si está funcionando
- "Se vende"
- Sueños de piedra
- 7 de diciembre
- Alcaparras
¡No me dirán que no parece más bien un mensaje encriptado de espías para el Día D que una lista con fundamento!

A pesar de todo, si me visita también el fantasma de las navidades futuras, lo tengo clarísimo con lo que quiero que me traiga, una lista con una sola cosa: que haya muchas navidades futuras.
Y que brindemos por ellas juntos ¡Feliz Navidad!




lunes, 12 de diciembre de 2016

En la fracción de un segundo...




Voy en coche bajando por la carretera de mi pueblo y, en un paso de peatones. paramos. Está pasando una jovencita. Estoy más contenta que unas pascuas (ahora que estamos en época de ídem) porque hoy lo he dedicado a resolver la intendencia de navidad: he comprado ya el vino para las fiestas y he encargado el pavo para el 25. Hace, además, una mañana preciosa, típica de este mes soleado y frío, con jirones de nubes en un cielo luminosamente azul. Me viene a la mente -y se lo comento a mi marido, que va al volante- un verso de una canción de José Mercé: "Diciembre está en la calle. La primavera, dentro".

En ese momento, de repente, el mundo estalla. Un enorme estampido y el coche vuela sobre el paso de peatones. Una furgoneta lo ha embestido por detrás.

El chico de la furgoneta sale desolado. Jura que venía a 40, que la furgoneta iba cargada, que el freno no le funcionó, que sólo hace 4 meses que trabaja en la empresa... Cuando llama a su jefe por teléfono para contarle que el vehículo está destrozado y que ni siquiera funciona, los gritos de este se oyen desde un kilómetro. Al chico, un mocetón de casi 2 m., no le falta sino llorar.

Mi marido se felicita interiormente porque vio venir  la furgoneta a toda velocidad y quitó el pie del freno, haciendo que el choque fuera menor. Pero sabe que ahora le espera llamar al seguro, llevar el coche al taller, reclamar, rezar por que el chasis no se haya roto, perder horas de un tiempo que podría aprovechar en algo más feliz. Cuando lleguemos a casa, le tomaré la tensión.

La jovencita se ha parado en la acera unos minutos antes pensando en sus cosas. En el paso de peatones ve que un coche se para. Cruza. Ya está casi a la mitad de la carretera cuando un estruendo le hace dar un salto y le acelera el corazón. Por el tiempo de un segundo y el espacio de un metro, podrá llegar sana a su casa.

En un banco, en la acera de la carretera, está sentado Don Eustaquio, un jubilado muy mayor que todos los días sigue la misma ruta: una vuelta completa al pueblo, saludando a todos los conocidos, y luego un descanso en el banco de la carretera. Todos los días, igual. Pero hoy ha visto pararse un coche en el paso de peatones delante de sus narices, ha visto una furgoneta que empotraba el morro en el coche y lo empujaba 4 o 5 metros por el aire y ha visto a la nieta de Doña Manuela que por poquito no se la llevan por delante. Por fin, una novedad. Ya tiene para contar durante una semana.

Yo me he quedado un poco aturdida, con un ligero dolor en las cervicales. Oigo los lamentos del chico, que me da que esta semana perderá su trabajo. Me dan ganas de consolarlo y decirle algo así como "corta es la alegría en la casa del pobre" (pero deberías haber ido más despacio y atento, muchacho). Capto el susto de la jovencita que mira con los ojos muy abiertos los dos coches destrozados y todavía no se cree que ha salido indemne de semejante estropicio. Veo los ojillos brillantes de Don Eustaquio (se lo está pasando pipa) y recuerdo la frase del ínclito Antonio Gamero: "No le cuente sus penas a sus amigos. Que los divierta su p... madre"...

Y me quedo pensando en la forma en que el destino, igual que en una novela de Agatha Christie, maneja hilos invisibles para unir a personas tan distintas, provenientes de diferente sitio, cada uno con sus vidas - el chico, su jefe, nosotros, Don Eustaquio, la nieta de Doña Manuela- y llevarlas hasta este instante cero en el que todos confluimos en medio del camino y en el que todo hubiera podido cambiar.

En el fondo del maletero del coche, el vino derramado de una botella rota que iba a terminar en un brindis de año nuevo, proclama que no hay seguridades y que nunca se sabe si llegaremos al destino proyectado. Todo puede llegar a ser distinto. En la fracción de un segundo...




lunes, 5 de diciembre de 2016

Descubriendo la pólvora: el sobaquember




Entre las chicas es ahora tendencia (ya no está de moda decir "está de moda") el sobaquember que, para decirlo en cristiano, es no depilarse los pelos de las axilas. La palabrita se las trae y suena fatal. Como mi admirado Alex Grijelmo señaló hace poco en un artículo, "el sonido de las palabras las envuelve, a veces con la suavidad de las sedas y a veces con la aspereza de las estrazas". Y eso es lo que pasa, sigue diciendo, con la palabra axila (tan fina ella, con su raíz latina y todo) y con sobaco, palabra encontrada en la calle y tan vieja que ni se sabe de dónde salió. Su procedencia de pueblo se ve hasta en sus derivados, "sobaquina" (sudor de los sobacos) y "sobacuno" (olor desagradable). Y ahora se ha creado este otro derivado, sobaquember, al que se le ha añadido una terminación seudoinglesa, como para vestirlo de bonito, aburguesarlo, disfrazando su baja estofa con ropajes extranjeros. Pero ni por esas, sigue sonando horrible. "Para la psicología general de nuestra lengua - dice Grijelmo- los sobacos sudan pero las axilas no".

Pero no sólo es la palabra, sino también el hecho en sí lo que me llama la atención. Las modernas de ahora, creyendo que han encontrado la piedra filosofal del glamour, publican y airean en todos los medios sus fotos levantando los brazos para que se les vea bien el matorral. Y, para darle más alegría a la cosa, a veces se lo pintan de rosa, verde o naranja. Y, al mismo tiempo, los chicos han abrazado con entusiasmo la depilación, uno de los medios más refinados de tortura que existen, para lucir el cuerpo más lisito que el culo de un bebé. Vale, se han cambiado las tornas, pero ¿realmente se creen que están innovando algo?

Desde que el mundo es mundo, allá por los tiempos del Pleistoceno, hombres y mujeres lucieron por todas las partes del cuerpo frondosas pelambres que los ayudaron a soportar las temperaturas de la Edad del Hielo. Y, dado que existe entre los genes humanos el de querer ponernos más guapos de lo que la naturaleza nos ha hecho, desde ese mismo momento seguro que las adornaban con ramas, florecitas, huesos, gusanitos y todo lo que encontraron susceptible de ser bello. Y más tarde, a lo largo de la historia, hombres y mujeres siguieron haciendo variaciones y floripondios con sus pelos: rapárselos al cero o dejarlos crecer hasta poder sentarse en ellos, rellenarlos para que alcanzaran alturas de vértigo, empolvarlos, hacerse crestas o tirabuzones, teñirlos de todos los colores del arco iris, rizarlos o plancharlos, ponerles encima sombreros, tocas, velos, pinchos, joyas y toda la parafernalia. Hasta Rapunzel utilizaba sus trenzas como cuerdas de alpinismo.

En los años 60 también los hippies tenían su punto piloso, dejando crecer a su antojo barbas y pelambreras y, por supuesto, los pelos de piernas y axilas. Una de mis amigas en aquel tiempo se presentó de esta guisa -axilas frondosas y traje sin mangas- la primera vez que fue a conocer a su futura -y estirada- familia política; y no faltó el comentario de la niña pequeña que, en voz baja pero audible, preguntó: "Mamá ¿por qué ella tiene todos esos pelos bajo el brazo?". Actrices como Sofía Loren en los años 50, y ahora Penélope Cruz, Julia Roberts, Emma Thompson, Beyoncé, Madonna, Drew Barrymore... también han protagonizado su momento sobaquember.

Y me parece bien que así sea. La depilación es siempre una opción, nunca una obligación. Que cada uno haga con los pelos de su cuerpo lo que quiera, incluso hasta ponerse, colgando de los de las axilas, campanitas de navidad, ahora que es la época (todo se andará). Pero pretender que se está descubriendo la pólvora con el sobaquember... ¡Anda ya, ni de coña!
Larga vida han tenido las modas (perdón, tendencias) de los seres humanos.

(Dedicado a Gladys González, amiga, compañera de "Lo que las piedras cuentan" y asidua comentarista, desde hace años, de este Blog de una jubilada, que nos ha dejado esta semana. Sé que a ella le hubiera hecho gracia este post y que habría participado con uno de sus ingeniosos comentarios. La echaré mucho de menos)