lunes, 28 de noviembre de 2016

Este no es ese minuto




En una escena de la película de Sandra Bullock "Mientras dormías", Peter Boyle que interpreta a Ox, el padre del chico, está sentado leyendo en la mesa del comedor la mañana de un domingo. La escena transmite placidez. En ese momento llega su hijo Jack (Bill Pullman) con unos donuts. Se saludan y hablan. El padre, entonces, comenta: "La vida es un continuo sufrimiento, te lo aseguro ¿Sabes? Trabajas para mantener a la familia y tan sólo hay un minuto en que todo es estupendo. Todos están bien, todos son felices y sólo en ese minuto sientes paz". Jack, que ha ido a decirle que no quiere seguir trabajando con él sino establecerse por su cuenta, le contesta: "Papá, este no es ese minuto".

A todos nos ha pasado lo mismo. Hay pequeñas piedritas que se van metiendo en el engranaje de la vida haciendo que esta no marche con fluidez, "la sensación de destino en las venas como un enjambre de insectos pequeños e implacables", que decía Alice Munro. Por ejemplo, el sentimiento de tristeza porque algún amigo te diga algo hiriente, los dolores difusos que el tiempo va dejando en el cuerpo, la inquietud por algo pendiente que te hace dar vueltas en la cama a la espera del sueño, la desolación e impotencia al ver sufrir a un niño en una guerra lejana, el fastidio y la sensación de horas perdidas ante los papeleos de la burocracia, la preocupación por las noticias desagradables que la realidad nos brinda... Todas esas circunstancias entran en el paquete de la existencia haciéndonos dudar de que exista realmente ese minuto de paz del que hablaba Ox.

Una vez vi en un reloj de sol la leyenda :"Sólo cuento las horas felices". Pero hace poco vi en un pueblecito francés la curiosa imagen con la que hoy inicio este post y me gustó más. Son dos relojes en la fachada de una casa dirigida al sur. Y, aunque el inferior mide sólo las horas de sol, el superior todas las horas.

Este doble cómputo me pareció una metáfora de la vida. El reloj superior habla de la existencia, en la que hay horas de luz y horas de oscuridad, y dicta que todas son válidas, tanto el momento en que tus hijos aprenden tu nombre como aquel otro en que alguien te hace daño, tanto el instante gozoso de un nacimiento como el tremendo de un adiós.

El reloj inferior señala la actitud ante la vida. Parece decirnos que, aun aceptándolo todo, no vivamos angustiados por el sentimiento trágico sino que destaquemos las horas de sol y guardemos, como oro en paño, esos momentos dorados y el minuto pacífico en el que todo está bien y vislumbramos la felicidad.

Si lo piensan bien, a veces hay paredes que no sólo oyen el latido del mundo, sino que además van y nos dan una lección de filosofía.


lunes, 21 de noviembre de 2016

Luna, lunera, cascabelera...


Fotografía de la Luna sobre Santa Cruz, hecha por mi amiga Chari con su "camarón".

La noche del lunes al martes, la noche en la que, según todos los medios, la luna se iba a ver más grande y luminosa que nunca, ocurrió un momento mágico e inusitado: todo el mundo dejó lo que estaba haciendo para asomarse a ver el cielo. Eso sí, con los móviles y las cámaras a rastras porque inmediatamente empezaron a llegar imágenes de esa superluna, como todos la llaman: lunas rojas sobre Berlín o Hawai, que tal vez transformara, como en una novela de José Antonio Cotrina, a los hombres en dioses; lunas descomunales e imposibles sobre el Tibet o sobre Madrid; lunas llenas de poesía sobre un mar plateado; lunas fotografiadas por todos los seres de este planeta entre nubes, entre edificios, entre ruinas, junto a la Estatua de la Libertad o tras la nave Soyuz MS-03 en Kazajistán. Hasta me mandaron una rodaja de mortadela y una tortilla mejicana diciéndome que eran la superluna y sus cráteres... Nunca se vio una señora de fama tan bien servida.

Y es que no era para menos. La Dama de la Noche hacía 68 años que no se acercaba tanto a la Tierra . Se limitaba a ojearnos desde lo alto con mirada displicente, como diciendo: "¡Para lo que hay qué ver...!". Pero supongo que de vez en cuando le puede la curiosidad y se aproxima un poco más.

¿Qué vio en 1948? Vio que se inventó la Polaroid, el transistor, el primer vídeo juego y el LP. Vio proclamarse la Declaración Universal de los Derechos Humanos, estrenar el Plan Marshall con el que Estados Unidos ayudó a una Europa castigada por la guerra, fundarse la Organización Mundial de la Salud y poner los cimientos de la Unión Europea. Vio nacer a Henning Mankell, a Terry Pratchet, a Rita Barberá, al Príncipe Carlos de Inglaterra, a Jeremy Irons, a Enrique Vila-Matas (y a mí). Vio morir, asesinado, a Mahatma Gandhi. En 1948 se concedió el Premio Nobel de Literatura a T.S. Eliot, pero el de la Paz quedó desierto.

Este año de 2016, la Luna ha vuelto a hacerlo: "Veamos -dice- si están actuando mejor... Y, de paso, a ver cómo está Jane Jubilada". Pero, aunque a mí me ha encontrado como a una rosa, ha visto, ante su mirada atónita,  que la Unión Europea se tambalea por la salida de Inglaterra, el mundo por la llegada de un fanático incitador del odio a la presidencia de Estados Unidos y España por el desencanto y la corrupción. Un poeta cantante gana el Nobel de Literatura y un presidente colombiano el de una Paz dudosa. Pero sobre todo, y horrorizada, ha visto atentados que han sembrado el terror en todo el planeta: en Estambul, Burkina Faso,  Yakarta, Siria, Ankara, Bruselas, Bangla Desh, Munich, Kabul, Bagdad, Pakistán, Adén... La Tierra teñida en sangre.

Una luna como esta, de tamaño y luz similar, no volverá a acercarse a nosotros hasta el 6 de diciembre de 2052, dentro de 36 años. Será la más grande del siglo XXI. Yo ya no estaré aquí para recibirla como se merece, pero me gustaría que otros lo hicieran por mí. Habrá inventos que hoy todavía no imaginamos y que harán la vida más cómoda, y cámaras fotográficas que sabrán llegar incluso hasta el interior del Mar de la Tranquilidad. Pero, junto a ellos, querría que la Luna también encontrara que los humanos hemos descubierto la fórmula para desterrar la pobreza y el odio. Me gustaría que encontrara un mundo en paz.

Sé que, si fuera así, entonces, como decía Neruda en su Poema XVIII, la Luna haría girar su rodaje de sueño y fosforecería, en compañía de las altas estrellas, sobre las aguas errantes.
Y se convertiría, entonces sí, en la Luna, lunera, cascabelera de las canciones.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Higos picos sobre Montecarlo




El lunes pasado hablamos aquí de esa especie de humanos que acumulan en sus arcas un dinero equivalente al Producto Interior Bruto de un país: los ricos ricos (¿Recuerdan? Son aquellos que se pueden permitir alquilar o comprar un jet privado mientras los demás mortales sufrimos apretujones en los aviones). Hace poco, además, tuve ocasión de vislumbrar algo de su hábitat en una ciudad por la que supongo que no hay archimillonario que no haya pasado: Montecarlo.

Allí estaba con todos sus tópicos: su casino lleno de dorados, sus yates trasatlánticos, sus Rolls Royce con los cristales tintados, su corte de guardaespaldas (todos altos y fuertes, todos vestidos de negro) a la puerta de los palacetes, sus casonas destilando el glamour de épocas pasadas y gloriosas. Y, sin embargo, paseando por La Rocher del Viejo Mónaco ¿por qué esa sensación de que le faltaba la vida que he visto en otras ciudades? Sí, había el consabido grupo de japoneses frente al Museo Oceanográfico; había una loca haciéndose selfies durante más de una hora al lado de una reproducción del batiscafo de Cousteau; estaban los Carabineros del Príncipe en sus aburridas guardias bajo los balcones desde donde alguna vez saludó Grace de Mónaco... Pero no había mucha gente y todo parecía, a la caída de la tarde, el escenario vacío de una opereta ¿Iría a aparecer de repente el picolino de "Carlo Monte en Monte Carlo", la obra de Jardiel Poncela que transcurre allí?

Entonces, al asomarme a uno de los miradores de los Jardines del Palacio, mirando desde lo alto la bahía de Montecarlo con cientos de yates de todos los tamaños -símbolo del lujo y orgullo de los monesgascos-, los vi: colgados del acantilado, a una distancia inalcanzable desde arriba o desde abajo, una tunera con sus higos picos ponía una nota de color en el muro oscuro.

La imagen me transportó muy lejos de allí, a veranos de 30 años atrás, a los alrededores de mi casa, y a mi madre y a mí con pinzas de madera cogiendo higos picos madurados al sol en los bordes del camino. Entre risas después, los barríamos en el suelo para que no picaran, los metíamos en una cesta y los llevábamos a casa, a pelarlos y a ponerlos en la nevera en una fuente de cristal. El sabor de esos higos, al que se añadían la mañana soleada, la aventura de ir a cogerlos y los cuidados y risas de mi madre, es, se lo juro, uno de esos sabores exquisitos que el paladar y la memoria guardan para siempre.

Allí, en Mónaco, sobre el panorama de los yates millonarios, todavía la mente llena del sol de mi recuerdo, pensé que esos higos amarillos, pendientes sobre el abismo, eran el símbolo de que hay placeres sencillos y maravillosos, como el sabor de un higo pico recién cogido, por ejemplo, que no están al alcance de los ricos ricos.

Y, qué quieren que les diga, me sentí, yo también, millonaria.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Si yo fuera rica...




De todas las indignidades y majaderías que una tiene que soportar en una vida normal, las que sufrimos en los aeropuertos y aviones se llevan la palma ¿En qué momento se olvidó aquel lema de mis primeros viajes, "Iberia: donde sólo el avión recibe más atenciones que usted"? ¿En qué despacho se arrinconaron esas atenciones? Aquellas comidas calientes y gratuitas, aquella anchura de los sillones, aquel poder estirar las piernas... Incluso, aquel ir alguna tarde por placer al aeropuerto a sentarte en la terraza y tomar una copa mientras veíamos despegar y aterrizar aviones con los montes de La Esperanza al fondo ¿Ubi sunt?

Los que vivimos en una isla, sin otro remedio que coger un avión para salir de aquí, sabemos mucho de eso. De retrasos y horas muertas esperando en el aeropuerto, de colas por laberintos en ese para llegar al mostrador de facturación, de bochornos en el control de equipajes cuando casi te desvisten (he visto allí a un señor peludo en calzoncillos, qué necesidad) y te quitan, como en mi último viaje, un pesto siciliano que bastaba probar para saber que no era un arma de destrucción masiva. Sabemos de estar comprimidos y encajonados en asientos tamaño hobbit y de, si eres un poco más alto, tener que ponerte en el sillón del pasillo al bies para estirar las piernas; de bocadillos congelados pagados a precio de caviar, de no poder ponerte de pie en tu asiento, de, si al de delante le da por reclinarse hacia atrás, tener su espaldar clavado en el esternón...

Por eso, si yo fuera rica (dubidubidubidubidubidubidubidá, como cantaba el protagonista de "El violinista en el tejado" ¿Se acuerdan?)... Bueno, antes una precisión: no existe ni remotamente la posibilidad de que yo sea rica alguna vez. No compro loterías ni hago quinielas de ningún tipo; no tengo ningún tío de América del que heredar un palacio de diamantes, un kiosko de malaquita ni un gran manto de tisú (a saber qué haría con todo eso); y no me voy a meter jamás en política, que podría ser, visto lo visto, otro camino para forrarme.

Además, siguiendo en el terreno de las posibilidades, si yo fuera rica, no me gastaría los dineros como los otros ricos, no. Hay un libro de Peter Mayle, "Gustos de rico", que lo explica muy bien. Según este autor, los ricos gastan en zapatos y trajes a medida, en cochazos y limusinas que parecen placenteras burbujas de cristal lejos del mundanal ruido, en abogados, en amantes, en antiguallas, en servidumbre (como mínimo 7 personas) que te planchan hasta el periódico, en comilonas de trufas, caviar y champán seguidas de un puro genuino, en casas, hoteles y restaurantes de superlujo... Nada de eso me llama la atención. Pero hay una cosa que sí: un jet privado.

Pero, a diferencia de lo que cuenta Peter Mayle, si yo fuera rica, no me compraría un avión porque las posesiones no dan sino problemas: que si buscar un hangar, que si tener que estar pendiente de mantenimiento, revisiones y papeleos... ¡Quita, quita! No. Yo lo alquilaría. Mandaría a mi sirviente (uno de los 7) a que llevara él el equipaje al avión e iría en coche hasta la escalerilla de entrada. Allí nos recibiría el azafato a mí y a mis acompañantes con una copa de champán y nos sentaríamos en sillones anchos con reposapiés incluido, mientras oímos la música o vemos las películas que nos apeteciera, con el mundo a nuestros pies. Peter Mayle, que vivió una experiencia así, dice: "Pensé que podría acostumbrarme con gran facilidad a esta forma sosegada y civilizada de ir dando saltos por Europa, libre de las tensiones horarias y del irritante hacinamiento que han reducido los viajes en avión al mismo nivel de disfrute que el de coger el metro en horas punta".

Y es que, por mucho que hayamos leído "El capital" y pensemos que nuestro corazón está con los parias de la Tierra, en el fondo todos albergamos gustos de rico, por lo menos en lo que se refiere a viajes aéreos. Y quien diga que no. miente como un bellaco.