lunes, 26 de septiembre de 2016

El final del verano llegó y tú partirás...




Ahora que ya el verano se ha diluido como la crema bronceadora en la piel, ahora que ya no salimos al fresco de la noche a ver estrellas, ahora que el otoño se nos ha echado encima y el invierno está ahí mismo, noto en todos (sobre todo, en los de mi generación) una mirada melancólica al verano que se ha ido y, de paso, a todos los demás veranos que se pierden en la memoria con su distinta longitud: largos, los de la infancia y, cada vez más cortos, los actuales. "Confiados al sol y a las noches de estrellas -se lamentan con el poeta Felipe Benítez Reyes- , / ¿quién diría que ahora oiríamos la lluvia / nuevamente, venida de improviso, cayendo sobre el mar?".

Al que más al que menos, les da la vena poética y filosófica y hablan de la fugacidad del tiempo y de todo aquello tan preciado en esta estación que parece estar huyendo y derramándose a toda prisa, como arena entre las manos. Hablan de las nubes de verano ("reventado clavel blanco y distante, / lepra inversa del cielo sois vosotras, / altas nubes de junio", las llamaba Vicente Gallego); de las canciones y verbenas de otros tiempos, y, por supuesto, de amores de verano que, en estíos lejanos, nos dieron serenatas a la luz de la luna y nos acompañaron en bailes y en zambullidas en el mar. Todo adquiere valor porque participa de lo efímero.

Por eso, tal vez, siempre pintamos el verano con palabras sublimes y los más bellos trajes; "Reverberaba el sol, las piedras restallaban, los pámpanos erguían sus hojas combatientes, su densa sombra lenta adormeciéndonos. Ardía el mundo, nosotros más que el mar" (Luis Feria). O "El verdor se vistió de llama y de presagios / y el aire fue temblor / de abiertas mariposas y de músicas" (Justo Jorge Padrón). O el retrato que le hace Manuel Machado, tan pespunteante, como un pájaro que picotea una flor:
Frutales
cargados.
Dorados
trigales...
Cristales
ahumados.
Quemados
jarales...
Umbría 
sequía, 
solano...
Paleta 
completa:
verano.


Pero, por más que los poetas lo canten, por más que recordemos pasadas vacaciones que transcurren como un soplo, por más que hablemos hasta de síndromes postverano de aquel que echa de menos el dulce no hacer nada, si lo piensan bien, esta percepción tan bella del verano no es más que un espejismo, una imagen falsa adornada con tópicos. Porque el cielo seguirá brindándonos todo el año el espectáculo de las nubes viajeras "como pañuelos blancos de adiós", que decía Neruda; las canciones seguirán cantándose cada vez que los que las oíamos nos reunamos con una guitarra y la alegría -o la melancolía- en el cuerpo (50 años después  todos recordamos la letra de la canción que hoy puse de título, "El final del verano" del Dúo Dinámico); los ratos de pereza y plenitud pueden ocurrir en cualquier momento (y si no, hay que buscarlos); y los amores de verano... ¡ay! amores de verano los hay que han durado 50 inviernos.

¡Oh! locas apariencias,
sueños vivos que cada cual se lleva
como un mágico velo transparente
tan igual a la nada, diadema
de un fulgor ceniciento ¿quién te ciñe
cada año en sus sienes, sin pesares.
sin esas roeduras que corrompen
el breve corazón? Pasan las horas,
mas el hombre está solo entre esos fuegos
que giran fatuos su inasible llama.
("Las estaciones", Juan Gil-Albert)



lunes, 19 de septiembre de 2016

Un hombre serio




Siempre me han gustado los hombres serios. Los chicos que me hicieron tilín en mi adolescencia no eran los típicos bromistas que contaban chistes jajaja todo el rato, sino tipos serios a los que les gustaba saber quién era yo y me escuchaban. No les faltaba, eso sí, el sentido del humor. Y, cuando llegó el hombre de mi vida con el que llevo 51 años, también él era un chico serio. Esto no fue obstáculo para que, cuando me vio por primera vez sin conocerme de nada, desde el fondo de la guagua a la que yo acababa de subir, me regalara una sonrisa.

En el cine mi actor favorito no era Jerry Lewis (aunque me hacía mucha gracia), sino el Gregory Peck de "Matar un ruiseñor", "Vacaciones en Roma" u "Horizontes de grandeza". Y en la literatura también me atraían tipos como el Mr. Darcy de "Orgullo y prejuicio" (luego genialmente interpretado por Colin Firth en la serie de la BBC), el conde Pierre de "Guerra y Paz" o el Trancos-Aragorn de "El Señor de los Anillos". Es decir, no los atormentados (como el Heathcliff de "Cumbres borrascosas", por ejemplo), sino aquellos que, aun siendo serios, saben sonreír e iluminarte la vida.

Por eso, me gustan los protagonistas de los libros de Mónica Gutiérrez. Mónica es una escritora catalana a la que tengo el placer de conocer, primero virtualmente por su blog Serendipia que durante años me ha deleitado con sus recomendaciones de libros, tan cercanos a mis apetencias; y después, personalmente, cuando fui con mi hija a Barcelona hace un par de años y pasamos una tarde muy agradable con ella, hablando de la vida y sus cosas.

Ha escrito tres libros que me han encantado: "Cuéntame una noctalia", del que ya hablé aquí, "Un hotel en ninguna parte", y el recién salido (editado por Roca) "El noviembre de Kate". A este último le he dado ahora la máxima nota en Amazon, porque es un libro que, aparte de que está escrito con una extraordinaria sensibilidad, tiene de todo para pasar un rato estupendo: una historia de planes de venganza que traman tres amigos en un bar escondido, una chica que no ha encontrado su lugar en el mundo, un programa de una emisora de radio de los que me gusta escuchar, un toque de humor que sobrevuela toda la historia, unos personajes reales como la vida misma: algunos, odiosos (como un jefe que nunca escucha ¿les suena?) y otros, encantadores, como unos indistinguibles gemelos de 6 años, fans de las tortitas...

Y sobre todo, el libro posee las dos características comunes a las novelas de Mónica: un lugar para refugiarse cuando el exterior se vuelve tormentoso (en este caso, el acogedor caserón de un carpintero jubilado que está aprendiendo a hacer pan) y unos atrayentes protagonistas, que dan nombre a cada capítulo: Kate, la joven con zapatos de bruja y largas bufandas de colores, y Don, el hombre serio y preocupado que sabe -él también- regalar una sonrisa. No pude evitar recordar a Gioconda Belli  que, cuando habla del hombre ideal, dice: "Las piernas también son importantes, pero les perdonamos las torceduras, lo tosco, las imperfecciones, si al encontrarnos con la boca, vemos una sonrisa en la que poder confiar y unos ojos que nos aseguren la mañana.".

Así que celebremos el que podamos disfrutar de esta joyita de libro y, al igual que Kate y su amigo Pierre, el barman, que siempre saben por qué brindar (¡Por las aceitunas sin hueso! ¡Por las buhardillas! ¡Por los románticos muertos!), alcemos ahora una copa de vino y brindemos, aquí también, ¡Por el noviembre de Kate! ¡Y por los hombres serios!






lunes, 12 de septiembre de 2016

¡No le queda nada!




Esta semana mi nieta pequeña, con 3 años, ha empezado el colegio. La noche anterior ella, muy ufana, me enseñó su uniforme, planchadito y colgado en la percha; y, al día siguiente, sus padres, que se pidieron el día libre (como tiene que ser para un evento tan importante), la acompañaron, como a una reina, a su primer encuentro con la dura realidad. Le hicieron fotos antes de entrar, toda sonriente, e incluso después en la clase, desde la puerta. Pero allí. sentada en una mesa con otros tres niños, a todos se les veía serios, perdidos y tan pequeños como a ella.

¡Me gustaría decirle tantas cosas! Que no se asuste si ve a otros niños llorando, porque los lloros y el primer día de colegio van juntos en el mismo paquete, como el turrón y las navidades. Le contaría, para que se riera, que mi hermano, su tío-abuelo, se hinchó a llorar gritando. "¡¡¡Que yo no sé ni la o!!!" cuando entró en ese mismo edificio en el que ella está ahora; que su padre interpretaba de niño el numerito desgarrador de Marco (el niño de "De los Apeninos a los Andes") con lo de "¡No te vayas, mamá! ¡No te alejes de mí!...". Y que ellos, como todos, a la semana ya ni se acordaban de padres, madres ni de la santa compaña.

Me encantaría, para instruirla en todas las posibilidades que le esperan, que pudiera leer los libros de Guillermo el proscrito y de sus amigos Douglas, Enrique y Pelirrojo (Richmal Crompton), que en el colegio batallan con entusiasmo contra profes y asignaturas ("Me pone furioso - dijo Guillermo- eso de que los mineros tengan sindicatos y huelgas y cosas para no tener que trabajar demasiado y que nosotros tengamos que seguir trabajando hasta agotarnos"). O los libros donde Goscinny y Sempé nos hablan del pequeño Nicolás y sus también compañeros de colegio: Alcestes (el que come todo el rato), Eudes (que da mamporros en las narices) o Agnan (el ojito derecho de la maestra)... O el libro "Abajo el colejio" de Ronald Searle, que está lleno de faltas de ortografía y que echa pestes de los direztores, de las comidas, de las torturas... Bueno, éste, mejor no.

Pero sí que le diría que ¡no le queda nada! Le diría, para abrirle los ojos, que ahora empieza un largo recorrido en el que tendrá que aprender cosas que le importan un rábano y que olvidará con la misma rapidez; que habrá profes a los que odie (pero de los que contará anécdotas cuando sea mayor); que, igual que un soldado que va pasando por un campo de minas, tendrá que sortear pruebas, exámenes y, si Dios no lo remedia, reválidas; que sabrá lo que son las injusticias (¡pero, profe, yo no fui!) y las deslealtades (¡pues ahora no me ajunto contigo, hala!)...

Pero también le diría, para animarla, que en ese camino se va a encontrar con libros maravillosos con los que imaginar y disfrutar; que habrá profes que la entusiasmarán; que aprenderá lecciones que nunca va a olvidar; que sabrá también lo que es la justicia y la lealtad; y que se va a encontrar ahí, en el colegio, a muchos de los amigos que la acompañarán en la vida. Le contaría que ese primer día, hace 62 años, conocí a Conchi, a Dulce y a Ani, que hoy todavía son mis amigas. que luego fui encontrando a las demás, y que ella sabrá, como yo lo sé, lo bueno que es que se pueda contar con quienes te conocen desde siempre.

Pero nada de todo esto le diré, claro. Ya lo irá ella averiguando: en el fondo, es un portentoso viaje de descubrimiento el que empezó esta semana. Esa tarde, cuando llegó a casa, le pregunté si le había gustado. Me dijo que ¡sí!, que había estado con su amiga Martina y que había hecho un sol de plastilina. No me pareció mal: hacer con una amiga un sol de plastilina puede ser el comienzo de una hermosa amistad. Como Armstrong, en teoría un pequeño paso. Pero en la práctica, un extraordinario camino por recorrer.


lunes, 5 de septiembre de 2016

Una lavada de coco


Cuadro de mi hermana, Chari Duque, con barcas a punto de irse a pescar cabrillas.

"Mira, te voy a contar lo que le pasó a mi amiga Milo, que, como ya sabes, es una pintora fantástica que, allá donde va, lleva los bártulos de pintar, no sea que vea un paisaje maravilloso y se quede sin inmortalizarlo por falta de material. Esa vez que te cuento resulta que fue a la Gomera y descubrió, detrás del hotel, una palmera recortada frente a la montaña, de una belleza tal que los dedos se le fueron veloces a los pinceles y se puso a pintarla como una loca. Pero la tarde ya decaía y unos nubarrones siniestros la hicieron parar y decir: "Mañana, con mejor luz, sigo y termino el cuadro". Esa noche una tormenta de truenos y relámpagos estremeció a todo el pueblo y a la mañana siguiente, limpia la atmósfera y con una claridad sorprendente, Milo volvió a su cuadro inacabado, a sus pinceles y a su palmera ¿Palmera? Ya no había palmera. La tormenta acabó con ella y, a lo mejor, con una obra maestra.

Mi hermana Chari (ya sabes que también pinta), cuando se lo conté, me dijo que eso mismo le pasa a ella también, pero con las barcas en La Graciosa: pinta un paisaje marino, tan chulo él, con sus olas, sus gaviotas y sus barcas; pero, si se entretiene un poco, retocando un toque de azul por aquí o un toque de gris por allá en una barca, cuando levanta la vista para mirarla mejor, ésta ya ha cogido rumbo a pescar cabrillas o viejas, "Con decirte -me explica- que lo primero que pinto a todo meter en esos cuadros son las barcas, no sea que se me vayan, y, luego, el entorno, mar, cielo y toda la pesca...".

Así que ya ves, el tiempo huye, como decían los romanos que eran unos sabios (sólo que ellos lo decían más fino, tempus fugit, que sonaba más trascendente) y arrastra con él animales, personas y cosas que cambian rápidamente, como también decía Heráclito, otro sabio ¿te acuerdas? Sí, hombre, el de que "no te puedes bañar dos veces en el mismo río", porque la segunda vez ya son distintas las aguas y tú tampoco eres el mismo (dímelo a mí que lo pienso cada mañana cuando me miro al espejo). 

Si quieres, te puedo citar a más gente que habla de ese tiempo fugitivo y cambiador. A Quevedo (¡Cómo de entre mis manos te resbalas! ¡Oh, cómo te deslizas, edad mía!...), o a Sterne (Los días y las horas... vuelan por encima de nuestras cabezas como nubes ligeras de un día ventoso, para nunca más volver...) o a Julián Marías (Quisiéramos retenerlo y se escapa...). O, ya puestos, a mí, que te digo que las palmeras desaparecen sin ton ni son, las barcas se van con viento fresco, la nochebuena se viene, la nochebuena se va, y nosotros nos iremos y no volveremos más.

Por eso hay que aprovechar las ocasiones en que uno está todavía como una rosa perfumada maringá, coger la bola dorada de la oportunidad, el carpe diem de siempre que nadie te podrá arrebatar..."

Y a los que están medio moscas porque hoy me he puesto tan filosófica, les diré que todo este rollo, con citas incluidas, es lo que yo le estoy contando estos días a mi marido, que es la persona más casera del mundo, para convencerlo de que hagamos 2 o 3 viajitos antes de que termine el año, que para luego es tarde... Ya les contaré.