lunes, 28 de marzo de 2016

¡Esto es mío!




Anda Julia, mi nieta de 2 años, apropiándose por la cara de todo lo que ve. Los cochitos que le regalaron al hermano por su cumple son "míos"; y son "míos" mamá y papá y el avión que pasa y la Peppa Pig de la amiga. Cuesta trabajo despegarle los deditos alrededor de cualquier nueva posesión a la que se aferra como una lapa, mandando gritos desesperados: "¡¡¡Mío, mío, mío!!!".

Algo parecido debe pasarle a una señora de Vigo, que se ha plantado ante un notario (al que le dio la risa) y ha reclamado el sol como propiedad exclusiva suya ¿Nos pedirá impuestos por el disfrute cuando caliente el sol aquí en la playa? ¿Planea parcelarlo y vender cachitos de sol? ¿O vender el derecho a ponerle nuestro nombre a una llamarada de sol, como sé que se hace con otras estrellas?

Cuando veo y oigo estas cosas me pregunto si será algo genético ¿Tendremos en nuestro ADN un gen de la propiedad privada? Porque en algún sitio tiene que sustentarse el artículo 17 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: "Toda persona tiene derecho a la propiedad, individual y colectivamente".

 Y, sin embargo, Rousseau opina que no, que de genética nada; que andábamos todos como buenos salvajes en una especie de paraíso primitivo, cogiendo una frutita de aquí, una lechuguita de allá o recostándonos al sol en la roca que nos diera la gana, cuando a algún descerebrado se le ocurrió la idea de cercar un cacho de tierra y decir: "¡Esto es mío!". Y ahí empezó el pifostio al que hemos llegado: el Estado, el Derecho, las guerras, la Ley de la Propiedad, los Bancos, los registradores... Y a partir de ese momento, marcamos nuestros libros y posesiones, colocamos tarjetas con nuestros nombres en la puerta de la casa, ponemos vallas, registramos bienes, escondemos joyas y dinero, no sea que venga el caco Bonifacio, y reclamamos con pasión lo que pensamos que nos pertenece. Y todos queremos decir también: "¡Esto es mío!". Tengo un amigo que vive al lado del mar y me cuenta que, cada vez que se asoma al ventanal, abre los brazos a todo lo ancho queriendo abarcar la inmensidad del océano y, como mi nieta y la señora de Vigo, grita: "¡Esto es mío!".

Pero tal vez no deberíamos decirlo. En 1854 el Jefe indio Seattle da esta respuesta al Presidente Franklin que quería comprar para Estados Unidos las tierras de los suquamish:
"El Gran Jefe de Washington nos envía un mensaje para hacernos saber que desea comprar nuestra tierra (...) Pero... ¿quién puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esa idea es para nosotros extraña. Ni el frescor del aire, ni el brillo del agua son nuestros ¿Cómo podría alguien comprarlo? (...) Nosotros sabemos que la tierra no pertenece al hombre, que es el hombre el que pertenece a la tierra. Lo sabemos muy bien. Todo está unido entre sí, como la sangre que une a una misma familia. El hombre no creó la trama de la vida, es sólo una fibra de la misma...".

Esta es una carta que, aparte de abundar en imágenes bellas, parece sensata e invita a la reflexión. Si quieren leerla entera basta poner en Google "Respuesta del indio Seattle al presidente Franklin". O también pueden verla, si alguna vez vienen a mi casa, en mi biblioteca, y allí está también en alguno de mis libros de Ética, a los que he puesto en la página inicial mi nombre y mi dirección. Ya saben.

lunes, 21 de marzo de 2016

Una joven y una perla




De vez en cuando una se tropieza con una obra de arte tan bella que te seduce y te cautiva para siempre. Y eso es lo que me pasa a mí con "La joven de la perla".

La primera vez que me encontré con ella fue a mis 17 años en 1º de carrera y en clase de Historia del Arte. Don Jesús Hernández Perera, nuestro profesor, nos habló de Jan Vermeer, un pintor holandés del siglo XVII del que no sabíamos nada y que, sin embargo, es uno de los grandes. Sus cuadros, de una difícil sencillez, capturan la luz y la detienen en cualquier momento del día: una lechera vertiendo la leche, una mujer leyendo una carta, un oficial y una muchacha sentados y sonriéndose junto a una ventana, una dama de pie frente a una espineta... Y la joven de la perla.

Mírenla bien, iluminada sobre el fondo oscuro, la luz bañando en cascada la extraña toca, el cuello blanco, la perla central, el rostro puro y limpio de la joven, casi una niña ¿Qué vio el pintor en ella? Inocencia, candor, sin duda, pero tal vez también un algo inquietante en la mirada y en los labios entreabiertos. Belleza pura.

Desde entonces, se hizo un hueco entre mis cuadros preferidos, esos que no me importaría nada de nada que estuvieran en un rincón bien iluminado de mi casa: "Le moulin de la Galette" de Renoir, la "Noche estrellada" y los "Lirios" de Van Gogh, "El jardín de las delicias" del Bosco, "Los novios" de Chagall...

Vermeer es el pintor de Delft, un hombre inaprensible que pintó muy pocos cuadros, unos 35 en total que se sepa. Tuvo un montón de hijos y, tal vez por eso, problemas económicos a pesar de haberse casado con una mujer acomodada. Murió joven a los 43 años.



Siglos más tarde, en 1999, la escritora Tracy Chevalier, que también se enamoró de "mi" cuadro, investiga sobre Vermeer y su época y se inventa una historia sobre ellos. Ahora la joven de la perla tiene un nombre, Griet,  y es una criada de la casa con una especial sensibilidad para los colores. Por eso, el pintor se fija en ella, la escoge como ayudante y un día, como modelo. Y en esa relación entre los dos hay atracción, fascinación y quizás, amor.



En 2003, la novela se transforma en película. Un Colin Firth en estado de gracia hace de Vermeer, y la joven de la perla es una Scarlett Johansson, un poco jadeante para mi gusto, pero que responde al tipo y al encanto imaginado. Ahora, ante nuestros ojos, desfilan escenas de aquella Holanda de 1600 y pico, los trajes, las tabernas, el modo de vida de aquel entonces, recreado todo gracias al poder mágico del cine.



En 2007, en un viaje que hicimos a Holanda ¿cómo no ir a La Haya, al precioso Museo Mauritshuis, un museo pequeño como los que me gustan a mí? Allí está "La joven de la perla", un cuadro también pequeño pero que emociona y sobrecoge, como lo hacen aquellos sueños que se hacen realidad.

En ese momento pensé: "He visto este cuadro en fotos, lo he estudiado en clase, he leído una novela y visto una película sobre él, y ahora estoy viéndolo realmente, no en diferido ¿Me falta algún plano más de la realidad para conocerlo bien?". Y sí, claro que sí. Faltaría un "Ministerio del Tiempo", como ese de la serie que están poniendo ahora en la tele, que me llevara al pasado y pudiera pasearme por el Delft del siglo XVII, con faldones y tocas. Y luego allí, conocer a Vermeer, hablar con él en persona, preguntarle por ella, buscarla, hacerme amiga suya... Sobre todo, saber cuál es la pregunta que asoma en su mirada y tiembla en sus labios.

Pero ni aun así. Nunca conoceríamos todo sobre ellos ni sobre nadie. Pueden mentirnos, pueden comportarse como mandan los cánones y no como manda el corazón, pueden dejarnos fuera. Al final, "tanto bregar" y ¿saben que es lo último que he sabido de ella? Que tal vez ni siquiera existió y fuera un tronie ("rostro" en holandés), una composición inventada por el pintor, hecha sin intención de hacer un retrato y solo para demostrar su pericia. Y tampoco la perla sería tal perla, dicen, sino un pendiente de plata pulida o una esfera de cristal veneciano barnizado. Así que ni hay joven ni hay perla. Decididamente, ya los símbolos no son lo que eran.

Pero, cada vez que la contemplo, me pongo en plan Casablanca y me digo que siempre nos quedará la paz que irradia el cuadro y esa pregunta sin respuesta, apenas formulada, apenas entrevista, en el fondo de unos ojos que nos miran a través de los siglos.

lunes, 14 de marzo de 2016

Oídos sordos


Mary Poppins tampoco oía muy bien

Una de las miserias de cumplir años es irse quedando sorda, un inconveniente que se une a los fallos de visión, a los alimentos que ya no se pueden comer o beber, a las cimas que no se pueden coronar y a tantas majaderías de esta edad que no perdona. 

El dejar de oír es, para los demás que nos acompañan en la vida, una lata y una de las cosas que más nerviosos les pone. Por ejemplo, les cuento un caso que presencié allá por mis tiempos mozos (cuando oía muy bien). En la guagua una chica le dice algo a su madre en voz baja y la madre grita: "¿QUÉÉÉÉ?". La hija habla un poco más alto, mientras mira apurada alrededor, y la otra sigue con el QUÉÉÉ, el ceño fruncido y la mano en la oreja. Al final, la hija termina gritando: "¡QUE SE TE ASOMAN LAS ENAGUAS!". Bueno, pues yo, que hasta hace poco era como esa hija ruborosa, voy camino, si esto sigue así, de ser como la madre y sus QUÉÉÉS.

Menos mal que en Canarias hay una palabra muy suave para designarnos. En lugar de decir que estamos sordos como una tapia o compararnos con la abuela de Gila que, cuando tiraban bombas salía toda contenta gritando "¡champán, champán!" como una loca, aquí decimos que esa persona está "distraída", un término mucho más presentable, dónde va a parar.

Como todas las cosas, estar "distraída" tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Puedes perder alguna conversación interesante pero también puedes ahorrarte otras muchas. Como se dice por ahí, ¡para lo que hay qué oír! Y también puede proporcionar algunas risas, como hace poco, a mi amiga Elena con su madre. La madre de Elena tiene 93 años y está estupenda, pero "distraída". Ella se queja de que los demás musitan (cosa de la que me quejo yo también) y, cuando le dicen que es que ella no oye, protesta con pasión que ella oye mejor que nadie. Para demostrarlo, el mes pasado, cuando estaban anunciando por la radio, puesta a todo meter, la noticia de que había muerto David Bowie, llamó toda sofocada a Elena y le dijo: "¡¡¡Acaban de decir por la radio que se ha muerto Mary Poppins!!!".

Yo me veo llegando a la vejez igual que la madre de Elena (y ojalá) ¡Y es que todavía hay tantas cosas que se pueden, no sólo oír, sino también escuchar! Así que estaré "distraída", pero pondré todos los medios que hagan falta -la mano en la oreja, la trompetilla, las radios y teles a todo volumen, los más modernos audífonos del mundo- y seguro que seguiré disfrutando de un buen concierto, de una buena conversación con mis amigos, de las noticias de la radio, de los sonidos de la naturaleza, de las risas de mi gente.

Como decía Indro Montanelli, hay que ir envejeciendo amablemente, sin catástrofes. Porque, después de todo -y eso son imponderables que una puede ir asumiendo y apuntando en el anecdotario familiar-, lo peor que puede pasar es que matemos a Mary Poppins.

lunes, 7 de marzo de 2016

¡Al rescate!



Hay semanas chungas en las que los contratiempos de la vida te sacuden. "El cinturón ruidoso del mar ciñe la costa. / Surgen frías estrellas, emigran negros pájaros". Hay semanas en que te duelen palabras y gestos; o en las que seres que quisiste se van para siempre con su séquito de lágrimas. Hay semanas en las que quieres consolar y que te consuelen. Semanas tristes.

Entonces es el momento de ir al rescate, de ir recuperando y atesorando, como quien recoge piedras pulidas y brillantes a la orilla del mar, momentos que te reconforten y te abriguen como una manta cariñosa en una tarde fría.

Este es mi botín de una semana así:

Una canción oída en la calle - "Camina y gira..."-, cantada por una mujer de voz limpia.

Un aguacate de la huerta, saboreado tal cual a la hora del aperitivo.

La figura estos días del Teide, majestuosa y blanca, incluso de noche bajo la luna llena.

Una historia tragicómica de otros tiempos, contada en voz baja en la habitación de un hospital.

Una cena en casa de amigos de siempre, con cantadita al final: "Dorada de luz, es mi guitarra nochera..."

Las fotos de cada amanecer en Santa Cruz que me manda otra amiga. Cada día sale el sol.

Un ramo de strelitzias llenando de color un rincón de la casa.

Una frase de Benedetti: "En la vida hay que evitar tres figuras geométricas: los círculos viciosos, los triángulos amorosos y las mentes cuadradas".

Mis nietos. Eva (12 años) probándose, coqueta, una bufanda; David (10) jugando conmigo a las adivinanzas; Julia (2), enseñándome entusiasmada el libro que acaba de cogerle a su madre y que ya la seduce, "El Principito" (que ella llama, en su media lengua, "El Sitipito"); Álvaro (1), intentando andar, agarrado, inseguro, a un dedo de mi mano.

Una conversación con Chris, un amigo griego que vive entre París, Nueva York y Dubai, y que me abre las puertas del mundo.

Un poema bellísimo de Alejandrina Padrón -"Esas cosas que no tienen valor"-, que también habla de "las alhajas que la vida me dio sin esperarlas".

Un beso de la persona que más quiero y que más me quiere...

Tengo una amiga que todas las noches piensa -y a veces lo escribe- qué momento ha sido el peor y el mejor del día. Es un ritual que la ayuda a organizar de alguna manera el caos de la existencia y a relativizar. Yo no soy tan ordenada como ella, pero reconozco que estar atenta en el día a capturar ese instante dorado (en el fondo el carpe diem de siempre) y guardarlo después como un botín preciado aleja la tristeza y enseña a darle valor a lo que verdaderamente lo tiene. Bendito rescate.


(La foto es de Daniel López en la web "El cielo de Canarias)