lunes, 26 de diciembre de 2016

¿Qué hay de nuevo, viejo?




Cada vez que recojo a mis nietos mayores en el colegio les pregunto: "¿Qué han aprendido hoy de nuevo?". Y, por más que yo les digo que todos los días se aprende algo y que esta pregunta realmente sería más bien el efecto Bugs Bunny (¿recuerdan? Siempre saluda con su "¿Qué hay de nuevo, viejo?"), ellos lo llaman el efecto "abuela plasta". Siempre me contestan que no han aprendido nada, que están estudiando el mismo rollo de los planetas del año pasado (están en la adolescencia, no hay que olvidarlo). Por eso, me sorprendió cuando fui a cenar el lunes pasado a su casa y mi nieto me preguntó: "¿Y qué has aprendido hoy de nuevo, Aba?".

Y sí que le contesté. Ese día había aprendido, vía artículo periodístico de Jacinto Antón, que los héroes griegos murieron por lo general de mala manera. Como Jasón que, después de haber lidiado con una serpiente monstruosa y con los guerreros spartoi, nacidos de los dientes del dragón de Ares, murió cuando descansaba a la sombra de su barco varado y le cayó en la cabeza el mástil, que ya es muerte tonta.

El martes aprendí, vía mi amiga Conchi, que es una enciclopedia ambulante, que los franchipanes sembrados en la calle Viera y Clavijo de Santa Cruz (y que en mi familia llamábamos "flores de pan", quizás por analogía), se llaman así por Cesare Franchipani, un perfumista que creó para Luis XIII un perfume para sus guantes a base de almendras amargas, y por el pastel creado después en su honor. Si huelen las flores, percibirán un ligero olor a vainilla y almendras.

El miércoles aprendí, vía radio anticipándose a la decepción del día siguiente, que la probabilidad de me tocara el gordo en la lotería es de uno entre 100.000, que al 86% no le tocaría nada, el 9% recuperaría algo de los gastado (para perderlo en la lotería del Niño) y que sólo el 5% podía salir en la tele con el champán y lo de "tapar agujeros".

El jueves, que salí a cenar con los amigos, me nutrí de historias graciosas de gaditanos. Y también me enteré de que Rita Barberá no tenía 68 años como dicen los periódicos sino 3 años más, porque fue compañera de colegio de una de mis amigas y eso sienta cátedra. ¿Por qué lo habrá hecho? Es una verdad universalmente conocida que nadie puede disimular su edad ante una compañera de colegio.

El viernes aprendí, vía mi amigo Melchor, que de arte sabe mucho, que hay una estatua muy bonita, una alegoría de la Caridad con su corazón en la mano y todo, en la que nunca me había fijado, instalada desde 1897 en el frontón del antiguo Hospital Civil de Santa Cruz..

El sábado supe, vía mi nieto, cómo funciona los drones con cámara ¡Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad!

Y ayer domingo, día de navidad, mi consuegra, que es la reina de los fogones, nos instruyó, después de habernos deleitado, con la receta de un maravilloso caldillo de bogavante.

Así que, queridos nietos, sepan que es privilegio de los seres humanos el poder absorber continuamente información de lo que nos rodea, y más en estos tiempos en los que todo colabora para ello.

A ellos y a ustedes, mis queridos amigos, les deseo, este año que va a empezar el domingo próximo, que cada día atesoren lo aprendido porque el "no te acostarás sin saber una cosa más" es la verdad de la vida y no inventos de una abuela plasta. Feliz y productivo año.

lunes, 19 de diciembre de 2016

A vueltas con los fantasmas de la Navidad




Si como a Scrooge, el protagonista del "Cuento de Navidad" de Dickens, se me apareciera el fantasma de las navidades pasadas, seguro que me traería el olor del cabrito en adobo que hacía mi madre en Nochebuena, el sonsonete de los niños de San Ildefonso con el que se abría en mi casa la Navidad, o las figuritas de barro del nacimiento con las que jugábamos (y que a la que no le faltaba un brazo, le faltaba una pierna).

Pero cuando le tocara el turno, con su arrastrar de cadenas, al fantasma de las navidades presentes, llegaría cargado, no sólo de compras, comilonas y vídeos musicales ad hoc, sino también de miles y miles de listas.

Las personas despistadas y casi organizadas como yo las necesitamos como agua de mayo para funcionar en la vida. Y en estas fechas, más. Me aparecen por todos lados: en bolsillos, en monederos, en 7 u 8 libretitas que tengo repartidas en cada bolso, en los post-it de la nevera, tiradas sobre la mesa... Las hay vulgares listas de la compra, lejos del exotismo y la magia de las de, por ejemplo, Harry Potter cuando va a comprar el material para el colegio en el callejón Diagon:
- Tres túnicas sencillas de trabajo (negras)
- Un sombrero puntiagudo (negro) para uso diario.
- Un par de guantes protectores (piel de dragón o semejante)
- Una capa de invierno (negra, con broches plateados)
- 1 varita
- 1 caldero (peltre, medida 2)
- 1 juego de redomas de vidrio o cristal...


También aparecen listas de cosas que tengo que hacer, no tan divertidas y extrañas como la que Poppy, la protagonista de "Tengo tu número" de mi admirada Sophie Kinsella (mucho me ha hecho reír), hace antes de casarse con un intelectual:
- Convertirme en experta en filosofía griega.
- Aprenderme de memoria todos los cantos de La Odisea.
- Aprender palabras largas para el Scrabble.
- Recordar: soy hipocondríaca.
- Ternera strogonoff. Conseguir que me guste (¿Hipnosis?).

Y es que en esto de las listas también hay clases y las mías son más normalitas, más de andar por casa. Pero eso no quita para que no tenga con ellas un doble problema. Por un lado, se me pierden muchísimas veces. Una vez, una de mis alumnas me entregó una que, por lo visto, me dejé en clase, diciéndome: "Ya sé todo lo que los Reyes Magos le van a dejar a sus hijos". Y por otro lado, a veces ni yo misma las entiendo. Esta semana encontré una que decía:
- Ver si está funcionando
- "Se vende"
- Sueños de piedra
- 7 de diciembre
- Alcaparras
¡No me dirán que no parece más bien un mensaje encriptado de espías para el Día D que una lista con fundamento!

A pesar de todo, si me visita también el fantasma de las navidades futuras, lo tengo clarísimo con lo que quiero que me traiga, una lista con una sola cosa: que haya muchas navidades futuras.
Y que brindemos por ellas juntos ¡Feliz Navidad!




lunes, 12 de diciembre de 2016

En la fracción de un segundo...




Voy en coche bajando por la carretera de mi pueblo y, en un paso de peatones. paramos. Está pasando una jovencita. Estoy más contenta que unas pascuas (ahora que estamos en época de ídem) porque hoy lo he dedicado a resolver la intendencia de navidad: he comprado ya el vino para las fiestas y he encargado el pavo para el 25. Hace, además, una mañana preciosa, típica de este mes soleado y frío, con jirones de nubes en un cielo luminosamente azul. Me viene a la mente -y se lo comento a mi marido, que va al volante- un verso de una canción de José Mercé: "Diciembre está en la calle. La primavera, dentro".

En ese momento, de repente, el mundo estalla. Un enorme estampido y el coche vuela sobre el paso de peatones. Una furgoneta lo ha embestido por detrás.

El chico de la furgoneta sale desolado. Jura que venía a 40, que la furgoneta iba cargada, que el freno no le funcionó, que sólo hace 4 meses que trabaja en la empresa... Cuando llama a su jefe por teléfono para contarle que el vehículo está destrozado y que ni siquiera funciona, los gritos de este se oyen desde un kilómetro. Al chico, un mocetón de casi 2 m., no le falta sino llorar.

Mi marido se felicita interiormente porque vio venir  la furgoneta a toda velocidad y quitó el pie del freno, haciendo que el choque fuera menor. Pero sabe que ahora le espera llamar al seguro, llevar el coche al taller, reclamar, rezar por que el chasis no se haya roto, perder horas de un tiempo que podría aprovechar en algo más feliz. Cuando lleguemos a casa, le tomaré la tensión.

La jovencita se ha parado en la acera unos minutos antes pensando en sus cosas. En el paso de peatones ve que un coche se para. Cruza. Ya está casi a la mitad de la carretera cuando un estruendo le hace dar un salto y le acelera el corazón. Por el tiempo de un segundo y el espacio de un metro, podrá llegar sana a su casa.

En un banco, en la acera de la carretera, está sentado Don Eustaquio, un jubilado muy mayor que todos los días sigue la misma ruta: una vuelta completa al pueblo, saludando a todos los conocidos, y luego un descanso en el banco de la carretera. Todos los días, igual. Pero hoy ha visto pararse un coche en el paso de peatones delante de sus narices, ha visto una furgoneta que empotraba el morro en el coche y lo empujaba 4 o 5 metros por el aire y ha visto a la nieta de Doña Manuela que por poquito no se la llevan por delante. Por fin, una novedad. Ya tiene para contar durante una semana.

Yo me he quedado un poco aturdida, con un ligero dolor en las cervicales. Oigo los lamentos del chico, que me da que esta semana perderá su trabajo. Me dan ganas de consolarlo y decirle algo así como "corta es la alegría en la casa del pobre" (pero deberías haber ido más despacio y atento, muchacho). Capto el susto de la jovencita que mira con los ojos muy abiertos los dos coches destrozados y todavía no se cree que ha salido indemne de semejante estropicio. Veo los ojillos brillantes de Don Eustaquio (se lo está pasando pipa) y recuerdo la frase del ínclito Antonio Gamero: "No le cuente sus penas a sus amigos. Que los divierta su p... madre"...

Y me quedo pensando en la forma en que el destino, igual que en una novela de Agatha Christie, maneja hilos invisibles para unir a personas tan distintas, provenientes de diferente sitio, cada uno con sus vidas - el chico, su jefe, nosotros, Don Eustaquio, la nieta de Doña Manuela- y llevarlas hasta este instante cero en el que todos confluimos en medio del camino y en el que todo hubiera podido cambiar.

En el fondo del maletero del coche, el vino derramado de una botella rota que iba a terminar en un brindis de año nuevo, proclama que no hay seguridades y que nunca se sabe si llegaremos al destino proyectado. Todo puede llegar a ser distinto. En la fracción de un segundo...




lunes, 5 de diciembre de 2016

Descubriendo la pólvora: el sobaquember




Entre las chicas es ahora tendencia (ya no está de moda decir "está de moda") el sobaquember que, para decirlo en cristiano, es no depilarse los pelos de las axilas. La palabrita se las trae y suena fatal. Como mi admirado Alex Grijelmo señaló hace poco en un artículo, "el sonido de las palabras las envuelve, a veces con la suavidad de las sedas y a veces con la aspereza de las estrazas". Y eso es lo que pasa, sigue diciendo, con la palabra axila (tan fina ella, con su raíz latina y todo) y con sobaco, palabra encontrada en la calle y tan vieja que ni se sabe de dónde salió. Su procedencia de pueblo se ve hasta en sus derivados, "sobaquina" (sudor de los sobacos) y "sobacuno" (olor desagradable). Y ahora se ha creado este otro derivado, sobaquember, al que se le ha añadido una terminación seudoinglesa, como para vestirlo de bonito, aburguesarlo, disfrazando su baja estofa con ropajes extranjeros. Pero ni por esas, sigue sonando horrible. "Para la psicología general de nuestra lengua - dice Grijelmo- los sobacos sudan pero las axilas no".

Pero no sólo es la palabra, sino también el hecho en sí lo que me llama la atención. Las modernas de ahora, creyendo que han encontrado la piedra filosofal del glamour, publican y airean en todos los medios sus fotos levantando los brazos para que se les vea bien el matorral. Y, para darle más alegría a la cosa, a veces se lo pintan de rosa, verde o naranja. Y, al mismo tiempo, los chicos han abrazado con entusiasmo la depilación, uno de los medios más refinados de tortura que existen, para lucir el cuerpo más lisito que el culo de un bebé. Vale, se han cambiado las tornas, pero ¿realmente se creen que están innovando algo?

Desde que el mundo es mundo, allá por los tiempos del Pleistoceno, hombres y mujeres lucieron por todas las partes del cuerpo frondosas pelambres que los ayudaron a soportar las temperaturas de la Edad del Hielo. Y, dado que existe entre los genes humanos el de querer ponernos más guapos de lo que la naturaleza nos ha hecho, desde ese mismo momento seguro que las adornaban con ramas, florecitas, huesos, gusanitos y todo lo que encontraron susceptible de ser bello. Y más tarde, a lo largo de la historia, hombres y mujeres siguieron haciendo variaciones y floripondios con sus pelos: rapárselos al cero o dejarlos crecer hasta poder sentarse en ellos, rellenarlos para que alcanzaran alturas de vértigo, empolvarlos, hacerse crestas o tirabuzones, teñirlos de todos los colores del arco iris, rizarlos o plancharlos, ponerles encima sombreros, tocas, velos, pinchos, joyas y toda la parafernalia. Hasta Rapunzel utilizaba sus trenzas como cuerdas de alpinismo.

En los años 60 también los hippies tenían su punto piloso, dejando crecer a su antojo barbas y pelambreras y, por supuesto, los pelos de piernas y axilas. Una de mis amigas en aquel tiempo se presentó de esta guisa -axilas frondosas y traje sin mangas- la primera vez que fue a conocer a su futura -y estirada- familia política; y no faltó el comentario de la niña pequeña que, en voz baja pero audible, preguntó: "Mamá ¿por qué ella tiene todos esos pelos bajo el brazo?". Actrices como Sofía Loren en los años 50, y ahora Penélope Cruz, Julia Roberts, Emma Thompson, Beyoncé, Madonna, Drew Barrymore... también han protagonizado su momento sobaquember.

Y me parece bien que así sea. La depilación es siempre una opción, nunca una obligación. Que cada uno haga con los pelos de su cuerpo lo que quiera, incluso hasta ponerse, colgando de los de las axilas, campanitas de navidad, ahora que es la época (todo se andará). Pero pretender que se está descubriendo la pólvora con el sobaquember... ¡Anda ya, ni de coña!
Larga vida han tenido las modas (perdón, tendencias) de los seres humanos.

(Dedicado a Gladys González, amiga, compañera de "Lo que las piedras cuentan" y asidua comentarista, desde hace años, de este Blog de una jubilada, que nos ha dejado esta semana. Sé que a ella le hubiera hecho gracia este post y que habría participado con uno de sus ingeniosos comentarios. La echaré mucho de menos)

lunes, 28 de noviembre de 2016

Este no es ese minuto




En una escena de la película de Sandra Bullock "Mientras dormías", Peter Boyle que interpreta a Ox, el padre del chico, está sentado leyendo en la mesa del comedor la mañana de un domingo. La escena transmite placidez. En ese momento llega su hijo Jack (Bill Pullman) con unos donuts. Se saludan y hablan. El padre, entonces, comenta: "La vida es un continuo sufrimiento, te lo aseguro ¿Sabes? Trabajas para mantener a la familia y tan sólo hay un minuto en que todo es estupendo. Todos están bien, todos son felices y sólo en ese minuto sientes paz". Jack, que ha ido a decirle que no quiere seguir trabajando con él sino establecerse por su cuenta, le contesta: "Papá, este no es ese minuto".

A todos nos ha pasado lo mismo. Hay pequeñas piedritas que se van metiendo en el engranaje de la vida haciendo que esta no marche con fluidez, "la sensación de destino en las venas como un enjambre de insectos pequeños e implacables", que decía Alice Munro. Por ejemplo, el sentimiento de tristeza porque algún amigo te diga algo hiriente, los dolores difusos que el tiempo va dejando en el cuerpo, la inquietud por algo pendiente que te hace dar vueltas en la cama a la espera del sueño, la desolación e impotencia al ver sufrir a un niño en una guerra lejana, el fastidio y la sensación de horas perdidas ante los papeleos de la burocracia, la preocupación por las noticias desagradables que la realidad nos brinda... Todas esas circunstancias entran en el paquete de la existencia haciéndonos dudar de que exista realmente ese minuto de paz del que hablaba Ox.

Una vez vi en un reloj de sol la leyenda :"Sólo cuento las horas felices". Pero hace poco vi en un pueblecito francés la curiosa imagen con la que hoy inicio este post y me gustó más. Son dos relojes en la fachada de una casa dirigida al sur. Y, aunque el inferior mide sólo las horas de sol, el superior todas las horas.

Este doble cómputo me pareció una metáfora de la vida. El reloj superior habla de la existencia, en la que hay horas de luz y horas de oscuridad, y dicta que todas son válidas, tanto el momento en que tus hijos aprenden tu nombre como aquel otro en que alguien te hace daño, tanto el instante gozoso de un nacimiento como el tremendo de un adiós.

El reloj inferior señala la actitud ante la vida. Parece decirnos que, aun aceptándolo todo, no vivamos angustiados por el sentimiento trágico sino que destaquemos las horas de sol y guardemos, como oro en paño, esos momentos dorados y el minuto pacífico en el que todo está bien y vislumbramos la felicidad.

Si lo piensan bien, a veces hay paredes que no sólo oyen el latido del mundo, sino que además van y nos dan una lección de filosofía.


lunes, 21 de noviembre de 2016

Luna, lunera, cascabelera...


Fotografía de la Luna sobre Santa Cruz, hecha por mi amiga Chari con su "camarón".

La noche del lunes al martes, la noche en la que, según todos los medios, la luna se iba a ver más grande y luminosa que nunca, ocurrió un momento mágico e inusitado: todo el mundo dejó lo que estaba haciendo para asomarse a ver el cielo. Eso sí, con los móviles y las cámaras a rastras porque inmediatamente empezaron a llegar imágenes de esa superluna, como todos la llaman: lunas rojas sobre Berlín o Hawai, que tal vez transformara, como en una novela de José Antonio Cotrina, a los hombres en dioses; lunas descomunales e imposibles sobre el Tibet o sobre Madrid; lunas llenas de poesía sobre un mar plateado; lunas fotografiadas por todos los seres de este planeta entre nubes, entre edificios, entre ruinas, junto a la Estatua de la Libertad o tras la nave Soyuz MS-03 en Kazajistán. Hasta me mandaron una rodaja de mortadela y una tortilla mejicana diciéndome que eran la superluna y sus cráteres... Nunca se vio una señora de fama tan bien servida.

Y es que no era para menos. La Dama de la Noche hacía 68 años que no se acercaba tanto a la Tierra . Se limitaba a ojearnos desde lo alto con mirada displicente, como diciendo: "¡Para lo que hay qué ver...!". Pero supongo que de vez en cuando le puede la curiosidad y se aproxima un poco más.

¿Qué vio en 1948? Vio que se inventó la Polaroid, el transistor, el primer vídeo juego y el LP. Vio proclamarse la Declaración Universal de los Derechos Humanos, estrenar el Plan Marshall con el que Estados Unidos ayudó a una Europa castigada por la guerra, fundarse la Organización Mundial de la Salud y poner los cimientos de la Unión Europea. Vio nacer a Henning Mankell, a Terry Pratchet, a Rita Barberá, al Príncipe Carlos de Inglaterra, a Jeremy Irons, a Enrique Vila-Matas (y a mí). Vio morir, asesinado, a Mahatma Gandhi. En 1948 se concedió el Premio Nobel de Literatura a T.S. Eliot, pero el de la Paz quedó desierto.

Este año de 2016, la Luna ha vuelto a hacerlo: "Veamos -dice- si están actuando mejor... Y, de paso, a ver cómo está Jane Jubilada". Pero, aunque a mí me ha encontrado como a una rosa, ha visto, ante su mirada atónita,  que la Unión Europea se tambalea por la salida de Inglaterra, el mundo por la llegada de un fanático incitador del odio a la presidencia de Estados Unidos y España por el desencanto y la corrupción. Un poeta cantante gana el Nobel de Literatura y un presidente colombiano el de una Paz dudosa. Pero sobre todo, y horrorizada, ha visto atentados que han sembrado el terror en todo el planeta: en Estambul, Burkina Faso,  Yakarta, Siria, Ankara, Bruselas, Bangla Desh, Munich, Kabul, Bagdad, Pakistán, Adén... La Tierra teñida en sangre.

Una luna como esta, de tamaño y luz similar, no volverá a acercarse a nosotros hasta el 6 de diciembre de 2052, dentro de 36 años. Será la más grande del siglo XXI. Yo ya no estaré aquí para recibirla como se merece, pero me gustaría que otros lo hicieran por mí. Habrá inventos que hoy todavía no imaginamos y que harán la vida más cómoda, y cámaras fotográficas que sabrán llegar incluso hasta el interior del Mar de la Tranquilidad. Pero, junto a ellos, querría que la Luna también encontrara que los humanos hemos descubierto la fórmula para desterrar la pobreza y el odio. Me gustaría que encontrara un mundo en paz.

Sé que, si fuera así, entonces, como decía Neruda en su Poema XVIII, la Luna haría girar su rodaje de sueño y fosforecería, en compañía de las altas estrellas, sobre las aguas errantes.
Y se convertiría, entonces sí, en la Luna, lunera, cascabelera de las canciones.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Higos picos sobre Montecarlo




El lunes pasado hablamos aquí de esa especie de humanos que acumulan en sus arcas un dinero equivalente al Producto Interior Bruto de un país: los ricos ricos (¿Recuerdan? Son aquellos que se pueden permitir alquilar o comprar un jet privado mientras los demás mortales sufrimos apretujones en los aviones). Hace poco, además, tuve ocasión de vislumbrar algo de su hábitat en una ciudad por la que supongo que no hay archimillonario que no haya pasado: Montecarlo.

Allí estaba con todos sus tópicos: su casino lleno de dorados, sus yates trasatlánticos, sus Rolls Royce con los cristales tintados, su corte de guardaespaldas (todos altos y fuertes, todos vestidos de negro) a la puerta de los palacetes, sus casonas destilando el glamour de épocas pasadas y gloriosas. Y, sin embargo, paseando por La Rocher del Viejo Mónaco ¿por qué esa sensación de que le faltaba la vida que he visto en otras ciudades? Sí, había el consabido grupo de japoneses frente al Museo Oceanográfico; había una loca haciéndose selfies durante más de una hora al lado de una reproducción del batiscafo de Cousteau; estaban los Carabineros del Príncipe en sus aburridas guardias bajo los balcones desde donde alguna vez saludó Grace de Mónaco... Pero no había mucha gente y todo parecía, a la caída de la tarde, el escenario vacío de una opereta ¿Iría a aparecer de repente el picolino de "Carlo Monte en Monte Carlo", la obra de Jardiel Poncela que transcurre allí?

Entonces, al asomarme a uno de los miradores de los Jardines del Palacio, mirando desde lo alto la bahía de Montecarlo con cientos de yates de todos los tamaños -símbolo del lujo y orgullo de los monesgascos-, los vi: colgados del acantilado, a una distancia inalcanzable desde arriba o desde abajo, una tunera con sus higos picos ponía una nota de color en el muro oscuro.

La imagen me transportó muy lejos de allí, a veranos de 30 años atrás, a los alrededores de mi casa, y a mi madre y a mí con pinzas de madera cogiendo higos picos madurados al sol en los bordes del camino. Entre risas después, los barríamos en el suelo para que no picaran, los metíamos en una cesta y los llevábamos a casa, a pelarlos y a ponerlos en la nevera en una fuente de cristal. El sabor de esos higos, al que se añadían la mañana soleada, la aventura de ir a cogerlos y los cuidados y risas de mi madre, es, se lo juro, uno de esos sabores exquisitos que el paladar y la memoria guardan para siempre.

Allí, en Mónaco, sobre el panorama de los yates millonarios, todavía la mente llena del sol de mi recuerdo, pensé que esos higos amarillos, pendientes sobre el abismo, eran el símbolo de que hay placeres sencillos y maravillosos, como el sabor de un higo pico recién cogido, por ejemplo, que no están al alcance de los ricos ricos.

Y, qué quieren que les diga, me sentí, yo también, millonaria.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Si yo fuera rica...




De todas las indignidades y majaderías que una tiene que soportar en una vida normal, las que sufrimos en los aeropuertos y aviones se llevan la palma ¿En qué momento se olvidó aquel lema de mis primeros viajes, "Iberia: donde sólo el avión recibe más atenciones que usted"? ¿En qué despacho se arrinconaron esas atenciones? Aquellas comidas calientes y gratuitas, aquella anchura de los sillones, aquel poder estirar las piernas... Incluso, aquel ir alguna tarde por placer al aeropuerto a sentarte en la terraza y tomar una copa mientras veíamos despegar y aterrizar aviones con los montes de La Esperanza al fondo ¿Ubi sunt?

Los que vivimos en una isla, sin otro remedio que coger un avión para salir de aquí, sabemos mucho de eso. De retrasos y horas muertas esperando en el aeropuerto, de colas por laberintos en ese para llegar al mostrador de facturación, de bochornos en el control de equipajes cuando casi te desvisten (he visto allí a un señor peludo en calzoncillos, qué necesidad) y te quitan, como en mi último viaje, un pesto siciliano que bastaba probar para saber que no era un arma de destrucción masiva. Sabemos de estar comprimidos y encajonados en asientos tamaño hobbit y de, si eres un poco más alto, tener que ponerte en el sillón del pasillo al bies para estirar las piernas; de bocadillos congelados pagados a precio de caviar, de no poder ponerte de pie en tu asiento, de, si al de delante le da por reclinarse hacia atrás, tener su espaldar clavado en el esternón...

Por eso, si yo fuera rica (dubidubidubidubidubidubidubidá, como cantaba el protagonista de "El violinista en el tejado" ¿Se acuerdan?)... Bueno, antes una precisión: no existe ni remotamente la posibilidad de que yo sea rica alguna vez. No compro loterías ni hago quinielas de ningún tipo; no tengo ningún tío de América del que heredar un palacio de diamantes, un kiosko de malaquita ni un gran manto de tisú (a saber qué haría con todo eso); y no me voy a meter jamás en política, que podría ser, visto lo visto, otro camino para forrarme.

Además, siguiendo en el terreno de las posibilidades, si yo fuera rica, no me gastaría los dineros como los otros ricos, no. Hay un libro de Peter Mayle, "Gustos de rico", que lo explica muy bien. Según este autor, los ricos gastan en zapatos y trajes a medida, en cochazos y limusinas que parecen placenteras burbujas de cristal lejos del mundanal ruido, en abogados, en amantes, en antiguallas, en servidumbre (como mínimo 7 personas) que te planchan hasta el periódico, en comilonas de trufas, caviar y champán seguidas de un puro genuino, en casas, hoteles y restaurantes de superlujo... Nada de eso me llama la atención. Pero hay una cosa que sí: un jet privado.

Pero, a diferencia de lo que cuenta Peter Mayle, si yo fuera rica, no me compraría un avión porque las posesiones no dan sino problemas: que si buscar un hangar, que si tener que estar pendiente de mantenimiento, revisiones y papeleos... ¡Quita, quita! No. Yo lo alquilaría. Mandaría a mi sirviente (uno de los 7) a que llevara él el equipaje al avión e iría en coche hasta la escalerilla de entrada. Allí nos recibiría el azafato a mí y a mis acompañantes con una copa de champán y nos sentaríamos en sillones anchos con reposapiés incluido, mientras oímos la música o vemos las películas que nos apeteciera, con el mundo a nuestros pies. Peter Mayle, que vivió una experiencia así, dice: "Pensé que podría acostumbrarme con gran facilidad a esta forma sosegada y civilizada de ir dando saltos por Europa, libre de las tensiones horarias y del irritante hacinamiento que han reducido los viajes en avión al mismo nivel de disfrute que el de coger el metro en horas punta".

Y es que, por mucho que hayamos leído "El capital" y pensemos que nuestro corazón está con los parias de la Tierra, en el fondo todos albergamos gustos de rico, por lo menos en lo que se refiere a viajes aéreos. Y quien diga que no. miente como un bellaco.

lunes, 31 de octubre de 2016

Puntas de color rojo carmín

Dibujo de mi nieta Eva a propósito de hoy

Al regresar de viaje, me he encontrado a Eva, mi nieta de 13 años, con las puntas del pelo teñidas de color rojo carmín (o magenta, como dice mi amiga Chari, que es pintora y de colores sabe un montón). También tenía las uñas pintadas de azul oscuro con florecitas blancas. Parecía una jovencita y espigada (mide 1,78) Morticia Addams, caminando con ligereza por la casa. "¿Y esos pelos?", le dije. Se rió y me contestó: "Sonia -esta es su mejor amiga- se los tiñó de azul marino".

¡La adolescencia! El momento propicio para estos gestos. Las dos, Eva y su amiga Sonia, se encuentran divinas de la muerte, preparadas, además, para pasar esta noche de Halloween juntas, con más amigos, viendo películas de miedo. A Eva le gustan pero luego no duerme, dice. También le gustan la música del grupo Dionysos, de Melanie Martínez o de Tigers in the sky, el manga, ver youtube en la tablet, los libros de fantasía, aventuras o de cocacolos, como ellos se llaman (lee mucho), la natación... Pero sobre todo, adora pintar, que es su pasión y a lo que se quiere dedicar ¿Cuántos caminos debe transitar todavía? La respuesta está en el viento, que diría el reciente Premio Nobel de Literatura.

Hace 55 años, mis amigas y yo teníamos la misma edad que Eva y las suyas ahora. Ni se nos pasaba por la imaginación que podía haber pelos o uñas de esos colores (aunque nos hacíamos cardados imposibles). Llevar pantalones era el colmo de la modernidad y casi una transgresión (una de mis amigas se los ponía en casas ajenas, porque en la suya no le dejaban). Cantábamos lo de "agujetas de color de rosa y un sombrero grande y feo, el sombrero lleva plumas de color azul pastel" y nos reíamos imaginando una vestimenta tan estrafalaria. Nos gustaban Paul Anka y su "Diana", el Dúo Dinámico, Enrique Guzmán, Françoise Hardy, los Beatles... y oíamos sin parar sus canciones en discos de vinilo pequeños (¿dónde andarán?). Leíamos todo lo que trincáramos, bebíamos Orange Crush los días de fiesta, veíamos las películas de Marisol (también ella tenía nuestra edad) y le copiábamos el pañuelo azul que se ponía en la cabeza. Un año descubrimos el azul semáforo y todas nos apresuramos a tener prendas de ese color...

Nosotras no sabíamos lo que era Halloween, aunque sí conocíamos su antecedente, la Noche de difuntos, con mariposas de luz en platos de aceite por cada difunto de la casa. No teníamos tampoco tele en la que ver películas (la tele era un invento lejano con el que soñábamos). No existían la tablet, ni el manga, ni Harry Potter.

Pero el mundo estaba ahí delante a nuestra disposición ¡Éramos adolescentes! Teníamos una amiga del alma con la que podíamos estar horas hablando por teléfono, aunque acabáramos de vernos hacía un momento. Nos sentíamos estupendas y empezábamos a opinar y a hacernos oír.

Los mayores siempre nos asustamos ante esa etapa dorada ¿Dónde está mi niñita?, nos decimos. Incluso a veces despotricamos y lanzamos opiniones muy negativas: " La juventud de hoy ama el lujo. Es mal educada, desprecia la autoridad, no respeta a sus mayores y cotillea mientras debería trabajar. Los jóvenes (...) contradicen a sus padres, fanfarronean en la sociedad, devoran en la mesa los postres, cruzan las piernas y tiranizan a sus maestros.". Tal vez nos sorprenda saber que esto lo dijo Sócrates hace 26 siglos.

Pero, al final, nos damos cuenta de que la adolescencia es uno de los caminos necesarios por los que transitamos en la vida, de que las diferencias que hay entre todos los adolescentes que en el mundo han sido no son fundamentales, y de que, muchas veces como esta, nos miramos en ellos y nos reconocemos. Aunque tengan las puntas del pelo teñidas de color rojo carmín (o magenta).

lunes, 24 de octubre de 2016

La magia siciliana


El Etna y su fumarola

Siguiendo el sabio consejo del actor Antonio Gamero que dijo que "como fuera de casa en ningún sitio", este mes me he dedicado a andar por esos caminos, "la casa atrás, delante el mundo / y muchas sendas que recorrer", que diría Tolkien.

Todos los familiares y amigos a los que les conté que me iba de nuevo de viaje, y esta vez a Sicilia, aparte de decirme que no paraba la pata y alegar sobre la vida que se pegan algunos jubilados, terminaban previniéndome con el "¡Y cuidadito con la mafia siciliana!". Pero, aunque es evidente que por desgracia la "Cosa Nostra" sigue existiendo, lo que un visitante capta de verdad, nada más llegar, es la magia siciliana, el embrujo de esta isla de tres esquinas (los antiguos la llamaban así, "Trinacria"), "aparentemente concebida en un momento delirante de la Creación", según Lampedusa, uno de sus escritores más conocidos.

La magia la ponen los cuatro elementos -la tierra, el aire, el agua y el fuego-, que forman el entramado de la isla. No es raro que fuera aquí donde uno de los filósofos presocráticos, Empédocles de Agrigento, hablara por primera vez de los elementos, considerándolos el principio de todas las cosas.

De la tierra surgió la piedra -¡qué cantera inmensa y llena de ecos la que llaman "La Oreja de Dionisio" en Siracusa!- para magníficos templos que civilizaciones pasadas levantaron en honor de dioses que ya no existen (increíble el Valle de los Templos en Agrigento o los templos de Selinunte). De la piedra nacieron teatros, como el de Taormina o Segesta, en los que alguna vez espectadores que llevaban su comida, como quien hoy va al cine con las cotufas, disfrutaron del estreno de las obras de Esquilo. O iglesias con bellísimos mosaicos (Palermo, Cefalú, Monreale), erigidas en aquella época en la que los normandos conquistaron la isla y lograron el milagro de ponerse de acuerdo con griegos y árabes para gobernar en paz.

El aire y su dios Eolo eligieron su hogar aquí y dieron nombre a las Eolias, el pequeño archipiélago al norte. Homero cuenta que hasta aquí llegó Ulises en su odisea y el dios le regaló un odre lleno de vientos que, si no lo abría, lo ayudaría a volver a Ítaca (sí, sí, lo abrieron los compañeros ¡porca miseria!). Y el aire está presente también en Erice, un pueblo montañoso encaramado en lo alto, como un nido de águilas, y envuelto en niebla, en el que Dédalo se detuvo en su vuelo desde Creta. Hay una estatua actual de su hijo Ícaro ("Ikaro caduto" de Igor Mitoraj) frente al templo de la Concordia en Agrigento.

El agua abraza la isla con inesperada suavidad en playas de arena dorada en Cefalú, Taormina o Ragusa. O aparece en los pequeños ríos y en las fuentes, como la Fontana Pretoria en la Plaza de la Vergüenza de Palermo, llamada así porque sus estatuas están todas desnudas; o la fuente de Aretusa, la ninfa de la que se enamoró Alfeo, el dios del río, y a la que Artemisa ayudó (sin éxito al final) para que pudiera escapar por el fondo del mar hasta Ortigia, donde emergió, entre papiros, como manantial de agua dulce, para disfrute de los siracusanos.

Y el fuego gobierna todo el territorio desde lo alto del Etna (3323 m.), todavía activo, todavía rugiendo cada cierto tiempo, recordándonos que en Sicilia vive el dios del fuego, Vulcano,  que tiene su fragua -hacedora de rayos de Zeus- en el interior de la isla del mismo nombre.

Pero, más allá de los elementos, la magia la han hecho sobre todo los sicilianos que, tras terroríficos terremotos, han vuelto a construir ciudades tan bellas como Noto; o que han resistido durante siglos a invasiones de griegos, romanos, vándalos, cartagineses, árabes, normandos, franceses, británicos y españoles; o que, a pesar de la desidia que se ve en las carreteras, no han descuidado sus campos que lucen llenos de cultivos de viñas, naranjos, olivos o trigales, y que son testigos de que, en una isla castigada, la mejor magia es saber salir adelante.

Algo de ello debe haber intuido Platón que, hace 25 siglos, viajó dos veces a Siracusa, convencido de que en esta bendita tierra podía ser realidad su república ideal. Y algo también hemos intuido nosotros en este viaje mágico.

Y ahora es el momento de volver a casa: "Luego el mundo atrás y la casa delante; / volvemos a la casa y a la cama" (otra vez Tolkien).

(A mis compañeros de camino, Melchor, Lolina, Mingo, Marian y, por supuesto, Toni, cuyo buen humor contribuyó a la magia siciliana)


Teatro griego en Siracusa

Erice en la niebla

"Ikaro caduto" de Igor Mitoraj, frente al Templo de la concordia en Agrigento

Fuente de Aretusa en la isla Ortigia, Siracusa

Scala dei Turchi en Porto Empedocles

lunes, 10 de octubre de 2016

Merci, très gentil


Bouzigues al atardecer. Con razón, Van Gogh eligió esta tierra...

A pesar de que estudié francés en el Bachillerato y 2 años más en la Universidad, no lo hablo con fluidez por culpa de aquel sistema de enseñanza de idiomas, en el que se primaba más que nos supiéramos los verbos irregulares que que mantuviéramos una conversación. Sin embargo, es un idioma que me encanta. Me gusta su cadencia que suena muchas veces como una canción. Me gustan, claro, las canciones en francés, que hablan de amor como ellos saben hacerlo (¿Quién no ha cantado "Ne me quitte pas" con los ojos cerrados?). Ya saben que se le atribuye a Carlos I la frase "El francés es la lengua del amor, el italiano, la de la política y el español, la lengua para hablar con Dios". Y no hay que olvidar que en Francia  nació el amor cortés.

Pero sobre todo me gusta que sea un idioma amable. Cuando estás allí, los bonjour suenan, cantarines, a lo largo de todo el día hasta que el sol se pone, cuando empieza el bonsoir. En ninguna otra lengua te dicen que están desolados (¡oh, je suis desolé!) para decir "lo siento" porque, por ejemplo, les has pedido cambio y no tienen. Y nadie da las gracias con tanta cortesía como ellos. Merci, très gentil, dicen, apelando a la gentileza que, para mí, es una cualidad que va más allá de la mera amabilidad.

Esta semana pasada estuve en Francia, en la Provenza, un viaje largo tiempo anhelado desde que, a finales de los 80, leí los libros de Peter Mayle ("Un año en Provenza", "Vivir en Provenza" y "Hotel Pastis"). Es la 7ª vez que piso territorio francés y la experiencia ha sido tan agradable como las veces anteriores. Y algo se me ha pegado de ellos porque lo que me pide el cuerpo ahora es dar la gracias de corazón a tanta gentileza recibida.

Merci, vous êtes très gentil les diría a mis consuegros y acompañantes, Cristina y Antonio, que organizaron un viaje maravilloso con la estrategia adecuada: pasear con calma, ver lo que nos apeteciera sin pena por dejar lugares (siempre podremos volver), tener experiencias muy variadas (como decía mi amiga Ángeles, "arte, naturaleza y una terraza para ver pasar el mundo"), y probar platos deliciosos de la tierra (ah, esas ostras de Bouzigues, la bullabesa en Marsella, el pato de St. Paul de Vence, la crêpe de St. Remy, el paté en Avignon, los quesos en todos lados... Mmmmm).

Gentileza tuvieron también todos los que nos vieron despistados en cualquier momento y nos ayudaron: el chico que nos buscó aparcamiento la noche en la que llegamos a Aix; los que nos devolvieron al buen camino las veces en que nos perdíamos, que fueron unas cuantas, o los que nos informaban de que en Marsella las mochilas mejor llevarlas delante o de que había alguna belleza a la vuelta de la esquina que merecía la pena explorar.

Très gentil fue el que nos llevó en barco desde el viejo Puerto de Marsella a ver Les Calanques, las bellísimas calas turquesas de la costa, y nos mostró allí pequeños pueblos de pescadores sin luz ni agua dulce que quieren seguir así, o la isla de If, donde Dumas encerró al Conde de Montecristo, o la de Riou, cerca de la cual encontraron los restos de la avioneta de Saint Exupery. 

También le diría merci, très gentil a la amable empleada con la que hablamos en Les Carrières de Lumières (Les Baux de Provence), un espectáculo impactante en una antigua e inmensa cantera romana donde nos parecía estar dentro de un cuadro de Chagall; a la joven de la fábrica de perfumes de Grasse a la que le debemos saber que un buen oledor (la nez lo llaman ellos) distingue 350 olores distintos; al señor que en una bodega de Chateauneuf du Pape nos invitó a catar 4 variedades de este vino exquisito; o a la jeune femme que nos ofreció bombones maravillosos en una fábrica de chocolate donde una podría, fácilmente, perderse.

Merci a todos los que estuvieron en esta tierra bendita antes que nosotros (Daudet, Petrarca, Cezanne, Van Gogh, Chagall, Picasso, Gauguin...) y la quisieron, pintaron y escribieron sobre ella, descubriéndonos un paisaje deslumbrante. Un paisaje que se puede amar.

Y sobre todo, hay dos merci, très gentil más, dos agradecimientos especiales. Uno, a nuestros amigos franceses, Patrice y Anita en Avignon, y Charles y Carolina en Toulouse, que nos abrieron generosamente las puertas de sus casas y nos mostraron su ciudad con la pasión del que la ama de verdad. Y otro, a nuestra familia y a nuestros amigos que, por el 70 cumpleaños de mi marido, le regalaron a él (y, de paso, a mí) este viaje a la Provence, tan variado, divertido y luminoso.

De verdad, vous êtes très, très gentil. Merci beaucoup.


El Viejo Puerto de Marsella

La Fontaine-de-Vaucluse, el refugio de Petrarca, donde nace, de un manantial impresionante, el río Sorgue.

Gordes al atardecer, un pueblo precioso del Luberon.
Cartel antiguo del vino Chateauneuf du Pape

Estelas de aviones en el cielo sobre el río Garona en Toulouse.

Sur le Pont d'Avignon on y danse, on y danse... (Acuarela comprada para mi hija en la Plaza del Reloj de Avignon)

Fontaine d'argent en Aix en Provence




lunes, 3 de octubre de 2016

Yo una vez fui Crispín




En el rosco de "Pasapalabra" (que ya saben ustedes que es una de las pocas cosas que veo en la tele), una vez Cristian Gálvez dijo: "¡Empieza por M! Gran torbellino debido a corrientes que se produce en los mares del Norte". Mientras el concursante pasaba palabra, yo dije inmediatamente: "¡Maelström!". Mi marido que pasaba en ese momento por allí, me miró con cara de asombro y me preguntó: "¿Y como sabes tú eso?". "Por el Capitán Trueno", le respondí.

Y en ese instante se me representó en la memoria la imagen última de uno de los colorines del Capitán Trueno: ellos -el Capitán, sus compañeros Goliath y Crispín y, a lo mejor, también su novia Sigrid- van en un frágil barquito por aquellos mares procelosos sorteando icebergs, cuando los coge un maelström, un inmenso sumidero que atrae al barco hasta aquel agujero sin fondo, y sabes, con el alma encogida, que no hay salvación posible. Pero la habrá, claro, aunque ¿cómo? ¿Quién los rescatará allá en medio del océano, sin caer también en el enorme remolino? Ah, no lo sabrás hasta la próxima semana, cuando vayas pitada al Estanco de Doña Montserrat en la calle Suárez Guerra a comprar la continuación.

El capitán Trueno fue, para los niños sin tele de mi infancia, lo que las series ahora: una historia ininterrumpida, poblada de villanos, seres extraordinarios y valientes temerarios, en la que podía ocurrir cualquier cosa: tratas de esclavos, raptos, guerras, luchas de poder, injusticias por doquier... a los que la audaz intervención del Capitán ponía fin. Y , además, en los lugares más exóticos y recónditos. Tan pronto estaban en Ispahan (Persia), persiguiendo a un malvado traficante mongol, como en la lejana y helada Thule, la patria de Sigrid, salvándola de un asedio, o en la China milenaria librando a los pueblos de dictadores sanguinarios. O en un globo al que le cae un meteorito, como vemos en la imagen.

Nos tenía tan hechizados que hasta jugábamos al Capitán Trueno. Mi primo Néstor, que era el mayor de nosotros, siempre se pedía ser el Capitán. Yo quería ser Sigrid, que no era una damisela en apuros, sino que, como buena vikinga, sabía también repartir mamporros a diestra y siniestra, si la ocasión lo requería. Pero mi primo no me dejaba serlo porque, decía que yo no era rubia, así que Sigrid era una niña rubia con nombre de princesa, Rosa Aurora, que a él le gustaba y vivía cerca. Como yo no quería ser el tragón y tuerto Goliath (ese papel le tocó a mi hermano), fui Crispín, el escudero jovencito del Capitán que más de una vez le salva la vida (también era rubio, pero, al parecer, eso en él no importaba, según mi primo).

Hace unos días ha muerto Víctor Mora, el creador de las historias del Capitán Trueno que la pluma excelente de Ambrós dibujó. Los periódicos han hablado de él, de su vida agitada, de los dos exilios que padeció, de su encarcelamiento en la dictadura por ser militante comunista, de la censura que lo persiguió (sobre todo, por la figura de Sigrid, que luchaba como un hombre y de pata quebrada en casa, nada de nada. Además, horror, salía de viaje con el Capitán Trueno sin estar casada, dónde se ha visto eso). También han hablado de su carácter pacífico y tolerante - "He vivido entre luchas y guerras muy sangrientas. Sólo diré que no me gusta ninguna guerra", dijo- y, sobre todo, de su obra y de su trabajo como uno de los mejores guionistas que hemos tenido en España. Llegó a vender más de 300.000 ejemplares a la semana. Todos los que fuimos adictos a sus colorines (entonces no existía la palabra "cómic") hubiéramos coreado con entusiasmo el estribillo que el grupo de rock "Asfalto" cantó más tarde, en los 70: "Ven, Capitán Trueno, Haz que gane el bueno".

Hoy, tantos años después, creo que debería hacerle yo también un pequeño homenaje y decirle: "Gracias por tantas tardes de aventura, gracias por enseñarnos lo que era ser un hombre decente, gracias por inspirarnos para jugar, por ensancharnos el horizonte, porque por ti supe lo que era un tapir y cómo era un maelström, y que el mundo se extendía mucho más allá de mi isla. Gracias, por todo, Víctor Mora, mi Capitán Trueno particular.
Tu fiel escudero, Crispín."


Víctor Mora







lunes, 26 de septiembre de 2016

El final del verano llegó y tú partirás...




Ahora que ya el verano se ha diluido como la crema bronceadora en la piel, ahora que ya no salimos al fresco de la noche a ver estrellas, ahora que el otoño se nos ha echado encima y el invierno está ahí mismo, noto en todos (sobre todo, en los de mi generación) una mirada melancólica al verano que se ha ido y, de paso, a todos los demás veranos que se pierden en la memoria con su distinta longitud: largos, los de la infancia y, cada vez más cortos, los actuales. "Confiados al sol y a las noches de estrellas -se lamentan con el poeta Felipe Benítez Reyes- , / ¿quién diría que ahora oiríamos la lluvia / nuevamente, venida de improviso, cayendo sobre el mar?".

Al que más al que menos, les da la vena poética y filosófica y hablan de la fugacidad del tiempo y de todo aquello tan preciado en esta estación que parece estar huyendo y derramándose a toda prisa, como arena entre las manos. Hablan de las nubes de verano ("reventado clavel blanco y distante, / lepra inversa del cielo sois vosotras, / altas nubes de junio", las llamaba Vicente Gallego); de las canciones y verbenas de otros tiempos, y, por supuesto, de amores de verano que, en estíos lejanos, nos dieron serenatas a la luz de la luna y nos acompañaron en bailes y en zambullidas en el mar. Todo adquiere valor porque participa de lo efímero.

Por eso, tal vez, siempre pintamos el verano con palabras sublimes y los más bellos trajes; "Reverberaba el sol, las piedras restallaban, los pámpanos erguían sus hojas combatientes, su densa sombra lenta adormeciéndonos. Ardía el mundo, nosotros más que el mar" (Luis Feria). O "El verdor se vistió de llama y de presagios / y el aire fue temblor / de abiertas mariposas y de músicas" (Justo Jorge Padrón). O el retrato que le hace Manuel Machado, tan pespunteante, como un pájaro que picotea una flor:
Frutales
cargados.
Dorados
trigales...
Cristales
ahumados.
Quemados
jarales...
Umbría 
sequía, 
solano...
Paleta 
completa:
verano.


Pero, por más que los poetas lo canten, por más que recordemos pasadas vacaciones que transcurren como un soplo, por más que hablemos hasta de síndromes postverano de aquel que echa de menos el dulce no hacer nada, si lo piensan bien, esta percepción tan bella del verano no es más que un espejismo, una imagen falsa adornada con tópicos. Porque el cielo seguirá brindándonos todo el año el espectáculo de las nubes viajeras "como pañuelos blancos de adiós", que decía Neruda; las canciones seguirán cantándose cada vez que los que las oíamos nos reunamos con una guitarra y la alegría -o la melancolía- en el cuerpo (50 años después  todos recordamos la letra de la canción que hoy puse de título, "El final del verano" del Dúo Dinámico); los ratos de pereza y plenitud pueden ocurrir en cualquier momento (y si no, hay que buscarlos); y los amores de verano... ¡ay! amores de verano los hay que han durado 50 inviernos.

¡Oh! locas apariencias,
sueños vivos que cada cual se lleva
como un mágico velo transparente
tan igual a la nada, diadema
de un fulgor ceniciento ¿quién te ciñe
cada año en sus sienes, sin pesares.
sin esas roeduras que corrompen
el breve corazón? Pasan las horas,
mas el hombre está solo entre esos fuegos
que giran fatuos su inasible llama.
("Las estaciones", Juan Gil-Albert)



lunes, 19 de septiembre de 2016

Un hombre serio




Siempre me han gustado los hombres serios. Los chicos que me hicieron tilín en mi adolescencia no eran los típicos bromistas que contaban chistes jajaja todo el rato, sino tipos serios a los que les gustaba saber quién era yo y me escuchaban. No les faltaba, eso sí, el sentido del humor. Y, cuando llegó el hombre de mi vida con el que llevo 51 años, también él era un chico serio. Esto no fue obstáculo para que, cuando me vio por primera vez sin conocerme de nada, desde el fondo de la guagua a la que yo acababa de subir, me regalara una sonrisa.

En el cine mi actor favorito no era Jerry Lewis (aunque me hacía mucha gracia), sino el Gregory Peck de "Matar un ruiseñor", "Vacaciones en Roma" u "Horizontes de grandeza". Y en la literatura también me atraían tipos como el Mr. Darcy de "Orgullo y prejuicio" (luego genialmente interpretado por Colin Firth en la serie de la BBC), el conde Pierre de "Guerra y Paz" o el Trancos-Aragorn de "El Señor de los Anillos". Es decir, no los atormentados (como el Heathcliff de "Cumbres borrascosas", por ejemplo), sino aquellos que, aun siendo serios, saben sonreír e iluminarte la vida.

Por eso, me gustan los protagonistas de los libros de Mónica Gutiérrez. Mónica es una escritora catalana a la que tengo el placer de conocer, primero virtualmente por su blog Serendipia que durante años me ha deleitado con sus recomendaciones de libros, tan cercanos a mis apetencias; y después, personalmente, cuando fui con mi hija a Barcelona hace un par de años y pasamos una tarde muy agradable con ella, hablando de la vida y sus cosas.

Ha escrito tres libros que me han encantado: "Cuéntame una noctalia", del que ya hablé aquí, "Un hotel en ninguna parte", y el recién salido (editado por Roca) "El noviembre de Kate". A este último le he dado ahora la máxima nota en Amazon, porque es un libro que, aparte de que está escrito con una extraordinaria sensibilidad, tiene de todo para pasar un rato estupendo: una historia de planes de venganza que traman tres amigos en un bar escondido, una chica que no ha encontrado su lugar en el mundo, un programa de una emisora de radio de los que me gusta escuchar, un toque de humor que sobrevuela toda la historia, unos personajes reales como la vida misma: algunos, odiosos (como un jefe que nunca escucha ¿les suena?) y otros, encantadores, como unos indistinguibles gemelos de 6 años, fans de las tortitas...

Y sobre todo, el libro posee las dos características comunes a las novelas de Mónica: un lugar para refugiarse cuando el exterior se vuelve tormentoso (en este caso, el acogedor caserón de un carpintero jubilado que está aprendiendo a hacer pan) y unos atrayentes protagonistas, que dan nombre a cada capítulo: Kate, la joven con zapatos de bruja y largas bufandas de colores, y Don, el hombre serio y preocupado que sabe -él también- regalar una sonrisa. No pude evitar recordar a Gioconda Belli  que, cuando habla del hombre ideal, dice: "Las piernas también son importantes, pero les perdonamos las torceduras, lo tosco, las imperfecciones, si al encontrarnos con la boca, vemos una sonrisa en la que poder confiar y unos ojos que nos aseguren la mañana.".

Así que celebremos el que podamos disfrutar de esta joyita de libro y, al igual que Kate y su amigo Pierre, el barman, que siempre saben por qué brindar (¡Por las aceitunas sin hueso! ¡Por las buhardillas! ¡Por los románticos muertos!), alcemos ahora una copa de vino y brindemos, aquí también, ¡Por el noviembre de Kate! ¡Y por los hombres serios!






lunes, 12 de septiembre de 2016

¡No le queda nada!




Esta semana mi nieta pequeña, con 3 años, ha empezado el colegio. La noche anterior ella, muy ufana, me enseñó su uniforme, planchadito y colgado en la percha; y, al día siguiente, sus padres, que se pidieron el día libre (como tiene que ser para un evento tan importante), la acompañaron, como a una reina, a su primer encuentro con la dura realidad. Le hicieron fotos antes de entrar, toda sonriente, e incluso después en la clase, desde la puerta. Pero allí. sentada en una mesa con otros tres niños, a todos se les veía serios, perdidos y tan pequeños como a ella.

¡Me gustaría decirle tantas cosas! Que no se asuste si ve a otros niños llorando, porque los lloros y el primer día de colegio van juntos en el mismo paquete, como el turrón y las navidades. Le contaría, para que se riera, que mi hermano, su tío-abuelo, se hinchó a llorar gritando. "¡¡¡Que yo no sé ni la o!!!" cuando entró en ese mismo edificio en el que ella está ahora; que su padre interpretaba de niño el numerito desgarrador de Marco (el niño de "De los Apeninos a los Andes") con lo de "¡No te vayas, mamá! ¡No te alejes de mí!...". Y que ellos, como todos, a la semana ya ni se acordaban de padres, madres ni de la santa compaña.

Me encantaría, para instruirla en todas las posibilidades que le esperan, que pudiera leer los libros de Guillermo el proscrito y de sus amigos Douglas, Enrique y Pelirrojo (Richmal Crompton), que en el colegio batallan con entusiasmo contra profes y asignaturas ("Me pone furioso - dijo Guillermo- eso de que los mineros tengan sindicatos y huelgas y cosas para no tener que trabajar demasiado y que nosotros tengamos que seguir trabajando hasta agotarnos"). O los libros donde Goscinny y Sempé nos hablan del pequeño Nicolás y sus también compañeros de colegio: Alcestes (el que come todo el rato), Eudes (que da mamporros en las narices) o Agnan (el ojito derecho de la maestra)... O el libro "Abajo el colejio" de Ronald Searle, que está lleno de faltas de ortografía y que echa pestes de los direztores, de las comidas, de las torturas... Bueno, éste, mejor no.

Pero sí que le diría que ¡no le queda nada! Le diría, para abrirle los ojos, que ahora empieza un largo recorrido en el que tendrá que aprender cosas que le importan un rábano y que olvidará con la misma rapidez; que habrá profes a los que odie (pero de los que contará anécdotas cuando sea mayor); que, igual que un soldado que va pasando por un campo de minas, tendrá que sortear pruebas, exámenes y, si Dios no lo remedia, reválidas; que sabrá lo que son las injusticias (¡pero, profe, yo no fui!) y las deslealtades (¡pues ahora no me ajunto contigo, hala!)...

Pero también le diría, para animarla, que en ese camino se va a encontrar con libros maravillosos con los que imaginar y disfrutar; que habrá profes que la entusiasmarán; que aprenderá lecciones que nunca va a olvidar; que sabrá también lo que es la justicia y la lealtad; y que se va a encontrar ahí, en el colegio, a muchos de los amigos que la acompañarán en la vida. Le contaría que ese primer día, hace 62 años, conocí a Conchi, a Dulce y a Ani, que hoy todavía son mis amigas. que luego fui encontrando a las demás, y que ella sabrá, como yo lo sé, lo bueno que es que se pueda contar con quienes te conocen desde siempre.

Pero nada de todo esto le diré, claro. Ya lo irá ella averiguando: en el fondo, es un portentoso viaje de descubrimiento el que empezó esta semana. Esa tarde, cuando llegó a casa, le pregunté si le había gustado. Me dijo que ¡sí!, que había estado con su amiga Martina y que había hecho un sol de plastilina. No me pareció mal: hacer con una amiga un sol de plastilina puede ser el comienzo de una hermosa amistad. Como Armstrong, en teoría un pequeño paso. Pero en la práctica, un extraordinario camino por recorrer.


lunes, 5 de septiembre de 2016

Una lavada de coco


Cuadro de mi hermana, Chari Duque, con barcas a punto de irse a pescar cabrillas.

"Mira, te voy a contar lo que le pasó a mi amiga Milo, que, como ya sabes, es una pintora fantástica que, allá donde va, lleva los bártulos de pintar, no sea que vea un paisaje maravilloso y se quede sin inmortalizarlo por falta de material. Esa vez que te cuento resulta que fue a la Gomera y descubrió, detrás del hotel, una palmera recortada frente a la montaña, de una belleza tal que los dedos se le fueron veloces a los pinceles y se puso a pintarla como una loca. Pero la tarde ya decaía y unos nubarrones siniestros la hicieron parar y decir: "Mañana, con mejor luz, sigo y termino el cuadro". Esa noche una tormenta de truenos y relámpagos estremeció a todo el pueblo y a la mañana siguiente, limpia la atmósfera y con una claridad sorprendente, Milo volvió a su cuadro inacabado, a sus pinceles y a su palmera ¿Palmera? Ya no había palmera. La tormenta acabó con ella y, a lo mejor, con una obra maestra.

Mi hermana Chari (ya sabes que también pinta), cuando se lo conté, me dijo que eso mismo le pasa a ella también, pero con las barcas en La Graciosa: pinta un paisaje marino, tan chulo él, con sus olas, sus gaviotas y sus barcas; pero, si se entretiene un poco, retocando un toque de azul por aquí o un toque de gris por allá en una barca, cuando levanta la vista para mirarla mejor, ésta ya ha cogido rumbo a pescar cabrillas o viejas, "Con decirte -me explica- que lo primero que pinto a todo meter en esos cuadros son las barcas, no sea que se me vayan, y, luego, el entorno, mar, cielo y toda la pesca...".

Así que ya ves, el tiempo huye, como decían los romanos que eran unos sabios (sólo que ellos lo decían más fino, tempus fugit, que sonaba más trascendente) y arrastra con él animales, personas y cosas que cambian rápidamente, como también decía Heráclito, otro sabio ¿te acuerdas? Sí, hombre, el de que "no te puedes bañar dos veces en el mismo río", porque la segunda vez ya son distintas las aguas y tú tampoco eres el mismo (dímelo a mí que lo pienso cada mañana cuando me miro al espejo). 

Si quieres, te puedo citar a más gente que habla de ese tiempo fugitivo y cambiador. A Quevedo (¡Cómo de entre mis manos te resbalas! ¡Oh, cómo te deslizas, edad mía!...), o a Sterne (Los días y las horas... vuelan por encima de nuestras cabezas como nubes ligeras de un día ventoso, para nunca más volver...) o a Julián Marías (Quisiéramos retenerlo y se escapa...). O, ya puestos, a mí, que te digo que las palmeras desaparecen sin ton ni son, las barcas se van con viento fresco, la nochebuena se viene, la nochebuena se va, y nosotros nos iremos y no volveremos más.

Por eso hay que aprovechar las ocasiones en que uno está todavía como una rosa perfumada maringá, coger la bola dorada de la oportunidad, el carpe diem de siempre que nadie te podrá arrebatar..."

Y a los que están medio moscas porque hoy me he puesto tan filosófica, les diré que todo este rollo, con citas incluidas, es lo que yo le estoy contando estos días a mi marido, que es la persona más casera del mundo, para convencerlo de que hagamos 2 o 3 viajitos antes de que termine el año, que para luego es tarde... Ya les contaré.

lunes, 29 de agosto de 2016

No sea burra




Me contaba hace poco una amiga que su hija cambiaba de lugar de vacaciones todos los años "para que sus niños no se aburrieran". Si les digo que me quedé perplejita cuando me lo dijo, no les miento. Y es que el aburrimiento se ha convertido en uno más de los siete pecados capitales, en la puerta a la infelicidad, en el azote de Dios. Un niño dice ahora que se aburre y allá que ves a los adultos, desalados, buscándole motivos de diversión: la tele, el cine, un parque temático, unas vacaciones, un castillo hinchable... Todo es poco para que los reyes de la casa tengan la felicidad garantizada. Ni un bostezo, ni una mano sobre mano, ni un minuto de tedio a solas.

Nada que ver, por supuesto, con lo que nos tocó a nosotros, los niños de antes. Si alguna vez le dije a mi madre (a la que nunca vi aburrida) eso de "me aburro", ella, usando el "usted de enfado", me decía: "Pues no sea burra". Así que calladita estaba más guapa, porque, además, corría el peligro de que siguiera diciendo: "Pero no te preocupes, que te voy a quitar el aburrimiento de un plumazo", Y allá que me endilgaba una lista de tareas pendientes: ordenar tu armario, hacer recados, terminar un bordado que empezaste hace siglos, recoger y doblar la ropa tendida en la azotea, regar las plantas, ayudar a pelar papas... Si, por un casual, seguíamos insistiendo, ya se nos llevaba al médico. No en vano el aburrimiento está emparentado con la melancolía, que según los antiguos griegos, era la "bilis negra". 

Cuando ya fuimos talluditas, a finales de los 60, mira tú por dónde, el aburrimiento fue una pose muy filosófica, muy existencialista, que se puso de moda. Sartre lo asociaba con "la náusea" y Juliette Greco, la musa de todos ellos, iba vestida de negro por la vida, con una cara de aburrirse muchísimo por allá abajo, en las cavas oscuras de Montmartre. Decir eso de que "la vida no tiene sentido" era lo más de lo más. 

Pero lo cierto es que no me acuerdo, ni de no encontrarle sentido a la vida, ni de aburrirme nunca. Y ahora, de jubilada, menos (ya les he dicho muchas veces que la vida de una jubilada es una vorágine). Repasando este agosto que se ha ido volando, ha sido un no parar. Esta última semana, por ejemplo, ha habido baños placenteros en el mar, un concierto de boleros precioso en la noche chicharrera, una cena con los amigos preparando un viajito próximo, un paseo por La Laguna viendo al mundo pasar, dos días con los hijos y los nietos en el sur, un libro leído y disfrutado, conversaciones interesantes con gente que me cae bien. He caminado todos los días una hora, he cocinado pan de nueces para casa y minisandwichs de tomate para llevar a una fiesta. He ordenado fotos, una zapatera y el armario de la ropa blanca. Me he reído con las gracias de mi nieta pequeña y he llorado con el terremoto que hubo en Italia... Simplemente, he vivido ¿Quién podría aburrirse? No tengo tiempo para ello.

Pero yendo más allá ¿y qué si no hay nada que hacer? Ana María Moix dice que el aburrimiento "puede constituir una puerta al mundo interior, al diálogo con uno mismo, a la imaginación, al descubrimiento de mundos sólo abarcables a través de la lectura, a cuantas experiencias únicamente podemos acceder en la más absoluta soledad". Así que ¿por qué tener miedo a aburrirse? Después de un agosto pletórico, me pido un septiembre vacío de acontecimientos, con su punto de aburrimiento y todo: el "dolce far niente", el dulce hacer nada, que dicen los italianos. Y tal vez haya entonces una tarde dorada, como aquella lejana en la que Alicia se aburría tejiendo una cadena de margaritas, en la que descubramos un conejo blanco que nos lleve a un País de las Maravillas.


lunes, 22 de agosto de 2016

Si pudiera escribir...




La semana pasada escribí mi post número 400, desde que empecé este blog hace ya 8 años, cuando me jubilé. 400 escritos hablando de lugares amables, de propuestas un poco locas, de alguna filosofada, de mi pueblo y alrededores, del yo y las circunstancias, de este país, de lo que las ciencias adelantan y de alguna historia de las de antes. 400 artículos en los que lo importante ha sido el diálogo y el buen humor generado al hilo de los comentarios de ustedes. 400 oportunidades de encontrarme con amigos que, aunque en muchos casos son virtuales, no por eso dejan de ser reales.

Tal vez sea hoy el momento de reflexionar y contestar a todos los que alguna vez me han dicho que por qué no escribo un libro con todo ese material (realmente quieren decir "con todo ese rollo que tienes"). Y la verdad es que tengo un montón de razones para no hacerlo. Una, es que ya hay demasiados libros; otra, que esto es un blog y no tiene nada que ver con una novela; una tercera, es que ya planté un árbol y tuve hijos y, aunque no he escrito un libro entero, sí he participado con artículos de mi especialidad en el "Diccionario Histórico de la Antropología española". de lo que me siento muy orgullosa. Digamos que ya cumplí con mi cuota para pasar a la inmortalidad (aunque, pensándolo bien, ¿quién quiere pasar a una inmortalidad de la que ni te vas a enterar?).

Pero principalmente no se me ocurre escribir un libro porque, sobre todo, yo soy lectora y siento un inmenso respeto por el trabajo de un escritor. Imre Kertész, el genial autor de "Sin destino", Premio Nobel de Literatura, decía que cada vez que leía a Kafka le daba vergüenza atreverse a escribir. Alessandro Baricco, el autor de la poética "Seda", confesaba en una entrevista que "algunas veces, si encuentro que algo es verdaderamente bueno, tengo la intención alocada de dejar de escribir porque otro escribe mejor que yo". Si ellos, que son los grandes, sienten eso, ¿cómo no sentirlo yo? El que más me ha gustado cuando habla de esto es el escritor portugués Lobo Antunes, que una vez dijo: "¡Ah, si pudiera escribir como Messi juega al fútbol...!".

Parafraseándolo, a mí también me dan ganas de decir:
Si pudiera escribir como Gustavo Dudamel dirige su orquesta...
Si pudiera escribir como Velázquez pintó el aire entre las lanzas y Leonardo, una sonrisa imposible...
Si pudiera escribir como Arzac cocina un bacalao al pil pil...
Si pudiera escribir como Paco de Lucía entretejía la música en las cuerdas de una guitarra...

O, ya que estamos en Olimpiadas, podía seguir diciendo: si pudiera escribir como Simone Biles hace gimnasia, como Nadal juega al tenis, como Michael Phelps o Mireia Belmonte dominan el agua, como Justin Rose mete una pelota en el hoyo de un solo golpe, como Pau Gasol lanza una canasta, como Usain Bolt desafía al viento...

Porque de eso se trata, de la excelencia. Para ser escritor (y, si lo eres, debes ser un buen escritor) no basta juntar palabras y no tener faltas de ortografía. Tienes que tener talento, originalidad, imaginación, creatividad. Tienes que sorprender. Una vez a Camilo José Cela alguien tuvo la ocurrencia de pedirle que le diera un buen argumento para hacer una novela. Cela le contestó: "Un hombre y una mujer se aman. Con talento, le puede salir a usted "La Cartuja de Parma".

Pues eso. No tengo la intención de reescribir "La Cartuja de Parma", no soy escritora ni haré nunca una novela. Pero sí seguiremos conversando, ustedes y yo, de lo divino y, sobre todo, de lo humano desde este modesto blog durante -espero- otros 400 escritos más. No se van a librar.

¡Salud!

lunes, 15 de agosto de 2016

El bosque antiguo




De pequeña no me gustaban los bosques. En ellos se perdían los niños si no ponías miguitas de pan por el camino, había casitas de caramelo en las que habitaban brujas que te comían en cuanto engordaras, y lobos que te engañaban para llegar antes a casa de la abuelita y poder hacer doblete: cazuela de abuela y nieta al precio de una. Quita, quita. Muchas pesadillas tuve en las que mis padres se olvidaban de mí en las excursiones a Las Mercedes y, luego me veía por la noche perseguida por susurros, aullidos espeluznantes y sombras amenazadoras ¡Uf, qué bueno era el despertar, rodeada de paredes y no de árboles!

Y, sin embargo ahora, ¡cómo me gustan los bosques! Los bosques umbrosos de los que hablaba Garcilaso en sus Églogas, los bosques de los Ents en los libros de Tolkien -"Los Ents amaban los grandes árboles, y los bosques salvajes, y las faldas de las altas colinas, y bebían de los manantiales de las montañas..."- , los bosques vivos y poderosos de "Un cuento oscuro" (Naomi Novik), un libro que leí el mes pasado...

Y, más allá de los bosques literarios, me gustan los bosques reales, aquellos en los que he caminado como si tuviese sobre mi cabeza un dosel verde y acogedor de ramas entrelazadas: en Asturias, en donde habitan las rusalkas, los espíritus de las damas del bosque; en el Perigord, en donde descubrimos la vida que bulle en la aparente inmovilidad; en Inglaterra, lugar de improbables Robin Hood detrás de cada árbol; y, sobre todo, en mi tierra, donde los bosques tienen sabor antiguo.

He estado esta semana pasada en La Gomera, una isla que conozco hace más de 30 años. Durante un tiempo, la visité dos veces al año, en junio y en septiembre, para ir a examinar de la selectividad a los alumnos de allí. Y entre examen y examen, siempre tuve tiempo para dos cosas: darme un baño en aguas transparentes y caminar entre brezos, loros y pinos por el corazón umbrío de la isla. Este verano he repetido el viejo ritual -aguas frescas y sombras del bosque-, como quien hace una promesa al volver a un lugar querido. Y ha sido una maravilla respirar el aire limpio de la cumbre y perderse por senderos, y ver, desde los miradores, las tres islas, nítidas en el horizonte: El Hierro, pequeña y misteriosa; La Palma, verde y ya sin fuego, con La Caldera de Taburiente en el centro; y la imponente figura del Teide en Tenerife ("Si Tenerife quiere Teide, / que lo haga de madera / porque el Teide de verdad / lo disfruta La Gomera", dice una copla).

Caminando por El Cedro y por los altos de Garajonay, por ese bosque de hace millones de años en el que los árboles parecen ancianos que nos miran con ojos insondables, sentimos que alguna vez debimos haber vivido en un lugar así. Y muchas veces, empujados por la nostalgia de aquellos tiempos en los que hablábamos con los árboles, los hombres trasplantamos algún ejemplar a la ciudad, para que nos ayude a recordar. Hay un baobab, traído de no sé dónde, en la calle del Pilar en Santa Cruz, que más parece un turista sorprendido que se pregunta: "¿Qué hago yo aquí?".

Y es que el aquí natural de los árboles es el bosque. Como el de La Gomera de estos días, el bosque antiguo que, antes de la historia, ya estaba aquí, y aquí seguirá cuando todos nos hayamos ido. Despojados del miedo infantil pero no de la magia de los cuentos, ¡cómo me gustan los bosques!