lunes, 27 de julio de 2015

Descubriendo la pólvora: los frikis




Según la RAE, la Wikipedia y las definiciones que ellos mismos se dan, un friki es:
a) una persona pintoresca y extravagante,
b) apasionada por un tema en particular, ya sean los alienígenas, el fútbol, los zombies o el planeta Plutón.
c) que tiene a gala llevar de vez en cuando indumentarias un tanto extrañas relacionadas con su afición (con lo cual carece por completo del sentido del ridículo),
d) por lo que mucha gente de la llamada "de provecho" no los ve con muy buena cara, que digamos.

A pesar, entonces, de que pueda parecer que un friki es más raro que un perro verde, lo cierto ahora (parodiando a Joan Cusack en "In&Out") ¡es que todo el mundo es friki! Lo es mi hija, metida de lleno en el mundo escrito de la fantasía; mi sobrino, que adora los soldaditos de plomo y los juegos de rol; Antonio, un amigo catalán, que me habló por primera vez del Triángulo Friki de Barcelona, la zona, punteada por las librerías Gigamesh, Norma y Freaks, en la que se concentran una quincena de tiendas dedicadas a ese mundo. Hay reuniones, clubs, festivales (Metrópoli de Gijón, por ejemplo), en los que te puedes encontrar gente disfrazada de Capitán América o tipos que pagarían tropecientos euros por una consola antigua.

Cuando me jubilé, en el acto de despedida de los alumnos de 2º de Bachillerato, la representante de los alumnos apuntó como característica esencial de su generación el ser frikis: "... todos somos algo "raritos", únicos, diferentes y extraños a nuestra manera. podemos resultar desconcertantes y extravagantes. Pero no nos juzguen, nos gusta ser así, alegres ahora e histéricos cuando salgamos a la calle, somos imprevisibles y fuera de lo común". Lo friki prolifera y se impone y hay mucho candidato por ahí suelto que aspira a serlo, tal vez viéndolo como el signo de nuestro tiempo.

Pero no se engañen. Frikis ha habido siempre. Javier Cercas, en un artículo del año 2010, Teoría del friki, nombra a miembros ilustres del frikismo de todos los tiempos: el Arcipreste de Hita con el Libro de Buen Amor, "el más libre, el más gamberro y el más subversivo"; el Cervantes de El Quijote y de El Licenciado Vidriera; Unamuno, Baroja, Kafka, Millás, Mendoza... Todos, según Cercas, por compartir la idea de que la normalidad no existe, son dignos de figurar en el universo friki.

Igual que, sin subir hasta esas alturas literarias, somos dignas de figurar en él mis amigas de la infancia y yo, que hace 60 años fuimos, ataviadas con velos de encaje, rosarios y misales, a la Iglesia de San José a bautizar a Fernandito, el muñeco de mi amiga Conchi que también llevaba su traje de cristianar, Cuando ya estábamos con Fernandito medio metido en la pila de agua bendita y todas alrededor echándole agua entusiasmadas, nos descubrió Don Jesús Cabrera, el párroco, que nos persiguió por toda la iglesia, mientras nosotras corríamos a toda pastilla.

No me digan que ahí no estaban ya todos los ingredientes de la cultura friki: personas pintorescas (nosotras), apasionadas por un tema (los muñecos y su salvación eterna), ataviadas con ropajes extraños (no sé incluso si alguna llevaba los tacones de la madre), sin sentido del ridículo (a los 7 años no sabíamos qué era eso) y perseguidas por la gente de provecho (Don Jesús, que en gloria esté).

¡Si eso no es ser friki, que baje Harry Potter y lo vea!

(En la imagen, un graffiti friki dedicado a "La guerra de las galaxias")

lunes, 20 de julio de 2015

El sublime arte de escaquearse




Si en algo somos genéticamente especialistas los humanos es en escaquearnos de nuestras responsabilidades. Hasta mi nieta pequeña -que no llega a los 2 años y en el hablar está empezando con los verbos-, después de tirar un vaso o una figurita al suelo y causar un estropicio, ya sabe decir, con su preciosa sonrisa, un encogimiento de hombros y las palmas de las manos hacia arriba: "¡Se cayó!".

Y es que el mayor invento a la hora de dominar este sublime arte es el dominio del "se" impersonal. Los periódicos están llenos de este "se": "Se aprueba el rescate", "Se produjo un tiroteo", "Se ha caído el sistema informático"... Una vez que íbamos a viajar a Santiago a las 10 de la noche, el avión no despegó hasta las 6 de la mañana porque "se ha producido un fallo técnico". Después nos enteramos de que el fallo técnico era que pilotos y azafatos estaban cansados y se fueron a dormir, dejando gentilmente que nosotros lo hiciéramos en las salas vacías del aeropuerto (ver amanecer desde los sillones incómodos de un aeropuerto, mientras las señoras de la limpieza friegan y vacían papeleras no es mi ideal de una noche placentera).

El truco está, como señala mi admirado Alex Grijelmo, en separar gramaticalmente todo lo posible a las personas de los fenómenos que ellas mismas provocan. Detrás de ese "se", parece que nadie tiene la culpa de nada. Son esos entes incorpóreos ("el sistema informático", "las razones operativas", "las fluctuaciones económicas", "la crisis"...) los que asumen todo el marrón, mientras los demás nos quedamos limpios, inocentes y angelicales. Incluso yo, que ya saben lo honrada que soy, ayer, que se me cayó un huevo de los que mi marido acababa de traer del mercadillo, antes de que me dijera "Pronto empezaste a hacer tortilla", ya le estaba yo diciendo: "Es que el huevo se puso resbaloso". Antes muerta que culpable.

Y no crean, cuando solo son dos personas las que viven en la casa, quedar absuelto es peliagudo. Hay que hacer virguerías para que nada nos salpique: "se rompió", "se traspapeló", "se perdió", "se esfumó"... Así, el padre de un amigo mío, cansado de tanto juego lingüístico y de tanto poltersgeist, le dijo a su mujer: "Mira, Catalina, déjate de rollos. Aquí solo vivimos los dos. O fuiste tú o fui yo".

Tal vez crezcamos moralmente cuando sustituyamos ese "se rompió" por "lo rompí" y llegue el momento en que todos aceptemos nuestros actos. Porque, si no, puede darse un caso como el de Guille, el hijo de unos amigos, que llegó a su casa por la noche y le preguntó a su madre: 
- ¿Y las croquetas que sobraron del mediodía?
- Oh, se comieron.
- ¿Las unas a las otras?

lunes, 13 de julio de 2015

El embrujo de una noche de verano




Algo tienen las noches de verano -llamémosle hechizo o embrujo o lo que sea-, cuando Shakespeare y Woody Allen le han dedicado obras. Son, como dicen Les Luthiers en "Añoralgias", "noches cálidas de fantasía, pobladas de magia, de encanto infinito...". Todos tenemos noches así en el recuerdo y, ahora, en estos días de julio, cuando a la caída de la tarde la brisa del mar alivia el calor, es una gozada sentarse fuera, a la fresca, con la mente en paz y el diálogo presto, tal como han hecho desde siempre las gentes de las islas.

En estas horas cabe cualquier conversación, relato o comentario. Cabe, incluso, como hace 3  días, oír, cautivados, las historias que nos contó mi sobrina Isa de su viaje de aventuras a Costa Rica, un perfecto contrapunto a la noche tranquila.

Allí... hice rafting en el río Balsa subida a la proa de la barca y a punto de caer al agua; nos lanzamos en tirolinas en Monteverde ¡casi como Tarzán en la liana!; cogimos olas con la tabla en Sámara; nos bañamos tirándonos desde lo alto en las cascadas de Montezuma...
Aquí solo se oyen las voces y las risas. Y las fatigas del día se han diluido en un plácido sosiego.

Allí... una noche hicimos un tour nocturno por la selva para ver animales: un orlingo, que es como un gato con cola de mono, armadillos, búhos, un erizo bebé subiendo a un árbol, murciélagos que había que esquivar, un oso perezoso... Parados en medio de la carretera incluso vimos dos ojos mirándonos desde la espesura ¡Los insectos son del tamaño de mi puño! Vimos tarántulas, escorpiones de 8 cm., insectos-palo de medio metro... ¡Las luciérnagas iluminan la arboleda!
Aquí las ranas son el sonido por el que transcurre la noche y, de vez en cuando, aletea una coruja. Alguna mariposa nocturna se acerca curiosa al círculo de luz. Casi ni le hacemos caso.

Allí... nos cayeron tormentones eléctricos -rayos, truenos, relámpagos, nubarrones, nieblas- casi todos los días: en el Parque del Volcán Arenal, en Playa Hermosa, en la travesía en barco desde Paquera a Puntarenas... No pudimos ir a la costa oriental porque las carreteras -casi todas de tierra- estaban cortadas; y, desde Sámara hasta Santa Teresa tuvimos que vadear cinco ríos que habían crecido con la lluvia.
Aquí la noche está clara y solo las ramas de los árboles cercanos se mueven ligeramente. No hay nada que perturbe la calma.

Allí... desayunábamos gallo pinto, que es un plato enorme de arroz, frijoles, huevos, carne y plátanos fritos. Bebíamos pipas frías de coco y las comidas tenían nombres como tamales, chorreadas, chalupas...
Aquí probamos la yuca frita que mi sobrina nos ha traído de recuerdo. Pero también comemos camarones frescos y bebemos un vino blanco frío que burbujea en las copas. Brindamos haciéndole un guiño a la luna.

Allí había caimanes en los ríos, iguanas paseando tranquilamente por el medio de la carretera, caballos salvajes en las playas. Aquí está la quietud de lo cotidiano, de lo conocido, del siempre. Pero sobre los dos mundos está la noche de los poetas, la noche que Neruda vio estrellada mientras "tiritan, azules, los astros a lo lejos"; la "callada noche que aún asiente" de Walt Whitman; la noche que brilló sobre nuestras infancias, y en la que, como dijo Octavio Paz,
"... todo respira, vive, fluye:
la luz en su temblor,
el ojo en el espacio,
el corazón en su latido, 
la noche en su infinito"

Que este verano les sea propicio en noches como esta.

(En la imagen "La noche estrellada" de Van Gogh)

lunes, 6 de julio de 2015

Calladitos están más guapos





Esta semana se ha estrenado la Ley Mordaza y anda el personal alborotado a cuenta de ella. En los periódicos y redes no paran de salir chistes e ironías ("Tengo que bajar un momento a la calle ¿Alguien sabe si, aparte de la Ley Mordaza, Rajoy ha ordenado el toque de queda?"), manifestaciones de personas con la boca tapada, protestas de todo tipo y exhortaciones de la ONU pidiendo su retirada porque "amenazan con violar derechos y libertades fundamentales de los individuos" y "socavan los derechos de manifestación y expresión" de este país.

Ya en Alicante se ha puesto una multa de 600 euros por llevar una camiseta "peligrosa". También en el franquismo, cuando yo estudiaba, metieron en la cárcel a un compañero mío por tener dibujado un símbolo "peligroso" (una hoz y un martillo) en una caja de fósforos.

Desde que Platón en su República ideal prohíbe leer a Homero y a Hesiodo por debilitar la templanza, ver obras de teatro porque los actores imitan a seres inferiores y oír música lidia y jónica por decadentes, siempre ha habido gente que quiere imponer a otra gente lo de "calladito estás más guapo". En la Rumanía de Ceausescu, por ejemplo, estaban prohibidas las palabras "maleta" y "frontera" porque sugerían el abandono del país. En Melbourne, desde la época victoriana, no se puede vestir (todavía hoy) ropa interior rosa los domingos por la tarde y en París se derogó en el año 2000 una ordenanza de 1800 por la que las mujeres no podían ponerse pantalones.

Pero ¡mordazas y censuras a nosotros!

¡A nosotros!, los herederos del insigne Quevedo, que tenemos por bandera sus versos "No he de callar por más que con el dedo, / ya tocando la boca o ya la frente, / silencio avises o amenaces miedo".

¡A nosotros!, que casi aprendimos con "La Codorniz" a reírnos a carcajadas y a buscar entre sus páginas los dobles sentidos ("Un fresco general procedente del norte reina en toda España") por los que, un mes sí y otro también, la cerraban. Todos recordamos las perlas de después, como aquella de "Bombín es a bombón, como cojín es a X, y me importan tres X que me cierren la edición".

¡A nosotros!, que vivimos una dictadura que pagaba a censores para que rebuscaran en cine, libros, arte, cómics, costumbres..., todo aquello que pudiera perturbar nuestra inocencia. Hasta "Con faldas y a lo loco" fue prohibida porque hacía apología gay (????) e Ibáñez contaba hace poco que le censuraron a un Frankestein que puso a vivir en una de las habitaciones de "13, Rue del Percebe" porque fabricaba monstruitos con vida y eso solo le competía al Supremo Hacedor. Una canción que decía "Tengo fuego en las entrañas..." fue sustituida por "Tengo fuego en las pestañas..." y se les coló la de "Je t'aime... moi non plus" porque no la oyeron, sino que la leyeron y en el papel no venían los jadeos.

¡A nosotros!, que conocimos hojas de parra tapando partes pudendas, fundidos en negro cada vez que el chico y la chica se iban a besar, Índice de Libros Prohibidos, cortes de tijera y cambios drásticos de guión que nos hacían imaginar cosas peores.

¡A nosotros, censuras y mordazas! Como dice mi amigo Goyo, a nosotros no nos callan ni debajo del agua.