lunes, 29 de junio de 2015

Ay, ay, ay, ay, ay, ay...




Una se apresta una tarde de un domingo plácido de junio a leer los periódicos atrasados de la semana (ya saben que la vida de una jubilada es una vorágine y no hay tiempo para casi nada). Una se sienta en una hamaca en el patio -brisa suave, cielos azules, buena temperatura- y empieza con la mejor de las disposiciones a digerir esas ristras de noticias que son la alegría de la huerta: nueva ley de Educación para el curso que viene con la Reválida amenazando ¡otra vez! (ay); pelea ¡por dinero! entre Unión Europea y Grecia (ay, ay); Estados Unidos envía 250 tanques para hacer frente a la amenaza rusa (ay, ay, ay); yihadistas asesinando en tres continentes (ay, ay, ay, ay); malversaciones, huelgas de hambre, espionajes a países supuestamente amigos, desplazados forzosos a causa de las guerras (42.500 personas ¡al día!)... Ay, ay, ay, ay, ay.

Una levanta la vista de los papeles con el corazón encogido. Hasta el día parece más oscuro, como si el sol se licuara en el desánimo. Pero al otro lado del patio están los niños de la casa y sus amigos. Tienen entre 8 y 11 años, estrenan entusiasmo y sus voces finas, hablando de los avatares de sus colegios, llegan hasta aquí. Piensas, animándote (siempre has sido una optimista), que tal vez el futuro -que a ellos les pertenece- no será tan malo. Pones atención a lo que dicen y...

- En mi clase hay uno que roba. El otro día le pedí un boli, y abrió la maleta de Patricia, sacó el boli de ella y me dijo: "¡Toma! Ella no se va a dar cuenta".

- En la mía no se puede dejar nada encima del pupitre porque desaparece. Una vez le traje de regalo  a Pablo unos caramelos con forma de bigote y, cuando se los fui a dar, ya no estaban.

- Pues en la mía roban a cada rato el sello rojo de la seño y lo meten en los pupitres de los que se portan bien.

- Una vez Hugo tiró su maleta, así porque sí, desde el tercer piso al patio y casi mata a un niño que pasaba.

- Peores fueron los que intentaron hacer fuego con un montón de palos y una lupa en el patio. Solo les salió humo pero les echaron una bronca de miedo.

- Los más golfos son los de Infantil, de 3 años. Yo vi a uno con cara de bueno tocarle el culo a la profe y luego guiñarle el ojo.

- ¡Sí! A mí uno de infantil me tiró una fanta en los pantalones y luego se reía cuando yo le decía: "¿Tú estás tonto o qué?". Y a otro lo vi bailar con la tapa del water al cuello.

- No, los peores de todos son los de 6 años, los de 1º de Primaria. Se dedican a meterles bolsas de plástico en la cabeza a la gente.

- A mí me pasó que estaba en la cola para el comedor  y una de 1º se coló delante de mí. Le dije que guardara turno y me dio un puñetazo en la barriga.

- Pues en el recreo después de comer me encontré yo a tres de los de 1º acostados sobre mi mochila. Los eché de allí y después descubrí que se habían llevado mi estuche de lápices. Se lo dije a la seño y lo encontró en la maleta de uno de ellos.

- Cuando algo desaparece y la seño dice que el autor confiese, ninguno lo hace. A veces luego aparece el libro o lo que sea en la mesa de la seño. Pero mis caramelos nunca aparecieron...

- Pues uno de mi clase trajo una navaja al colegio un día...

Ay, ay, ay, ay, ay, ay, ay, ay, ay, ay, ay, ay...


(En la imagen, "El grito" de Edward Munch)

lunes, 22 de junio de 2015

Aquí mando yo




Yo tengo una teoría, que no he visto en parte alguna, sobre los dictadores, y que, generosa como soy, hoy publico a los cuatro vientos para que después me la fusile alguno de los tantos copiones que hay por ahí. Lo veré firmando un ensayo sobre ella en alguna Feria del Libro, pero ustedes y yo sabremos que la idea inicial fue mía.

Mi tesis es que la fuente de la que beben todos los dictadores que en el mundo han sido, son y serán es el ORDEN. Todos ellos fueron niños ordenaditos a los que su madre no tenía que decir (como la mía) que "este cuarto parece una leonera" o "a ver si recogen los zapatos del suelo que no se puede ni caminar por aquí". No, el niño futuro dictador tenía los lápices afiladitos y por colores, los libros en su sitio (nada de dejar uno abierto boca abajo en la alfombra), la cama hecha y sin arrugas (antes muerto que sentarse en ella), las ropas dobladas y colocadas en los estantes, los juguetes en sus cajas como si se los acabaran de regalar, el suelo limpio de zapatos, calcetines y calzoncillos. Ese niño (obsérvese que no he dicho "repelente", porque yo en mis tesis soy muy objetiva) sonreiría con satisfacción cuando sus padres y profesores lo pusieran como ejemplo ante los demás, mientras le daban palmaditas en el hombro  (no en la cabeza por no despeinarlo). Ese niño (tampoco digo "repugnante") crecería sabiéndose perfecto y sufriría enormemente si tuviera que dejar que sus hermanos y amigos anduviesen en sus cosas. A ese niño (tampoco ha salido de mi boca el adjetivo "repulsivo") no le quedaba más remedio de mayor que imponer el orden, la verdad, la justicia y la razón a los otros seres humanos, imperfectos y desordenados.

Como el mayordomo Jeeves de Wodehouse o "El Gran Dictador" de Chaplin, hay miles de dictadores pululando por el mundo. Sin ir más lejos, yo he conocido a unos cuantos: a un director de Instituto, que era un tipo estupendo e inteligente, pero que, convencido de que él lo hacía mejor que nadie, hacía el trabajo hasta del bedel; una señora de la limpieza que tuve, tan superordenada que me ordenaba cosas que yo no quería ordenar; maestro Daniel, el albañil que nos trabajó en la casa, con el que había que discutir días y semanas porque queríamos esquinas redondeadas y paredes arrugadas y para él lo correcto eran esquinas con filo y paredes lisas; amigos que quieren que tú seas como ellos (si no, se enfadan); profesores, políticos, jefes, cabecillas, mandones... todos arrastrando esa infancia de un universo ordenado y sin mácula (digo "sin mácula", que queda mejor que decir "sin manchones de huevo frito en la camisa", cosa impensable en un futuro dictador).

Esta es mi teoría. Es fácil corroborarla por parte de aquellos que me la van a copiar (no todo tengo que hacerlo yo): busquen testimonios y pruebas de las infancias de los dictadores reconocidos oficialmente: Hitler, Franco, Fidel, Luis XIV ("El Estado soy yo"), Mussolini, Stalin... Seguro que detrás de cada uno hay un niño ordenadito.

Y aviso para los que no se acuerdan de la lógica que estudiaron en Filosofía: aunque mi tesis es que todos los mandones fueron niños ordenaditos no quiere esto decir que todos los niños ordenaditos se conviertan en mandones. Pero por si acaso y para curarnos en salud, ahí va mi recomendación a los padres del mundo: 
* Miren para otro lado cuando los niños dejen las ropas tiradas en el baño o los zapatos en el salón.
* Permitan que su mesa de trabajo esté como la de mi nieta ayer (un batiburrillo de lápices y rotuladores tirados, un atril lleno de dibujos y trabajos ya corregidos, una coronita de flores, novelas y libros de texto cerrados y abiertos, el cargador de la tablet, 3 caramelos...). 
* No se asusten si, después de que jueguen, todo el cuarto es un desbarajuste total.
* Recuerden que el universo tiende al Caos y repítanse a sí mismos: "¿Quién soy yo para oponerme al universo?".

Será duro, lo sé, porque en todos nosotros hay sembradas semillas de dictador. Pero, aunque en el futuro sus hijos sean un desastre como organizadores, seguro que no serán dictadores y el mundo será un lugar mucho mejor, sin nadie que quiera imponer un orden que a los demás no nos guste.

No me den las gracias, por favor.

(En la imagen, "El Gran Dictador" de Chaplin)

lunes, 15 de junio de 2015

Un respetito es muy bonito




Soy un árbol, y esto ya es decir mucho. Pertenezco a una especie noble y antigua, que vive en la Tierra desde el principio de los tiempos. Antes del hombre, antes de los dinosaurios, nosotros estábamos aquí.

Desde luego, yo particularmente no soy tan viejo como el árbol sagrado, la higuera o ficus religiosa bajo la cual Shidarta Gautama, Buda, alcanzó la iluminación hace 2500 años. Tampoco soy el drago milenario de Icod que vio desembarcar a guanches y a castellanos, ni pertenezco a la clase del Garoé, el tilo santo que surtió de agua a la isla de El Hierro. Pero soy de su especie. De la especie de los pinos que en la isla causan mares de nubes; de la especie de los sauces que acarician la superficie de lagos remotos, de los abetos que alimentan leyendas, de los robles a prueba de humanos. Y, aunque soy un árbol de la calle, un árbol joven con solo unos cuantos años encima, sé que, como ellos, iluminamos el mundo.

Mis compañeros y yo somos flamboyanes, los árboles de la llama o del fuego. Damos sombra fresca en los veranos cálidos y color a las vidas grises. Y, sin embargo, desde nuestra altura vemos pasar a las gentes de la ciudad sin que ninguno de ellos repare en nosotros. Cada mañana pasan a mi lado funcionarios del Ayuntamiento que van a desayunar hablando de fútbol o de plenos, madres agobiadas que llevan a los niños al colegio, señoras jubiladas que van a comer hablando sin parar al restaurante cercano, jóvenes ensimismados en sus móviles, personas a todo correr, con el ceño fruncido y papeles bajo el brazo, camino a diligencias... Sabemos que, con solo detenerse un minuto y mirar hacia arriba y ver las floras rojas entre el follaje verde y oír la brisa que juega en las ramas, se les ensancharía el alma, sonreirían y, durante un buen rato, los acompañaría una sensación placentera. Pero ni se dignan hacerlo: ni nos ven ni nos oyen.

Pero hace poco ocurrió algo que nos ha sacado de la invisibilidad pero también de quicio. Estamos acostumbrados a la indiferencia, sí. Incluso a oír noticias adversas, que nos trae el aire, sobre nosotros, como la tala de los jacarandás que sombreaban de azul la vecina calle o el lamento angustioso de los pinares de Vilaflor, quemados hace una semana... Pero, ¡esto! ¡Esto es indignante! ¡Decorarnos con ganchillo! ¡Ponernos croché en los troncos como si fuéramos la butaca del abuelo! Nuestra naturaleza no es de enfadarse demasiado, pero créanme, crece un murmullo de cólera entre todos nosotros.

Es verdad que, por primera vez, parece que se dan cuenta de que existimos. Incluso vi al vecino, que todos los días sale casi dormido de la casa de la esquina, pegar un respingo cuando me vio  abrigado con esa colcha alrededor (¿ese árbol estaba ahí?). Hemos oído decir que esto es arte efímero (cuando, para nosotros, todo arte es efímero) y que es algo parecido a lo que hace un tal Christo Javacheff, que vestía puentes y estatuas para llamar la atención sobre ellos. Pero ¡nosotros somos seres vivos, seres que hemos repoblado el mundo desde aquellas lejanas selvas de Madagascar en las que nacimos, seres que nos enorgullecemos de nuestro tronco, ramas, flores, semillas y frutos! Y nos sentimos abochornados, dolidos y menoscabamos en nuestra dignidad ¡Nos sentimos vestidos!

Señores humanos ¿saben que les digo? Que sigan sin mirarnos, sin poner una mano en nuestros troncos desnudos para sentir la savia purificadora, sin agradecer que somos el pulmón de la ciudad, sin darse cuenta de que humanos y árboles estamos hechos de la misma sustancia y de que, si retrocedemos lo suficiente, nos encontraremos con un antepasado común... Pero respétennos, porque un respetito es muy bonito.

(Gracias a mis amigas, Conchi -que me habló por primera vez de estos árboles "encrochetados"- y Chari, que me los fotografió. Nunca hubo mejores corresponsales)

lunes, 8 de junio de 2015

Lección inacabada




Si hay algo que a los profes nos repatea (aparte de corregir exámenes) es dejar una lección inacabada, una clase a medias. Ahí tienen a Fray Luis de León que tuvo que interrumpir la suya para pasarse 5 años en la cárcel (por majaderías de la Inquisición) y que, cuando volvió, siguió como si nada hubiera pasado con su "Como decíamos ayer...".

Una sensación parecida me pasó hace un mes. Me fui a Barcelona con mi hija, que iba a presentar sus "Leyendas de la Tierra Límite: las Tierras Blancas" en la librería Gigamesh. A la salida, nos fuimos a tomar algo con un grupo de amigos que hasta ese momento eran virtuales y a los que ese día puse cara y voz ¡Una gozada! Pasamos un rato muy agradable hablando de lo que más nos gustaba a todos, los libros. Pero en un momento, y a cuenta de mi profesión, se habló de filosofía y de las clases de filosofía. Morri, un chico que tiene un blog muy original -"El mundo está loco"- y al que sigo desde hace tiempo, me contó que, hace años, en el Instituto el primer día de la clase de filosofía, su profesor les pidió a todos que hicieran una pregunta filosófica. La de Morri fue: "¿Por qué es más fácil portarse mal que portarse bien?". Su profesor le contestó que eso era una chorrada, y Morri no volvió más a abrir la boca en clase (aunque, menos mal, ha seguido, por su cuenta y en su blog, haciéndose preguntas y explorando el mundo).

La pregunta de Morri me dejó el sabor de algo inconcluso, un reto lanzado al aire que merece una respuesta. Y aunque las preguntas, si son filosóficas, tal vez no tengan respuestas, sí hay que desovillarlas y tirar del hilo, porque conducen a caminos que nunca pensaste explorar y te llevan a sitios a los que nunca imaginaste llegar. E inevitablemente te llevan a otras preguntas.

¿Por qué nos solemos tirar como lobos hambrientos sobre panes crujientes para mojarlos en salsitas, sobre entrecots rezumando grasa, sobre un jamón serrano recién cortado, sobre un paté, o papas fritas con huevos fritos, o chocolate. o dulces de hojaldre con su crema pastelera dentro, mmmmm..., mientras despreciamos y miramos con desdén una alcachofa hervida, o un puré de guisantes o cualquier dieta sana que todos los especialistas recomiendan?

¿Por qué no hacíamos caso a las monjas del colegio, que nos decían que nada de hacer manitas con los chicos porque ellos, esos pérfidos, empezaban con la mano y luego seguían por el codo y después vete a saber qué más? ¿Qué tenía ese "qué más" que nos llamaba tanto la atención y nos llevaba por el camino de la perdición?

¿Por qué, en lugar de ser la trabajadora hormiguita, lo que nos pide el cuerpo es una francachela a la cigarra? ¿Qué pasaría si todos siguiéramos nuestra naturaleza libertina y decidiéramos levantarnos a las tantas, tomar un desayuno con calma (si es con churros, mejor) y no pegar golpe durante todo el día?

¿Por qué hubo que amenazarnos con las llamas del infierno y ponernos mandamientos de "no hagas esto" o "no hagas lo de más allá"? ¿Por qué nos hacían abjurar del mundo, demonio y carne, y renunciar a Satanás y a sus pompas y a sus obras? (Y a propósito y solo por curiosidad ¿qué pompas son esas?).

¿Es que nos resulta fácil ser malos porque así es como es nuestra verdadera naturaleza, como decía Bacon, y lo de ser buenitos es un disfraz para las ocasiones? ¿Somos lobos con piel de cordero? ¿Brujas disfrazadas de hadas?

Y ya puestos, ¿qué es el bien y qué es el mal? O yendo más allá, ¿quién dicta lo que está mal y lo que está bien?

Tu profe se equivocó, Morri. al calificar tu pregunta. No es una chorrada. Es una pregunta peligrosa.