lunes, 27 de abril de 2015

¿Qué me pongo mañana?




Me manda mi cuñada una foto de los tiempos del colegio. Ahí entre esa multitud de niñas vestidas con el uniforme de gala en el patio de mi colegio, estoy yo, hormiguita entre las hormiguitas. Ni siquiera ampliando la fotografía puedo reconocerme (y diría que de eso se trata, de perdernos entre la hojarasca).

Lo que a lo mejor sí se ve bien es ese horror que era el uniforme de gala: traje blanco, cinto y lazo negro al cuello, y un velo de tul en la cabeza que una vez, cuando íbamos en fila, con velas encendidas, cantando muy pías el "Cantad a Catalina plegarias fervorooooosas...", se incendió en la cabeza de Fina Santos y chamuscó sus rizos, casi a punto de que sucediera una desgracia mayor.

El uniforme de gala se hacía -nuestro tiempo era el reino del reciclado- con la lana del traje de primera comunión, que en mi colegio también era uniforme: todas de monja con toca y todo. Y los días de trabajo íbamos de negro con cuello blanco almidonado y gorra de plato. No nos privábamos de nada ¡Y, ay, cómo a alguna se la viera a la salida del colegio con un chico a la vera! ¡Estábamos mancillando el uniforme! ¡Mancillándolo! Y era, por supuesto, motivo de expulsión inmediata. Cómo lo odiábamos...

Por eso nos encantaba ir de calle algún día ¡Ah, el placer de distinguirnos unas de otras, de ponernos nuestras faldas y zapatos preferidos, de ir, por ejemplo, con una blusa azul semáforo, lo más alejado de grises y negros...! Es verdad que todas podríamos ir de azul semáforo cuando se puso de moda ese color, pero era "nuestro" azul semáforo y no el de las otras.

Desde que los romanos arramblaron con las sábanas de sus casas para vestirse todos igual, con toga blanca, los humanos estamos empeñados en la manía de la uniformidad. Legionarios, druidas, reyes, guardias, azafatas, soldados, turistas, capitanes generales, curas y obispos, monjas, bomberos... visten clónicos, como si fueran chinos de Mao: uno igual a otro. Y yo creo que, con ello, se ha pretendido ir más allá, a que esa uniformidad se contagie a las actitudes y al pensamiento: un mundo único y gris.

Pero buenos somos. Cuanto más presionan los poderes establecidos en ponernos uniforme, más imaginamos formas de diferenciarnos. Igual que hacíamos en el colegio acortando la falda, alargando los calcetines o llevando unos zarcillos brillantes con piedras rosas (el caso era ser "la de la mochila azul"), también vemos ahora a las cajeras del supermercado con una flor en el pelo o con un broche precioso sobre la blusa común. Incluso las brujas no se ponen ya su uniforme -nariz ganchuda, escoba y sombrero cónico- ni los niños de primera comunión van de marineros sino de niños (Misterio para otra ocasión: averiguar qué relación hay entre la marina y la primera comunión).

De aquellos clones vienen estos individuos y viva la diferencia. Propongo reivindicar la personalidad y desterrar de una vez por todas los uniformes. Eso sí, el único inconveniente (y no es pequeño) es la pregunta obligada de cada noche antes de acostarnos: "¿Y qué me pongo mañana?"

lunes, 20 de abril de 2015

Pasiones que no comprendo




Mi peluquero Sebas es un apasionado de las motos y, a veces, entre champús y masajes capilares, me cuenta sus odiseas de motero. Como cuando se fue desde Cádiz al Cabo Norte -19.000 km. de ida y vuelta- a ver el sol de medianoche y las auroras boreales. Estuvo montado en la moto durante 11 días a una media de 1.700 km. diarios, sin pararse apenas, solo para dormir y comer un poco. Una vez, incluso, no encontraron albergue ninguno en medio de la noche noruega y se quedaron, él y sus compañeros, debajo de un puente con las motos en círculo alrededor, dándoles calor.

Yo supongo que ese momento en el que al fin llegaron a su destino y vieron las luces, como un tapiz de colores en movimiento desplegándose en el cielo, tiene que haberles compensado el molimiento de estar todo el día sin mirar sino hacia el frente, sin oír sino el ruido del motor, sin tener otro objetivo que la llegada.

Es, desde luego, una pasión (y de las gordas) lo que empuja a Sebas y a otros como él a estas aventuras llenas de molestias, imprevistos, temperaturas gélidas, peligros inesperados, fastidios y mortificaciones. Una pasión que yo, que no he montado nunca en moto (ni creo que a estas alturas me vaya a convertir en un “ángel del infierno”), no comprendo.

Me acordé de Sebas cuando leí últimamente que Ángel Gabilondo se iba a presentar a las elecciones municipales de Madrid por el PSOE. Ángel Gabilondo tiene un año menos que yo y es catedrático de Metafísica, la asignatura más profunda de mi carrera, aquella que hace las preguntas finales. Ya saben, eso de qué somos, de dónde venimos y a dónde vamos. Ha escrito varios libros de filosofía y también tiene (o tenía hasta febrero) un blog, “El salto del Ángel”, que es “un espacio de reflexión, de pensamiento, sobre la dimensión social y política de los asuntos públicos”. En el blog reivindica la tarea de pensar y habla de “la necesidad de tejer ciudad” (me gustó la metáfora), de la transparencia como tarea colectiva, del arte de la palabra, de encontrar un sitio fecundo de que disponer, del reconocimiento de nuestros límites… De bloguera a bloguero, se lo debe haber pasado pipa escribiéndolo. Y, sin embargo, ahora deja todo para meterse a político.

¿Por qué? ¿Qué debe llevar a un hombre de mi edad y de mi profesión, que podía estar jubilado desde hace tiempo  (como  yo), dedicado a su blog y a sus cosas (como yo), a meterse –y por segunda vez- en los pantanos de la política? Ya conoce el patio y sabe que, aunque él tenga las cosas claras, y por muy honrado, justo e inteligente que sea, se va a encontrar con que sus planes pueden frustrarse por la inoperancia, la incomprensión, la mala fe o la puñalada trapera, vete tú a saber ¿Por qué lo hace? Él, tan kantiano, dice que lo hace porque es su deber. Pero yo creo que lo que lo mueve es la pura pasión. Y es que, tal vez, entrevea, allá en la lejanía, a través de los escollos de las traiciones y las marrullerías, el espectáculo de una ciudad que funcionará y brillará como un sol de medianoche. O el engranaje de administraciones y consejerías que interactuarán con la suavidad y precisión de una aurora boreal… Y, por verlas, merece la pena cualquier dificultosa travesía.

Yo -que, cuando una vez me propusieron participar en política, rehusé con un “¿tú estás tonto o qué?”- tampoco comprendo esta pasión. Ni loca me embarcaría en una aventura semejante, igual que ni “jarta” de linimento me iría en moto a ver las auroras boreales, por muy maravillosas que sean. Son pasiones peligrosas y una ya tiene su edad.

Pero, así y todo, qué quieren que les diga, me parecen pasiones admirables.

lunes, 13 de abril de 2015

Horizontes lejanos




Hay personas, nómadas y aventureras, viajeros intrépidos (Herodoto, Livingstone...), que viajan por viajar, hablan un montón de idiomas para comunicarse con el otro y se meten en lugares recónditos y desconocidos, donde el diablo perdió los calzones, para, al cabo del tiempo, volver y contárnoslo.

Hay otros, nómadas inmóviles ("Solo las imaginaciones limitadas necesitan los viajes al extranjero", nos dice Vila-Matas), que no precisan salir de su casa para volar mentalmente a países lejanos. Como Kant, por ejemplo, que nunca salió de Koenigsberg, pero al que le encantaban los libros de viajes y estudiaba las peculiaridades de cada país con tal minuciosidad que más de un inglés, al oírle hablar del puente de Westminster, pensó que había vivido mucho tiempo en Inglaterra. O como Emily Dickinson, más encerrada todavía en su casa de Massachusetts, pero que escribió sobre sitios ignotos, Tenerife y el Teide, sin ir más lejos ("¡Ah, Tenerife! Monte apartado, honor de Edades para tu altitud, el sol revive sus puestas zafiro..."). Ella fue quien dijo que no hay mejor nave que un libro para viajar lejos.

Y, en medio, estamos los demás: los que viajamos -nunca muy lejos- y disfrutamos del camino, pero también nos apetece, al poco tiempo, volver a nuestra casa y a nuestra cama; los que también pensamos que un libro nos puede llevar hasta los confines del universo; los que, a cambio de no hacer trayectos largos, oímos ávidamente las vivencias de los audaces que se han aventurado por tierras exóticas...

Como Leo, que me cuenta haber visto en un mercado de Hanoi a una chica dormida entre telas multicolores. O Gelos, a quien le chocó ver, en una plaza de Anchorage (Alaska), el letrero "Cuidado con los osos". O Ana, que viajó hasta la China profunda y se encontró con hombres y mujeres, tan herméticos y extraños que parecían venidos de otra galaxia.

A Chari le sorprendió la vida en el agua de los habitantes del Lago Inle en Birmania; a Patri, el desprecio hacia la mujer que observó en la India; a Dani, en Kenia, comprobar que el ecuador existe realmente y que en el norte el agua gira en el sentido de las agujas del reloj, y en el sur, a unos metros, al contrario; a Bea, en Addis Abeba, el hecho de que esparcieran agua bendita con una manguera; a Nicolás, en Java, la venta de dentaduras postizas por las calles, como quien vende zanahorias; a Mita, la amabilidad de los tailandeses; a Pedro, los tepuy de Venezuela, lo más parecido al paraíso...

Mis amigos viajeros han tenido experiencias curiosas y, a veces, estremecedoras o fascinantes: ir, como Marian, por debajo de una catarata en Canaima agarrada a una soga; las excursiones nocturnas de Álvaro, con luna llena y la pesca de pirañas en el Río Negro; los funerales que vio Carmen en Bali, más parecidos a un carnaval que a una ceremonia luctuosa; la vez que Leslie fue a las Ozarks Mountains, donde viven gentes con su propio código de honor, y fue recibido (y despedido al instante) a balazos; cuando Cris pidió en Bangladesh, en un bar en medio de la nada, ir al servicio y le señalaron el ancho campo, pero, eso sí, le dieron una lata de agua para que se lavara después; bañarse, como Mingo, en el Parque Nacional de Morrocoy en una piscina natural acotada por una barrera de coral, en plena naturaleza, y ver aparecer a un heladero caminando por el agua con helados y langostas; quitarse, como Lety, sanguijuelas de las piernas durante una caminata por la selva de Taman Negara en Malasia...

¡Ancho, espléndido, insólito, maravilloso mundo! Un mundo para disfrutar y mirar -en persona, en libros o en relatos de viajeros- con los ojos abiertos, sin barreras ni prejuicios. Porque al final, cualquier horizonte cercano o lejano forma parte del mismo exótico viaje. El de la vida.




(En la imagen inicial, el lago Inle en Birmania. En la final, timket en Addis Abeba con mangueras de agua bendita, foto de Beatriz González)

lunes, 6 de abril de 2015

Carta de Jane Austen a Belén Barroso, autora de "Confesiones de una heredera con demasiado tiempo libre"





Querida Belén:

Mi amiga Jane Jubilada amablemente me ha hecho llegar tu libro "Confesiones de una heredera con demasiado tiempo libre". No sabes lo que le agradezco este detalle, porque, si a ti te parecía sumamente aburrida la Inglaterra de mis tiempos, imagínate cómo serán estos celajes en los que moro desde hace 198 años. Ni siquiera tenemos el entretenimiento (del que tú te has percatado) de llevar a las familias necesitadas lengua en salsa o huevos en salmuera, Una juerga es esto, te lo digo yo.

Muchas secuelas de mis obras me han llegado en este tiempo (incluso una espeluznante que se llama "Orgullo y prejuicio y zombis", que ya me dirás tú...). Pero te puedo asegurar, querida Belén, que con ninguna me he sentido tan identificada y me he reído tanto como con la tuya.

Para empezar,  lágrimas de emoción me arrancó tu dedicatoria: "Y, por supuesto, a Jane Austen, porque si ella no hubiera escrito ningún libro, ¿a quién copiaríamos los demás?". Me abrumas, querida amiga. Es verdad que tu Lady Hawthornetone-Williamsmith se parece ligeramente a mi Emma Woodhouse, con su pobre (o humilde o sencilla) a rastras. Pero ahí acaba el parecido y tu heroína vuela por su cuenta entre los entresijos de la vida en la campiña inglesa.

Y es que, además, lo que más me ha asombrado  del libro, debo confesarlo, es el perfecto dominio que tienes de los tales entresijos. Incluso me he preguntado si no será verdad que la reencarnación existe para algunos y realmente tú habrías estado en aquellos tiempos allí, observando y anotando todos los rasgos que conformaban nuestra idiosincracia: las viudas cotillas, los marinos de la Gloriosa Marina de su Majestad, los parientes pobres, las ricas herederas, los saludos, los sombreros... Y, por encima de todo, has sabido captar dos características de las que pocos se dan cuenta en mis novelas.

Una, lo puritanos y carcas que éramos para las manifestaciones externas del cortejo amoroso (porque besos, lo que se dice besos, no se ven en mis libros, la verdad) y para todo lo relacionado con el cuerpo serrano. Como en tu página 70: "...lo primero que se debe llevar es una camisa fina de algodón que vaya pegada al cuerpo y que... Veo que se está congestionando, ¿se ha atragantado o algo?
- Es que ha dicho cuerpo.". Y es que nosotros nos pasábamos tres pueblos con eso ¿Sabías que forrábamos las patas torneadas de los pianos porque se parecían a las piernas? (¡Huy, he dicho piernas!).

Otra, que el verdadero objetivo y deporte no era la caza del zorro sino la caza del marido rico. A veces, hay quien piensa que mis novelas son románticas y en ellas arde la llama del amor, pero sí, sí. Mi Elizabeth Bennet no se hubiera fijado en la vida en Mr. Darcy si éste no estuviera forrado. Los consejos que tus personajes dan sobre el matrimonio dan en la diana con toda puntería: "El matrimonio, querido soltero, si me permite llamarle así, es una obligación sobre todo cuando uno es un joven con una inmensa fortuna y no demasiado repugnante físicamente...".

Sin embargo, hay en tu protagonista una inocencia, una habilidad para conocer al otro (y encontrarle semejanzas con cualquier especie animal), una ternura... que te hace tenerle simpatía de inmediato y desear que de verdad pueda ser feliz en la vida que le ha tocado vivir. Me ha conmovido profundamente, querida autora.

Una última cosa debo confesarte: te he envidiado la presentación de tu novela. En mis tiempos, una portada (color avena) con el título y el nombre del autor, y va que chuta. En cambio, ahora es un gozo ver la imagen tan lánguida de la portada, con todos los detalles, el precioso sombrero, los abejorros rondando, la taza de té (que no falte), el rizo suelto... Y dentro, la letra de buen tamaño (mis ojos, después de 198 años ya no son lo que eran), los dibujos de la época y ¡mis frases! Un acierto, un verdadero acierto.

No me cabe, por lo tanto, otra cosa que darte la enhorabuena por tu obra. Estoy segura de que estás en el camino del éxito (y de las superventas). Cuentas con mi bendición, con mi agradecimiento y con todo el afecto cordial de
Jane

PD: Perdona la impertinencia, pero ¿qué nombre es ese tan raro de Belén? ¿Por qué tus padres no pensaron en otro más normal, qué sé yo, algo así como Edwina?




(La imagen final es del blog From Isi)