lunes, 28 de diciembre de 2015

Los mayordomos que conocí

Néstor, el mayordomo del Capitán Haddock, es también un perfecto mayordomo, capaz de sortear cualquier dificultad.

Aunque por el título podría parecer poco menos que me eduqué en Buckingham Palace codeándome con toda clase de mayordomos, debo decir en honor a la verdad que no he conocido a ninguno en mi vida. Lo más cerca que estuve de uno fue cuando una de mis alumnas, el primer año que di clase en un colegio de niñas aristócratas de Madrid, me habló en una redacción de su mayordomo, dejándome patidifusa.

¡Ah, pero en la literatura, ese territorio donde todo es posible...! Ahí sí que me he encontrado y he conocido a mayordomos, a los que considero, de tanto leer y releer sus libros, casi de la familia.

Está Betteredge, el mayordomo de "La piedra lunar" de Wilkie Collins -la más perfecta novela policiaca, según Eliot-, un impagable personaje, estricto, sentimental, fiel, justo, poseído ante un misterio por la fiebre detectivesca y lector apasionado de "Robinson Crusoe" (para él, el libro más extraordinario de todos, oráculo y biblia, dador de consejos y soluciones). Betteredge me gusta por todo eso y, sobre todo, por ese sentido del humor inglés que muchos adoramos. Un botón de muestra, cuando habla de su corto matrimonio con su criada, Celina Coby: "...ambos parecíamos estar siempre, por algún motivo, cruzándonos en nuestros caminos. Cuando yo sentía necesidad de dirigirme escaleras arriba, he aquí que mi esposa descendía por ella, o bien, cuando ella sentía necesidad de bajar, he aquí que yo ascendía. En eso consiste la vida matrimonial, según mi experiencia. Luego de cinco años de malentendidos en torno a la escalera, le plugo a la Providencia, toda sabiduría, venir en nuestro auxilio para llevarse a mi esposa."

Otro es Proom, el mayordomo de "El destino de una condesa" de Eva Ibbotson, una escritora austriaca instalada en Inglaterra durante la 2ª Guerra Mundial, que me encanta. Así describe a su mayordomo: "Cyril Proom estaba en la cincuentena, tenía una cabeza con forma de huevo y calva y sus ojos azules detrás de unas gafas de oro contemplaban el mundo con una formidable inteligencia. Lector ávido de enciclopedias y otras literaturas enriquecedoras, Proom había sido otrora cabeza de un gran ejército de criados perfectamente entrenados: lacayos, ayudas de cámara, lampareros y recaderos, que se dirigían a él con obsequiosidad y humildad". Proom es como un general arengando a sus tropas y organizando los movimientos de sus ejércitos, preparado antes que nadie para celebrar la victoria prevista. Cuando, con su ayuda, la pareja protagonista soluciona sus problemas, el galán dice: "Ah, Proom ¡Justo el hombre que necesitaba! Queremos un poco de champán. La botella de Veuve Cliquot del ochenta y tres que has estado guardando con tu vida.
-Aquí está, milord -dijo Proom, adelantándose- Pensando que podría necesitarlo, me tomé la libertad de ponerlo en hielo hace unas horas. Creo que lo encontrará a su entera satisfacción".

Esa capacidad de adelantarse a los acontecimientos la tiene también Jeeves, el más famoso de todos, el mayordomo de los libros de P.G. Wodehouse. Jeeves es casi como Dios, que escribe derecho con renglones torcidos, o como Maquiavelo, para quien el fin justifica los medios. Todo sale bien cuando Jeeves está cerca, aun cuando para ello Bertie Wooster, su amo, muchas veces se vea acusado de cleptómano, de chiflado o de bobo de baba ¿Qué importan esas minucias comparadas con la solución de todos los embrollos en que se ve metido? "Todo está resuelto -dije- Ya viene Jeeves.
- ¿Y qué puede hacer?
- Eso no podemos decirlo hasta que lo veamos en acción. Puede aplicar un método o puede aplicar otro. Pero hay una cosa en que podemos poner entera confianza, y es en que Jeeves encontrará una solución. Véale, ya llega a través de los matorrales, resplandeciente su rostro con la luz de la inteligencia pura. No hay límites para el poder mental de Jeeves. Solo se alimenta de pescado".

"Mayordomo" viene de "maior", mayor, y "domus", casa: el mayor de la casa. O como dice el diccionario, "sirviente principal de una casa o hacienda, encargado de la organización del servicio y de la administración de los gastos". Y, ahora que en España estamos sin presidente efectivo y a la búsqueda y captura de otro nuevo, se me ocurre que un presidente es también el mayordomo de todos nosotros, nuestro sirviente principal, al que hemos elegido para que organice a las demás personas que nos sirvan (en educación, en sanidad, en economía...) y se encargue de administrar bien los dineros.

Ese presidente-mayordomo, ahora que también estamos en tiempos de pedir deseos, debería, como Betteredge, estar atento a los problemas de los demás y tener prudencia y acertados juicios. Y ¿por qué no?, debería saber reírse hasta de sí mismo. que es la esencia del humor. No más presidentes con sonrisas falsas o cara de palo.

Como Proom, debería estar a las duras y a las maduras, ser honrado, responsable y seguro de sí mismo. Él es el primero que da ejemplo, el que resuelve los problemas y prevé los finales felices, el que no dice o promete una cosa para, después, arrepentirse o no cumplirla.

Como Jeeves, debería ser inteligente y astuto. conocer la "psicología de los individuos", saber de qué pie cojean, poner cordura y sentido común en situaciones problemáticas. Jeeves nunca se rodearía de ineptos ni le darían gato por liebre.

Como todos ellos, los mayordomos que he conocido, un presidente sobre todo tiene que estar revestido de superioridad moral, no engañar nunca y ser fiable (bueno, y no ser un asesino. A pesar de su mala fama en las novelas policiacas, el mayordomo nunca, nunca, es el asesino) . Wodehouse, en otro de sus libros ("El gas de la risa"), en el que un falso mayordomo, Chaffinch, se larga con los dineros del protagonista, lo define muy bien: "Al confiar en Chaffing, toda mi línea de acción se apoyaba sobre la base de que el mayordomo inglés era un mayordomo inglés. La honradez de los mayordomos ingleses es proverbial. No hay en ninguna clase social nadie que ofrezca mayor confianza. Un mayordomo auténtico moriría antes que incurrir en nada que pudiera calificarse más o menos de jugarreta indigna". Tengamos por seguro que a un mayordomo inglés le puedes confiar tranquilamente los ahorros de toda la vida (o tu hucha de la pensión), que no los esquilmará ni se los dará jamás a sus amigotes ("amigantes", que diría Lledó) para que los pongan en una cuenta en Suiza.

Mi deseo de año nuevo es que todas esas cualidades "mayordómicas" adornen la figura del futuro Presidente de nuestro gobierno ¿Dejará de cumplirse este deseo, igual que todos los demás deseos de año nuevo (ir a caminar cada día u ordenar todos los armarios)? Betteredge, Proom y Jeeves seguro que lo habrían adivinado.

lunes, 21 de diciembre de 2015

Solsticio de invierno


Mi hermana y yo, de adolescentes, haciéndonos fotos "artísticas" (que siempre salían mal) en la azotea de mi casa.
"Los dioses del solsticio de invierno son duros y fríos”, decía Joanne Harris. Y Octavio Paz se mostraba más truculento todavía en sus versos: “Solsticio de invierno, / sol parado, / mundo errante. / Sol desterrado. / (…) Ánima en pena / el mundo, / peña de pena / el alma.”. Tienen mala fama estos días de invierno “de lunas anchas y pequeños días”, como también dijo Ángel González. Pero, para mí, el 21 de diciembre, el día más corto del año, fue el día en el que recibí el mejor regalo del mundo, el nacimiento de mi hermana hace 63 años. Todavía me acuerdo de discutir, días antes de que naciera (yo tenía 4 años), con mi prima Mª Elena sobre el nombre que iba a tener y de decirle que se iba a llamar Chari, “que es nombre de flor”, decía yo convencida.

Tener hermanos es estupendo porque una casa con niños es una casa con vida. Nosotros somos 3, más mi primo Néstor que siempre vivió en casa y es un hermano más. Pero tener una hermana es doblemente estupendo. Mi hermana Chari fue siempre mi sufrida compañera de habitación, la que aguantaba (protestando, eso sí) que yo no apagara la luz hasta las tantas porque estaba leyendo. Fue la primera a la que le conté que había conocido a mi futuro marido y cuando, ya casadas, decidimos vivir en el campo, compramos un solar entre las dos parejas y ahora vivimos en dos casas cercanas, juntas pero no revueltas. Sus hijos han estado siempre con los míos y yo, no sólo tengo una vecina a la que no me da ningún apuro decirle que me deje dos zanahorias para el potaje o con la que camino un ratito por las tardes para no anquilosarnos, sino que sé que siempre está ahí, que puedo contar con ella para cualquier cosa.

Ella heredó de mi madre la generosidad, la hospitalidad y el poder de aglutinar a toda la familia. En su mesa, en la que cabemos los casi 30 que somos ya, celebramos todos la nochebuena. Allí estamos los cuatro niños de antaño, con sus parejas, sus hijos y sus nietos y es ella la que organiza la música, el amigo invisible, los adornos, las sorpresas. Mi hermana tiene ya dos nietos, es médico pediatra, una profesión que le va, y le encanta pintar y la pintura. A su casa, llena de cuadros y detalles, yo la llamo “la Thyssen-Bornemisza”.

Y ahora este 21 de diciembre cumple 63 años, una cifra redonda, como dice mi amiga Loque. Hay una bendición irlandesa especial para el solsticio de invierno en la que te desean un montón de cosas, entre ellas, como en Astérix, que el techo no se te caiga sobre la cabeza. Pero también “que cada día y cada noche tengas muros contra el viento y un techo para la lluvia y bebidas junto a la fogata, risas para consolarte y a aquellos a quienes amas cerca de ti”.

Así que, Chari, te mando esta bendición, en plan hermana mayor, y que para ti, que fuiste una niña nacida el día en que empieza el invierno, los dioses del solsticio sean siempre amables y cálidos. Muchas felicidades.

(Este post lo escribí hace 4 años y lo he repetido hoy, en el que han coincidido el solsticio de invierno con el día en que subo un post nuevo. Discúlpenme los que ya lo leyeron en su momento y que sirva de homenaje otra vez a la fecha y a mi hermana del alma)

lunes, 14 de diciembre de 2015

El ombligo del mundo


El Templo de Apolo en Delfos, uno de los ombligos y uno de los lugares más impresionantes del mundo antiguo. Tomado del Blog de Bernardo Souviron.

He leído en las redes que Chábeli Iglesias, la hija de Julio Iglesias e Isabel Preysler, dijo que no había leído a Vargas Llosa porque ella solo lee en inglés. Semejante bobería solo se le puede ocurrir a una persona que cree vivir en el ombligo del mundo. Cosa que, por otra parte, les ocurre a muchos norteamericanos. Yo, por ejemplo, tuve una amiga americana que se asombraba de que yo no supiese que los Estados Unidos fueron primeramente 13 estados ¿Y tú sabes cuántas provincias hay en España?, le decía yo.

Hay filósofos de la Historia que defienden que el devenir de esta es cíclico y que todos los países han pasado por una etapa de apogeo y hegemonía sobre los demás, en la que ellos son el centro alrededor de lo que todo gira: el ombligo del mundo. Lo fue el imperio Persa, después Grecia, más tarde Roma, España en aquellos tiempos en los que en sus tierras no se ponía el sol, la Inglaterra victoriana, Estados Unidos... Dentro de un siglo ¿tal vez, China? (¿Y habrá otra boba que diga que no ha leído a un Premio Nobel porque ella solo lee en chino?).

Muchos lugares han sido considerados también el ombligo del mundo. Los griegos y romanos lo situaban en Delfos, en donde se encontró el omphalós tes ges, el ombligo de la tierra, la piedra de mármol blanco, símbolo del centro cósmico donde se unen el mundo de los hombres, de los muertos y de los dioses. Cusco en el valle sagrado de los incas, México y la isla de Pascua también significan eso en sus lenguas originales. Demasiados ombligos, demasiados pueblos considerándose el núcleo del orbe, el lugar en el que todo empieza.

Claro que también hemos oído, por contra, decir un montón de veces que se vive en el culo del mundo. Yo misma, sin ir más lejos, a veces lo he pensado cuando digo que por mi casa solo pasan 5 guaguas al día. Mi sobrina y sus amigos, los pasados carnavales, se disfrazaron precisamente de eso, de culo del mundo, cada uno con el nombre de una localidad de cada isla que mereciera serlo: Tunte en Gran Canaria, Chipude en La Gomera, Tamaimo en Tenerife...

Pero, como dice mi amiga Conchi, ni tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre: el mundo no tiene ombligos ni culos, por más que se los queramos añadir. Aunque pueda parecernos, cuando viajamos a una gran ciudad -Nueva York, Londres, París...- que todo ocurre allí; o aunque imaginemos estar en el último rincón perdido del planeta donde no ocurre nada, en realidad, para cada uno de nosotros, la casa, la tierra, el entorno es nuestro centro, nuestro ombligo del mundo al que referimos todo lo que sucede. Y en este mundo, tan interconectado ahora, en el que sabemos más los unos de los otros (pese a las Chábelis) que en todas las épocas pasadas juntas, somos viajeros que, por un tiempo limitado, vivimos en esta aldea global que es la Tierra una vida, bastante cara, por cierto. Pero, como oí una vez, incluye cada año un tour gratis alrededor del sol, el ombligo de nuestro sistema solar. Aprovechémoslo.

lunes, 7 de diciembre de 2015

¡Yo también leí a Kant!


Kant se ha colado, con su humildad habitual y casi sin pretenderlo, en esta campaña electoral tan animada que estamos viviendo. Pablo Iglesias y Albert Rivera hace días lo mencionaron en un coloquio con estudiantes en la Universidad Carlos III, un poco trabucándose, la verdad. Pablo Iglesias recomendó encarecidamente que todos se pusiesen a leer como locos la "Ética de la razón pura", libro que no existe (es la "Crítica de la razón pura", la CRP, para abreviar), y Albert Rivera no dejó de considerarla un referente fundamental, aunque él no la había mirado ni por el forro.

Días más tarde, en una conversación con Pedro Piqueras, Pablo Iglesias se justificaba diciendo que solo conocía a cuatro personas en España que habían leído la "Crítica de la razón pura" y las citaba con sus nombres y apellidos. Para que no parezca que es un libro con tan poco tirón -¿solo cuatro?- y en aras de la verdad y la precisión debida en toda campaña electoral que se precie, me veo en el deber de informar de que ¡yo también me leí las 774 páginas de la CRP de Kant en la edición del año 65 que publicó la Editorial Losada! Y ya puestos, no solo yo, sino gran parte de mis compañeros de carrera, unos cuantos cientos en aquellos años. También es verdad que no lo hacíamos porque sea un libro tremendamente divertido ni porque pensásemos que tal vez nos fuese útil en una hipotética carrera presidencial, sino porque no nos quedaba más remedio, si queríamos aprobar la asignatura de "Crítica" de 5º curso que nos daba Don Sergio Rábade.

Pero ¿por qué Kant en una campaña electoral? Entiendo que hubieran sugerido "El príncipe" de Maquiavelo, recomendado hasta por el mismísimo Napoleón, pero ¿Kant? ¿Qué deberían todos aprender de aquel sabio y maniático profesor de Königsberg? La CRP es un libro difícil y mis colegas y yo hasta recurríamos a veces a dibujos para hacérselo entender a nuestros sufridos alumnos "¡Nooooooooo!", estoy escuchando a algunos de ellos que me leen "¿No irá a explicárnoslo otra vez, verdad?". Pues no mucho, pero algo sí, tres puntitos de nada, a ver si entendemos qué pinta Kant en un contexto en el que se está hablando de lo que los candidatos a presidente del país proponen.

1, La CRP es un libro que habla de conocer lo que nos rodea. Y sí, todos estamos de acuerdo en que lo mínimo que debe hacer un presidente es darse cuenta de en qué mundo vive, que muchas veces parece que no saben de la misa, la mitad..

2.También avisa de que el mundo que vemos depende sobre todo de la forma como lo vemos, de que la mente humana está preparada para captarlo según nuestros condicionantes. Para un marciano, un burro o una mosca, cuya mente es distinta, el mundo que captan también sería distinto. Esto, ya tú ves, podrá servirle a un presidente como excusa ante equivocaciones y meteduras de pata ¡Ah, se siente, estaba con la mente en plan burro y la realidad se me distorsionó!

3. Hay ideas metafísicas, como Dios o el alma, que no podremos conocer nunca por más que nos empeñemos, porque aunque tenemos capacidades para conocer, si no hay materia sobre las que aplicarlas, no hay nada que hacer ("Fue Kant un esquilador de las aves altaneras", dijo Machado). Oye, pues esto sería útil como argumento de autoridad a un presidente del gobierno que esté convencido de que la educación debe ser laica y que la religión es un asunto privado, para atreverse y decretar de una vez que ésta no sea materia de conocimiento en la enseñanza ¿Para qué tratar de conocer lo incognoscible?

Así que tal vez sí que les vendría bien leerse a Kant a los futuros candidatos a presidir un gobierno. Yo, como no pienso presentarme ni leerme otra vez la CRP, ese tocho de sabiduría, estoy pensando generosamente regalarla y contribuir así a esta campaña y a futuras presidencias.

¿Alguien quiere un ejemplar del año 65 de la "Crítica de la razón pura" de Kant, en buen estado aunque bastante subrayado?


lunes, 30 de noviembre de 2015

Ritmo de claqué




Esta semana ha empezado a llover. No mucho, la verdad, pero sí lo suficiente como para que mi hija Ana publicara en Glup-Glup "10 pelis ñoñis para un día de lluvia" (me las pido para Reyes); como para que mi ex-alumno Pompeyo, hoy profesor de música de la universidad, despertara con el ruido de la lluvia y lo celebrara publicando en Facebook la canción "And we Run" de John&Jehn; como para que mi amiga Zazou -la escritora Aránzazu Mantilla- dijera una de las frases más bonitas que he oído últimamente: "El sueño de la lluvia tiene ritmo de claqué".

Aunque hay sitios en el mundo -Londres o La Laguna, sin ir más lejos- en los que se puede estar de la lluvia hasta más arriba del occipucio (son sitios en los que llueve sobre mojado), aquí en mi tierra siempre es bienvenida: buena para las papas, buena para el ambiente, buena para el ánimo. Es la respuesta a un ruego ancestral, al "que llueva, que llueva, la virgen está en la cueva" de nuestra infancia, a la súplica campesina de "mándanos, Señor, agua para los campos" (añadiendo, como hacía Máximo: "Pero con cuidado, que siempre te pasas").
 Y es que, además, la lluvia es tan buen plan...

Si estamos fuera, al aire libre, podemos...
Sentir el placer de formar parte de algo más grande: tú, la lluvia, las nubes, el universo.
Volver a la infancia por un momento y con botas, chubasquero y paraguas (que tampoco hay que coger una pulmonía), chapotear con fuerza en los charcos.
Componer una canción. Después de todo Los Llopis cantaban "Bajo la lluvia voy..." y Armando Manzanero, "Esta tarde vi llover, vi gente correr...". ¿Que no? Bueeeeno, vale, si no compones, canta y baila, al son de las gotas que caen, las grandes canciones que la lluvia ha inspirado. Mira a Gene Kelly todo lo que hizo con "Singuin' in the rain"...
Aunque lo mejor, lo mejor es refugiarte en una cafetería de esas de grandes cristaleras y ver a la gente mojarse mientras tú te pides un chocolate calentito con churros.

Si estamos dentro de casa, mejor todavía. Podemos...
Coger mantita, libro y té calentito (se puede sustituir por gintónic, por whisky. por el chocolate de antes... A voluntad), mientras el soniquete te acompaña como una música de fondo.
Seguir con el plan de la mantita pero ante un televisor en donde veas películas a juego: "Cantando bajo la lluvia", por ejemplo, o "Blade runner" y sus lágrimas en la lluvia, o  "La boda del monzón", con ese final tan divertido en medio del aguacero. 
Darnos un atracón de cocinar: galletas, pan de nueces, tarta de manzana... Como si el cielo, como temían los galos de Astérix, se fuera a desplomar sobre nuestras cabezas y necesitáramos hacer acopio de víveres (dulces, sobre todo).

Sigue lloviendo mientras escribo y los sentidos se regocijan: con el olor, profundo y eterno, de la tierra mojada; con la visión de la lluvia que ha acharolado las hojas de los árboles de la huerta y se ha llevado el polvo sahariano que los últimos días borraba el horizonte; con la caricia del agua mansa en la piel; con el sabor a limpio en el aire;  sobre todo, cuando me despierto, con el sonido de esa lluvia-música que acompasa al latido de la vida y repiquetea en cristales y claraboyas. 
El sueño de la lluvia tiene ritmo de claqué.

(Para Zazou, que me inspiró con su frase)


Paisaje a través de una tela de araña, imagen enviada desde La Palma por Conchi Fiestas 





lunes, 23 de noviembre de 2015

La librería a la vuelta de la esquina




Todos los que amamos los libros hemos tenido alguna vez una librería a la vuelta de la esquina, un sitio al que ir a hojear y a ojear, a revolver, a leer contraportadas, a admirarnos ante una nueva edición de un libro favorito, a comentar novedades con libreros amigos... Recuerdo hasta el primer día en que fui a uno de estos lugares fascinantes, cuando vivía en la Cruz del Señor. Estaba. como siempre, mariposeando entre libros, preguntándome si llevarme ese que tenía tan buena pinta o ese otro del que había leído buenas críticas, o directamente los dos, cuando se me acercó la librera, una señora de pelo gris y ojos brillantes, que me preguntó: "¿Eres profesora?". Cuando le contesté que sí, me dijo que es que los profesores tenemos una manera de acercarnos a los libros, "una mezcla de amor, respeto y familiaridad", que ella por lo menos distinguía, de tal manera que siempre acertaba. A partir de ese día, nos hicimos amigas y, cuando me hice cargo de la Biblioteca de mi centro, sus consejos, su creatividad y su sabiduría, me ayudaron en muchas ocasiones.

Ahora ella ya no está y yo no vivo en una ciudad, sino en medio del campo donde, si acaso, a la vuelta de la esquina lo que hay es un moral verde que agita las ramas al viento. Pero la imaginación tiene sus caminos y ahora me ha traído otra "librería a la vuelta de la esquina", un libro de relatos en el que diez escritores narran y fantasean alrededor de una librería, "esa burbuja donde el tiempo transcurre con la fluidez aletargada y palpitante del papel de seda", con palabras de Desirée. Y ellos, como antaño mi amiga la librera, me han dado ideas para construirme una librería ideal, a la vuelta de mi esquina particular.

La imagino como una mezcla de todas ellas, con puerta verde, aldaba antigua y campanillas que suenan al abrirse o cerrarse. Como la de Mónica, el suelo y el techo son de madera y en lo alto, en el centro, hay una claraboya que permite ver las estrellas (o un cielo de tormenta). Mi librería ideal tiene dos pisos -al de arriba, por supuesto, se sube por una escalera de caracol de hierro forjado, "afiligranada con hermosas rosas y motivos vegetales"- y planta hexagonal. En cada uno de los lados de la planta baja, los escritores han preparado un rincón especial.

Está el Rincón de los Encuentros ¿Te imaginas tropezarte con tus autores preferidos, como hace Alejandro? ¿O con los personajes que has conocido en libros, vivitos y coleando como nos los trae Belén, mientras los invita a aceitunas? ¡Qué gustazo sería acercarnos a ese rincón y que, por ejemplo, Melville nos presentara a un tal capitán Ahab que nos empezara a hablar de una ballena blanca!

Hay un Rincón Policiaco: los libros de Wilkie Collins, Agatha Christie, Simenon. Conan Doyle, Dashiell Hammett, Ellis Peters, Poe, Raymond Chandler, ... llenan los estantes. Rebeca y Ana B. se mueven con soltura entre ellos, mientras tejen misterios y responden a las eternas preguntas: "¿Quién fue el asesino y por qué?".

Más allá, un espacio señala el Rincón Romántico, "letras, madera, cristal y piel". Allí están los poetas -Neruda, Keats, Emily Dickinson, Byron...- y las grandes historias de amor y desamor: "Ana Karenina", "Cumbres borrascosas", "Orgullo y prejuicio"... Entre ellas hay, colocados en pequeños jarrones, ramilletes de camelias de todos los colores, y en un panel se puede ver un tapiz antiguo con escenas galantes. Es el lugar perfecto para que Mónica y Desirée puedan soñar una historia de amor contrariado en la que una dama de blanco de cabellos largos cubiertos de flores o una novia fugitiva descalza busquen refugio.

En el Rincón de la Fantasía, hay puertas que solo se abren para todos las noches de luna llena; hay libreros inquietantes que te miran con ojos que esconden secretos; hay una dragona blanca de la suerte o entes-sombras con zapatos rojos ¡Hasta el mismísimo Satán puede acercarse hasta aquí a hacernos ofertas sorprendentes...! De todo ello, envueltos en la bruma de la irrealidad, se encargan Ana GD, Aránzazu y JAP.

Existe también aquí un sitio especial, al fondo a la izquierda, para una Librería de viejo. Es un cuarto estrecho, con sus torres de libros en precario equilibrio, su "olor a cedro y a caoba, a humedad y barniz, a libro viejo y a jazmín", su lenguaje de siglos... Javi y Alejandro sitúan en ella sus historias ¿Quién no ha intentado encontrar alguna vez un tesoro bibliográfico en esas cuevas de Aladino?

Y en el centro de esta librería inventada, peculiar, luminosa y acogedora, hay una mesa baja rodeada de sofás de pana granate, donde Mónica nos invita a todos a un té Earl Grey fuerte y aromático -con sus azucarillos y jarritas de leche- y a un delicioso bizcocho de limón...

Si la llave es la imaginación, estos diez escritores nos la ponen en la mano. Solo nos queda usarla, traspasar las puertas de la librería y dedicarnos a gozar. Leer es viajar lejos, dicen, pero a veces el placer está más cerca: a la vuelta de la esquina.


"La librería a la vuelta de la esquina" es un libro de relatos en el que, como apunta "Mientrasleo" en el Prólogo, "una librería ocupa por fin el lugar que le corresponde". Son once relatos de diez escritores, coordinados por Mónica Gutiérrez Artero. Estos son los escritores y sus cuentos, agrupados según los rincones de mi librería imaginada.

Rincón de los Encuentros
Belén Barroso: "La típica librería"
Alejandro Gamero: "Ítaca"

Rincón Policiaco:
Ana Bólox: "Un cadáver en la librería"
Rebeca C. Garin: "Nicte"

Rincón Romántico:
Mónica Gutiérrez Artero: "El té de los viernes en Moonlight Books"
Desirée Ruiz Pérez: "El sueño de Camelia"

Rincón de la Fantasía: 
Ana González Duque: "La desaparición del librero de la luna"
Aránzazu Mantilla: "Satán en una pequeña librería"
JAP Vidal: "La puerta"

Librería de viejo:
Javi de Ríos: "El colmado de papel"
Alejandro Gamero: "La maleta"

Si quieren entrar en esta deliciosa librería y descargar el libro en formato digital pueden hacerlo aquí. En papel aparecerá probablemente a finales de diciembre.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Mundo, demonio y carne




Cuando estábamos en el colegio, en aquellos ejercicios espirituales en los que, de los sustos que nos daban, no nos llegaba la camisa al cuerpo, se nos hablaba muchísimo de los tres enemigos del alma: el mundo, el demonio y la carne. Concretamente, de los peligros del mundo, de las acechanzas del demonio y de las tentaciones de la carne. Y, aunque la reacción lógica hubiera sido encerrarnos en casa o en un convento por siempre jamás, todos después nos lanzábamos alegremente al mundo, sin parar mientes en peligros y estrategias diabólicas. Qué es la vida sin unas cuantas tentaciones, nos decíamos.

Pero ahora da la impresión de que por todos lados nos fustigan mucho más que los curas y monjas de la infancia y que , le hagamos caso o no, el mundo, el demonio y la carne son amenazas reales que gobiernan nuestra existencia. Hasta la carne se vuelve peligrosa cuando la OMS no nos deja caer en la tentación de comernos un bocadillo de chorizo como Dios manda; el demonio (a lo mejor sin el disfraz de capa, cuernos, rabo y pezuñas, pero con un olor a azufre que tumba para atrás) anda libre y campa a sus anchas difuminando fronteras entre lo que está bien y lo que está mal; y el mundo se nos aparece como un lugar alarmante en el que el horror se ha adueñado esta semana de las personas llevándonos a desempolvar las palabras de Camus: "Un día la peste mandará a sus ratas a matar y morir en una ciudad alegre".

¿Qué nos queda a las personas de paz?  En uno de los libros de mi biblioteca ("Mararía" de Rafael Arozarena) hay una dedicatoria de mi amigo Manolo Torres, que lo había genialmente prologado y que nos lo regaló a mi marido Antonio y a mí en el año 84. En esta dedicatoria en forma de poema vuelven a aparecer el mundo, demonio y carne, pero de otra manera más cercana y amable. Dice así:
"Si estuviera en mis manos escribir lo que quiero,
y si fuera capaz de expresar el amor que les tengo,
entonces no haría falta echar la vista al cielo
ni encender un cigarro
en busca de palabras que no acaban de salir.
Si yo pudiera ¡Ay! Si yo pudiera...
Diría, por ejemplo, que hemos compartido
algunas cuantas horas de vino y carnaval,
que hemos vacilado del mundo y de sus cosas, 
que hemos conjurado las artes del demonio,
comido hemos la carne con aliño de Antonio,
que toca la guitarra, le gustan las palomas y ama a Isabel"...

Leyéndolo, me digo que son las cosas sencillas y cotidianas - la amistad, las vivencias compartidas, el amor, la risa...- las que importan y son verdaderamente reales; que el dinero -que financia guerras y está moviendo el mundo-, las imposiciones (mi Verdad frente a tu Verdad), el poder... son otras tantas caras del Mal; y que ojalá entre todos podamos conjurar realmente las artes del demonio y formular en un grito común un llamamiento a la cordura, como en aquella viñeta de Perich: "¡No maten más, por Dios! Y especialmente: ¡No maten más por Dios!"


lunes, 9 de noviembre de 2015

Aires de tango




No hay testimonios concretos en los depósitos arqueológicos pero yo estoy convencida de que el baile y el que se te vayan los pies al ritmo de determinados sonidos está inscrito en los genes desde que el hombre es hombre. Hay imágenes de supuestos danzantes en las paredes de cuevas prehistóricas, y no hay más que ver a mi nieta Julia que, con 2 años y sin que nadie se lo haya enseñado, se pone a bailar como una loca en cuanto oye música.

He pensado en esto porque este fin de semana unos amigos nos invitaron a un acto centrado en el baile, concretamente, en el tango. Hubo una charla, una cena argentina y, al final, la actuación de un grupo bien pertrechado con guitarra, violín y bandoneón. Y, por supuesto, hubo baile. Mientras cenábamos, despejaron la sala contigua poniendo las sillas contra la pared todo alrededor -igual que en las verbenas y los bailes de casino de los tiempos de antes-, y después el centro de la sala se llenó de parejas que bailaban esa "danza de la vida y de la muerte" que es el tango.

Mientras veía, sorprendida, la cantidad de gente que sabe bailar el tango, con lo difícil que es -esos pasos entre las piernas de la pareja, esas puntas de los pies hacia arriba y hacia abajo, ese abandono...-, me puse a pensar en los cambios en el baile: el baile como rito y celebración, el baile como arte, el baile como diversión.

En las películas que recrean los bailes de la época de Jane Austen, estos parecen un ejercicio teatral en el que parodian un saludo: inclinaciones mutuas de cabeza, genuflexiones, y luego pasitos trenzados al ritmo de la música mientras las parejas se tocan, si acaso, las manos.Tiene que haber sido un choque -crujir de dientes de la "buena" sociedad, rumores escandalizados, amenazas con las llamas del infierno eterno- el paso de este tipo de baile, tan fino y aséptico, a los bailes abrazados, la mano de él en la cintura de ella y la de ella en el hombro de él. Y todavía más llegar al abrazo tanguero que vimos, esa danza tan sensual, las caras juntas, la mano de la mujer en la espalda del hombre, él marcando pasos y ella respondiendo, juntos pero cada uno improvisando, escuchando el cuerpo del otro... Las letras de los tangos cuentan historias tristes ("Rechiflao en mi tristeza hoy te evoco y veo que has sido en mi pobre vida paria solo una buena mujer...") y eso se refleja en los danzantes que bailan en silencio con toda seriedad, como conscientes de que están interpretando un antiguo cortejo (o tal vez un duelo).

Todo muy alejado, desde luego, de los bailes de mi juventud (y de la de ahora, ya que vamos), en los que cada uno va a su bola, brincando y saltando, moviendo brazos y piernas a la buena de Dios, ¿volviendo a los orígenes tal vez?. Sí, el tango conmueve y pervive -ya Borges dijo: "Esa ráfaga, el tango, esa diablura, / los atareados años desafía; / hecho de polvo y tiempo, el hombre dura / menos que la liviana melodía..."-. Pero las ventajas de "nuestros" bailes son clarísimas:
Una, si quieres bailar, bailas. Ya no hay chicas desconsoladas en sus asientos porque nadie las saque a bailar, ni chicos chasqueados porque ella le dice que "está cansada" y luego la ve con otro.
Dos, somos todos autodidactas, haces lo que te dé la gana siguiendo la música y no es necesario aprenderse pasos complicadísimos y peligrosos (sospecho que el "estrecho abrazo" del tango es porque, con todo lo que haces con los pies, necesitas agarrarte bien para no caerte al suelo con todo el equipo, tacones finos incluidos).
Tres, nuestras letras y músicas son más alegres, dónde va a parar. No va uno a comparar "Hay un hombre en la ciudad al que le gusta el rock, toca la guitarra y bien que sabe cantar, la gente que lo ve dice que es el mejor y todos lo conocen como el rey del rock..." con "Yira, Yira... Aunque te quiebre la vida, aunque te muerda un dolor, no esperes nunca una ayuda, ni una mano, ni un favor...".

De todas formas, la otra noche seguimos, hipnotizados y admirados, las vueltas y virajes de quienes bailaban. El presentador y cantante del grupo dijo que la primera lección de tango es visual y que, tras ese primer contacto, no es raro que los espectadores terminen en un baile real. Estoy por decirle a mi marido que se anime y nos marquemos uno, tipo el de Jack Lemmon y Joe E. Brown en "Con faldas y a lo loco", con rosa en la boca y todo, por supuesto. Ya les contaré.





lunes, 2 de noviembre de 2015

La mano del luthier




Mi marido creció rodeado de música. En casa de sus abuelos maternos, en donde vivió los 8 primeros años de su vida, sus tíos, solteros entonces, tocaban varios instrumentos: el laúd, la guitarra, el violín, el timple... También su familia paterna amaba la música. Su padre tocaba el timple y cantaba muy bien, y su tío Martín fue el dueño de "La guitarra", la tienda de instrumentos musicales que todavía hoy está en la Rambla de Pulido en Santa Cruz.

Así que fue lógico que él también aprendiera a tocar de pequeño, que siempre pidiera de regalo una guitarra y que a los 15 años, tras dar mucho la lata, la consiguiera. Fue con ella en las manos y con una canción como me robó el corazón cuando lo conocí cuatro años más tarde.

Después, y a lo largo del tiempo,  ha ido coleccionando más instrumentos. Tiene también un requinto, dos timples, un cuatro, una caja cubana, armónicas, flautas, bongós y otros más de percusión... Sigue tocándolos, no solo cuando tenemos alguna parranda, sino también con un grupo de amigos con los que se reúne una vez por semana para preparar canciones, afinar instrumentos y hablar de esa música que convoca, emociona y une. Pero la primera guitarra siempre ha sido especial para él. Por eso, este verano le regalamos por su cumpleaños el arreglo de la guitarra y de un timple que heredó de su padre, a los que, como a todos nosotros, los embates del tiempo habían envejecido y maltratado.

El luthier al que fuimos era un chico joven, alrededor de los 40 años. Su taller, un sitio amplio y luminoso, estaba lleno de instrumentos, en diferente estado de arreglo, que él iba tocando con mimo y mostrándonos con manos expertas. Las manos de un luthier, cuando coge un instrumento, semejan una caricia. Al ver el timple, y casi sin ver el sello, exclamó: "¡Lo hizo mi bisabuelo!", al tiempo que nos contaba que el oficio de luthier se había transmitido en su familia desde hacía varias generaciones. Se le veía amor por lo que hacía y orgullo de formar parte de una tradición. Cuando nos devolvió, arreglados, los instrumentos, estaban preciosos.

Hace dos semanas, un jueves, hemos vuelto a llamarlo. Queríamos llevarle el timple estropeado de una amiga a ver si podía resucitarlo como hizo con los nuestros. Nos dijo que no podía ese día porque su mujer estaba enferma en el Hospital pero que preveía que el lunes ya estaría en el taller. Cuando volvimos a llamar el lunes, nos contó -la voz rota- que su mujer había muerto.

Siempre, cuando pasa algo así -una mujer joven que desaparece con toda la vida por delante-, la reacción es de consternación y desconsuelo, aunque no se conozcan ni las circunstancias. Mi marido le expresó su pesar y le dijo que ya iríamos más adelante. Entonces el luthier le dijo que no, que al día siguiente mismo iría a trabajar porque, si no, se volvería loco o se hundiría en la miseria.

El trabajo, sobre todo si es la realización de tus sueños, como terapia. Igual que Isabel Allende escribió su libro "Paula" después de la muerte de su hija, y Rosa Montero, "La ridícula idea de no volver a verte", tras la de su marido, como medio de exorcizar su pena, también, como dice Marilina Rébora, "la música es así, remedio de los males, / inagotable fuente a escanciar cada día, / sosiego de palacios, templanza de arrabales / y placidez del alma, armonizante guía". Me imagino a nuestro luthier estos días, a solas en su taller, lijando con enorme cuidado la caja de una guitarra, tensando y tañendo las cuerdas - "tres de carne y tres de plata", como en la adivinanza de Lorca- , oyendo unas notas que nadie más escucha, barnizando un violín antiguo...

Ojalá que, en la paciencia de las horas y en esa labor reconfortante y callada, encuentre el camino para mitigar su tristeza, al tiempo que sus manos, sabias y amantes, despiertan armonías hasta entonces dormidas.

lunes, 26 de octubre de 2015

La familia y una más


Una como ésta gobernaba en mi casa

En mi casa, cuando yo era chica, aparte de mis padres, mis hermanos, mi primo, mi abuela y yo, vivía con nosotros una pariente (o, por lo menos, la considerábamos tan parte de la familia como cualquiera de nosotros). Esta se ponía a hablar de todo lo que se le ocurriera apenas nos levantábamos, nos acompañaba en desayunos, almuerzos y cenas, y no paraba hasta que el último de nosotros se acostara por la noche. Lo curioso es que, en vez de considerarla una plasta insufrible, todos la amábamos con lealtad. Esa pariente, omnipresente y locuaz, era La Radio.

La amaba mi padre que oía todos los partidos de fútbol que aquel Matías Prats contaba con un apasionamiento tal que mi padre, tan comedido normalmente, se dejaba llevar, se levantaba de la silla y gritaba el ¡gooooooool! al alimón con él.

La amaba mi madre, que escuchaba los seriales lacrimógenos de Sautier Casaseca (¡unos dramones, oiga!), los consejos de Elena Francis y las noticias que salían profusamente del aparato (nunca se rompió, que yo recuerde), instalado en el cuarto de costura pero cuya voz llegaba a cualquier rincón de la casa.

La amaba mi abuela, que atendía religiosamente al angelus y la misa de los domingos, pero también a la retransmisión de loterías y premios de los ciegos.

La amábamos los niños que nos entusiasmábamos con el Tío Pepote y su envío de caramelos a través de las ondas, un milagro semanal que ninguno fue capaz de analizar ni de cuestionar; con el cuento de la 1, cita obligada al volver del colegio al mediodía; y, sobre todo, con los anuncios, que nos sabíamos de memoria ("Si lo toma el futbolista, se hace dueño de la pista; y, si es el boxeador, ¡pom, pom!, golpea que es un primor...", cantábamos con el del Cola Cao).

Y la amaba yo que, ya de jovencita, no me perdía los programas desternillantes de El Zorro ("Yo soy el Zorro, zorro, zorrito, para mayores y pequeñitos..."); ni "El buen teatro en su hogar", que me acercó al "Romeo y Julieta" de Shakespeare, a "Dulce pájaro de juventud" de Tennessee Williams, al "Diez negritos" dramatizado de Agatha Christie y a tantas obras de teatro (¿por qué no se reponen? Eran grandiosas); ni me perdía, sobre todo, "La ronda", que nos llenaba de emoción a todas las de mi generación por si alguien especial le pedía a la estudiantina que nos viniera a rondar.

La Radio era la dueña absoluta de la casa, el Oráculo, la que nos comunicaba con nuestro mundo y el Mundo. Y ni siquiera, cuando en los años 60 apareció la tele, la relegamos al cuarto de los trastos. Todo lo contrario, supo convivir con dignidad al lado de la usurpadora, y, por lo menos en la casa de mis padres, siguió, dale que te pego, alegando de la mañana a la noche. 

Hoy en mi casa no es así porque, aunque Elvira Lindo diga: "¿Qué clase de hogar es ese en el que no hay un aparato de radio en la cocina?", a mí me gusta el silencio. Pero sigue acompañándome cuando camino por las mañanas, cuando conduzco o cuando pasa algo especial, y mi marido no hay noche en que no se ponga a oír su programa de jazz.

Esta semana, sin embargo, la Radio ha vuelto a ser protagonista en casa porque me han hecho una entrevista, ¡a mí!, a propósito de este Blog de una Jubilada. Fue en un programa de la Cadena SER en Canarias -Hoy por Hoy Tenerife, en la sección SER 3.0- que llevan Begoña Ávila y Juan Carlos Castañeda. Por primera vez yo fui parte de esa pariente amada que se mete en todos los hogares a contarles su vida. Me sentí como Jesulín cuando decía que España es como un toro, como Lola Flores hablando de su arte o como García Márquez presentando "Cien años de soledad".

Si quieren oír lo que dije, se lo pueden descargar aquí. Hablé, por supuesto de ustedes, los que me leen, y de lo que me gusta compartir experiencias en un blog. Y aviso: como le coja el gusto a esto de hablar por la radio, ¡tiembla, Gemma Nierga!

lunes, 19 de octubre de 2015

Él estaba allí

Fernando y Patri el día de su boda en La Gomera con el Teide al fondo.

Por curiosidad o tal vez para comprobar las jugadas del destino, muchas veces he preguntado a los integrantes de una pareja estable cómo se conocieron. "Yo fui a pasar el verano con mis primos en San Andrés y él estaba allí", me contó mi madre. Mi amiga Lourdes conoció a Pepe, su futuro marido, cuando ella el día de San José entró en la cafetería del Hotel Aguere en La Laguna y dijo en voz alta: "¡Felicidades a todos los Pepes!", y él, que estaba sentado allí, se acercó a ella después para agradecérselo. Pili conoció a su chico, Juanse, en un viaje que hizo en barco con las monjas a Cádiz en el año 63. En el muelle estaba el novio de otra compañera con Juanse. Ella recuerda que, cuando lo vio, pensó. "Ese es para mí".

¿Qué hubiera pasado si ese día a mi padre, a Pepe o a Juanse les hubiera surgido otra cosa y no hubieran estado allí? O aun estándolo, ¿por qué ellos? ¿Qué hace que nos enamoremos de una persona y no de otra? ¿Qué substancias bioquímicas se liberan al mismo tiempo en un determinado momento de nuestras vidas en dos personas que se ven por primera vez? Porque es verdad que, a pesar de toda la literatura en contra o de que corren malos tiempos para el amor en esta sociedad de consumo que ofrece sustitutos de pacotilla, el flechazo no es un mito, sino que existe de verdad. 

Eso sí, nada de cupidos regordetes, nada de flechas ni de corazones atravesados. De hecho, según los neurólogos, en el amor manda la cabeza, no el corazón, y es una evidencia científica que solo se necesita medio segundo para enamorarse, medio segundo para que por lo menos 12 regiones del cerebro empiecen a funcionar a todo tren y los neurotransmisores -la adrenalina, la dopamina o la oxitocina- nos hagan sentirnos en las nubes, tener mariposas en el estómago y actuar como Julieta en el balcón el mismo día en que conoce a Romeo: "Si tus pensamientos amorosos son honestos y tu fin el matrimonio (...), pondré mi suerte a tus pies y te seguiré por el mundo como a mi dueño y señor". Para esta explosión de amor hace falta que el cerebro se ponga en marcha, hace falta que los ojos se encuentren, pero, sobre todo, hace falta coincidir en un lugar y en un tiempo determinado, estar allí, ya sea una cafetería de La Laguna, un muelle de Cádiz o el salón de baile de los Capuleto.

Yo fui testigo una vez de un flechazo, hace 5 años, en la boda alemana de mi sobrino Jesús. Él, Fernando, vivía entonces en Escocia. Ella, Patri, en Tenerife. Sus respectivas familias estaban relacionadas con la nuestra desde que ellos nacieron, pero, aunque sabían uno del otro, nunca se habían conocido. Y ahora estaban allí. Todos nos dimos cuenta, no de los procesos de los que hablan los neurólogos, sino de las miradas, de las sonrisas y de que no se separaron en toda la semana que duraron los festejos. A él le atrajo de ella su sonrisa y su alegría. A ella de él, su voz y su sentido del humor. Y todos, que los conocíamos y queríamos, cruzábamos los dedos para que los dos se dieran cuenta de lo que valían. Casi se nos escapaban palabras parecidas a las de la nodriza de Julieta cuando informa a Romeo: "Os juro que el que logre conseguirla se llevará un tesoro". 

Luego, la relación siguió su curso natural y Fernando y Patri han pasado 5 años conociéndose, reorganizando sus vidas para estar juntos y entregados también a una pasión compartida, los viajes, cuanto más exóticos mejor. Y esta semana pasada se han casado y nos han invitados a todos los testigos de aquella ocasión memorable a su boda junto al mar. 

Ha sido una boda alegre y festiva, como son ellos, hecha con mimo y humor. Y como "el amor es como los viajes, cuanto más lejos se llega, más recuerdos se tienen", el motivo del viaje estuvo presente en todos los detalles. Desde la invitación (sobre y tarjeta hechos con mapas y aviones antiguos), hasta el abanador que repartieron por si los calores -con su mapamundi y la rosa de los vientos-, y el Menú con el "Estimados pasajeros" y el "Por motivos de seguridad los dispositivos móviles deberán permanecer desconectados" y el "Comprueben que están sentados en la mesa que les corresponde y que el cinturón no les aprieta demasiado". Un móvil colgante con globos aerostáticos anunciaba en qué mesa te tocaba sentarte y en cada una había una postal antigua de los sitios que habían conocido y que habían significado algo para ellos en esa aventura que había comenzado en julio de 2010: Londres, Edimburgo, Lisboa, La Habana, Río de Janeiro, la India, Brujas...

Pero, por muy maravillosos que hubieran sido los viajes lejanos y cercanos, la mesa 1, donde estaban los novios, solo podía estar presidida por un lugar: Friburgo. Porque allí se enamoró Fernando de una mujer preciosa y encantadora y allí se enamoró Patri de un hombre que la hacía reír. Y porque, aunque hubiera podido pasar otra cosa (él hubiera podido perder el avión, a ella le hubiera surgido otro compromiso y no ir...), él y ella, milagrosamente, estaban allí.



Ante el TajMahal, símbolo de amor donde los haya

Tarjetas de las mesas


Invitación, Menú y abanador


lunes, 12 de octubre de 2015

Mi Angela Channing




Carmen Delia y yo somos amigas desde hace 60 años. Estuvimos juntas los 10 años del colegio, hemos compartido fatigas, confidencias, tenderetes y viajes, y las dos nos dedicamos a la enseñanza y nos jubilamos a la vez hace 7 años. Eso quiere decir que sabemos de qué pie cojea cada una y a mí me da autoridad para decir que es una de las mejores personas que conozco. Nunca le he visto una mala cara y no sé de nadie que alguna vez se haya enfadado con ella.

Lo que no sabía es que, además, tiene el valor y el coraje de un jabato. Cuando hace un par de años, en agosto, murió su marido, su compañero del alma que cuidaba con pasión una pequeña finca de viña, se encontró con que la naturaleza no sabe nada de penas y que había que vendimiar, sí o sí, al siguiente mes. Lo hizo contra viento y marea y, después, se le planteó la tesitura de hacerse cargo o no del trabajo siguiente. Podría haberse negado, podría haber aducido que no entendía de cultivos, riegos o fumigadas -cosa que era verdad-, podría haber dicho que ahora tocaba descansar. Yo lo habría hecho, lo confieso, pero ella, no. Le pareció que seguir con el trabajo al que él y, antes que él, su padre, habían dedicado su vida, era lo que tenía que hacer.

Y así aprendió desde cero mi Carmen Delia -las amigas la llamamos desde entonces Ángela Channing, aunque no tiene nada que ver con la dominante protagonista de "Falcon Crest"- a atar las vides en espaldera, a azufrarlas, a verlas crecer. Se apuntó a cursos de capacitación agraria y supo de remedios ecológicos y de buenos tratamientos de los otros. Cuando llegó la siguiente vendimia, hizo la comida para todos los que la quieren y ayudan y, con los suyos, recogió uvas, limpió racimos y los metió en la despalilladora que su marido había comprado antes de morir. Pero, cuando ya tenía 600 litros de vino burbujeando en los grandes envases de acero inoxidable, alguien entró por la noche en la bodega, abrió los grifos y todo el vino se derramó, echando a pique el trabajo de meses. Quien entró no lo hizo para robar porque no faltó nada. Fue una acción ruin, gratuita e innecesaria.

Esto ocurrió hace un año. Esta semana he estado en la finca de Carmen Delia en los altos de Fasnia, allí donde el aire es limpio y el horizonte, azul. Lejos de tirar la toalla -faltaría más dar argumentos a los cobardes- hace poco ha habido una nueva vendimia. Ahora las parras descansan, el mosto espera, el vino hierve. Eso sí, con nuevas medidas de seguridad. La finca, dibujada en los ocres y verdes de las vides y con los árboles cargados de manzanas e higos, puede parecer el paraíso pero no hay que olvidar que también allí había una serpiente.

Hay personas así como mi amiga, personas que hacen un trabajo callado y con amor, pese a los inconvenientes. Jorge Luis Borges habla de ellas - "Los justos" los llama- en un poema en el que los va nombrando:

Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón...

A esta nómina de héroes discretos yo añadiría a mi amiga, que todas las semanas cuida un pedazo de tierra para que siga siendo fértil y fecunda. El último verso de Borges dice:

Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

Y gracias a ellas, concluyo yo, el mundo es también un lugar mejor.





lunes, 5 de octubre de 2015

Por una mirada, un mundo

Una de las canciones de marcha de nuestra infancia hablaba de "la mirada, clara y lejos". Pero la mirada que más nos enseña es la mirada cercana, que no solo nos devuelve el mundo sino también la mirada del otro.

La mirada cómplice



Me pasó este fin de semana en un viaje que hice en avión. Un hombre y una chica se enzarzaron en una pelea verbal e incontinente en el momento de salir. El hombre, desesperado por escapar de esa lata de sardinas en que se han convertido los aviones, increpó a la chica, que se demoraba sacando bultos y le obstruía el paso. Cuando llegaban a la guagua que nos llevaba al aeropuerto, ya la conversación, a gritos, pasaba del "¡guarra!", "¡tú más que apestas!" a mencionar partes pudendas que, aunque una sabe que existen, es más decoroso no mentarlas de esa manera en público. 
En ese momento, una señora asiática y yo nos miramos y, solo con la mirada y un ligero levantamiento de cejas, nos comunicamos todo lo que pensábamos de la desagradable situación.
La mirada cómplice no sabe de razas, idiomas y culturas. Es pura lectura de mentes, pura telepatía.

La mirada directa

"¡Mirad, mirad!" -exclamaba, entusiasmada ante las bellezas de una playa escocesa, Ruth, una de las protagonistas de una novela de Eva Ibbotson- "Y quien estuviera cerca tenía que examinar lo que indudablemente debía ser el tablón del cofre del tesoro de un galeón español, o un coco arrastrado hasta allí por las corrientes desde las lejanas Indias..." "¡Mirad! ¡Oh, mirad! ¡Esmeraldas!" -y extendió las manos con las suaves piedras verdes que contenían sus palmas- ¿Podrían serlo?".
Me he acordado mucho de Ruth y de su ¡mirad! cuando voy por sitios hermosos, de esos que cortan el aliento y en los que hay, como en la costa escocesa de Ruth, "demasiada belleza, demasiado aire para respirar, demasiado cielo... y hasta demasiado mar".
Y, sin embargo, generalmente, la gente no suele mirarlos, sino que se apresuran a grabarlos con la cámara, el móvil, el iphone o el vídeo. Y luego -ajenos a las verdes praderas, a las olas elevándose enormes contra la luz, a las montañas infinitas...- pasan minutos de su tiempo con la cabeza gacha, enviándolo al facebook o a los amigos del wasap y recibiendo de ellos el ¡qué bonito!.
Puesto que "todo lo que es hermoso tiene su instante y pasa" (Cernuda), no lo desperdiciemos. La mirada directa obliga a dejar atrás los aparatos y a grabar directamente el mundo en el corazón.

La mirada manhattanita



Cuando yo era chica, sorprendía esa clase de mirada en los ojos de mucha gente: era la mirada que te repasaba de arriba a abajo y que en solo unos segundos registraba quién eras, de dónde venías y a dónde ibas. Era la mirada de las señoras que bordaban en la ventana de la tía Bienvenida en Los Sauces, una privilegiada atalaya sobre la Plaza y desde la que se enteraban de todos los pormenores del pueblo; la mirada de las amigas de mi madrina, cuando íbamos a pasar un tiempo con ella a Los Realejos y nos revisaban, nada más llegar, haciéndonos pensar si tendríamos los zapatos sucios; la mirada de algunas de mis amigas que solo en un instante ya saben que llevas un mes sin ir a teñirte o si te has puesto o no la faja.
Mi hija y yo la llamamos "la mirada manhattanita", porque antes pensábamos que eso era algo propio de aquí, como las papas arrugadas o el jamón serrano, pero luego encontramos en un libro de Sophie Kinsella el siguiente párrafo: "Siempre hago lo mismo, observo la ropa de los demás y redacto una lista mental, como si fuera la página de una revista de moda. Pensaba que era la única persona con esa costumbre, pero cuando me fui a vivir a Nueva York, descubrí que allí lo hace todo el mundo. Cuando conoces a alguien, ya sea una mujer de clase alta o un portero, te echa una rápida mirada de tres segundos de pies a cabeza. Notas que está calculando el valor de todo lo que llevas, hasta el último céntimo, incluso antes de decirte hola. Yo lo llamo el repaso manhattanita".
Entonces comprendimos que esa mirada cotilla es una mirada universal.

La mirada arrebatadora



En los tiempos en los que en los cines no había películas de sexo y ni siquiera casi de besos (para eso estaba el fundido en negro), te podías encontrar con alguna de las escenas más perturbadoras y sensuales de tu vida. La abuela de mi amiga Belén lo vio claro cuando, en "Horizontes de grandeza", Gregory Peck y Jean Simmons solo se miran profundamente. "¡Qué mirada!" -dice Belén que decía- "¡¡¡Qué mirada!!!".
Es la mirada de la que también habla Gioconda Belli cuando describe a un hombre en un poema: "Las piernas también son importantes / pero les perdonamos las torceduras, / lo tosco, las imperfecciones, / si al encontrarnos con la boca / vemos una sonrisa en la que poder confiar / y unos ojos que nos aseguren la mañana".
Feliz quien haya recibido y dado esa mirada arrebatadora que encierra promesas.


Somos, no solo memoria, razón o camino. Somos también  miradas y, con ellas, descubrimos y damos forma y color a la vida.  Y en ese viaje, como ya sabían los antiguos filósofos, lo importante no son los nuevos paisajes sino la mirada nueva, a estrenar, -cómplice, directa, manthattanita, arrebatadora...- con que los vemos. Sigamos mirando, pues.

lunes, 28 de septiembre de 2015

¡Adiós, Chanchullo!


(Bourne corriendo al "Viva María" a comerse un bocata de berros)
Me contaba mi amiga Ani una actuación en el Teatro Guimerá allá por nuestros tiempos juveniles. Se representaba un dramón en el que el actor principal, uno de aquí, se moría y largaba un adiós a la vida: "¡Adiós, mi mujer! ¡Adiós, mis hijos!..." Y, en esto, que ve en el palco pegado al escenario a un personaje del Santa Cruz de entonces al que llamaban Chanchullo, y no se pudo aguantar y se despidió de él también: "¡Adiós, Chanchullo!".

Y es que los chicharreros somos así: nos gusta más una interpretación que las lapas a Reverón (otro personaje), y nos implicamos en ella viviéndola en carne propia. Así ha sido estas semanas anteriores en que Santa Cruz ha estado sitiada y tomada por el equipo de "Bourne" con Matt Damon a la cabeza: calles cortadas, modificaciones de tráfico, letreros de "Prohibido estacionar hasta finalización del rodaje", helicópteros sobrevolando con focos la noche chicharrera, y todo el mundo golifiando, aunque sea por una rendija, las carreras, gritos, las acrobacias en motos, los contenedores ardiendo, las bolas de fuego sobre las cabezas y las demás vicisitudes de la película. 

Protestan mis paisanos de las molestias, sí (si no, no seríamos nosotros), pero han recibido a los estadounidenses con más expectación y novelería que los de Villar del Río en "Bienvenido, Mr. Marshall". Y un día sí y otro también  te llegan los chismes: que si a uno que miraba le ofrecieron 30.000 euros por su Ford Fiesta y luego lo estallaron como una pita en una persecución; que si Matt Damon no es muy alto que digamos, pero está cachas; que si el malo, Vicent Cassel, se sentó a tomar un café en la Avenida de Anaga y que allá fueron en tropel los cazadores de autógrafos; que si un tipo que salió borracho de la terraza de verano "Isla de mar" estrelló el coche contra las vallas del rodaje; que si Bolorino Armani (otro de nuestros personajes con un tatuaje de Armani en la espalda y que se presentó a alcalde alguna vez) se metió por la jeta con una cámara y se puso a grabar él, paralizando el rodaje; que si la policía detuvo la otra noche a 4 vecinos de Valleseco que se estaban llevando un generador eléctrico del tamaño de un coche...

Las colas para el casting para hacer de figurantes han sido kilométricas (pagan 80 euros al día que no vienen nada mal en estos tiempos) y ahí estará toda la isla (con ropa de abrigo, les dijeron, con estos calores) haciendo de "pasaba por aquí". Como el nieto de mi amiga Esther, un chico de Bachillerato muy guapo, que hace de participante en una manifestación con su sudadera y capucha oscura y al que han llamado 6 veces para la actuación de su vida.

¿Por qué yo?, le diría la Cenicienta al Príncipe ¿Por qué Santa Cruz? No por su maravillosa luz (la acción transcurre generalmente de noche), ni tampoco por las bellezas que encierra, porque Santa Cruz en la peli no es Santa Cruz sino ¡Atenas!, que se parecen entre sí como un huevo a una castaña. Supongo que no aparecerá la Virgen de la Plaza de Candelaria, ni el Parque, ni el Auditorio, ni la Rambla con el Quisisana en lo alto, señas de identidad de mi ciudad ¿Pondrán una Acrópolis en Los Campitos? El rodaje ha sido más bien por las calles y barrios, El Toscal, La Salud, Salamanca, el Parque las Indias, Valleseco... Eso sí, convenientemente disfrazados con letreros en griego, en nombres de calles, kioscos y cartelones de publicidad. Y te puedes llevar la sorpresa, como le pasó a mi hermana en Los Rodeos, de ver una guagua de la Titsa, que es vez de poner "Santa Cruz-Garachico" ponía "Atenas-Salónica".

Me acuerdo que, cuando estudiábamos griego, tradujimos una frase que nos costó bastante. Decía: "Athenai Ellas Elladon", "Atenas es la Grecia de las Grecias", Como quien dice, "lo más de lo más". Pues Santa Cruz, disfrazada de otra ciudad por obra y gracia de un lenguaje extraño y de la magia del cine, se ha convertido estos días en la Atenas de las Atenas.

Claramente, los motivos de su elección han sido la tranquilidad y la seguridad. No está la Atenas de ahora como para que Bourne campe tranquilamente por allí, y, a lo mejor, los griegos no están tan dispuestos como los canarios a añadir más molestias a las que ya tienen. Pero también y sobre todo, hay motivos económicos: las ayudas e incentivos fiscales que según dicen, el gobierno regional da a las productoras extranjeras, mientras el sector audiovisual canario se lamenta de no recibirlas.

Cuando se vayan de aquí, con sus grúas, tramoyas, equipos y bellezones, tal vez nos dejen algo de dinero (el alcalde ha hablado de 300.000 euros diarios durante 5 semanas), el recuerdo de unos días distintos y caóticos ("Después de esto, nunca volveré a ver el cine de la misma manera", dice el nieto de mi amiga), y algún cartel olvidado que nadie entiende donde antes había el nombre de una calle.

¡Adiós, chanchullo!






lunes, 21 de septiembre de 2015

Espejito, espejito...




De todos los chismes, objetos y cachivaches de una casa el más filosófico y metafísico es, sin duda, el espejo. Él te acerca cada día, si es que te atreves a mirarte en él, al conocerse a sí mismo que los antiguos griegos propugnaban como el primer y último objetivo del hombre. Él es el que te dice, por las mañanas, la verdad de la vida.

Que ya podría, digo yo, enseñarte otra cosa... El espejo de Alicia, cuando Lewis Carroll la hace pasar a través de él, la llevaba a encontrar sueños, disparates, galimatazos y momentos mágicos. El espejo de Erised, del que habla J.K.Rowling en "Harry Potter y la Piedra Filosofal", mostraba "el más profundo y desesperado deseo de nuestro corazón" (por ejemplo, poder vernos con 10 kilos menos sin dietas ni ejercicios). El espejo de Galadriel que Tolkien nombra en "El Señor de los Anillos" revelaba "cosas que fueron, y cosas que son, y cosas que quizás serán."...

Pero no. Los nuestros, por más antiguos que sean -como el del tocador de mi cuarto de niña, en el que me vi de uniforme tantas veces o vestida de novia solo una vez-, se empeñan en mostrarnos la dura realidad del día a día ¿No sería conveniente desaparecerlos? Como en aquel cuento en el que había una vez un país (Muy-muy-lejano) en el que no se conocían los espejos. Un hombre encontró uno en una feria y le pareció tan bonito, con aquella lámina de plata brillante en la que se reflejaba la vida, que lo compró para regalárselo a su mujer en su cumpleaños. Cuando llegó a su casa, lo escondió para que fuera una sorpresa, pero las mujeres estamos al quite de todo y rebuscamos por todas partes, así que la mujer lo encontró. Cuando se vio en el espejo se echó a llorar desconsoladamente y su madre la encontró así. "¿Qué te pasa, hija?", le preguntó, alarmada. "¡Ay, madre, que mi marido me engaña con otra. Mire lo que le he encontrado, un cuadro con el retrato de otra mujer". La madre cogió el espejo, se vio reflejada en él, se echó a reír y dijo: "Ni te preocupes, hija ¡Es más fea que un pecado y vieja como Matusalén!".

También es verdad que hay personas que se gustan tanto -el padre de Anne Elliot en "Persuasión" de Jane Austen, por ejemplo- que tienen la casa regada de ellos. Y miren a Narciso, que se quedó prendado de sí mismo cuando por primera se vio, hecho un pincel, en el espejo de las aguas. 

Pero nuestros espejos son crueles como el de la madrastra de Blancanieves ¿Qué más le daría darle el gusto a su dueña y decirle que sí, que estaba divina de la muerte? ¿A qué viene decirle que la otra es más guapa? Los nuestros no lo hacen pero ahondan en la herida, mostrándonos las arrugas como surcos que el tiempo va haciendo en caras antaño lisas, las canas que las nieves del tiempo platearon en la sien, los descolgamientos, los pelos engrifados de por la mañana, las ojeras post-juergas... No los estrellamos contra el suelo porque dicen que da mala suerte, que si no, aquí estaríamos como en ese país Muy-muy-lejano.

Pero ya que los tenemos y en profusión (yo tengo hasta uno pequeñito que agranda un montón la imagen y se llama "¡¡¡Oooooohhhhh!!!", ya imaginan por qué), yo propondría prescindir de los desperfectos, tachas y majaderías de la edad, hacer como si no estuvieran, y mirarnos solo al fondo de los ojos, donde dicen que habita el alma intemporal. Entonces, tal vez con miedo, preguntarle: "Espejito, espejito... ¿sigo siendo yo?".

(En la imagen, la "Venus del espejo" de Velázquez, filosofando)

lunes, 14 de septiembre de 2015

Hacerse el sueco




No sé de dónde exactamente salió la expresión "hacerse el sueco" para decir que alguien elude una responsabilidad o pasa de algo. Algunos lingüistas piensan que tiene su origen en los marineros suecos que arribaban a puertos españoles y aprovechaban su desconocimiento del idioma para entender solo lo que les interesaba. No parece, sin embargo, que lo de no ser responsables sea una de las características de la tierra que fundó IKEA, H&M o Volvo. Por eso, en estos últimos 10 días, en los que me hice un viajito por Suecia -ese país hermoso y limpio, que ama la luz-, me he ido fijando sobre todo en sus habitantes ¿Qué hacen los suecos?

En Estocolmo, una de las ciudades más hermosas que he visto, una Lisbeth Sallander -delgada, morena, ojos verdes enormes, piercing y tatuajes por todos lados- discute con otras en el parque de Djurgarden.
Un hombre de unos 60 años vende al lado del puerto solo juegos de ajedrez hechos por él.
Grupos de adolescentes disfrazados celebran un cumpleaños en la noche loca del viernes.
En Stortorget, que es algo así como la plaza del pueblo del barrio de Gamla Stan, una señora me pasa en una cafetería un batidor de huevos con la llave del WC, mientras compartimos el lenguaje universal de la risa.
Unas tropecientas chicas hacen una carrera el sábado por la mañana desde el parque de Skansen.
Frente al Palacio Real, los novios de la boda que me encuentro en todos los viajes se hacen una fotografía.
Enfrente del Museo Nobel, una banda de música toca melodías de Abba. Unos viejitos las escuchan sentados con mantas sobre las rodillas. Más allá, unas chicas las bailan.

En Upsala, en la catedral más grande del norte de Europa, llena de color y luz, una mujer sacerdote preside un oficio.
En el comedor de la Universidad profesores y alumnos almuerzan a las 12 en medio de un murmullo animado de conversaciones.
Cerca, en el pequeño pueblo de Norrtälje, un sitio todo paz, un hombre, joven y alto, va gritándoles "cua, cua" a todos los patos que hay en la orilla del riachuelo.

En Örebro, una ciudad a la orilla del río Svartan, con su imponente Castillo y sus casas rojas de madera de otros tiempos, una señora nos invita a pasar a la Iglesia para que veamos una ceremonia de confirmación.
Por la mañana a las 8, los ciclistas van al trabajo: el ejecutivo con sus auriculares, la madre con su niño detrás, el estudiante con su mochila, las jóvenes rubias pedaleando juntas...

En Vänersborg, a orillas del Vänern, un lago de aguas como espejos, una señora de pelo blanco se sumerge en las aguas gélidas sin estremecerse.

En Fjallbacka, un pequeño y precioso pueblo de pescadores, hay una entierro cuando llegamos. Todos los presentes, ellos con chaqueta y corbata, reciben una rosa cuando entran en la Iglesia.

En Gotemburgo, la gran ciudad que mira hacia el mar, una chica albañil, menuda y delicada, pone adoquines, uno a uno, en la Järtorget.
Un abuelo y su nieto de 7 años conversan y saborean un helado sentados en una cafetería frente al Saluhallen (el mercado).
En los escalones que bajan al canal, una mujer come despacio una ensalada.

Por el camino vamos encontrando a los suecos mixtos: el hombretón con pinta de vikingo pero que habla un malagueño cerrado, el descendiente de chilenos que se siente sueco, el chico que nos pide el ticket a la puerta del Museo Vasa y resulta que es hijo de tinerfeño y de sueca y que pasa todos los veranos en El Médano... Todos al final -los niños que miran su mundo ordenado desde los cochitos, los que juegan al fútbol en anchos campos de césped, los que pasean a sus perros, las mujeres mayores que comen solas o van al supermercado con su andador...-, todos forman un entramado que nos deja vislumbrar un atisbo de lo que es esa vida de dentro hacia fuera que hay detrás de los grandes ventanales iluminados y sin cortinas de sus casas. 

Por no hablar de los suecos ilustres, que vemos reconocidos en placas, estatuas y calles: el gran Linneo, Ingmar (y también Ingrid) Bergman, Greta Garbo, Alfred Nobel, Astrid Lindgren (y su Pippi Calzaslargas), Olof Palme, Björn Borg, August Strindberg, Selma Lagerlöf... No parece que ninguno de ellos se hiciera el sueco. Quizás tendríamos que hacernos nosotros también los suecos, si al final resulta que tenemos un país en el que no hay un papel en el suelo y en el que hasta los WC públicos son dignos de figurar en una postal.

Bajo un cielo luminoso y frío viven los suecos.


(En la imagen inicial, los suecos de otro tiempo en un dibujo del Museo Vasa)




(Oyendo y bailando "Mamma mia" frente al Museo Nobel)



("Él vino en un barco de nombre extranjero...". A lo mejor venía de aquí. Puerto de Estocolmo)




(Los novios de todos los viajes frente al Palacio Real)



(La pausa del almuerzo en Gotemburgo)