lunes, 29 de diciembre de 2014

La magia absurda de la navidad




El sábado pasado incorporé al blog un post de hace 4 años que llamé "El villancico cruel". Y, como andamos estos días entre villancicos, hoy voy a hablar de otro que podríamos llamar "el villancico absurdo". Y que conste que no tengo nada contra los villancicos (aparte de compadecer a dependientes y cajeros de los supermercados por tener que oírlos una y otra vez durante todo el mes de diciembre). Mi marido, que los colecciona, tiene algunos preciosos, dignos de figurar junto a la mejor música clásica. Pero esto no quita para que cuestionemos alguno de ellos.

Fue mi amiga Conchi la que me comentó por wasap del despropósito del "Rin rin, yo me remendaba, yo me remendé...", que empieza tal que así:
Hacia Belén va una burra (aquí el estribillo del rin rin)
cargada de chocolate.
Lleva su chocolatera (y vuelta al rin rin),
su molinillo y su anafe.

Conchi, sumida en dudas -¿La burra va solita? ¿Ella es la que hace el chocolate, tan pertrechada que va? ¿Cómo llevaba chocolate hacia Belén, si ni siquiera se había descubierto América ni encontrado tamaña exquisitez? ¿Sería otro tipo de "chocolate" el que llevaba la burrita? -, se preguntaba, pensando mal al final. Cosa no tan disparatada, porque las siguientes estrofas dicen:
En el portal de Belén
han entrado los ratones
y al bueno de San José
le han roído los calzones.
Y también: En el portal de Belén,
hay estrella, sol y luna,
la Virgen y San José
y el niño que está en la cuna.
Vamos a ver, ¿a San José se le ocurre quitarse los calzones (y quedarse en pelota o en calzoncillos) en un portal lleno de ratones (¡y con este frío!)? O si los tenía puestos ¿no se daba cuenta? ¿Llevaban una cuna cargando hasta Belén? ¿Veían el sol, las estrellas y la luna todo junto, allí dentro del portal? Mucho "chocolate" me parece... Por no hablar del "rin rin" (¿un despertador? ¿un timbre? ¿un teléfono?) ni del trabalenguas del "yo me remendaba, yo me remendé".

Yo le contesto a Conchi lo mismo que mis padres me contestaban a mí cuando inquiría por esos Reyes Magos con regalos absurdos, ¡oro, incienso y mirra!, para un niño: "Ah, eso forma parte de la magia de la navidad".

La misma magia que lleva a mis nietos a seguir creyendo en los Reyes Magos y a rastrear por internet el día 24 de diciembre a las 9 de la noche (ya se sabe que todo lo que sale en internet es una verdad como un templo) el trayecto de Papá Noel. "¡Ya está en Ankara! -decían- ¡De allí va a El Cairo, Nicosia y Siracusa! ¡Ya se está acercando!".

La misma magia que hizo que, por chiripa, me ganara, por primera y única vez en la historia, un premio de fotografía, en "Mugs and Books Special Christmas" (taza más libro navideño), propuesto en twitter por Mónica Serendipia (@MnicaSerendipia). Me quedé tan contenta que lo he pregonado por todos lados (me saluda el portero de una casa y le digo "¿Sabe que he ganado un premio...?").

La misma magia que nos lleva a pensar ingenuamente que durante unos días los hombres fraternizarán, como seres de una misma especie, que tienen el privilegio de compartir un espacio en el cosmos durante un tiempo determinado.

Todo -rin rin y remiendos, chocolates variados, calzones roídos, trayectos meteóricos de un papá Noel alrededor del mundo cual Phileas Fogg, fotos amateur de novata, suposiciones optimistas sobre la naturaleza humana, lo insólito, lo absurdo, lo extraordinario...-, todo puede caber dentro de unas navidades mágicas. Tal vez por eso las seguimos celebrando.

(En la imagen mi foto premiada: taza navideña con el libro "Cuentos navideños políticamente correctos" de James Finn Garner)


lunes, 22 de diciembre de 2014

Abrazos en rebajas




El otro día en el periódico -camuflado entre investigaciones por corruptelas, denuncias, problemas en la valla de Melilla, redes que usan a a menores y a mujeres, estafas, sectas...-, encontré una noticia curiosa, y sin embargo, no muy distinta: Samantha Hess, de Oregon, Estados Unidos (¿dónde, si no?), ha abierto la primera tienda de abrazos del mundo. Por 60 euros la hora, ella y sus empleados te dan unos cuantos achuchones con los que "obtendremos -dice- el nivel de contacto humano óptimo que queremos o necesitamos para ser nosotros mismos".

¿Me sorprendí? En principio, sí pero no debería. En un mundo donde se prostituyen almas y cuerpos, el que algo tan puro como es estrechar entre tus brazos a quien quieres sea también una mercancía es coherente con todas las demás noticias. Un acto muy alejado de aquella copla de Imperio de Triana que proclamaba que "no hay en el mundo dinero para comprar los quereres" y que "el cariño verdadero ni se compra ni se vende".

Lo que es increíble es que ya haya más de 100.000 reservas para disfrutar de este servicio ¿Qué nos está pasando?, preguntaba Jaume Tarascó, de Barcelona, que comentaba la noticia "¿ Con tanta tecnología y comunicación estamos perdiendo las habilidades sociales? ¿Nos da vergüenza mostrar nuestros sentimientos o que la gente pueda ver que necesitamos un abrazo?". Y yo iría más allá ¿Nos llenarían, nos llevarían a "ser nosotros mismos", esos abrazos prefabricados, automatizados, en los que el cariño no se asoma a los ojos? Recuerdo una muñeca que le regalaron a mi hija, que levantaba los brazos y pedía con voz metálica: "Dame un abrazo". Siempre me dio repelús.

Por contra, también en todos mis recuerdos hay abrazos de los de verdad. En la vida real, los de todos a los que quiero y que me quieren. En la historia, los de los enemigos que comprendieron que con el odio y la guerra no se va a ninguna parte y sellaron la paz con un abrazo. En la ficción, tantos y tantos que hemos visto y nos han tocado el corazón. Por poner ejemplos entre todos ellos, en el cine, el abrazo de Albert Finney a Audrey Hepburn en "Dos en la carretera", cuando ella vuelve después de abandonarlo. ¡"Gracias a Dios!", dice él, y le abre los brazos de par en par, significando "te quiero y te perdono". O en pintura y escultura, el de esa Virgen que abraza a su hijo desde su nacimiento (tan celebrado esta semana) hasta cuando lo bajan de la cruz. O en literatura, los de tantos amantes, amigos, hermanos, hijos pródigos  o padres pródigos, que también los hay.

Sin pasarnos (que tampoco hay que ser remelosos, eh), yo propondría que nos abrazáramos más, que crucemos puentes entre las personas y sintamos el calor del otro, que no necesitemos pagar 60 euros por algo tan natural y reconfortante. Y hagámoslo durante toda nuestra vida, no solo en estas épocas navideñas, donde parece que nos da más por la ñoñería (paz, amor y campanitas)

Yo empiezo hoy por mandar un abrazo virtual de agradecimiento y afecto para todos los que tienen la santa paciencia de leerme, de compartir este rincón y de hablar conmigo en este blog que ya lleva 6 años y pico de vida. Y, si me encuentro con ustedes en el transcurso del camino, tengan por seguro que será un abrazo real ¡Y gratis!

(En la imagen, "Madre e hijo" de Gustav Klimt)

lunes, 15 de diciembre de 2014

Con buena letra




Una de las asignaturas más importantes de la educación de mi generación era la Caligrafía, el arte de escribir a mano con hermosa letra. Eso, bella o buena letra, es lo que significa etimológicamente "caligrafía" (por lo que decir "mala caligrafía" es un contrasentido y decir "buena caligrafía" es una redundancia).

El modelo de caligrafía en las Dominicas con las que yo me eduqué era una letra grande y picuda, que yo fui abandonando poco a poco en el transcurso de los años, suavizando los trazos, tal como si fueran cantos rodados sometidos a los embates de la vida. Mi padre, en cambio, que tenía una letra preciosa, redonda, clara y muy pulida, siempre la conservó igual, desde los primeros escritos que le conocí hasta los últimos, en los que si acaso se notaba un leve temblor.

Todas las personas de mi generación éramos conscientes de la importancia de una buena letra. De hecho, mi tío Néstor, que fue secretario de juzgado, siempre decía que ganó la plaza más que nada por su cuidada escritura, una letra grande y elegante, adornada  con florituras en las mayúsculas, que parecía surgida de un antiguo manuscrito. Y a nadie, por ejemplo, se le ocurría escribir una carta de amor a máquina. En el manual del perfecto enamorado (bien lo sabía Cyrano de Bergerac) estaba implícitamente escrito que una carta tal tenía que ser a mano, sin faltas de ortografía (nada de "te hamo") y con la letra más bonita que se pudiera hacer. Igual que una comida bien presentada apetece más, una carta bien escrita llega más al corazón.

Por  eso me ha sorprendido la propuesta del Ministerio de Educación de Finladia, un país referente en materia educativa, de dejar a un lado la caligrafía para dar preferencia a la mecanografía, que se ve como una ventaja competitiva en este universo dominado por teclados. Y lo es, no digo que no; yo misma, cuando mis hijos terminaron la Educación General Básica, los puse durante ese verano en clases de mecanografía porque entendía que todo estudiante de Bachillerato debe saber escribir a máquina correctamente.

Pero ¿dar carpetazo a la caligrafía, ese proceso manual que hace que cada día cojamos el bolígrafo, el lápiz o la pluma y plasmemos, negro sobre blanco, nuestros pensamientos en papel? Todavía yo hoy escribo este blog, primero a mano en cursiva y, después, a máquina. Es, sí, un modo más lento de escribir que teclear, pero precisamente por eso nos permite pararnos, reflexionar más, ordenar lo que queremos decir, separar párrafos, crear símbolos, pensar mejor. Y también, si lo pensamos, nos hace más libres y menos dependientes de las máquinas.

En una de las novelas preferidas de mi juventud  -"La volatinera", de Dorothy Gilman- uno de los protagonistas es un psicólogo especialista en Grafología. Cuando le enseñan una fotocopia de un escrito (fundamental en la historia), insiste en ver el original para hacer una buena evaluación: "Necesito mirar las formas de unión. Tengo que analizar los grupos de trazos y los márgenes. La manera de poner los puntos en las íes y de colocar las barras en las tes es enormemente importante, así como las fluctuaciones que pueden indicar ambivalencia, la presión de la pluma sobre el papel, los rasgos y los espacios...". Del estudio de la letra deducirá rasgos del carácter de la persona que lo escribió: introvertida del tipo solitario, sensible y artista, generosa, saludable, culta, gran dosis de sentido común, dotes de mando...

En un mundo en el que desaparezca la buena letra, no habría peritos grafológicos ni existiría ese rasgo de nuestra personalidad que es nuestra letra. Aunque terminemos más rápido un informe, un trabajo o un post, no habría reflexión pausada -la pluma quieta en el aire, la mirada perdida hacia dentro-, mientras elegimos la palabra exacta que traduzca nuestra idea. En un mundo sin caligrafía, renunciar a escribir con buena letra es también renunciar un poco a conocernos a nosotros mismos.






lunes, 8 de diciembre de 2014

Leyendas de la Tierra Límite




Era justo ese momento entre el sueño y el despertar, en el que la cama todavía es un refugio cálido y la realidad, con sus aristas, aún no ha hecho acto de presencia. La despertó el tamborileo de la lluvia sobre las hojas del limonero del huerto. La habitación estaba en penumbra, pero los árboles, acusadores, proyectaban su sombra sobre el techo y la pared. A finales de ese mes, habría terminado la floración de los frutales y los pétalos más endebles caerían para dejar paso a los frutos. Pero ella ya no estaría allí para verlo.

Así empieza la cuarta novela de mi hija Ana. Tener una hija con imaginación te hace la vida muy entretenida, y Ana, en eso, siempre ha tenido para dar y regalar. Ha sido así desde que de pequeña inventaba las historias de Anita la Melódica hasta su etapa joven en la que trenzaba poemas; desde sus primeras novelas, en las que una tal Doctora Jomeini daba sentido a su vida entre quirófanos, besos, risas y lágrimas, hasta esta última en la que, sirviéndose de la prerrogativa de los imaginativos, crea un mundo nuevo: la Tierra Límite.

Más allá de la Torre de Piedra, cruzando el Bosque de los Reflejos y el desierto de Koveldar, existe una tierra donde viven los Guerreros del Alba y las Physii, un pueblo desterrado de su tierra por los Oscuros. Esa franja de tierra constituye la linde entre la Luz y las sombras. De ahí su nombre: Tierra Límite.




Esta novela es, pues, la historia de la Tierra Límite y del enfrentamiento entre el Bien y el Mal. Es la historia de las Sanadoras y de todos los que cuidan del Aura, el escudo que protege frente a los Oscuros y que, en el momento inicial, presenta una fisura peligrosa. Es la historia también de Aïa, la Elegida para suceder a la Sanadora Mayor, y de Guil, un muchacho que trabaja como cocinero y que se verá envuelto, sin comerlo ni beberlo, en una búsqueda y en una guerra.

La novela bebe de los escritores de literatura fantástica que tanto le gustan a Ana (y a mí) y a los que dedica el libro: Tolkien, Úrsula K. LeGuin, Michael Ende, J.K. Rowling, Laura Gallego. Hay, como en ellos, mundos distintos, personajes extraños (¿no recuerdan las Physii a aquellos personajes hermafroditas de "La mano izquierda de la oscuridad" de Úrsula K. LeGuin?), objetos o lugares con poderes extraordinarios -la Vara de Luz, la Fuente de los Siete Cauces, la Torre de Piedra...-, conjuros, bebedizos con consecuencias inesperadas, teletransportación... Es una novela de fantasía con todos sus ingredientes.

Pero las novelas de fantasía hunden sus raíces en la realidad y de eso, de los problemas del mundo real, también habla Ana: del conflicto entre el deber y el querer; de la amistad, pero también de los celos y las envidias que la destruyen; del amor por encima de las dificultades; de los lazos entre gentes que luchan por conseguir los mismos objetivos; de las dudas que uno se plantea ante los distintos caminos que se eligen en la vida... Hasta cuando habla de los males que aquejan a los personajes, no está lejos el mundo real ¿Qué es sino el cáncer esa "enfermedad de las mil caras" para la que no existe cura y en la que el cuerpo se ataca a sí mismo?

Lejos de los libros de la Doctora Jomeini, este cuarto libro de Ana retoma su vena poética. Debo decir (y no porque sea "la madre de la artista") que disfruté leyéndolo y que pienso que les va a gustar a todos aquellos que consideren que un buen libro de aventuras es el mejor compañero para una tarde de invierno, de esas de sillón y mantita. "Controla tus latidos. Serénate para enfrentarte a la Oscuridad", y, después, abre el libro y pásalo bien. 

PD: Ana presentará su libro el próximo viernes 12 de diciembre a las 8 de la tarde en la Librería Lemus de La Laguna. 
Firmará ejemplares en la librería La Isla de Santa Cruz los días 22 y 23 de diciembre de 18,30 a 20:00h.

Si quieres comprar el libro en ebook, puedes hacerlo aquí.
Si, como a mí, te gusta más el papel, puedes comprarlo aquí o en las librerías Lemus, La Isla y El Águila, por ahora.




lunes, 1 de diciembre de 2014

Toma castaña




Cuando yo era chica, en los veranos de Los Realejos, íbamos de vez en cuando caminando a Los Castañeros, un bosque de castaños que estaba antes de llegar a Icod el Alto. Me gustaban aquellos árboles de gruesos troncos y corteza quebrada que parecían acogerte bajo su sombra, mientras sacábamos meriendas y jugábamos a su alrededor, muchas veces a abarcar con las manos unidas, entre todos los niños, su perímetro.

No había sombra más fresca ni, tampoco, fruta más aprovechada que la del castaño ¡Cómo hemos disfrutado siempre de  las castañas, mensajeras del otoño, cayendo de los erizos para deleitarnos! Crudas y crujientes; o asadas, llenando el aire de calor y aromas en las tardes grises; o guisadas con matalahúva; o en bizcochos y guisos, poniendo en ellos el toque justo de dulzura... ¿Por qué cada vez hay menos castaños?

Hubo un tiempo en que bosques como éste poblaron la isla. Hubo un tiempo de árboles gigantescos, viejos habitantes de las cumbres del norte, como aquel castaño de las Siete Pernadas de Aguamansa, del que habla Leoncio Rodríguez en "Los árboles históricos y tradicionales de Canarias". Un árbol con fama de llevar ventura a los que enamoraban  bajo sus ramas, y tan grande que se podía subir cómodamente una mesa para sentarse a comer en lo alto.

No sé si ahora existirá este castaño o los castañeros de mi infancia, pero lo dudo. En estas  islas tan castigadas por la especulación, en estas islas en las  que, por ejemplo en mi pueblo, se va a destruir, si Dios no lo remedia, la zona más fértil y bonita , frente a la Iglesia del Socorro del siglo XVI, para hacer un polígono industrial, el valorar y amar los árboles puede ser,  para muchos, asunto de risa. Pero no para mí, y por eso me gustó tanto la actitud  de mi amiga Esperanza.

Esperanza heredó de su  abuelo en la Sierra de Aracena, allá por Huelva, casi lindando con Portugal, una finca de castaños centenarios por la que cruzan de vez en cuando ciervos y jabalíes. Esperanza cuida sus castaños. Hay que arar, limpiar, podar, talar  quitarle los chupones, injertarlos -porque, me cuenta, los castaños son árboles bravíos que, para que fructifiquen, hay que unir con un manso- ... En suma, hay que dedicarles tiempo y atención para que al final, cuando llegue el momento de la "apañada", recojan el fruto, la castaña "bruñida y preparada, endurecida y suave", tal como la vio Pablo Neruda ("Del follaje erizado / caíste / completa / de madera pulida, / de lúcida caoba, / lista / como un violín que acaba / de nacer en la altura...").

Bajo las raíces de estos castaños hay, sin embargo, una mina de plata registrada desde los tiempos de Felipe II. Han venido ingenieros ingleses a hacer prospecciones del subsuelo cercano y existe la posibilidad de explotarlo. Pero Esperanza y su marido Mane y sus vecinos aman su tierra y sus árboles, y no quieren verla  horadada, herida, arrasada y rota.

Yo no sé a ustedes, pero para mí - en estos tiempos de prospecciones petrolíferas indeseadas, de bosques esquilmados, del triunfo del cemento- el que alguien prefiera un monte de castaños (lo imagino como aquellos castañeros de mi infancia) a una mina de plata -la vida frente al metal, por  muy brillante que éste sea- es algo que me llena de consuelo y, nunca mejor dicho, de esperanza.








(Las fotos del final son de la finca de castaños de mi amiga Esperanza. Le agradezco en el  alma su aportación)