lunes, 25 de agosto de 2014

Y no nos dejes caer en la tentación




Me encanta tomarme un café. Como dice el proverbio, un café "negro como la noche, ardiente como el infierno, fuerte como el pecado y dulce como el amor". Es la tentación perfecta, déjate de sirenas cantarinas, de brujas con manzanas rojas envenenadas o de tesoros escondidos en cuevas que se abren al grito de "¡sésamo!". Un café tomado al levantarse, a sorbos, lentamente, mejor todavía si se tiene una terraza desde la que se vea el mar y te puedas perder en el azul mientras tu cuerpo va renaciendo. O un café paladeado después de comer, en esas sobremesas tranquilas donde no te levantas ni para recoger. O un café a media tarde, cuando el ritmo del día declina y se impone un descanso...

Pero desde hace algún tiempo no puedo tomar café. Si lo hago, me desvelo por la noche, me entra jiribilla hasta en el dedo gordo del pie y doy vueltas y vueltas mientras, mentalmente, escribo páginas brillantes que al día siguiente son una birria, repaso libros y películas con los ojos cerrados, hago listas de compra, cuento ovejas o constelaciones enteras de estrellas... ¡y no me duermo!

Normalmente me comporto bien. De desayuno me hago una tisana; después del almuerzo, si acaso, me tomo una pastilla de chocolate, para compensar la falta de cafeína; y después, por la tarde y la noche, nada de nada. Pero hace una semana -lo confieso dándome golpes de pecho- caí en la tentación.

Tuvimos en mi casa, mis amigas del colegio y yo, una comida de esas entrañables en la que hubo sorpresas, buena conversación, risas, recuerdos e incluso alguna lágrima emocionada. Hubo comida y bebida en abundancia, y, al final, puse en una bandeja un gran termo de café recién hecho, y al lado, sus tacitas, platos, cucharillas, azúcar, leche, rosquetitos... Todas empezaron a servirse como si les fuera la vida en ello, y yo, mientras hablaba con mi amiga Cae -que cerraba hasta los ojos de gusto al probarlo-, me vi de pronto transportada a momentos gozosos: a la casa de mi infancia, donde se hacían litros de café al día, primero con aquellos coladores de tela en los que se destilaba gota a gota, y luego, a la época de las cafeteras exprés, cuando mi abuela lo primero que hacía por las mañanas era poner la cafetera al fuego para despertarnos a todos. Mi casa era el olor del café.

Después, a los años de universidad y de preparar oposiciones, en los que el ratito del café era el del descanso, el de compartir risas y conversaciones profundas o triviales.

Y después, a tantas comidas, como ésta, con amigos, en las que el rito de preparar café y tomarlo en la sobremesa es el colofón, el momento en el que, satisfechos, acercamos la taza a los labios y pensamos que la vida merece la pena.

Así que todos esos momentos me aguijonearon, me desbordaron, se me agolparon en la mente y en los sentidos. Igual que Eva con la manzana (aunque ¿qué es una manzana al lado de un café humeante y aromático? ¡Fuerte birria de tentación!), o Guille, el de Mafalda, con la chupa; o todos mis amigos que dejan el tabaco una y otra vez, cedí y me tomé esa tacita largamente deseada. Y, por supuesto, justo castigo, no dormí en toda la noche.

Por eso, y porque una tentación que se precie tiene que ser atrayente, placentera y peligrosa (o engorda o es pecado o es nociva para la salud), esa noche, entre oveja y oveja, juré y rejuré que no volvería a tomar café en mi vida, y que, desde aquí, les iba a pedir a amigos y familiares que, por favor, si me ven que, enajenada y arrebatada por el aroma de un buen café, alargo la mano hacia una taza ("¿Me pone un pozuelito de café?", le pedía mi tío Pepe a mi abuela), me aten, como a Ulises, al poste más cercano... y no me dejen caer en la tentación.


lunes, 18 de agosto de 2014

Una linda guachinanga, válgame Dios...




Mi amiga Loque no conoce Tenerife. Sí, ya sé que hay tropecientas mil personas que tampoco lo conocen, pero allá ellos. Una desea para los amigos que no se pierdan este "vergel de belleza sin par" o que se pierdan en él, que para el caso es lo mismo.

Loque aduce para justificar su imperdonable falta, aparte del vil metal (que tiene toda la razón, venir y vivir en una isla cuesta caro. No hay más que ver que los ricos del mundo, nada más hacerse ricos ¿qué es lo que hacen? Comprar una isla, que es el lujo más lujoso de todos los relujos), de lo lejos que está (por el mismo precio -¿qué digo el mismo? ¡por menos!- igual se puede uno ir a París, por ejemplo. Pero ¿qué es París al lado de Tenerife? Nada de nada, boñiga de vaca), de que su vacación, como el cirio, es corta y su obligación laboral, como la procesión, es larga... aparte de todo eso, dice que le han hablado (ya se sabe lo chismosa que es la gente) de que aquí hay... -vamos a decirlo bajito- ¡cucarachas!

Ay, Loque, si yo te contara de las... Mira, me resisto a poner su nombre. Vamos a llamarlas "guachinangas", como si fueran mocitas mexicanas (de hecho, en la canción de "La paloma", las nombran: "Una linda guachinanga, válgame Dios..."). Bueno, pues si yo te hablara de las guachinangas y de mi fobia hacia ellas, este post sería más largo que "En busca del tiempo perdido". Que digo yo que el Supremo Hacedor bien podía haber hecho que yo naciera en el Polo Norte en lugar de aquí, aunque peor lo tienen en los trópicos, en donde creo que son del tamaño de camiones.

Se supone, sin embargo, que no nací así. Mi madre me contaba que con un añito me vio una vez cogiendo una guachinanga en la mano y mirándola muy interesada. Y, mal que me pese, me lo creo porque mi nieta Julia, que también ronda el año, agarra todo lo que puede, así sea un tigre de Bengala, lo examina por todos lados y hasta puede que le dé una buena mordida, ahora que tiene 8 dientes que parecen una sierra eléctrica.

La fobia tengo que haberla desarrollado por vivir hasta los 12 años en una casa con patios y plantas, cerca del Parque, desde donde llegaban revoloteando alegremente y pegándome unos sustos de muerte. Pero en esa misma casa vi la plaga de langosta del año 59 y ¡bien que me divertí cogiéndolas y metiéndolas en frascos para llevarlas al colegio...!

Yo, que soy tan sensata, intento racionalizar y me digo que más peligro tiene una araña venenosa, una buena víbora, el lobo feroz o uno de Jazztel. Pero nada, sigo protagonizando episodios bochornosos, como cuando, de joven, paseaba con un chico y lo dejaba de pronto hablando solo mientras yo, corriendo, desaparecía en el horizonte sacudiéndome las faldas cual gacela despelujada; o aquella vez que hice un striptease, al posárseme una guachinanga en la mano, mientras ordenaba al volver de vacaciones: fui por toda la casa en un alarido aterrador hasta el cuarto en donde estaban mi madre, mi marido y mi hija Ana (que entonces tenía 2 años y me miraba con ojos como platos), mientras me iba quitando toda la ropa de encima.

Pienso que a lo mejor el origen de esta fobia está en un virus que me nubla el juicio y la sensibilidad. Después de todo, García Lorca en "El maleficio de la mariposa" habla de un guachinango enfermo de amor. Pero, por más que me gusta Lorca, no veo yo en una guachinanga ni belleza, ni poesía, ni glamour.

Están en todas partes (hasta en Madrid, Loque) y dicen que, si hubiera una catástrofe  nuclear, ellas serían las supervivientes ¿Qué hacemos, entonces, quienes no las podemos ver sin que nos dé una sofoquina? Por lo pronto -y ya que esta isla tiene sólo 2 puntos cardinales, norte y sur-, vivir en el norte, en zonas fresquitas. Así que, tranquila, Loque, puedes venir cuando los caudales y el trabajo te lo permitan, porque, por el lado de las guachinangas, por mi casa no ha aparecido ninguna en los 32 años que llevo viviendo aquí.

Aunque ahora que lo pienso y entre nosotras, ¿será porque se las han comido las ratas?




(Las fotos las hice en mayo, subiendo al Teide, cuando la retama está florida y el aire, limpio, y una no piensa en las serpientes ni guachinangas que todo paraíso esconde)




(Este marcador con una guachinanga me lo mandó mi amiga Flor. que es una artista como la copa de un pino. Me dice que fue uno de los últimos que dibujó antes de jubilarse y que espera que no me dé repelús y que me sirva de terapia. La prueba de que de la realidad al arte hay mucho trecho es que no me da nada de repelús. Gracias, Flor.
El cuento es de otra amiga y compañera de labores de Biblioteca, Lola Suárez)

lunes, 11 de agosto de 2014

Nada es eterno




"Cierto día, cuando (Wendy) sólo contaba dos años, estaba jugando en un jardín; arrancó una flor y corrió a llevársela a su madre. Es de suponer que debía estar encantadora, pues la señora Gentil, poniéndose una mano sobre el corazón, exclamó: "¡Oh! ¿Por qué no habrías de quedarte así para siempre?". Nada más que esto sucedió entre las dos, pero, desde entonces, Wendy supo que crecería. Se sabe esto siempre después de cumplir los dos años. Los dos años son el principio del fin".

James M. Barrie, el autor de "Peter Pan y Wendy", uno de los libros más deliciosos que he leído, puso el dedo en la llaga: nada es eterno. Y desde esos dos años en los que todos, como Wendy, fuimos conscientes de ello, la vida nos ha dado muchas ocasiones de comprobarlo.

Gentes que desaparecen sin más ni más -¿qué habrá sido de Marilena, o de Javierín, o de María José, de aquellos que dimos por supuesto en un momento que formarían parte de nuestra vida?-; paisajes que, cuando vuelves al cabo de los años, ya no están y ni siquiera puedes ubicar la casa en la que viviste y fuiste feliz; ventitas, casas de comida, comercios de toda la vida que simplemente se esfuman; objetos bellos en los que te deleitaste y que ya no existen; recuerdos que de repente tocan a la puerta de tu memoria y que miras con sorpresa... ¿A dónde fue a parar todo lo que vivimos?

Este mes han cerrado "La Cairosa", la tasca de la carretera de mi pueblo, que nos sacó de tantos apuros cuando trabajábamos ¿Que no había tiempo de cocinar? No había problemas: una llamada a "La Cairosa" y, al volver del Instituto, allí estaban la cazuela de pescado o la pata con ensaladilla esperándonos para llevarlas a casa. Cuando hace unos días vimos el letrero de "Se vende", todos en mi familia nos miramos y dijimos: "¡Nada es eterno!"

Y esta semana desapareció también la cabecera de este blog. "Algo habrás hecho", me dice mi hija que es proclive a echarme las culpas. "¿Yo? ¡Si cada vez que toco un botón, por miedo a equivocarme, rezo una salve antes, como si fuera a hacer un huevo pasado...!". Pero ahí está la realidad: mi habitación del blog de la jubilada, esa pared tan mía, con sus "Girasoles" y "La noche estrellada" de Van Gogh, con su retrato de Jane Austen, con su jarra de cerveza, sus libros y su violín, con su ventana abierta al mundo... desapareció, se fue, se borró, igual que todo lo pasado. Y no se sabe, además, por qué escondidos celajes andará. Nada es eterno.

Te da pena. Pero luego piensas que estamos en verano, que es tiempo de renovar y cambiar: pintar la casa, barnizar, comprar una funda nueva para el sofá, reciclar las plantas, poner flores nuevas en las ventanas, ventilar armarios y desechar lo viejo, celebrar el cambio. Así que mi hija me ha ayudado a darle un toque actual al blog con otra cabecera que en principio encuentro muy lejos de la otra, tan llena de color y cercanía. Pero, al final, ese sillón y esa consola estaban en el vestíbulo de la casa de mi infancia y pienso que representan el pasado trayendo voces antiguas y el olor del café. Y, aunque no me gustan las jaulas, esas están abiertas y se parecen a los comederos, siempre llenos de pájaros, que tenemos colgados en los árboles del huerto -el presente, tan variado y tan inasible como su vuelo-. Y pienso que del pasado y el presente se nutre este blog. Y me reconcilio con la nueva cabecera y pido a mi hija que sobre la consola ponga unas flores rojas que le den un toque de hogar.

Nada es eterno... y menos mal.

lunes, 4 de agosto de 2014

Contra diligencia, pereza




Si ahora les preguntáramos a nuestros hijos y nietos por los pecados capitales, muchos nos contestarían: "¿Los qué?". Y, sin embargo, los que fuimos niños en los 50 y 60 los tenemos grabados a sangre y fuego, fruto de años de catequesis y lavados de coco.

Primero fue la matraquilla de aprendérnoslos de memoria con sus correspondientes virtudes: Contra soberbia, humildad; contra avaricia, largueza; contra lujuria, castidad; contra ira, paciencia; contra gula, templanza; contra envidia, caridad y contra pereza, diligencia.

Después, y sobre todo con respecto a la pereza (en la que me voy a centrar hoy, no sea que me pierda por los cerros de las "Cincuenta sombras de Grey", las películas de Tarantino o las pambufadas de las celebraciones), venían los cuentitos edificantes, como el de la plasta de la hormiga laboriosa frente a la alborotada cigarra.

Y por último, las descalificaciones y el ponerte como un zumeque si te descarriabas de la senda trazada. "¡Gandula, que eres una gandula!" era el más flojo de los insultos y hasta en la Biblia se dice, doliente: "¿Hasta cuando, perezoso, estarás metido en la cama?".

Pero, a pesar de todo, qué quieren que les diga, en eso de la pereza yo, como en la canción de Enrique Guzmán "El pecador", reconozco, señor, que soy culpable, la, la la. Y, como Oscar Wilde, John Lennon, Mark Twain, Nietzsche, Lord Byron y un montón de haraganes más que en el mundo han sido, levanto la bandera de la gandulería y la reivindico como virtud, sobre todo ahora, en estos agostos veraniegos en los que el alma se relaja y la laboriosidad parece algo de otro universo. Ahí estamos todos tumbados a la bartola bajo el sol, a lo mejor con una copa de vinito blanco frío en la mano, sin hacer ni pensar en nada, y menos en que estamos cometiendo un pecado capital por el que tendríamos que darnos golpes de pecho.

Háganme caso, hasta Adán y Eva se lo pasaban pipa en el Paraíso sin dar un palo al agua y nadie les tosió hasta lo de la manzana. No fue la pereza, sino la gula, lo que es pecado (y además engorda) y el castigo merecido para ello es el trabajo.

¡Ah, la holgazanería, el ocio, la vagancia, el dolce far niente, la pereza...! Neruda la cantó y la representó desnuda y milagrosa: "Me llevó deslumbrado / y soñoliento, / me descubrió en la arena / pequeños trozos rotos / de sustancias oceánicas, / maderas, algas, piedras, / plumas de aves marinas".

Marx la recomendó como solución para todos los males: que las máquinas trabajen para nosotros y podamos dedicarnos al ocio, que es lo que nos hace humanos. Y Georg Simmel dijo que "toda actividad no es más que el puente entre dos perezas, y toda cultura se afana para hacerlo cada más corto". Eso, eso, vacaciones más largas, ya.

Descartes concibió el "Discurso del Método" mientras ganduleaba en Alemania, calentito y abrigadito: "... no teniendo tampoco, por fortuna, cuidados ni pasiones que perturbaran mi ánimo, permanecía todo el día entero solo y encerrado junto a una estufa, con toda la tranquilidad necesaria para entregarme a mis pensamientos".

¿Y qué creen que estaba haciendo Newton debajo del árbol cuando le cayó encima la manzana que puso en marcha la ley de la gravitación universal? Nada de nada, rascarse la barriga y mirar a los celajes.

El pensamiento, el arte, la ciencia, nacieron de la pereza. Así que invirtamos la recomendación: contra diligencia, pereza. Hagamos odas a la siesta (esos momentos de nirvana total que los envidiosos -otro pecado- nos quieren quitar), relajémonos sin que nos perturben los remordimientos, a la porra las agendas y los relojes, durmamos como benditos y seamos perezosos a conciencia. Porque, como en el cuento de Lewis Carroll (mucho más creíble, dónde va a parar, que "La cigarra y la hormiga"), sólo de una tarde dorada y ociosa a la orilla de un río, como le pasó a Alicia, puede surgir un país de las maravillas.