lunes, 28 de abril de 2014

Un mundo sin chocolate




La lectura de los periódicos esta semana pasada me ha dejado estupefacta y transida de congoja.

No es por la cantidad de gente que parece haber comido, merendado, desayunado o picoteado con Gabriel García Márquez, hasta el punto que la escritora y periodista Marta Rivera de la Cruz haya dicho: "¿Seré yo la única desgraciada que no ha conocido en persona a García Márquez?". Oh, estoy pensando en hacer un club con los que sólo lo hemos leído... Pero no va por ahí mi pena, penita, pena, no.

No es tampoco porque me haya enterado de que el cardenal Bertone, el ex-secretario de El Vaticano, se ha jubilado yéndose a vivir a un ático de casi 700 metros cuadrados con tres monjas a su servicio. Después de todo, el pobre, igual necesita más espacio para guardar sus cosas...

No, lo que me ha dejado pasmada, fané y descangallada es la noticia de que en el año 2020 (a la vuelta de la esquina, como quien dice) podría acabarse el chocolate por culpa de los chinos. Éstos, que son un montón, se han chiflado tanto con él que, de aquí a 6 años, igual no queden suficientes semillas de cacao para atender a tanta demanda. Que ya podrían cortarse un poco, digo yo, porque ¿quién puede imaginarse un mundo sin chocolate?

En un mundo sin chocolate, la señora Pomfrey, la profesora encargada de la enfermería de Hogwarts, tendría que recurrir, para curar a Harry de sus caídas jugando al quidditch, al Termalgin, al Nolotil o a cualquier medicina normal, en lugar de a las ranas de chocolate ("Harry Potter y la piedra filosofal" de J.K. Rowling).

En un mundo sin chocolate, Bernarda Cabrera, la madre de Sierva María de Todos los Ángeles, se tendría que conformar con verduritas y ensaladas, en lugar de atiborrarse de tabletas de cacao y miel fermentada ("Del amor y otros demonios" de Gabriel García Márquez).

En un mundo sin chocolate, Vianne Rocher, la propietaria de "La Céleste Praline", la chocolatería del pueblo Lansquenet-sur-Tannes, no podría adivinar cuáles son los bombones preferidos de sus clientes ni ofrecer esa sabrosa taza de chocolate con virutas de cacao y chantilly. "Mmmmm... Es como si me acabara de morir y fuera directa al cielo"- dice Armande" ("Chocolat" de Joanne Harris).

En un mundo sin chocolate, Tita no hubiera podido preparar -con mucho amor- el mole de guajalote con almendra y ajonjolí, ni el champandongo, ni el chocolate de reyes. "La bondad del chocolate depende de tres cosas, a saber: de que el cacao esté sano y no averiado, de que se mezclen en su fabricación distintas clases de cacao, y, por último, de su grado de tueste". ("Como agua para chocolate" de Laura Esquivel)

En un mundo sin chocolate, Willy Wonka no habría podido construir en su fábrica un río de chocolate con esa cascada que mezcla, bate, tritura, desmenuza y hace ligero y espumoso el chocolate. "Es el chocolate más exquisito que he probado nunca" "Eso es porque ha sido mezclado en una cascada" (Charlie y la fábrica de chocolate" de Roald Dahl).

Y lo peor. Si no hubiera chocolate en este mundo real, no habría ni huevos ni mona de pascua, ni bombones, chocolatinas o trufas, ni tarta sacher vienesa, ni bombón gigante, ni esos tres reyes magos de chocolate que aparecen misteriosamente todos los 6 de enero al lado de las tres copitas que les he puesto la noche antes ¿Mojaremos los churros en menta-poleo? ¿Y qué haré sin mi cuadradito diario de chocolate después de comer? ¿Cómo será un mundo sin el burbujeante y espumoso alimento de los dioses aztecas, sin el regalo que Kukulkan hizo a los mayas y Cortés al resto del mundo, sin el dulce y amargo elixir de la vida?

Un desastre.


lunes, 21 de abril de 2014

Cuéntame una noctalia




Así se llama -"Cuéntame una noctalia"- una deliciosa novela de Mónica Gutiérrez que me he leído hace poco. Habla de un pueblito de Transilvania, Mic-Napoca, de 323 habitantes y que ni siquiera figura en los mapas, una aldea de piedra gris al que vuelve la protagonista, Gracia Bratianu, tras dejar detrás una brillante carrera de cirujana en Londres.

Mic-Napoca es el pueblo de nuestros sueños, lo cual no quiere decir que sea perfecto -después de todo está ocupado por humanos. Pero unos humanos entrañables: un abuelo sabio que lee a los clásicos, un boticario cotilla, un locutor sui géneris que todas las mañanas retransmite en directo su boletín de noticias desde su pajar ("Os recuerdo que el señor Visi sigue teniendo las zanahorias de oferta..."), un niño que huele a natillas y en cuya sonrisa bailan los ángeles... O Teresa, la propietaria del Sinaloa, el café del pueblo, que conoce los gustos de cada uno aunque tú no lo sepas ("En el Sinaloa nadie pide, Teresa adivina").

Pero el verdadero protagonista es ese pueblo, arrullado por el sonido del río, que huele a aire limpio, a madera quemada en las chimeneas, a heno recién cortado, a pan... Con el horizonte de los Cárpatos nevados y el aullido de los lobos de fondo, el pueblo es el refugio al que los desorientados -Teresa, Lena, la propia Gracia- llegan. Es el hogar: "Tú naciste aquí -le dice Teresa a Gracia-. Tu infancia todavía corre por estas calles. cada una de estas piedras lleva grabados tus recuerdos y tu risa. Creo que podrías ser feliz en cualquier otro sitio. Pero sólo aquí es imposible que seas desgraciada.".

El mismo día en que la terminé de leer -con una sonrisa en los labios; es de esas novelas- , leí un artículo en una revista en el que se hablaba de Pekín. En Pekín, decían, es normal ir con mascarilla por las calles por la alta contaminación y los padres ricos llevan a sus hijos a guarderías con purificadores, cubiertas de burbujas hinchables, en un intento de que los niños respiren aire sano ¿Quién quiere vivir así? ¿No estaremos pagando un precio muy alto por la civilización? ¿A qué tendríamos que renunciar para respirar mejor, más bien para vivir? ¿No sería mejor poner un Mic-Napoca en nuestras vidas?

Cuando yo era pequeña, en aquellos tiempos en los que no había casi coches en Santa Cruz, nuestro médico de cabecera, Don Agustín Pisaca, le dijo a mi madre que nos llevara en el verano al campo, lejos de la contaminación y los calores de Santa Cruz. Mis padres alquilaron una casita en la Finca España (que, aunque parezca mentira ahora, entonces era el campo, con sus rebaños de cabras por las calles y sus huertas), y después vinieron veranos en Bajamar, Los Realejos, Los Sauces..., siempre siguiendo el sabio consejo de Don Agustín.

Y, en mi caso, cuando hubo que elegir un hogar, mi Mic-Napoca es ahora el pueblo donde vivo y la casa en las afueras en donde se criaron mis hijos, la Casita Blanca, como la llaman mis nietos. Es verdad que sólo pasan cinco guaguas al día y que colegios y tiendas están lejos, pero me despierto con el ruido del viento en los árboles y vivo en el silencio.

La "noctalia" del título se refiere a "los cuentos que se explican desde siempre alrededor de un buen fuego. Para que sea una verdadera noctalia, deben darse tres condiciones indispensables: que sea de noche, que haga frío y que todos los que están sentados escuchando estén cansados. Sólo así la noctalia da consuelo, porque siempre encierra un mensaje de esperanza. Como un faro, una luz cálida, para los que están perdidos y exhaustos, en busca del camino.".

Tal vez ya no quedan Mic-Napocas en este mundo de bocinas, polución y media locura. Pero las noctalias -y esta novela lo es- señalan el camino de los buenos sueños y enseñan "que el hogar está allí donde una desea volver al final del día".


(Para los que quieran descargarse la novela pueden pinchar aquí. No hay mejor autorregalo para esta semana del Libro)

lunes, 14 de abril de 2014

Historias de Los Sauces: la historia de Víctor




Víctor y los demás niños de Los Sauces estaban pasando por un lamentable estado de falta de liquidez. No es que se necesitara mucho dinero para pasarlo bien en el pueblo. Tenían los boliches, el fútbol, los baños en el Charco y todos los juegos que huertas y calles podían brindar. Pero, ah, estaba también el cine y eso era algo que no podían dejar de lado. Más cuando, para colmo, Juan Pulga a cada rato tronaba por el altavoz del cine anunciando las películas:
- ¡¡¡"Ahí viene Martín Corona"!!! El sábado en el cine Sauces gran estreno de la película "Ahí viene Martín Corona". Con Pedro Infante y Sarita Montiel. ¡¡¡"Ahí viene Martín Corona"!!!
¿Quién puede resistirse a tal llamado? Ellos, desde luego, no.

Bien es verdad que, en anteriores ocasiones, Víctor y sus amigos se habían colado audazmente, subiendo por el tejado de al lado, saltando al techo del water del cine y de allí al suelo. La maniobra les había salido bien una vez pero no contaron con lo endeble del techo del water y la siguiente vez que lo intentaron, cuando estaba pasando Adalberto, el techo del water se vino abajo y él cayó sobre el mismísimo Julián Marante, el dueño, que estaba en ese momento ocupándolo. El susto de ambos fue mayúsculo y ni qué decir tiene que Don Julián habló con cada uno de los padres y, aparte de que no pudieron sentarse en una temporada, las asignaciones se recortaron todavía más.

Fue entonces cuando, movidos por la urgencia de la situación, decidieron dedicarse a los negocios.

Empezaron vendiendo estampitas de santos, que recolectaban en sus casas o en la iglesia y enmarcaban "artísticamente" (Mariano era el que tenía mejor mano para ello), y que por una perra gorda ofrecían en las casas de Las Cabezadas, allá por Barlovento, lejos de los oídos paternos.

Pero pronto comprendieron que no era por la vía piadosa como se iban a hacer pudientes, no. Igual que Al Capone hizo con el alcohol, Víctor y sus amigos cayeron en que lo único que les iba a dar dinero era el vicio y pusieron sus miras comerciales concretamente en los cigarrillos Kruger.

Trabajosamente diseñaron la estrategia: invertir el escaso capital que entre todos reunieron en comprar los cigarrillos y luego vendérselos por media peseta más a Maruca la Recovera, que tenía una ventita al lado de las de Gregorio el Trajinero y de Eusebio el de La Jara (era algo así como el Centro Comercial de entonces), cerca de la Alameda. Pero su gozo en un pozo cuando Rafael, el marido de Maruca, les dijo que allí no vendían esos cigarrillos.

Más pobres que antes y con todo el capital invertido en una mercancía sin salida, los niños estaban desesperados ¿Qué hacer? Y debe ser que la necesidad aguza el ingenio porque entonces se les ocurrió una campaña de marketing impecable. Convencieron a amigos y hermanos mayores de que pasaran por la venta de Maruca como quien no quiere la cosa y preguntaran al marido: "Oye, Rafael ¿tú tendrás cigarrillos Kruger?".

Después de un par de días en los que le pidieron una docena de veces lo mismo, Rafael, en cuanto vio pasar a uno de los compinches (que se dejaban caer de tanto en tanto frente a la tienda), lo llamó y le dijo: "Mira, véndeme esos dichosos cigarrillos del otro día, que me los están pidiendo a cada rato".

Y así fue como aquellos niños -que el sábado siguiente contemplaban felices, desde su butaca pagada en el cine Sauces, a Martín Corona en su caballo- aprendieron, sin que nadie se lo hubiera enseñado nunca, la ley de la oferta y la demanda.



(En las fotos, el lugar en donde estuvieron las ventitas. En la foto inferior, se ven al fondo desde la Plaza. Eran los años 50-60, más o menos cuando Víctor y sus amigos se hicieron negociantes)

lunes, 7 de abril de 2014

Oleadas de pánico




Hace pocos días leí en el periódico el vaticinio que hace un filósofo americano (con pinta, además, de filósofo, un Hegel redivivo casi), llamado Dan Dennett: "Internet se vendrá abajo y, cuando lo haga, viviremos oleadas de pánico mundial". Dennett piensa que es cuestión de tiempo que la red caiga, que cualquier experto en el tema te dirá lo mismo y que nunca en la historia de la humanidad hemos sido tan dependientes de algo. Jamás.

¿Qué solución ve él ante este naufragio total que se nos viene encima? Estar preparados, dice. Que el cataclismo nos coja confesados.

Como los filósofos han sido los que me han dado de comer, yo les hago caso en todo, faltaría más. Así que en eso estoy ahora: preparándome, tomando conciencia del presente y buscando en el pasado los botes salvavidas que Internet arrambló ¿Qué depende de Internet? ¿Qué había antes?

Están los bancos, claro. En ese momento futuro, nada de ir con tu ClaveCard a esa ventanita mágica en la que pones un número y ¡tachán! ella te da dinero. Entonces ¿qué hacemos? No pasa nada, cuando yo empecé a trabajar nos pagaba un "habilitado" -en mi caso, Don Gregorio- que contaba cuidadosamente las 18.000 pesetas que cobrábamos (éramos cieneuristas), nos hacía firmar un papel y ya está. Así pues, volveríamos al habilitado y ¡más puestos de trabajo!

Está la cultura, que ahora se baja de Internet tan ricamente y así tenemos libros, música y películas gratis. Pero tampoco pasa nada, empezaríamos otra vez a ir al cine, desempolvaríamos el viejo tocadiscos, compraríamos discos de 33 revoluciones y libros de papel y los artistas verían recompensado el fruto de su trabajo.

Está el tema de mi blog, pero lo escribiría en hojas y con ellas haría un libro muy gordo que a lo mejor algún día alguien leería. La pena es que no tendría los comentarios de ustedes pero todo no se puede tener.

También el tiempo que hace lo conocemos ahora con tanta precisión que los antiguos chistes de meteorólogos no tienen ningún sentido. Los satélites nos transmiten corrientes marinas, borrascas y anticiclones, haciendo que sepamos sin ninguna duda cuándo se avecina una tormenta (o "se atormenta una vecina", como ponía hace un mes en el cartel de la autopista). Pero tampoco habrá problema. Sacaremos del baúl de los recuerdos al monje aquel que predecía el tiempo con un bastón o le haremos caso a la tía Juana, que sabía que iba a llover por el dolor de los juanetes.

La investigación sería de verdad, nada de poner en San Google, por ejemplo, "Homero, Iliada, primeros versos" y verlos aparecer en un pispás, no. Ahora tendrás que ir a una biblioteca, hacerte el carnet de lector, pedir el libro y leer con deleite lo de "Canta, oh Diosa, la cólera del Pélida Aquiles, cólera funesta...". Y, si quieres saber más del caballo de Troya, de Patroclo, de Héctor, de la bella Helena, de Schliemann...hale, a leer libros y libros que te consumirán horas de tu tiempo pero que te abrirán, con tu esfuerzo, la mente a un mundo ya desaparecido.

Los viajes, ahora que los aviones ya no tendrán sofisticados mecanismos digitales, igual recuperarán el sabor de los antiguos trayectos oceánicos, tan largos que daba tiempo hasta a mantener un romance con Cary Grant (véase "Tú y yo"). Todo, como ven, serán ventajas sin Internet.

¿Y los teléfonos? ¿Volveríamos a las centralitas?... Un momento, un momento ¿No tendría móvil? ¿No tendría el guasap con los amigos? ¿No hablaríamos diariamente de recetas, de los nietos, de libros leídos, de lo que nos pasa? ¿No nos mandaríamos las fotos de las comilonas ("Hoy tocó comida basura ¡Qué rico!) y de los viajes ("Yo delante de la Giralda y olé")? ¿Y los chistes y chorraditas? ¿No tendré ese contacto cotidiano que sabe igual que una palmadita en el hombro? ¿No habrá nada de eso?

¡Cielos, me está llegando la primera oleada de pánico!

(La imagen es "El grito" de E. Munch)