lunes, 24 de febrero de 2014

Una montaña de basura




Cuando yo era chica, Santa Cruz por el sur terminaba en el Barrio del Cabo y la Ermita de Regla, territorio comanche que pisábamos rara vez. Más allá empezaba la Terra Incognita. Sabíamos, sí, que existía el Lazareto -al que algunos comparaban poco menos que con Molokai, la isla de los leprosos- y el Vertedero, enorme montaña de basura creada con todos los desechos y trastos viejos de aquel Santa Cruz.

La semana pasada mis amigas y yo, dentro de lo que hemos dado en llamar, pomposa y toscaleramente "Er Plan Curturar" (visitas culturales, que son un magnífico pretexto para después irnos a alegar y a reír en torno a una mesa de cualquier tasca), hemos ido por primera vez a aquella montaña de basura, reconvertida ahora en un jardín botánico, el Palmetum: 12 hectáreas de extensión con 400 especies de palmeras y con árboles llegados de todo el mundo.

Un paseo entre árboles cualquier mañana no sólo es un deleite -escucharlos, sentirlos, olerlos, absorber su luz-, sino también una cura de humildad. Ellos -raíz y hojas, tierra y cielo, como los del Bosque de Fangorn de los que habla Tolkien- marcan el tiempo desde su altura y permanencia más allá de todos nosotros. Y nos enseñan.

Allí, en el Palmetum, hay baobabs como los que el Principito quería erradicar de su planeta; manglares de Madagascar a ras del agua, bajo los que vive una familia de patos negros que en su migración decidió quedarse a vivir aquí; uvas de mar y dátiles de todos los colores; árboles del pan, tal cual si estuvieran esperando a los marineros de la Bounty; orquídeas enormes en palos de vainilla trepando por los muros; un bosque de araucarias traído de Nueva Caledonia; el palo Borracho o árbol del algodón, con sus blancas bolas vaporosas; la barringtonia asiática, cuya flor, bellísima, nace en las mañanas de verano y muere al mediodía; el árbol del noni de la Polinesia, que tiene un fruto feo y que sabe a rayos, pero que dicen que lo cura todo; los cocoteros, buscando el mar, y el más grande, el Ficus Religiosa, un descendiente de la higuera sagrada bajo cuya sombra Sidharta Gautama -Buda- alcanzó la iluminación hace ya más de 2500 años.

¡Y las palmeras! De todas las clases y lugares, tan decorativas ellas. La palmera negra de los elefantes, que se rascan el lomo en su áspera corteza y que son los únicos que se pueden tragar sus semillas, duras como piedras; la palmera rasgada, la del azúcar, la africana del aceite, la tahína, superprotegida y luchando por crecer; la palmera californiana de agua, la Cola de Zorra australiana; las palmeras reales y barrigonas de Cuba. La palmera canaria, tan nuestra...

Un universo verde para recorrer en esta mañana tibia de invierno, entre veredas, puentes sobre riachuelos y cascadas, bancos para descansar -que ya tenemos una edad- y miradores que descubren vistas diferentes sobre el mar, las montañas -nevadas en la cumbre- y la ciudad. Y a cada rato, el comentario: "¡Y pensar que todo esto, tan hermoso, salió de una montaña de basura!".

Pero no debería extrañarnos. Conocemos personas que han llegado a ser grandes habiendo nacido en ambientes miserables. Pueblos que se han levantado sobre ruinas. Proyectos que han crecido después de tsunamis. Etapas sociales florecientes tras etapas oscuras de corrupción.

Al final, el paseo por el Palmetum no sólo fue un rato muy agradable bajo y entre los árboles. Casi sin darnos cuenta, se convirtió en un símbolo que nos hace confiar a los ilusos, a los optimistas, a los utópicos, a los esperanzados, en que sobre cualquier montón de mierda puede nacer la más bella flor.














(Las fotos son de mi amiga Chari, que es una artista)

lunes, 17 de febrero de 2014

Los alegres caminantes




Hacer una ruta de los almendros en flor por las tierras altas de Santiago del Teide, en un lunes de febrero en que brilla el sol a ratos y una brisa suave acompaña los pasos, puede ser la base para un estudio antropológico sobre los distintos modos de relación que con la naturaleza tienen dos grupos sociales bien determinados.

Tomemos, por ejemplo, al Grupo A, los Circunspectos Alemanes (los CA), unos 12 individuos que han llegado hace poco a la isla con la sana intención de recorrer sus caminos y, de paso, tostarse un rato al sol. Este lunes de febrero se levantan todos a las 7 de la mañana y se meten entre pecho y espalda un saludable, energético y frugal desayuno que los prepare para acometer la caminata de 17 km. que piensan hacer. A las 8 ya están caminando desde Santiago del Teide hasta Arguayo.

El Grupo B, los Alegres Caminantes (los AC) son 6 personas del país con el mismo objetivo, hacer la ruta de los almendros en flor. Sólo que estos se levantan a las 9,30, su desayuno no pretende presumir de frugal y en él abunda el jamón serrano, el queso manchego, los bizcochos de nueces y otras viandas anticolesterol. Hacen luego un sobredesayuno comentando las noticias del día llegadas vía guasap y sobre las 11,30 deciden ponerse en marcha, que no hay ninguna prisa, oye.

El Grupo A, los CA, lleva preparada la ruta desde un mes antes: salida desde Santiago del Teide, Arguayo, Valle de Arriba, tantos kilómetros, tanto tiempo, hora de salida, hora de llegada.

El Grupo B, los AC, sin llevar nada preparado, confían en encontrar a alguien en el Punto de Información de Santiago del Teide (estaba cerrado), o en el Ayuntamiento (había un despacho con tres mesas todas vacías) o en la tienda de enfrente (no había nadie tras el mostrador). Deciden salir al tuntún. (Nota: Averiguar la cuestión siguiente: ¿Estarían todos juntos tomándose el piscolabis de media mañana? Investigar para la próxima ocasión. Y, de paso, acompañarlos).

A las 12, tras varias vicisitudes y preguntas a una señora del lugar y a dos amables agentes de la Brigada Forestal que descansaban de sus quehaceres fumándose un cigarrito frente a la Cruz de los Baldíos, los Alegres Caminantes empiezan a caminar desde el Valle de Arriba. A las 12,30 se cruzan  con el grupo de Circunspectos Alemanes que vienen de retirada ya.

Los CA van todos en fila india y no hablan apenas. Todos llevan gorra, bastón de caminantes, botas de marcha, mochila y botellita de agua. En los ojos, la determinación de un general ante el objetivo.

Los AC van cada uno por su lado. Uno se para a hacer una foto; otro recoge unas hierbas de la familia del poleo con un delicioso olor a limón para añadirlo a un licor que está haciendo estos días; otra manda guasaps a las amigas; dos hablan de que la próxima vez traen los ingredientes para una paella para hacerla debajo de un pino que se ve muy propio, él. Ninguno lleva gorra ni bastón ni botellita de agua ni nada. Bueno, móvil, sí.

Los CA llevan 5 horas caminando.

Los AC, a la hora y pico dicen que ya está bien, que ya han visto almendros para dar y regalar y que se impone volver al coche y acercarse a Arguayo a tomar una cervecita.

A la hora del almuerzo los dos grupos coinciden en la terraza de una tasca que hay cerca. Desde allí ven parte del paisaje recorrido, mientras prueban un queso fresco de Arico y se refrescan con el primer trago de cerveza. Enfrente están las coladas oscuras del Chinyero; allá arriba, el Teide nevado; y en todo alrededor, los mil verdes distintos en este sur de la isla que no está acostumbrado a tanta lluvia como la que ha caído este año. Les sirven una carne de cabra con papas arrugadas y vinito del país que se cuela rápido. Un cuervo sobrevuela la escena mirando con curiosidad. En las mesas se habla del paseo, de la maravilla de los almendros, que cubren laderas y bordean caminos tiñendo de rosa y blanco el paisaje, en el que conviven con higueras y pinos, con tabaibas y tuneras. Los escobones también están en flor.

De postre, hay una tarta hecha con las almendras de este valle pródigo.

Al levantarse, el calor del vino y la comida, el sol que brilla y dora los rostros, el aire limpio, el descanso después del camino, la belleza contemplada... va diluyendo diferencias y derritiendo la circunspección del Grupo A.

Al salir por la puerta, al final, todos son Alegres Caminantes.



lunes, 10 de febrero de 2014

Los hijos del farero




Mi amiga Marianela es hija de un farero. Hasta los 10 años vivió una infancia extraordinaria en el faro de Alegranza, la más septentrional de nuestras islas. Abría la puerta del faro y allí estaba la isla, desierta y arropada por el sonido del silencio y el bramar del mar y el grito de las pardelas. Una isla entera a disposición de ella y su familia, con veredas, jameos y caletas para recorrer y jugar, con charcos transparentes donde bañarse, y con nombres tan exóticos como Montaña de la Rapadura o las Salinas Escondidas.

Era una vida, recuerda ella, de completa libertad y abundancia. Había gallinas que proporcionaban huevos, y cabras -que estaban sueltas por la isla y que al anochecer se acercaban al faro a beber agua-, de las que obtener leche y quesos. Y, por supuesto, todo el pescado  que  quisieran. Su padre, en menos de media hora, podía recoger un pulpo, lapas y burgados para una paella; o pescar cabrillas o viejas para el almuerzo. Muchas veces la merienda de los niños era una enorme bandeja de cangrejos rojos, grandes como flores tropicales ¡Qué suerte para una niña ser, en aquellos tiempos, la hija del farero!

Y, sin embargo, qué impresión tan distinta hemos tenido siempre ante los faros que hemos visto en la vida: el de Orchilla, que señalaba el fin del mundo; el de Punta Tostón, entre la arena blanca de Fuerteventura; el de San Sebastián de la Gomera, que en las noches claras del sur nos hace un guiño desde enfrente; el del Porís, al pie de cuyas paredes una noche, de madrugada,  vimos el Cometa Halley; la Torre de Hércules en La Coruña, poderosa frente a la Costa de la Muerte; la luz casi fantasmal de un faro desde el mar... Todos ellos nos hacen imaginar una vida  aislada y dura, solitaria y, a veces, peligrosa

Luis Cernuda empieza su poema "Soliloquio del Farero" diciendo "Cómo llenarte, soledad, sino contigo misma". Y más tarde:
"Acodado al balcón miro insaciable el oleaje,
oigo sus oscuras imprecaciones,
contemplo sus blancas caricias;
y erguido desde cuna vigilante
soy en la noche un diamante
que gira advirtiendo a los hombres
por quienes vivo aunque no los vea..."

Así imaginamos a los fareros, otro de los oficios que están desapareciendo y que ha sido siempre un trabajo duro, aunque a veces se vaya a parar a sitios idílicos como Alegranza. Representa el triunfo ante las adversidades y requiere coraje. El mismo que vemos en esa imagen al pie de este escrito: un faro de Bretaña, rodeado por la furia de las olas, y en cuya puerta se ve al farero, pequeño y expuesto, pero impertérrito ante ellas y atento sólo a la luz que guía los barcos. 

También la vida consiste en batallar contra las circunstancias. Nuestros antepasados, fuertes frente a los elementos, sobrevivieron a las pestes, las guerras y las catástrofes en un mundo mucho más duro que el actual y en el que un número muy elevado de niños no llegaron a la edad adulta. Pero ellos sí, y concibieron hijos, nietos, biznietos y, siguiendo la línea de los siglos, a nosotros que, por ellos, estamos aquí. 

Como dijo Jostein Gaarder ("El misterio del solitario"), somos boletos ganadores, somos descendientes de los fuertes. Tal vez, al final, va a resultar que todos somos también los hijos del farero.

(Para Marianela y para su padre Agustín, que a sus 85 años conserva el espíritu y la curiosidad de los antiguos fareros. Con mi gratitud por compartir sus experiencias)




(Imagen inicial, el faro de Alegranza, foto cedida por mi amiga Marianela. Imagen final, el faro de Bretaña)

lunes, 3 de febrero de 2014

Historias de Los Sauces: la historia de Pepito




Pepito es uno de esos tantos sauceros que hay repartidos por el mundo y que, como si de una llamada atávica se tratara, regresan puntualmente a Los Sauces, como palomas al palomar, cada agosto y cada fiesta de los Indianos (y alguna más que se tercie).

Pepito es médico y ya va camino de los 60 pero los mayores del pueblo lo siguen llamando Pepito, acaso porque se acuerdan todavía de verlo de chico, con pantalón corto, al rabo de su abuelo Manuel por las huertas que éste tenía en Nueve Almudes o en la Quinta Zoca. O tal vez porque sigue conservando en los ojos una cierta inocencia, que lo hace muy atractivo.

Inocencia no es ingenuidad. Pepito sabe muy bien cómo se las gastan los sauceros a la hora de vacilar y quedarse con el personal. Todavía recuerda cuando, de pequeño, los padres (a lo mejor para preparar a su prole para mentiras más gordas que se habrían de encontrar en la vida) mandaban a los niños, por el día de los Inocentes, a casa del vecino a pedirle prestada, por favor, la llave de la cueva, y este lo mandaba a otro y a otro, y los tenían la mañana yendo de casa en casa por todo el pueblo. O también otro recado embaucador era que fueran al carpintero y le pidieran la tabla de gimnasia. El carpintero, a veces, harto de tanto chiquillo pidiendo lo mismo, les daba un tablón que los dejaba doblados como una alcayata.

Sí, Pepito conoce muy bien a sus paisanos. Aunque…

La otra mañana subió de La Calzada a la Plaza a hacer diligencias: un cafecito en el Danubio para arrancar y después, ir al Spar y a la ferretería, pasarse por la librería de Valentín y, a media mañana, parada obligatoria para una cervecita en ese mirador y noticiero universal que es el kiosco de la Plaza.

Según se va acercando a la mesa donde están sentados Eulogio y Vicente los oye hablar:
-         … un infarto fulminante…
-         … tuvieron que llamar a la familia, que ni se lo esperaba, imagínate.
-         ¿Quién se murió? – pregunta Pepito.
-         Don Amado, el cura.
-         ¡No me digas! – dice Pepito con el asombro del que, aunque no lo conoce mucho, lo vio anteayer mismo saliendo de su casa sano como una manzana.

Hablan un rato de todo eso de que “no somos nadie” y de que “para morirse sólo hace falta estar vivo” y, un tiempo después, se levanta porque todavía tiene que pasar por Correos. Cerca del Tanatorio ya ve a mucha gente arremolinada en la calle.

Por la tarde tiene que volver a subir porque se le olvidó comprar en la farmacia. Y, claro, se tropieza con el entierro y le cuesta Dios y ayuda encontrar un sitio donde aparcar. Al final lo hace, se acerca a la farmacia de Marcelo –llena de gente- y, mientras hace cola, alguien entra y Pepito oye una voz ronca que pregunta: “¿Quién es el último?”.

Se vuelve para decir “Yo”, se queda pálido y piensa: “¡Ya me la volvieron a jugar otra vez!”, mientras ve la cara ancha, sonriente y llena de vida de Don Amado, el cura.

(En la foto, la Plaza y el kiosco. Al fondo, el Ayuntamiento y la Alameda)