lunes, 29 de diciembre de 2014

La magia absurda de la navidad




El sábado pasado incorporé al blog un post de hace 4 años que llamé "El villancico cruel". Y, como andamos estos días entre villancicos, hoy voy a hablar de otro que podríamos llamar "el villancico absurdo". Y que conste que no tengo nada contra los villancicos (aparte de compadecer a dependientes y cajeros de los supermercados por tener que oírlos una y otra vez durante todo el mes de diciembre). Mi marido, que los colecciona, tiene algunos preciosos, dignos de figurar junto a la mejor música clásica. Pero esto no quita para que cuestionemos alguno de ellos.

Fue mi amiga Conchi la que me comentó por wasap del despropósito del "Rin rin, yo me remendaba, yo me remendé...", que empieza tal que así:
Hacia Belén va una burra (aquí el estribillo del rin rin)
cargada de chocolate.
Lleva su chocolatera (y vuelta al rin rin),
su molinillo y su anafe.

Conchi, sumida en dudas -¿La burra va solita? ¿Ella es la que hace el chocolate, tan pertrechada que va? ¿Cómo llevaba chocolate hacia Belén, si ni siquiera se había descubierto América ni encontrado tamaña exquisitez? ¿Sería otro tipo de "chocolate" el que llevaba la burrita? -, se preguntaba, pensando mal al final. Cosa no tan disparatada, porque las siguientes estrofas dicen:
En el portal de Belén
han entrado los ratones
y al bueno de San José
le han roído los calzones.
Y también: En el portal de Belén,
hay estrella, sol y luna,
la Virgen y San José
y el niño que está en la cuna.
Vamos a ver, ¿a San José se le ocurre quitarse los calzones (y quedarse en pelota o en calzoncillos) en un portal lleno de ratones (¡y con este frío!)? O si los tenía puestos ¿no se daba cuenta? ¿Llevaban una cuna cargando hasta Belén? ¿Veían el sol, las estrellas y la luna todo junto, allí dentro del portal? Mucho "chocolate" me parece... Por no hablar del "rin rin" (¿un despertador? ¿un timbre? ¿un teléfono?) ni del trabalenguas del "yo me remendaba, yo me remendé".

Yo le contesto a Conchi lo mismo que mis padres me contestaban a mí cuando inquiría por esos Reyes Magos con regalos absurdos, ¡oro, incienso y mirra!, para un niño: "Ah, eso forma parte de la magia de la navidad".

La misma magia que lleva a mis nietos a seguir creyendo en los Reyes Magos y a rastrear por internet el día 24 de diciembre a las 9 de la noche (ya se sabe que todo lo que sale en internet es una verdad como un templo) el trayecto de Papá Noel. "¡Ya está en Ankara! -decían- ¡De allí va a El Cairo, Nicosia y Siracusa! ¡Ya se está acercando!".

La misma magia que hizo que, por chiripa, me ganara, por primera y única vez en la historia, un premio de fotografía, en "Mugs and Books Special Christmas" (taza más libro navideño), propuesto en twitter por Mónica Serendipia (@MnicaSerendipia). Me quedé tan contenta que lo he pregonado por todos lados (me saluda el portero de una casa y le digo "¿Sabe que he ganado un premio...?").

La misma magia que nos lleva a pensar ingenuamente que durante unos días los hombres fraternizarán, como seres de una misma especie, que tienen el privilegio de compartir un espacio en el cosmos durante un tiempo determinado.

Todo -rin rin y remiendos, chocolates variados, calzones roídos, trayectos meteóricos de un papá Noel alrededor del mundo cual Phileas Fogg, fotos amateur de novata, suposiciones optimistas sobre la naturaleza humana, lo insólito, lo absurdo, lo extraordinario...-, todo puede caber dentro de unas navidades mágicas. Tal vez por eso las seguimos celebrando.

(En la imagen mi foto premiada: taza navideña con el libro "Cuentos navideños políticamente correctos" de James Finn Garner)


lunes, 22 de diciembre de 2014

Abrazos en rebajas




El otro día en el periódico -camuflado entre investigaciones por corruptelas, denuncias, problemas en la valla de Melilla, redes que usan a a menores y a mujeres, estafas, sectas...-, encontré una noticia curiosa, y sin embargo, no muy distinta: Samantha Hess, de Oregon, Estados Unidos (¿dónde, si no?), ha abierto la primera tienda de abrazos del mundo. Por 60 euros la hora, ella y sus empleados te dan unos cuantos achuchones con los que "obtendremos -dice- el nivel de contacto humano óptimo que queremos o necesitamos para ser nosotros mismos".

¿Me sorprendí? En principio, sí pero no debería. En un mundo donde se prostituyen almas y cuerpos, el que algo tan puro como es estrechar entre tus brazos a quien quieres sea también una mercancía es coherente con todas las demás noticias. Un acto muy alejado de aquella copla de Imperio de Triana que proclamaba que "no hay en el mundo dinero para comprar los quereres" y que "el cariño verdadero ni se compra ni se vende".

Lo que es increíble es que ya haya más de 100.000 reservas para disfrutar de este servicio ¿Qué nos está pasando?, preguntaba Jaume Tarascó, de Barcelona, que comentaba la noticia "¿ Con tanta tecnología y comunicación estamos perdiendo las habilidades sociales? ¿Nos da vergüenza mostrar nuestros sentimientos o que la gente pueda ver que necesitamos un abrazo?". Y yo iría más allá ¿Nos llenarían, nos llevarían a "ser nosotros mismos", esos abrazos prefabricados, automatizados, en los que el cariño no se asoma a los ojos? Recuerdo una muñeca que le regalaron a mi hija, que levantaba los brazos y pedía con voz metálica: "Dame un abrazo". Siempre me dio repelús.

Por contra, también en todos mis recuerdos hay abrazos de los de verdad. En la vida real, los de todos a los que quiero y que me quieren. En la historia, los de los enemigos que comprendieron que con el odio y la guerra no se va a ninguna parte y sellaron la paz con un abrazo. En la ficción, tantos y tantos que hemos visto y nos han tocado el corazón. Por poner ejemplos entre todos ellos, en el cine, el abrazo de Albert Finney a Audrey Hepburn en "Dos en la carretera", cuando ella vuelve después de abandonarlo. ¡"Gracias a Dios!", dice él, y le abre los brazos de par en par, significando "te quiero y te perdono". O en pintura y escultura, el de esa Virgen que abraza a su hijo desde su nacimiento (tan celebrado esta semana) hasta cuando lo bajan de la cruz. O en literatura, los de tantos amantes, amigos, hermanos, hijos pródigos  o padres pródigos, que también los hay.

Sin pasarnos (que tampoco hay que ser remelosos, eh), yo propondría que nos abrazáramos más, que crucemos puentes entre las personas y sintamos el calor del otro, que no necesitemos pagar 60 euros por algo tan natural y reconfortante. Y hagámoslo durante toda nuestra vida, no solo en estas épocas navideñas, donde parece que nos da más por la ñoñería (paz, amor y campanitas)

Yo empiezo hoy por mandar un abrazo virtual de agradecimiento y afecto para todos los que tienen la santa paciencia de leerme, de compartir este rincón y de hablar conmigo en este blog que ya lleva 6 años y pico de vida. Y, si me encuentro con ustedes en el transcurso del camino, tengan por seguro que será un abrazo real ¡Y gratis!

(En la imagen, "Madre e hijo" de Gustav Klimt)

lunes, 15 de diciembre de 2014

Con buena letra




Una de las asignaturas más importantes de la educación de mi generación era la Caligrafía, el arte de escribir a mano con hermosa letra. Eso, bella o buena letra, es lo que significa etimológicamente "caligrafía" (por lo que decir "mala caligrafía" es un contrasentido y decir "buena caligrafía" es una redundancia).

El modelo de caligrafía en las Dominicas con las que yo me eduqué era una letra grande y picuda, que yo fui abandonando poco a poco en el transcurso de los años, suavizando los trazos, tal como si fueran cantos rodados sometidos a los embates de la vida. Mi padre, en cambio, que tenía una letra preciosa, redonda, clara y muy pulida, siempre la conservó igual, desde los primeros escritos que le conocí hasta los últimos, en los que si acaso se notaba un leve temblor.

Todas las personas de mi generación éramos conscientes de la importancia de una buena letra. De hecho, mi tío Néstor, que fue secretario de juzgado, siempre decía que ganó la plaza más que nada por su cuidada escritura, una letra grande y elegante, adornada  con florituras en las mayúsculas, que parecía surgida de un antiguo manuscrito. Y a nadie, por ejemplo, se le ocurría escribir una carta de amor a máquina. En el manual del perfecto enamorado (bien lo sabía Cyrano de Bergerac) estaba implícitamente escrito que una carta tal tenía que ser a mano, sin faltas de ortografía (nada de "te hamo") y con la letra más bonita que se pudiera hacer. Igual que una comida bien presentada apetece más, una carta bien escrita llega más al corazón.

Por  eso me ha sorprendido la propuesta del Ministerio de Educación de Finladia, un país referente en materia educativa, de dejar a un lado la caligrafía para dar preferencia a la mecanografía, que se ve como una ventaja competitiva en este universo dominado por teclados. Y lo es, no digo que no; yo misma, cuando mis hijos terminaron la Educación General Básica, los puse durante ese verano en clases de mecanografía porque entendía que todo estudiante de Bachillerato debe saber escribir a máquina correctamente.

Pero ¿dar carpetazo a la caligrafía, ese proceso manual que hace que cada día cojamos el bolígrafo, el lápiz o la pluma y plasmemos, negro sobre blanco, nuestros pensamientos en papel? Todavía yo hoy escribo este blog, primero a mano en cursiva y, después, a máquina. Es, sí, un modo más lento de escribir que teclear, pero precisamente por eso nos permite pararnos, reflexionar más, ordenar lo que queremos decir, separar párrafos, crear símbolos, pensar mejor. Y también, si lo pensamos, nos hace más libres y menos dependientes de las máquinas.

En una de las novelas preferidas de mi juventud  -"La volatinera", de Dorothy Gilman- uno de los protagonistas es un psicólogo especialista en Grafología. Cuando le enseñan una fotocopia de un escrito (fundamental en la historia), insiste en ver el original para hacer una buena evaluación: "Necesito mirar las formas de unión. Tengo que analizar los grupos de trazos y los márgenes. La manera de poner los puntos en las íes y de colocar las barras en las tes es enormemente importante, así como las fluctuaciones que pueden indicar ambivalencia, la presión de la pluma sobre el papel, los rasgos y los espacios...". Del estudio de la letra deducirá rasgos del carácter de la persona que lo escribió: introvertida del tipo solitario, sensible y artista, generosa, saludable, culta, gran dosis de sentido común, dotes de mando...

En un mundo en el que desaparezca la buena letra, no habría peritos grafológicos ni existiría ese rasgo de nuestra personalidad que es nuestra letra. Aunque terminemos más rápido un informe, un trabajo o un post, no habría reflexión pausada -la pluma quieta en el aire, la mirada perdida hacia dentro-, mientras elegimos la palabra exacta que traduzca nuestra idea. En un mundo sin caligrafía, renunciar a escribir con buena letra es también renunciar un poco a conocernos a nosotros mismos.






lunes, 8 de diciembre de 2014

Leyendas de la Tierra Límite




Era justo ese momento entre el sueño y el despertar, en el que la cama todavía es un refugio cálido y la realidad, con sus aristas, aún no ha hecho acto de presencia. La despertó el tamborileo de la lluvia sobre las hojas del limonero del huerto. La habitación estaba en penumbra, pero los árboles, acusadores, proyectaban su sombra sobre el techo y la pared. A finales de ese mes, habría terminado la floración de los frutales y los pétalos más endebles caerían para dejar paso a los frutos. Pero ella ya no estaría allí para verlo.

Así empieza la cuarta novela de mi hija Ana. Tener una hija con imaginación te hace la vida muy entretenida, y Ana, en eso, siempre ha tenido para dar y regalar. Ha sido así desde que de pequeña inventaba las historias de Anita la Melódica hasta su etapa joven en la que trenzaba poemas; desde sus primeras novelas, en las que una tal Doctora Jomeini daba sentido a su vida entre quirófanos, besos, risas y lágrimas, hasta esta última en la que, sirviéndose de la prerrogativa de los imaginativos, crea un mundo nuevo: la Tierra Límite.

Más allá de la Torre de Piedra, cruzando el Bosque de los Reflejos y el desierto de Koveldar, existe una tierra donde viven los Guerreros del Alba y las Physii, un pueblo desterrado de su tierra por los Oscuros. Esa franja de tierra constituye la linde entre la Luz y las sombras. De ahí su nombre: Tierra Límite.




Esta novela es, pues, la historia de la Tierra Límite y del enfrentamiento entre el Bien y el Mal. Es la historia de las Sanadoras y de todos los que cuidan del Aura, el escudo que protege frente a los Oscuros y que, en el momento inicial, presenta una fisura peligrosa. Es la historia también de Aïa, la Elegida para suceder a la Sanadora Mayor, y de Guil, un muchacho que trabaja como cocinero y que se verá envuelto, sin comerlo ni beberlo, en una búsqueda y en una guerra.

La novela bebe de los escritores de literatura fantástica que tanto le gustan a Ana (y a mí) y a los que dedica el libro: Tolkien, Úrsula K. LeGuin, Michael Ende, J.K. Rowling, Laura Gallego. Hay, como en ellos, mundos distintos, personajes extraños (¿no recuerdan las Physii a aquellos personajes hermafroditas de "La mano izquierda de la oscuridad" de Úrsula K. LeGuin?), objetos o lugares con poderes extraordinarios -la Vara de Luz, la Fuente de los Siete Cauces, la Torre de Piedra...-, conjuros, bebedizos con consecuencias inesperadas, teletransportación... Es una novela de fantasía con todos sus ingredientes.

Pero las novelas de fantasía hunden sus raíces en la realidad y de eso, de los problemas del mundo real, también habla Ana: del conflicto entre el deber y el querer; de la amistad, pero también de los celos y las envidias que la destruyen; del amor por encima de las dificultades; de los lazos entre gentes que luchan por conseguir los mismos objetivos; de las dudas que uno se plantea ante los distintos caminos que se eligen en la vida... Hasta cuando habla de los males que aquejan a los personajes, no está lejos el mundo real ¿Qué es sino el cáncer esa "enfermedad de las mil caras" para la que no existe cura y en la que el cuerpo se ataca a sí mismo?

Lejos de los libros de la Doctora Jomeini, este cuarto libro de Ana retoma su vena poética. Debo decir (y no porque sea "la madre de la artista") que disfruté leyéndolo y que pienso que les va a gustar a todos aquellos que consideren que un buen libro de aventuras es el mejor compañero para una tarde de invierno, de esas de sillón y mantita. "Controla tus latidos. Serénate para enfrentarte a la Oscuridad", y, después, abre el libro y pásalo bien. 

PD: Ana presentará su libro el próximo viernes 12 de diciembre a las 8 de la tarde en la Librería Lemus de La Laguna. 
Firmará ejemplares en la librería La Isla de Santa Cruz los días 22 y 23 de diciembre de 18,30 a 20:00h.

Si quieres comprar el libro en ebook, puedes hacerlo aquí.
Si, como a mí, te gusta más el papel, puedes comprarlo aquí o en las librerías Lemus, La Isla y El Águila, por ahora.




lunes, 1 de diciembre de 2014

Toma castaña




Cuando yo era chica, en los veranos de Los Realejos, íbamos de vez en cuando caminando a Los Castañeros, un bosque de castaños que estaba antes de llegar a Icod el Alto. Me gustaban aquellos árboles de gruesos troncos y corteza quebrada que parecían acogerte bajo su sombra, mientras sacábamos meriendas y jugábamos a su alrededor, muchas veces a abarcar con las manos unidas, entre todos los niños, su perímetro.

No había sombra más fresca ni, tampoco, fruta más aprovechada que la del castaño ¡Cómo hemos disfrutado siempre de  las castañas, mensajeras del otoño, cayendo de los erizos para deleitarnos! Crudas y crujientes; o asadas, llenando el aire de calor y aromas en las tardes grises; o guisadas con matalahúva; o en bizcochos y guisos, poniendo en ellos el toque justo de dulzura... ¿Por qué cada vez hay menos castaños?

Hubo un tiempo en que bosques como éste poblaron la isla. Hubo un tiempo de árboles gigantescos, viejos habitantes de las cumbres del norte, como aquel castaño de las Siete Pernadas de Aguamansa, del que habla Leoncio Rodríguez en "Los árboles históricos y tradicionales de Canarias". Un árbol con fama de llevar ventura a los que enamoraban  bajo sus ramas, y tan grande que se podía subir cómodamente una mesa para sentarse a comer en lo alto.

No sé si ahora existirá este castaño o los castañeros de mi infancia, pero lo dudo. En estas  islas tan castigadas por la especulación, en estas islas en las  que, por ejemplo en mi pueblo, se va a destruir, si Dios no lo remedia, la zona más fértil y bonita , frente a la Iglesia del Socorro del siglo XVI, para hacer un polígono industrial, el valorar y amar los árboles puede ser,  para muchos, asunto de risa. Pero no para mí, y por eso me gustó tanto la actitud  de mi amiga Esperanza.

Esperanza heredó de su  abuelo en la Sierra de Aracena, allá por Huelva, casi lindando con Portugal, una finca de castaños centenarios por la que cruzan de vez en cuando ciervos y jabalíes. Esperanza cuida sus castaños. Hay que arar, limpiar, podar, talar  quitarle los chupones, injertarlos -porque, me cuenta, los castaños son árboles bravíos que, para que fructifiquen, hay que unir con un manso- ... En suma, hay que dedicarles tiempo y atención para que al final, cuando llegue el momento de la "apañada", recojan el fruto, la castaña "bruñida y preparada, endurecida y suave", tal como la vio Pablo Neruda ("Del follaje erizado / caíste / completa / de madera pulida, / de lúcida caoba, / lista / como un violín que acaba / de nacer en la altura...").

Bajo las raíces de estos castaños hay, sin embargo, una mina de plata registrada desde los tiempos de Felipe II. Han venido ingenieros ingleses a hacer prospecciones del subsuelo cercano y existe la posibilidad de explotarlo. Pero Esperanza y su marido Mane y sus vecinos aman su tierra y sus árboles, y no quieren verla  horadada, herida, arrasada y rota.

Yo no sé a ustedes, pero para mí - en estos tiempos de prospecciones petrolíferas indeseadas, de bosques esquilmados, del triunfo del cemento- el que alguien prefiera un monte de castaños (lo imagino como aquellos castañeros de mi infancia) a una mina de plata -la vida frente al metal, por  muy brillante que éste sea- es algo que me llena de consuelo y, nunca mejor dicho, de esperanza.








(Las fotos del final son de la finca de castaños de mi amiga Esperanza. Le agradezco en el  alma su aportación)

lunes, 24 de noviembre de 2014

Sirviendo a la Patria




En el verano del 66 unas 50 universitarias de alrededor de 18 años nos encerramos durante un mes en el Albergue de la Playa de San Marcos para hacer el Servicio Social.

El Servicio Social fue un invento de la Sección Femenina y de su creadora, Pilar Primo de Rivera, la hermana de José Antonio, el fundador de la Falange. Sí, aquella que nos legó, desde el año 37 al 77, el manual de la esposa ideal en el que figuran perlas como "Recuerda que él es el amo de la casa". O "Nunca te quejes si llega tarde, si sale a comer o a otros lugares de diversión sin ti. Trata de entender su mundo de tensión y estrés, sus necesidades reales". O "A su llegada, déjalo hablar. Recuerda que sus temas son más importantes que los tuyos". O "Si (tu marido) sugiere la unión, accede humildemente, teniendo siempre en cuenta que su satisfacción es más importante que la de una mujer. Cuando alcance el momento culminante, un pequeño gemido por tu parte es suficiente para indicar cualquier goce que hayas podido experimentar". Maravilloso.

El Servicio Social era obligatorio para todas las solteras de entre 17 y 35 años. Era "la mili de las chicas", sin la cual no podías trabajar ni obtener un título, ni pasaporte, ni carnet de conducir. Era una manera de adoctrinar a todas las mujeres en los principios del Movimiento Nacional, y también, de conseguir mano de obra gratuita para hospitales, bibliotecas, comedores y oficinas. Éramos secretarias, asistentes sociales, enfermeras, bibliotecarias, profesoras... sin título ni preparación alguna, naturalmente. A una de mis amigas, en el comedor de un asilo, se le murió una viejita mientras le daba de comer, y todavía recuerda el susto y los gritos que dio ante su primer encuentro con la muerte sin esperárselo.

Los destinos a los que nos mandaban eran a veces muy curiosos. Mi amiga Marian, por ejemplo, estuvo haciendo un resumen de los Milagros de la Virgen de Candelaria (¿?). A mí me tocó copiar (a mano, claro) en el Ayuntamiento de Santa Cruz el censo del barrio de Las Mimosas y de la calle Enrique Wolfson, para que el cura Don Armando Montoliú usara esa información y pidiera después, casa por casa, dinero para hacer la Parroquia del Sagrado Corazón.

Un mes copiando todas las tardes un censo en una oficina oscura del Ayuntamiento no es el trabajo ideal (¡Oh, fotocopiadoras! ¿Por qué no fuisteis inventadas unos años antes?). Así que las sufridoras no lo dudamos ante la posibilidad de acortar el tiempo del Servicio Social yendo el mes de julio al Albergue.

Si teníamos la  idea de que éste podía ser una especie de Colonia de vacaciones, tipo la de "Tú a Boston y yo a California", con sus cabañas para  tres perfectamente equipadas, su lago y su baile final con orquesta y todo, la cruda realidad nos quitó las ensoñaciones de golpe. El edificio del Albergue era un Grupo escolar bastante maltrecho y descascarillado, en medio de una barriada no muy limpia, con un patio detrás. Las 50 y pico nos acostábamos en un salón lleno de literas, adornado con la imagen de Franco. Llevábamos uniforme con blusa blanca y falda beig y no podíamos ir a casa en todo el mes. Solo los domingos nos permitían visitas.

Todas las mañanas izábamos la bandera y recibíamos clase de dos "mandos" y de un cura que intentaban hacernos "buenas patriotas, buenas cristianas y buenas esposas y madres", previa compra del tocho de las "Obras completas" de José Antonio, que nadie leyó jamás. Por las tardes, tocaba labores y fabricamos en papel una canastilla de bebé, para prepararnos para hacerla en tela cuando fuéramos madres (cosa que ninguna hizo, estoy segura). Yo, que, como saben, no sé coser sino botones, hice también, con ayuda de compañeras "manitas" un muñeco de fieltro al que llamé Ciriaco y que regalé a mi novio en la primera ocasión. Él, no es que diera gritos de entusiasmo cuando lo vio (hubiera preferido seguramente una guitarra), pero lo aceptó estoicamente y hasta me dijo que qué bonito sin parar mientes en lo escorado que estaba por estribor.

No fue una mala experiencia. Éramos jóvenes, nos reíamos un montón, íbamos a la playa cercana todas las mañanas, aprendimos canciones, hicimos funciones de teatro y una revista hablada (yo hice la portada y un artículo) y fuimos a tres excursiones inolvidables:  a la Playa de la Arena, al Caletón de Garachico y al Pico Teide, haciendo noche en el Refugio. Teníamos a los chicos de Icod totalmente alborotados y, por las noches, se acercaban al Albergue (ante el escándalo de las Mandos, que vigilaban), para rondarnos y cantarnos canciones preciosas. Allí oí por primera vez, a la luz de las estrellas de julio, "Los ejes de mi carreta", la canción de Atahualpa Yupanqui...

El Servicio Social fue concebido como "exigencia de la Patria a recabar actos de servicio para el mantenimiento firme de la existencia nacional y la realización de su formación como Imperio". El mes del Albergue fue una experiencia divertida, memorable y repleta de anécdotas. Pero, ¿servimos a la sociedad y a la Patria?, ¿aprendimos a ser buenas cristianas, esposas y madres?, ¿contribuimos a formar un Imperio?... ¡Ni de coña!


(En la foto, un grupo de las chicas en el dormitorio. Obsérvense las literas, el mapa y la foto de Franco, que velaba nuestro sueño, no fuera que nos descarriláramos)

lunes, 17 de noviembre de 2014

Historias de Los Sauces: los nombretes




Dicen que en los pueblos antiguos a cada persona se le imponía un nombre y, luego, el brujo de la tribu añadía otro sobrenombre, secreto y esencial, que nadie podía conocer. En Los Sauces ocurre justamente al revés: todos tienen el nombre con que sus padres los bautizaron y, además, un sobrenombre, apodo, o, como decimos aquí, nombrete, que no solo no es secreto sino que muchas veces es más conocido que aquel que figura en el Registro.

Hay una leyenda urbana -no sé si cierta o no- que cuenta que, cuando en Los Sauces hubo por fin teléfonos para casi todo el mundo, allá por los años 60, y les dieron la Guía Telefónica, los sauceros, para poder aclararse y saber de quién era cada número, la cambiaron por una Guía telefónica propia que, en los nombres, podría haber sido tal que así:





Detrás de cada nombrete hay, por supuesto, una historia. Algunas son muy obvias, pero de otras su origen puede perderse en la noche de los tiempos y sería un arduo trabajo de investigación buscarlo (de hecho, Don José Pérez Vidal estuvo intentándolo). Yo sé, por ejemplo, que a mi tío Manuel lo llamaban La Gata Parda porque tuvo una mula que se llamaba así (que ya es rebuscamiento ponerle ese nombre a una mula), pero ¿de dónde habrán salido el Salta si puedes, los Solilunas, Medio barril, Cascabullo o los Calandracos?

Cada una de estas personas tiene a gala su nombrete. Es su signo de distinción, su blasón nobiliario, su toisón de oro. Significa que eres alguien en el pueblo y que ese nombrete muchas veces desterrará el apellido y dará nombre a familias enteras (los Cañuelas, los Mazapanes, los Rancheritos...).

Francisco Lorenzo Concepción es un profesor saucero, catedrático de Instituto, del que el pueblo se siente orgulloso, tanto que le encargaron hace dos años el Pregón de las Fiestas. Pero para todos es Francisco Sonámbulo. Él mismo, muy ufano, contó en este Pregón el origen de su nombrete. Decía que, cuando era chico, siempre iba apurado corriendo a la clase del Maestro Cándido por si llegaba tarde, y siempre hacía dos gestos inconscientes y seguidos: mirar la hora al pasar por el Ayuntamiento y santiguarse al pasar por la iglesia. Y un día que iba más zumbado de la cuenta lo hizo al revés: se santiguó ante el Ayuntamiento y miró la hora en el reloj inexistente de la iglesia. Los viejos, que estaban al quite todas las mañanas sentados en el banco de la Plaza, se rieron y le dijeron: "¡Francisco! ¿Vas sonámbulo?". Y Sonámbulo se quedó para siempre.

¿Ven lo que les digo? Así empiezan las historias, las dinastías y el orgullo de ser de Los Sauces, el pueblo con más nombretes que conozco.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Buzón de sugerencias




Una de las ventajas de vivir en Tenerife es que hoy lunes, 10 de noviembre, puedes estar bañándote en el mar. Una de las ventajas de ser jubilada es que hoy lunes, 10 de noviembre, puedes estar bañándote en el mar.

Mi playa es la Playa de la Arena, al oeste de la isla y a hora y media de mi casa. Yo no la conocí hasta los 18 años porque, para mi padre, que era el único que tenía coche de la familia, todo lo que estaba más allá de Los Cristianos era entonces Terra Incognita y él no tenía espíritu de aventura. Yo fui con mis compañeras de la Universidad, cuando hacíamos el Albergue del Servicio Social en el verano del 66.

En aquel entonces se iba por caminos de tierra todavía y había muy pocas casas (entre ellas, el Bar Pancho, no ascendido todavía a "restaurante", pero que ya servía pescadito fresco al lado del mar). Pero eso sí, la playa, las calitas, el olor a mar del norte, perfumado y bravo, eran ya los de hoy. Me quedé maravillada y ni en mis mejores sueños pude imaginar que alguna vez tendría una casa aquí.

Me gusta esta playa pequeña de arena negra, como aquellas en las que aprendí a nadar. Me gusta el agua transparente, las mañanas luminosas y la mole impresionante de La Gomera enfrente, tras la que todos los atardeceres el sol monta un show como para dejar con la boca abierta al personal. Me gusta el ambiente familiar que todavía perdura, a pesar de que algunas mañanas de agosto el aire se carga de voces en cien idiomas distintos.

Sí, ya no es la playa de antes. Ahora tiene bandera azul, lo que significa wifi, servicios, un lugar especial (si quieres y tienes alma de croqueta) para enterrarte en la arena..., y este buzón de sugerencias, al que, muchas veces, cuando camino temprano por allí, veo así, desarbolado y sin bolsa recogedora, con la boca abierta hacia la nada.

Entonces, -si "sugerir" es provocar ideas, inspirar, insinuar, pero también evocar-, imagino que voy rescatando, enredados en las hojas de las palmeras, en las rocas y en los picos de las gaviotas, las ideas y evocaciones que, nacidas en la playa,  vuelan confiadas hasta el buzón y que, luego, libres, el viento marino ha ido desperdigando.

Y así, encuentro amores y promesas de verano, rotos y olvidados; castillos de arena con su foso y su puente, anegados de agua ante la risa alborozada de los niños; conversaciones de las mujeres en la tarde como pedazos perdidos de agosto; el desfile aquella vez de los calderones, en perfecta formación hacia las calitas de Alcalá, cual comitiva fantasmal; banderitas de las verbenas de San Juan, arrugadas y descoloridas; música de parranda que se va perdiendo y escuchando cada vez más lejana...

Las estaciones -todos lo hemos notado- van desplazándose, empezando cada vez más tarde y alargándose en meses imposibles. 
Y hoy "hay un aire de adiós en cada cosa:
en el mes avanzado, en los bañistas,
en el estío lento, en aquellas muchachas
que desconozco hoy, y en la luz de la playa."
(Vicente Gallego)
Este buzón de sugerencias, mirando abierto y ciego hacia el mar, tiene para mí, hoy lunes, 10 de noviembre, un sabor de final de verano.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Descubriendo la pólvora(I): Los selfies




La gente joven de ahora cree haber descubierto la pólvora con los selfies. Estés donde estés y a menos que te descuides,  cualquiera de tu alrededor saca el móvil -ese aparatito multifuncional que lo mismo sirve para echar una parrafada que para encontrar la receta de las croquetas- y hace una foto estirando el brazo hasta donde dé. En ella sale el -manco- autor de la foto y con él, tú y los que te acompañan, así sea el Orfeón Donostiarra; y más allá el paisaje -un atardecer, el Tajmahal o la Feria de Chipiona-.

Y como aquí todos somos de "culo veo, culo quiero", basta que se vea a Ellen DeGeneres haciéndose un selfie en los Óscar, o a Cameron, Obama y Thorning-Schmidt haciéndose otro en el funeral de Mandela, o a la Reina Letizia en un montón de sitios, para que toooooodo el mundo quiera tener el suyo y ser, así, lo más de lo más. Incluso se creen la última cocacola del desierto (como dice mi amiga Ligia) por llamar a esta época "la era del selfie" y por "inventar" modalidades de selfies que, por supuesto, ya estaban inventadas desde que hubo cámaras de fotos.

Por ejemplo, el "selfeet", que es sacarle una foto a tus pies, tremenda novedad. Sí, es verdad que a nosotros en tiempos pasados no se nos ocurría hacerla, pero porque, puestos a inmortalizar (y con lo caros que eran los carretes y los revelados), lo de los ñoños en la arena no nos parecía que tuviera una preferencia especial. Pero si querías, la hacías, faltaría más.

O el "teleselfie" que vi en el viaje que hice el mes pasado a Viena: un montón de japoneses acoplaban a su móvil un bastón articulado y así sacaban una foto panorámica, en la que se les vería mirando hacia arriba y, detrás de ellos, la plaza de los museos con la estatua de María Teresa con cara de pensar que estos japoneses están locos. Y sí, tampoco eso lo hacíamos nosotros, pero era porque, ante cualquier maravilla, siempre nos gustaba más verla de frente que dar la espalda al mundo.

Realmente, siempre ha habido selfies. Que no son -eso se los concedo- autorretratos, como los de Picasso, Frida Khalo, Durero, Rubens y todos los autores que se han pintado a sí mismos, mirándose horas y horas en un espejo para sacar hasta la más mínima arruga. No. Esa es otra modalidad del ego.

Yo digo selfies de verdad, con todos los ingredientes de uno de verdad. Véase, si no, este que nos hicimos mi marido y yo cuando llevábamos juntos un año, hace ya 48. Recuerdo perfectamente ese día. Habíamos ido en una excursión con los amigos al Puertito de Güimar. Hubo sol, olas, tortilla de papas, guitarra y canciones; y, después de comer, paseo a solas por la orilla del mar. Llevábamos cámara de fotos, que imagino grande y pesada, y, cuando íbamos por las calles del pequeño pueblito de pescadores que era entonces el Puertito, mi novio alargó el brazo y sacó esta foto, la única que hicimos ese día (había que ahorrar carrete y, de repetirla, nada). Sí, ya sé que salió fatal: movida, yo con los ojos cerrados, seria y despelujada por el viento, él con sonrisa de Drácula... Pero es un selfie con todas las de la ley: cámara de fotos, fotógrafo manco de un brazo y no tener a nadie que pasara por allí para pedirle que nos hiciera una foto, por favor.

Eso sí, hay otro ingrediente en el que coinciden todos, fotos, autorretratos, selfies de antes y de ahora: el deseo de detener el tiempo y hacer eterno ese momento feliz. Como éste, de hace tanto tiempo, en el que eras joven, estabas enamorada y toda la naturaleza bullía de vida alrededor. En el que se abría ante nosotros el futuro y no teníamos ni idea de que nos estábamos haciendo un selfie.



(La imagen inicial es "El último selfie" del gran Forges. Esta última podríamos llamarla "El primer selfie")

lunes, 27 de octubre de 2014

Días para guardar




Hay días para olvidar -que, sin embargo, no olvidas-: aquel en que te dijeron que a un ser querido le queda poco tiempo de vida, cuando te enteras de la traición de un amigo, cuando tuviste un dolor, también del cuerpo, y te encuentras indefenso, cuando te suspenden (injustamente, por supuesto) de Hogar y Labores en el Bachillerato...

Y hay otros días para guardar, como se guardaba antes entre papeles de seda una rosa que nos perfumó la mente, o una foto de tiempos felices, o la risa de tus niños cuando eran pequeños.

El jueves tuve un día de esos, un día perfecto, un día en La Palma con mis amigas del colegio -60 años juntas ya-. Y eso que no empezó con buen pie por culpa de una señora -muy amable de todas formas- que en el Aeropuerto de Los Rodeos, a la ida, se ofreció a hacernos una foto. Cuando me devolvió la cámara, me dijo: "¡Qué buena verlas a todas tan alegres! Lo malo de estas fotos de amigas es sacarlas del álbum al pasar los años y empezar a contar las ausencias...".

La miré como quien mira a la bicha ¡Quita, quita, pájaro de mal agüero! Ya me vi en las noticias del periódico del día siguiente con el titular: "12 amigas del colegio, ya talluditas, caídas al fondo del mar en un avión cuando iban tan contentas a pasar el día a La Palma".

Pero no. El viaje, redondo (todavía en los aviones de las islas nos ofrecen una chocolatina y una bebida), y en 20 minutos ya estábamos en tierra, olvidadas de la agorera y sin parar de alegar.

Las reuniones de amigas no tienen historia Son días felices, como el del jueves, en los que brillan momentos especiales: el recibimiento generoso -¡Bienvenido, patio!- de la anfitriona; las camisetas para cada una con la imagen del patio del colegio, aquel sitio que sólo existe ya en los corazones de todas; la comida con especialidades palmeras (los polines, el escacho -todo un descubrimiento-, las garbanzas, el mojo de queso, el conejo en salmorejo, las sopas de miel, los almendrados, piñas, marquesotes y rapaduras...); los regalos de vacilón con premios y bandas de colores como en el colegio (¡me nombraron Atenea laureada con corona y todo!); y lo mejor de todo: las risas, las conversaciones sobre lo divino y lo humano y el descubrimiento renovado de la amistad.

¡Y hay tanto que agradecer! A Nievitas, nuestra anfitriona, que tiene el corazón más grande que la preciosa casa en la que nos acogió con los brazos abiertos; a los que ayudaron para que todo saliera bien (Pedro, Chicha y Nieves, que nos fueron a buscar y a llevar al aeropuerto; Cala, con el escacho; Pepito, con las camisetas y los pins; Pablo, por hacernos pacientemente fotos cuando se lo pedíamos...); y, sobre todo, a mis niñas, mis amigas de siempre, por ser como son y por hacerme sentir cómoda con ellas. Que te acepten tal como eres, sin pedirte más de la cuenta, no tiene precio.

Una vez les escribí: "En los distintos caminos que hemos tomado en la vida, siempre nos unirán las voces de la infancia y el eco de las risas en los laureles del patio del colegio". Y eso no lo va a cambiar nadie ni nada, aunque, inevitablemente algún día no estemos. Como dijo Ángel González: "Todo esto será un día / materia de recuerdo y de nostalgia..." porque así es como funciona la vida. Pero, por ahora, es un tesoro, un día de los de "¿te acuerdas cuando...?", un día para guardar con la sonrisa en los labios.



(El patio del colegio)

lunes, 20 de octubre de 2014

Perplejidad en el Convento



La perplejidad puede tener varios matices: asombro, extrañeza, desconcierto, sorpresa, confusión, incertidumbre... Este sábado todos ellos se me mezclaron al hacer una visita con el grupo "Lo que las Piedras cuentan" al Convento de clausura de las Claras de La Laguna.

Hay asombro en cuanto cruzas el umbral del Convento -una mansión de gruesos muros que ocupa una manzana entera en el centro de la ciudad- y sorpresa al pisar las amplias salas abiertas al patio. Las recorres casi con reverencia, deteniéndote en sus nombres, tan sugerentes - De Profundis, Sala Regina Coeli, Sala Seráfica, Sala de la Redención, Sala Quién como Dios, Sala Corpus Christi-, y admirando un altar de plata impresionante con el que se viste el de la iglesia en días de fiesta, o los cuadros y esculturas de la Virgen, del Cristo y de los santos, o los retratos mortuorios -un poco espeluznantes, la verdad- de las Venerables, madres abadesas que murieron dando ejemplo de santidad. Como, por ejemplo, Sor Catalina de la Esperanza, de la que cuentan que, cuando murió, las palomas vinieron a posarse sobre su ataúd, lo que se consideró señal de virtud.

En los pasillos, limpios y silenciosos, descansan los baúles de cedro antiguos que en un tiempo trajeron dotes y pertenencias de las novicias. Hay relicarios de plata dorada, atriles de marfil, áureos cálices, crucifijos, navetas, patenas, casullas. Aquí y allá vemos libros, muebles y objetos de otra época; un tenebrarium magnífico; y un bombo y una colección de castañuelas de madera que resultan algo incongruentes. Todo, cada detalle de este convento, que suponemos callado y ajeno al ruido exterior cuando no lo invade el barullo de un grupo que comenta aquí la delicadeza de un Niño Jesús y allá el lujo de una corona con piedras preciosas, nos asombra y nos deleita.

Y mientras recorremos las salas, los patios, el ajimez que se levanta orgulloso sobre la ciudad... aparece otro tipo de perplejidad: la extrañeza  ante el hecho de que este sitio, que es parte de la historia de La Laguna y que guarda tan rico patrimonio artístico y documental, haya estado 4 siglos cerrado al pueblo en general, en la más estricta clausura, desde su fundación en 1577 hasta hace solamente un año.  El convento, que en todo ese tiempo permaneció en pie desafiando el tiempo, los incendios o los rayos -como el que el año pasado lo dejó trastabillando pero entero-, cerró siempre sus puertas a los que alguna vez pretendieron el privilegio del que ahora gozamos: recorrer sus pasillos y vislumbrar sus tesoros.

Al final, cuando ya nos íbamos, otra perplejidad asoma en las conversaciones en forma de desconcierto: ¿Qué es lo que lleva a mujeres de hoy en día -algunas, universitarias- a meterse entre cuatro paredes para no salir jamás? ¿Tiene sentido la clausura, por más que Aristóteles haya cifrado la felicidad en la vida contemplativa?

Entiendes que, en los comienzos y hasta nuestra época, los motivos eran más económicos y sociales que religiosos. Olalla Fonte del Castillo, la aristócrata que en el siglo XVI cedió su casa para que en ella se instalaran las monjas clarisas, lo hizo a cambio de que admitieran a tres de sus hijas (ya tenía otras dos dentro). Las ventajas eran muchas: se quitaba de encima y les resolvía la vida a cinco hijas de una tacada; las dotes del convento eran menores de las que tendría que reunir para un matrimonio del mismo status (y casar a cinco hijas ventajosamente tampoco sería muy fácil); además, tendría asiento preferente en la iglesia, un buen entierro y, por supuesto, enchufe para entrar en el Cielo. No es de extrañar que el Convento -que en la actualidad alberga a 13 monjas- haya llegado a tener más de 150.

¿Pero ahora, en el siglo XXI, es compatible la clausura con el valor que damos a la libertad? Ellas se sienten el corazón de la Iglesia, dedicadas al "vuelo místicamente azul de la plegaria", que diría Rubén Darío. La paz de los claustros conventuales tiene su atractivo para las personas a las que el mundo exterior les viene grande. Aquí cavan el huerto, hacen hostias para la Misa, bordan y cosen, preparan comidas para los necesitados e incluso -nos dijo la Madre Abadesa al final, mientras nos invitaban amablemente en el Locutorio a un licor dulce de misa, galletas y recortes de hostias- escuchan a quienes vienen a contarles sus problemas: son "psicólogas sin sueldo", dicen. Ellas han hecho su elección en la vida, una elección muy respetable, y se las ve felices.

Pero ¿no tendrán dudas o deseos de estar alguna vez en una alegre reunión familiar o de amigos? ¿No añorarán los largos paseos a la orilla del mar? ¿No sentirán anhelo alguno cuando miren a través de la reja del ajimez a la Calle Viana y a la Plaza del Cristo y oigan las risas de los niños y el discurrir de la vida en la ciudad?

Perplejidad. Perplejidad.Perplejidad.



(La calle Viana y, al fondo la Plaza del Cristo desde el ajimez)



(Sala Regina Coeli)



(Pasillo)



(Maqueta del Convento)

(Todo mi agradecimiento a la Madre Abadesa y a las demás Madres que nos acompañaron, a Margarita Gallardo que fue una guía estupenda, a Melchor Padilla que organizó la visita y a Alejandro Carracedo que me dejó sus fotos)

lunes, 13 de octubre de 2014

Estar de morros




Es una verdad mundialmente reconocida que yo no me enfado (casi) nunca. Y que, si lo hago, se me pasa enseguida. Incluso mi marido, que vive conmigo y aguanta mis despistes y majaderías (y se enfada), admite ante todo dios que tengo mejor carácter que él. Aunque sigue rezongando, después, que con mi "fue sin querer" lo quiero arreglar todo.

Pero es que es la verdad de la vida ¿Para qué iba yo a querer ofenderlo, si firmé papeles con eso de que "hasta que la muerte nos separe"? Y, además, poniéndome como Neruda, ¡es tan corta la vida, y tan largo el olvido! ¿Para qué perder el tiempo enfadándose y desenfadándose? Onetti decía : "Es mejor perder una discusión que perder el tiempo", ese tesoro dorado de días, horas y minutos que se nos escurre entre los dedos sin apenas darnos cuenta.

Tal vez habría que hacer como el de aquel chiste viejo:
- Y tú, ¿de qué estás tan gordo?
- De no discutir.
- ¿Cómo va a ser por eso? ¡Será de otra cosa!
- Bueno, pues será de otra cosa...

Miren, por ejemplo, uno de los enfados más tontos de la literatura, el de Ana Shirley, la protagonista de "Ana, la de Tejas Verdes" de L. M .Montgomery. Ana es, al principio de los 8 libros, una niña huérfana de 11 años adoptada por los hermanos Marilla y Matthew en la idílica isla del Príncipe Eduardo en Canadá. Es una niña inteligente, creativa y generosa, pero también muy quisquillosa, sobre todo en lo que se refiere a su pelo, de un rojo subido ("Nadie que tenga cabellos rojos puede ser feliz", dice). Así que, cuando Gilbert Blythe intenta atraer su atención en la escuela y no se le ocurre otra cosa mejor para ello que tirarle de la trenza roja y decirle: "¡Zanahorias! ¡Zanahorias!", Ana monta en cólera y, aparte de llamarlo "niñato mezquino y odioso", le parte la pizarra que llevaba en la mano en la cabeza. Y aunque él le pide perdón enseguida, Ana decide odiar a Gilbert hasta el fin de sus días. Tuvieron que pasar 5 años para que Ana empezara a darse cuenta de que la vida no era tan atractiva si no estaba cerca su amigo el enemigo. Y otros 5 más (de hecho en el tercer libro), hasta que descubriera que él era el hombre de su vida y se olvidara definitivamente de las zanahorias ¡Cuántos ratos perdidos, cuántas risas que pudieron ser y no fueron, cuántos momentos gloriosos no compartidos, todos por culpa de una estupidez!

Así que, antes de hacer como Ana Shirley, o como el cartaginés Amílcar Barca que hizo que su hijo Aníbal jurara ante los dioses odio eterno a los romanos (y miren lo que la lió con las guerras púnicas), yo -que hoy me dio la vena consejera tipo Elena Francis-  propondría relativizar, hablar cuando hay malentendidos o hacer como mi amigo Manolo que, una vez que salió a hacer un recado y tardó en llegar unas cuantas horas, cuando vio a su mujer enfadada (¿dónde has estado?, ¿por qué no llamaste? y todo eso), le contestó con una frase que ya ha sido incorporada al léxico de los amigos para momentos así:
- ¿Pues yo robo? ¿Pues yo mato? Pues entonces...

lunes, 6 de octubre de 2014

La casa en la que durmió Mozart




En Austria, en donde estuve la semana pasada, te puedes sentir como Heidi, si subes hasta los pueblitos de los lagos alpinos, con sus praderas verdes, sus vaquitas y sus montañas, ahora ya coronadas de nieve. Te puedes sentir como Sissi, si te tomas un café en la terraza del palacio Fuschl -el Possenhofen de la película- en una mañana radiante sobre el lago. Te puedes sentir Fräulein María, la protagonista de "Sonrisas y lágrimas", si paseas por Salzburgo, donde hasta puedes imaginar –ya mi hijo me advirtió de que tuviera cuidado– que te cae un niño de los árboles al compás del horriblemente mal traducido "Do es trato de varón". Pero por encima de todo, en Austria lo que te sientes de verdad  es un espectador de un gigantesco espectáculo musical.

Porque hay ciudades de agua, de niebla, de fuego o de humo. Pero Viena y muchas ciudades austriacas son ciudades hechas de música. La música –"inagotable fuente a escanciar cada día", que diría Marilina Rébora– te sale al paso en cada esquina. Allá, un acordeón que toca valses en una cava en los bajos del Albertina, o tres violines que ofrecen canciones húngaras en la Kärntner Strasse. Acá, un clarinete vibrante en el mercado, entre olores a especias, flores y wienersnitchel, o un arpa en un jardín de rosas, o un saxo frente a la iglesia de San Miguel, en la noche fría y lluviosa, siguiendo el ritmo de tus pasos de retirada. En la calle, en el Teatro de la Ópera, hay una pantalla gigante en la que se ve y oye la ópera que están representando en ese momento, Manon, mientras la gente, sentada en sillas en la acera amplia, escucha entregada, extasiada e inmóvil.

Hay música de un circo cercano, mientras tomas cerveza y salchichas en ventorrillos instalados en el marco incomparable de la Plaza del Ayuntamiento, frente al Burgertheater; o, cuando en el Café Central te sientas a por un apfelstrudel, y de un piano van fluyendo canciones de cine. Todavía más allá: la música en Austria la sientes también en el sonido sobre los adoquines de los cascos de los caballos de la Escuela Española de Equitación o de los que llevan en carrozas a los turistas; en el agua de las fuentes; en el viento en los árboles de los bosques de esta Centroeuropa, donde nacieron los cuentos; en el quedo rumor  de las aguas del Danubio –que efectivamente no es azul– y de los lagos, en los que no permiten motores que lo perturben. 

Sí, te sientes un espectador que te vas dejando inundar poco a poco por el ambiente y las melodías. Es imposible ir al Prater y no escuchar el eco de "El tercer hombre" en la Noria; o ir a Salzburgo y no acordarte del "Sube montañas", el tema que la abadesa canta en "Sonrisas y lágrimas". Allí te dan ganas de ponerte uno de esos preciosos y favorecedores trajes típicos y asistir a las Fiestas de la Cerveza o colarte en Bad Ischl en unas reuniones llenas de risas y canciones dedicadas a los que nacieron en el año 50, que nos queda cerca. Al final, hasta me vi –era inevitable– coreando con Suzanna, mi amiga austriaca, la opereta "El Caballo Blanco del Lago St. Wolfgang".

Tampoco puedes sustraerte a la presencia de los grandes músicos: Strauss, Listz, Beethoven... Y Mozart, sobre todo Mozart, presente en estatuas, cuadros, nombres de tiendas, casas en las que nació y vivió, cementerios en los que tal vez esté enterrado o no, e incluso en los más famosos bombones de Viena –chocolate y mazapán–, que llevan su nombre.

Para no ser menos, me he quedado en Viena en una casa donde también durmió Mozart desde septiembre de 1781 hasta julio de 1782. Allí terminó de componer "El rapto en el serrallo", y desde su ventana tal vez oyó, como yo, el despertar rítmico de una ciudad llena de vida y la cadencia de las voces hablando en distintos idiomas. Tal vez escuchó, como yo, a una chica solitaria que, sentada en los escalones de una fuente cerca de la catedral de San Esteban, cantaba ópera llegando a las notas más altas con una voz clara y limpia. O a otra que tocaba en la esquina Cosi fan tutte al piano -nada menos que al piano, con lo que pesa-. Tal vez aquí Mozart se sintió feliz y se reía, como lo hice yo, con las típicas historias vienesas, como la de "El querido Agustín", el borracho que tres veces fue tirado entre los muertos de la peste y que –al igual que Blanco Herrera, el de la canción de Peret, que "no estaba muerto, que estaba de parranda"– se levantaba de la sepultura y seguía bebiendo (y viviendo).

Hasta me pareció oír una noche, acostada en la casa en la que durmió Mozart, una carcajada lejana parecida a la del Amadeus de la película.

Es fácil, en esta ciudad musical, mágica e increíble, que te acompañen fantasmas risueños.


(La imagen inicial es "Gustav Mahler dirigiendo la Filarmónica de Viena", óleo de Max Oppenheimer en el Belvedere)



(El Hotel Sacher y la Ópera desde el Albertina)




(Ventorrillos en la Plaza del Ayuntamiento de Viena)




(Calle de Salzburgo. Al fondo, el Castillo)




(El Lago St. Wolfgang)




(El pueblito de Hallstatt)




(Prado y bosques de Kaiservilla, en Bad Ischl)




(El Danubio desde el coche)

lunes, 22 de septiembre de 2014

La casa del abuelo




La casa de los abuelos de mi marido, en El Tanque, al norte de la isla, es una casa de campo de las de aquí: una casa de planta cuadrada, con su tejado, su balcón corrido, su lagar, sus bodegas, su corral de las cabras, su cuarto de las papas y, en la huerta, lo que ellos llamaban "la lata", un palo tendido sobre otros dos en el que ponían a secar las piñas de millo.

En esa casa nació mi marido y vivió una infancia feliz. Después, tras el paréntesis de los dos años de Venezuela, fue el refugio adonde iba a parar en todas las vacaciones de su juventud. La casa, entonces, estaba llena de risas y de vida, animada por los tres hermanos más jóvenes de mi suegra, que formaban parte de las rondallas del pueblo y llevaban a todas partes al sobrino. Para siempre a él le ha quedado el recuerdo de las fiestas de la Virgen del Buen Viaje en El Tanque Bajo y las del Cristo en El Tanque Alto, de las verbenas, de los grupos que en navidad recorrían las calles cantando villancicos, de las noches hablando alrededor de un fogón sobre el que estaba el cañizo de los quesos.

Luego, todos se fueron marchando. Hace 50 años que la abuela, una mujer menuda que nunca paraba quieta en un sitio, murió. El abuelo, al que yo conocí, un hombre recio y callado con una mata de pelo blanco y unos increíbles ojos azules, le sobrevivió 10 años más. Murieron también todos los hijos, y la casa lleva 40 años vacía, cayéndose y desmoronándose poco a poco. Tengo en casa las cajas de cedro que los antepasados traían de Cuba; y el cabecero de la cama de los abuelos hoy, pintado de banco, es el de la cama de mi nieta mayor. Pero todo lo demás, las cómodas, las mesas, sillas y alacenas se picaron y formaron parte de hogueras de San Juan. Sólo el suelo y las vigas del techo, las puertas y ventanas, de madera de tea, permanecen.

Sí, la casa decae. Pero esas casas de gruesos muros y buenos cimientos que llevan en pie más de un siglo y medio, son sólidas y desafían al tiempo. Y, si hay alguien que las ame, siempre hay esperanzas de que renazcan. A nuestra casa le ha llegado el tiempo de revivir. Hemos empezado por el tejado, antes de que se viniera abajo, y por el granero y el balcón. Y ahora, poco a poco, le toca al resto.

La semana pasada, que estábamos en el sur, decidimos volver a nuestra casa en Tegueste, en lugar de por la Autopista, aburrida y previsible, por el norte, subiendo hasta el Puerto de Erjos y de allí a El Tanque, una carretera mucho más bonita y desde la que vimos en una tarde inusualmente clara, las siluetas de las tres islas occidentales, La Gomera, El Hierro y La Palma.

Llegamos a la casa de El Tanque sobre las 7 de la tarde y nos entretuvimos midiendo habitaciones, imaginando, proyectando una escalera del salón al granero o poniendo mentalmente una puerta de cristal grande hacia la huerta. Eran las 8 y media cuando arrastré a mi marido -que cada vez que va allí se le pasan las horas- para irnos antes de que se hiciera de noche y nos quedáramos a oscuras. Además, íbamos a estrenar la nueva carretera desde El Tanque a Icod que, aparte de ahorrarnos todas las curvas de La Culata y Genovés, nos descubre paisajes desconocidos y nuevas visiones de El Teide. También, decíamos contentos mientras volvíamos y le dábamos adioses para siempre a La Culata y a Genovés, tardamos menos: tres cuartos de hora en lugar de una hora.

Eran, efectivamente, las 9 y cuarto y ya de noche, cuando cansados y pensando ya en la cena, llegamos a la puerta de casa. Y entonces descubrimos que mi marido se había dejado en El Tanque su bolso con las llaves, cartera, documentos, móvil y toda la pesca. Y así nos vimos tres cuartos de hora otra vez para allí (¡Adiós, La Culata! ¡Adiós, Genovés!) y tres cuartos de hora otra vez de vuelta a casa (y sin cenar).

Cuando llegamos a El Tanque, en la oscuridad total de la casa, encontramos (¡qué alivio!) todo dentro, gracias a mi móvil. Mi marido, que se movía allí dentro con la seguridad de lo conocido, seguía el sonido de la llamada de su teléfono, mientras yo esperaba fuera sola, con miedo a despertar a los fantasmas. Pero todo continuó en silencio. Y, al levantar los ojos a lo alto, allí estaba la espina dorsal de la noche, la Vía Láctea. dividiendo en dos un cielo que, en los pueblos altos del norte de la isla, aparece limpio y sembrado de estrellas brillantes. Verla me sosegó: ella había velado el sueño de todos los que en aquella casa nacieron, sufrieron, rieron, vivieron y murieron. Y estaría allí siempre para los que en el futuro la volvieran a llenar de vida.

Sólo por ese momento mereció la pena el despiste.



lunes, 15 de septiembre de 2014

Helarte por el arte

A veces, como en este título, hacemos malabarismos con el lenguaje: "helarte por el arte" juega con los distintos significados de dos palabras con una misma pronunciación. Pero al mismo tiempo, esconde una propuesta, la de que de vez en cuando hay que hacer lo que se pueda -incluso morirte de frío, cosa que por ahora no es que vaya a pasar- por disfrutar de las obras de aquellos que nos muestran que todavía el mundo es mágico: los artistas.

El jueves pasado dediqué al arte todo el día, yendo a tres exposiciones, totalmente distintas entre sí -un fotógrafo, una ilustradora, un pintor-,  pero las tres,  igual de sugestivas. 
















La primera -"Génesis", del fotógrafo Sebastiao Salgado- fue por la mañana en el Espacio Cultural CajaCanarias de Santa Cruz. "Génesis", nos dice el folleto explicativo, "es un canto a la majestuosidad y fragilidad de la Tierra". Es un retrato, fruto de un viaje de 8 años, de ese 46% de la Tierra que todavía está virgen, igual que en sus orígenes. En cinco secciones, Salgado nos acerca a "La Antártida y los confines del sur", para mostrarnos, por ejemplo, un iceberg-castillo de hielo traslucido sobre un cielo tempestuoso, o la muchedumbre de pingüinos en las islas Sandwichs del Sur; a "África", y a sus cataratas Victoria, o a campamentos dinka en los que el humo de las boñigas (casi se huele) ahuyenta a los insectos, o a los elefantes y cebras huyendo del hombre en las sabanas de Bostuana; a "Las Tierras del Norte", en las que impresionan los grandes cañones o la vida de los esquimales nenets; a "La Amazonia y el Pantanal", con sus caimanes yacarés, sus majestuosos tepuys como torres trepando a las nubes, o sus tribus, como los zo'es de Pará en Brasil, que parecen vivir en el Paraíso Terrenal; y, por último, a los "Santuarios" de la Tierra: las Galápagos, Papúa occidental con sus hombres de la Edad de Piedra y las mujeres yali que se ponen en el pelo bolsas tejidas con fibras de orquídeas, o Madagascar y sus bosques de baobabs. Fue una experiencia de 2 horas, inesperada -a pesar de que conocíamos el trabajo de Salgado en "Trabajadores y "Éxodos"- impactante, espectacular y única.





La segunda exposición -"Yo mimo mi mar"- la vimos al mediodía en el Club Naútico de Santa Cruz, antes de un almuerzo en la terraza a la orilla del mar. Es de una joven ilustradora, Alicia Borges, que maneja con maestría los pinceles en láminas llenas de color y luz. Son dibujos infantiles, llenos de encanto, que ella agrupa por parejas, como cara y cruz de una misma realidad: la degradación del mar y su conservación como un elemento limpio y gozoso. Allí están los niños que ayudan con todas sus fuerzas a una ballena para que no quede varada en la orilla y los mismos niños leyendo al sol sobre la ballena que nada feliz; o el dibujo del que riega a un delfín para que no se seque o salva a un pingüino de los desechos que los hombres tiran al mar... Fue una exposición didáctica y crítica, pero también fresca, divertida, tierna.



La tercera exposición, a la caída de la tarde -"Tegueste con Manolo Sánchez"- fue en mi pueblo en la hermosa casa reformada del Prebendado Pacheco, frente a la Plaza. El pintor Manolo Sánchez hace aquí una impresionante Antología -más de 50 años- con todas sus acuarelas, dibujos y plumillas sobre Tegueste: las antiguas calles y fuentes, el Convento de El Socorro, la perspectiva de El Portezuelo perdiéndose ladera abajo, el detalle de un portón o de una planta en un patio, sus gentes, los juegos de lucha canaria, las casas de tejados y escaleras exteriores que ya no existen... La realidad de un pueblo que sólo un artista que lo ame y haya recorrido cien veces sus rincones sabe plasmar. Me gustó porque es entrañable, cercana, viva, luminosa.

Cuando, ya por la noche, descansaba en la terraza de mi casa en una oscuridad sólo iluminada por las estrellas de este cielo de septiembre, me recreé un rato en todo lo vivido durante el día, en todas las cosas hermosas o no hermosas que tenemos alrededor, en todos los seres humanos que tienen el poder de saber atrapar la luz, el movimiento, la ternura o la belleza, y la saben transmitir. Pensé en el goce compartido y en que merece la pena dedicar de vez en cuando un día al arte (sin helarte) y en disfrutar de la emoción absoluta de mirar. Pensé en las grandes tierras vírgenes; en el mar que rodea mi isla y que amenaza y protege; en la vida, la historia y las gentes de mi pueblo... Y, como Mafalda, ante los impresionantes bosques y lagos de Bariloche,  me dije que los hombres se las tendrán que ver en figurillas para echar a perder tanta belleza.


(Imágenes de Salgado: 
1: Iceberg entre la isla Paulet y las islas Shetland del Sur en el mar de Weddell. Península Antártica
2: Elefante asustado ante la proximidad de humanos. Parque Nacional de Kafue, Zambia.
3: Baobab sobre una isla hongo en Madagascar.

Imágenes de Alicia Borges:
1. ¡Vamos a sacarte de aquí...!
2. Cuando estamos juntos...

Imagen de Manolo Sánchez:
El Portezuelo)

lunes, 8 de septiembre de 2014

La era de los descubrimientos




Recibo por guasap un correo -de esos que van y vienen y que supongo que todos han visto- donde defienden la hipótesis de que Colón descubrió América porque era soltero. Si hubiera tenido mujer, ésta le hubiera dicho cosas como "¿Y por qué tienes que ir tú? ¿Y por qué no mandan a otro? ¡Todo lo ves redondo! ¿Estás loco o eres idiota? ¡No conoces ni a mi familia y vas a descubrir el nuevo mundo! ¡Ni siquiera sabes a dónde vas! ¿Y sólo van a viajar hombres? ¿Quién se lo va a creer?¿Y por qué no puedo ir yo si tú eres el jefe? ¡A mí nunca me llevas de viaje! ¿Y quién es esa tal María? ¿Qué Pinta? ¿Y dices que es una Niña?... ¡A mí me vas engañar! ¿Qué la Reina va a vender sus joyas para que viajes? ¿Me crees tonta o qué? ¡A saber qué tienes con esa vieja! ¡No permitiré que vayas a ningún lado! ¡Siempre te las apañas para dejarme sola!  No va a pasar nada si el mundo sigue plano. Así que ni te vistas porque ¡¡¡no vas!!! ".

El caso es que, si lo piensan, algo de razón tiene ¿Qué se les habría perdido a Colón y a todos esos descubridores para poner todos sus afanes en partir con rumbo desconocido y surcar mares procelosos que se supone que son el fin del mundo, caminar por polos inhóspitos y muy, muy fríos, o explorar selvas llenas de hombres o animales salvajes que igual comen de aperitivo "Explorador al pilpil"? ¿De qué pasta estaban hechos esos hombres y esas mujeres (que también las hubo a pesar de fajas y corsés)?

Esa pasta, en realidad, es de lo que estamos hechos los seres humanos desde que nacemos. Ahora que ejerzo de abuela de mi nieta de un año -ya saben, quedarte embobada mirándola descubrir el mundo-, veo en ella la pasión, la curiosidad y el coraje de un Livingstone. Está disfrutando ahora de uno de los descubrimientos más asombrosos, capaz de dejar chiquitos a Hillary y al sherpa Tenzing en su primera subida al Everest: la de empezar a caminar. De pronto se suelta de la pata de la silla de la que estaba agarrada. Y luego pone un pie delante del otro tendiéndome las manitas y da sus primeros pasos ¿Has visto?, parece decirme ¡Ni Armstrong en la Luna lo hizo tan bien! Y ya nada podrá pararla ¡A pasear, a saltar, a bailar, a independizarse de los mayores que la llevan y la traen sin pedirle permiso!

Y luego vendrá el otro maravilloso descubrimiento, el salto entre la palabra que está en la mente y la realidad de ahí fuera, el descubrimiento del significado ¡Ríete de quienes descubrieron la Piedra Rosetta, los manuscritos del Mar Muerto o el tesoro de Tutankhamon! En la película "El milagro de Anna Sullivan", hay una escena emocionante (yo siempre lloro) entre Anne Bancroft (Anna Sullivan) y Patty Duke (Helen Keller): el momento en que la niña ciega, sorda y muda de nacimiento descubre, guiada por su maestra, que la palabra "agua" responde a una realidad que corre y moja sus manos. Como le pasa a Helen Keller a partir de ese momento, también a mi nieta se le abrirá el mundo y todas las posibilidades del lenguaje, desde recitar un poema a hacer un chiste malo.

Y, entretanto, venga a seguir descubriendo y maravillándose de lo que siente alrededor. Una traba azul de la ropa ¡oooohhh! Un frasquito con su tapa ¡oooohhh! Y otro montón de ¡oooohhhs! para una nuez, para una pluma blanca de paloma, para una flor que encontró en el suelo, para un saltamontes, para un trino que oye o el ruido de un avión lejano... El mundo es asombroso y constituye una aventura, como les pareció a todos los Pizarros y Hernán Cortés que encontraron otras tierras y otras gentes.

Tal vez sea cierto o no que Colón estaba soltero cuando fue a América, pero lo que sí es seguro es que conservaba la curiosidad, la osadía y la capacidad de asombro de los niños. Ellos, los protagonistas de la verdadera era de los descubrimientos, saben que el secreto de no envejecer es mirar el mundo con ojos nuevos, como si fuera la primera vez.

(La foto es de los primeros pasos, un poco escorados todavía, de mi nieta Julia)