lunes, 30 de septiembre de 2013

Las bicicletas no son para el verano



Sí, sí, ya sé que las bicicletas son ya la imagen del siglo XXI, que nos sumergen en los territorios inexplorados de las ciudades que no recorreríamos con los pestilentes coches. Ya sé que desde hace 150 años (Ernest y Pierre Michaux hicieron las primeras en 1860) es el medio de transporte más ecológico, sano y sostenible.
Ya sé, no hace falta que me lo repitan, que hay ciudades, como Amberes, Copenhague o Ámsterdam, en las que una se maravilla de ver tanta bici aparcada y pululando, o en las que te encuentras hasta con ganas de ser aquel ciclista que, con ritmo pausado, cruza la ciudad llevando detrás un ramo de tulipanes.
Ya sé también que hasta los escritores festejan y colman de poesía a la bicicleta a la que definen como “un vehículo movido por el deseo cuyo motor son los sueños” (Eloy Tizón). En la “Misericordia” de Galdós uno de sus personajes alquila una bicicleta –un sobresalto ágil de vida moderna en medio del atraso y la pobretería, dice Muñoz Molina- para ir de Madrid a El Pardo. Proust habla de “las muchachas en flor” montadas, gráciles y sin perifollos, en bicicletas. Fernando Fernán Gómez le hace decir a un padre, en medio de la guerra, que “las bicicletas son para el verano”. Y nuestro Nijota la muestra en su “Amor en bicicleta” como símbolo de estatus social.
Pero yo, qué quieren que les diga, soy un desastre en bicicleta. Me siento más bien, ya que hablamos de autores, como Henry James que intentó aprender a montarla y perdió el control atropellando a una niña que, casualidades de la vida, de mayor sería Agatha Christie. O como Luis Mateo Díez que a su ineptitud añadía el miedo y la osadía del descontrolado y que se llevó por delante, cuando cogió por primera vez la bici, al abuelo Perto, a su hija Pura, a un caldero de puchero y al perro de Tomás, antes de acabar estrellado contra un chopo. Casi, casi como yo.
Y mira que me gustaba, de chica, mi triciclo rojo… Pero estaría feo ahora ver a una señora de 65 años en triciclo, por más que yo hablara de las delicias de sentir el pelo y la tela del vestido agitados por la brisa de la velocidad. Y no crean que no lo he intentado. En Preu algunas veces nos subíamos toda la pandilla a La Laguna, alquilábamos bicicletas en Morales, nos íbamos al Camino Largo y allí uno de mis amigos, que sentía debilidad por mí (si no, no me explico su paciencia) intentaba enseñarme mientras yo oía “¡¡¡No!!! ¡¡¡Noooo!!! ¡¡¡Así no!!! ¡¡¡Frena!!! ¡¡¡Endereza!!!... ¡¡¡Plooofff!!!”.
Tengo amigos que suben, aguerridos, a Las Cañadas un domingo sí y otro también ¡Hasta hablan y cantan cuando van en bici! Vi el otro día una foto de Humphrey Bogart pedaleando con la mano en el bolsillo y mirando al tendido como pensando en sus cosas ¿Cómo puede parecer tan sencillo y relajado? Yo me aferro con las dos manos al manillar, se me trabucan los pies en los pedales y, aunque mire al frente, la bicicleta va por otro lado. Ni siquiera pienso en eso que dicen de que la vertical favorece el perfil ¿Vertical? ¡Yo tiendo más a la horizontal!
Por eso me dio pena y ternura a la vez cuando este verano le regalaron a mi nieta por su 10º cumpleaños una bicicleta ya de niña mayor, sin las rueditas de detrás. En su mirada de aprensión, en su gesto de temor, en lo patoso de su primer recorrido, me vi a mí misma y pensé: “¡Vaya por Dios! ¡Mira lo que iba a heredar de mí!”.
¡Ya podía haber heredado una finca, la verdad!

lunes, 23 de septiembre de 2013

Esto es amor




Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso.

No sé si la culpa es de este septiembre luminoso con atardeceres de ensueño y parejitas viendo la puesta de sol con embeleso. O de este verano en el que en muchos libros de los que leí, así fueran de novela negra, se colaba una historia de amor. El caso es que, como si hubiera una predisposición natural a ello, me he encontrado escuchando, en esas charlas distendidas de los días largos, dos historias de encuentros y desencuentros amorosos con la misma atención y pasión con la que algunas de mis amigas oyen los culebrones de sobremesa.
Una es una historia tipo García Márquez. En un pueblo pequeño chico y chica se enamoran perdidamente. Pero ¡ay! ella es rica y él, pobre como una rata. El padre no permite que su hija se rebaje y la obliga a casarse con uno de su misma clase. Cuando se entera del compromiso, el enamorado, rabioso, protesta y ruega, pero ella no se atreve a desafiar la voluntad paterna. Al final, la va a rondar y le canta unos versos que no se han olvidado:
“Yo te quería sutil,
linda cual una violeta,
pero eres una coqueta,
mentirosa, falsa y ruin”.
¡Toma ya! Pero a pesar de todo, de la pena, el rencor y la tristeza, de que cada uno se casa con otra persona, de los hijos y nietos, del paso de los años y del día a día rutinario, todo el pueblo sabe (porque en los pueblos se sabe todo) que ella sigue enamorada de él y que él sigue enamorado de ella. No se hablan –apenas un saludo al pasar que es casi una caricia- pero en sus miradas hay todo un mundo de amor y pérdida. Ella enviuda, ya mayor, pero él sigue casado y muere poco después.

No hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso.”

La otra historia es tipo León Tolstoi. En una ciudad grande chico y chica se enamoran perdidamente y esta vez se casan. Pero hay una guerra y él tiene que marchar. Llanto, desconsuelo, indefensión. Al tiempo se le da por desaparecido y, con los años, por muerto. Ella se casa con otro y se va a vivir a una isla lejana, buscando una nueva vida que le haga olvidar. Pero una vez, cuando vuelve a su ciudad a visitar a la familia, se entera de que él ha regresado después de haber estado prisionero muchos años. Pero ¡ay! vuelve enfermo. Ella se va a vivir con él y lo cuida hasta el final. Luego regresa a la isla y se separa del marido.

Huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño…”

Me las contaron distintas personas. Son historias de distintas épocas, lugares y actitudes. Pero tienen en común que son reales. No son novelas en las que él y ella acaban en un barco por un río caribeño amándose toda la vida. Aquí no hay final feliz ni música de violines ni el “para siempre”. Las historias reales tarde o temprano terminan mal porque siempre hay un final en el que se llora.
Pero también son historias de amor del bueno, de las que hay que “creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño:
esto es amor; quien lo probó lo sabe”
(Lope de Vega)

lunes, 16 de septiembre de 2013

Historias de Los Sauces: la historia de la Miss




El Charco Azul, en Los Sauces, es de los que crean adicciones inquebrantables. Podrán hacerles playas al lado, en Puerto Espíndola, podrán montar piscinas naturales y más grandes en La Fajana, pero los que se han criado bañándose en sus aguas, claras y frías, entre espumas de olas retumbantes, le permanecerán fieles por siempre jamás. Y es que este rincón, a ratos apacible, a ratos sacudido por ese mar del norte que te limpia hasta el aliento, tiene una cualidad especial: es pequeño, hecho al tamaño de un pueblo y sus habitantes.
Por eso, todos los sauceros, los oriundos y los de fuera tenemos un montón de historias compartidas al amparo de mañanas y tardes de juegos y risas.
Recuerdo a mi prima Mª Elena, que ya murió, bajando por las escaleras y cantando a grito pelado “O sole mío”, llevada por el entusiasmo de saberse joven y de vivir un momento impagable. Recuerdo tardes de coger lapas y burgados por el Varadero para comerlas, a veces crudas, a veces asadas con mojo verde. Recuerdo la vez que mi primo Pepe y los amigos recogieron billetes del agua como si hubieran caído del cielo… Pero, sobre todo, recuerdo la historia de la Miss.
Eran los años 60. En el pueblo teníamos, veraneando, una Miss España guapísima. Si hay expectación y chismorreo cuando íbamos pelagatos como nosotros, imaginen cuando aparece ¡una Miss! Se analizaban sus espectaculares trajes, su peinado, sus compañías, sus gestos… En la Plaza, en las ventas, en el Casino, hasta en la Iglesia, no se hablaba de otra cosa.
Y en esas, una mañana que estábamos todos en el Charco a nuestras cosas, se presenta la Miss con un look playero de esos que sólo salían en las revistas, no como el nuestro que era más bien de toalla y cholas. Ella, no; ella iba con su cacho pamela, con su pareo multicolor, con sus tacones y con su bañador último modelo (bikini, no, que no eran los tiempos todavía). El tipazo era de los que quitaban el hipo.
Se apagaron los gritos, las conversaciones, las bromas y los chapoteos. Disimulábamos pero todos estábamos pendientes de ella, que lo sabía perfectamente. Entonces se tiró al agua. Y, en el instante en que lo hacía, lanzó un gritito estridente y ridículo, un “¡¡¡Iiiiiiiiiii!!!”, que sonó como una nota falsa. Nadie dijo nada y ella siguió, guapa y maravillosa, tirándose a cada poco con sus “¡¡¡Iiiiiiiiii!!!” ratoniles y desajustados. Al rato, salió, se envolvió en el pareo, sacudió su dorada melena, los que la acompañaban recogieron, serviles, las toallas y cestos de la diosa y ella desapareció.
En ese momento, sin ponerse de acuerdo, como obedeciendo a una señal invisible, todos los chicos que estaban en el Charco se tiraron a la vez al agua y lanzaron un “¡¡¡Iiiiiiiiii!!!”, que esta vez sonó a coña marinera.
Han pasado 50 años de eso y todavía me río al recordarlo.
Los chicos de Los Sauces eran (y espero que sigan siéndolo) así de divertidos, así de ingeniosos, así de burleteros.



lunes, 9 de septiembre de 2013

Las papas escarrapuchadas




Me lo contó mi padre que, de chico, con 10 años, acompañó una vez a mi abuelo a Garafía desde Los Sauces. Mi abuelo, además de poeta, era carpintero y contratista de obras y, cuando le salía un trabajo en algún pueblo de La Palma o en otra isla, él, que tenía el alma nómada, allá que se iba, muchas veces arrastrando a familia y enseres. Esta vez, sin embargo, la cosa era más sencilla aunque el destino fuera Garafía.
Los que conocen el norte de La Palma saben de sus montes altos, de los barrancos profundos y del difícil camino para llegar allí. Hoy, que hay carretera –aunque estrecha y con curvas- se tardan sus buenas dos horas, pero en aquellos tiempos el pueblo estaba completamente aislado del mundo. Sólo se llegaba a él por mar en una falúa que te dejaba en una especie de embarcadero, en realidad una piedra grande a la que había que saltar con bastantes probabilidades de pegarte el remojón. O, si el mar estaba malo o no estabas para acrobacias, había que ir a través de caminos y veredas al borde de barranqueras. Era tan complicado el trayecto que mis tíos-abuelos, que vivieron allí cuando él era secretario del ayuntamiento, tardaron un año en encontrar el modo de ir a Los Sauces a apadrinar a un sobrino, con el riesgo de que el chiquillo estuviera tanto tiempo sin cristianar y se fuera al limbo si le daba un mal aire.
Por eso, en aquella ocasión mi abuelo y mi padre se pusieron en camino hacia Garafía como quien se va a Samarcanda por la ruta de la Seda. Se llevaron un burro y se tomaron las cosas con calma, como hacía la gente de antes: a disfrutar del caminar en medio del monte, verde y tupido, de la majestuosidad de los barrancos –los más hondos de las islas-, de las noches claras y estrelladas y del fresco del alisio en la cara. Se tardaba dos o tres días en llegar y, por las noches, dormían en pajeros que encontraban en casas perdidas de la mano de Dios o, si no, al raso. No muchos estarían dispuestos a un viaje así, pero mi abuelo era un poeta y mi padre, un niño.
Un día encontraron una casa donde los recibió una viejuca con 4 dientes mal puestos en la boca. Con la hospitalidad palmera enseguida los invitó a comer y les ofreció unas sardinas saladas y unas papas, guisadas y humeantes, recién cogidas de la huerta. Cuando le puso delante el plato de papas, la vieja le dijo a mi abuelo: “A lo mejor a usted le gustan escarrapuchadas”. Mi abuelo, a quien le gustaba comer y beber bien y que era muy curioso con los platos nuevos, dijo enseguida que sí, pensando entusiasmado en probar una receta ancestral. Entonces la vieja cogió un mortero con mojo verde picón, se lo llevó a la boca, lo burbujeó bien entre los dos mofletes y los 4 dientes, y echó el contenido del buche, espurrufiándolo, sobre las papas, ante la mirada atónita de mi abuelo y de mi padre.
Ahí fue cuando mi abuelo recordó de pronto que tenía que irse urgentemente, casi de estampida, para llegar a tiempo a Garafía y cuando a los dos se les quitó el hambre de repente.
Y ni que decir tiene que, cuando después lo contaba, además del cachondeo de todos, siempre estaba la coletilla de mi abuela: “Eso te pasa por ser un gourmet”.

(En la foto, montes del norte de La Palma) 




lunes, 2 de septiembre de 2013

En pelota por el mundo




La historia de la humanidad es la historia de una imposición: la del vestido.

Nacemos en pelota picada y ahí ves enseguida a las madres empeñadas en ponerte patucos, faldellines, pijamas, pañales, ranitas, camisetas, vestiditos, y ¡hasta manoplas en las manos! Y tú te agitas y pataleas y lloras, reivindicando tu verdadero ser desnudo… Pero, al final, te rindes y pasas por la vida vistiéndote todas las mañanas de distintas cosas. Por ejemplo, mis coetáneas y yo, de niñas, con pamela, cancán y traje almidonado los días de fiesta; en el colegio, de uniforme negro horroroso y boina de plato los días normales, y de uniforme blanco, lazo negro y velo (más horroroso todavía) los días de gala; de traje largo blanco y otra vez con velo y un casquete parecido a una lechuga, cuando te casas; de trajes discretos (no vas a ir de lagarterana) en el trabajo… Y así sucesivamente: trajes de mañana, trajes de tarde, trajes de noche… Y en el grito: “¿Qué me pongo hoy?” parece resonar el primitivo y atávico: “¿Y si no me pongo nada?”.

Y es que, al mismo tiempo que la mayor parte de nosotros nos hemos ido embutiendo encima pieles prehistóricas, armaduras que nos hacían parecer latas de sardinas, trajes de monja, rey o pirata que señalaban un status, miriñaques o pelucas empolvadas (y empiojadas)…, hay una pequeña parte de la humanidad empeñada en lo contrario, en recuperar esa alegría natural que sienten los niños cuando van dejando su ropa atrás y son, como en las tiras de Mafalda, “el Guille en versión completa huyendo de la censura”.

Personas como los strippers que se quitan la norma (y el vestido) de encima y corren para protestar por cualquier hecho –la homofobia, la guerra, la discriminación…-, desinhibidos y en cueros, ante escandalizadas autoridades de chaqueta y corbata.

O como aquel que vio mi amiga Ani en la Playa de Las Gaviotas, completamente desnudo, pero eso sí, con sombrero y bufanda roja al cuello, no fuera a resfriarse.

O el que estos días fue por las carreteras de Sevilla en moto, borracho y como su madre lo trajo al mundo, perseguido por la policía. Acabó tirando la moto y escondiéndose en un campo de girasoles, igual hasta diciendo: “¡Cucú! ¡Aquí estoy!”.

Es esa parte de la humanidad que no ha olvidado su origen primigenio; la que todavía siente el peso de la ropa sobre el cuerpo (y quien dice ropa dice tradición, raíces, costumbres); la que envidia a las tribus primitivas; la que preferiría ir desnuda, en pelota, en bolas, en cueros vivos, en porretas, con el culo al aire.

Es la humanidad, en fin, que se identifica totalmente con Adán y Eva antes de la serpiente y maldice la hoja de parra y sus derivados que nos hemos ido poniendo, capa tras capa, después.



(Imágenes: "Adán" y "Eva" de Durero, y la tira de Quino sobre el Guille en versión completa)