lunes, 24 de junio de 2013

La estiradera




Los niños de ahora no saben hacer una estiradera, estiladera, tiradera, tirachinas o como se diga. No tienen las ganas, ni la paciencia, ni la ilusión para ello. Pero hace falta tener al menos alma de niño, pensó Antonio, para a sus 65 años ponerse a hacer una. Y que no es fácil ¿eh?
Primero, hay que buscar la rama de un árbol apropiado, porque no vale uno cualquiera, como el nisperero, por ejemplo, que tiene ramas quebradizas. Las mejores son las de brezo pero vete tú ahora al Monte de las Mercedes a buscar brezo y que te vean desmochando uno. No, mejor coger una buena horqueta de un limonero, membrillero o naranjo, dejarla secar y, luego, rasparla amorosamente con la navaja de siempre, haciendo, además, los rebajes para las gomas y los agujeros en la badana.
Antonio sonrió para sí cuando pensó en dónde compró la goma de manteca, que es la mejor para una buena estiradera, no como antes, que se hacían con tiras de “gomático”. Le costó encontrarla porque de eso no venden en Leroy, qué sabrán ellos. Le hablaron de una librería en la calle Barranquillo y allá que se fue, preguntando al dueño nada más verlo por la dichosa goma. El dueño lo miró y le dijo: “¿Usted no estará haciendo una estiradera?”. Y entonces le enseñó la que él tenía guardada debajo del mostrador. Se entendieron como almas gemelas que se encuentran en medio del desierto.
Luego viene encontrar los proyectiles, las piedras, que tienen que ser redonditas, del tamaño de un boliche, suaves y lisas, que se pudieran casi acariciar como el hombro de una mujer. A este menester, el de recoger piedritas, se dedicaron él y su nieto en los paseos a la orilla del mar de los últimos domingos.
Y, en medio, hizo dos estiraderas –una con mango en forma de Y y otra sin mango, como una que tuvo de chico-, mientras le contaba a su mujer, cuando ella salía al patio a regar los geranios, las batallas campales de antes, de las que los padres no se enteraban nunca, cuando se enfrentaban en el Parque los de los Pabellones Militares con los de la zona de Numancia. Aquello era como las Guerras Púnicas, o mejor, como las luchas tribales, a ver quién primero le daba una pedrada al otro. Pero esas hostilidades se suspendían en beneficio de una alianza común cuando los de Los Campitos, a quienes llamaban los Gomeros (¡Los Gomeros! ¡Que vienen los Gomeros!), se abatían sobre ellos, o cuando ellos subían hasta arriba, más allá del Quisisana, a la Cueva de la Laja, a buscarlos y a tomarse el desquite.
Y tal vez, por las remembranzas, a Antonio se le ocurrió una idea feliz: un campeonato de estiraderas ¿No hablaban siempre sus amigos de lo buenos que eran tirando a dar en aquellos tiempos? Pues ese era el momento de demostrarlo. Y, si alguno de ellos se ponía en plan adulto e intelectual diciéndole que eso eran juegos de niños, les diría que las estiraderas son un arma tan noble como otras (por más que la mayoría de las veces sus víctimas fueran los lagartos) y que, al fin y al cabo, son las tataranietas de aquella honda con la que David derribó a Goliath o de las que Viriato, aquel pastor lusitano, blandió para abollar el casco a los romanos.
Pero, ante su sorpresa, nadie alegó ni un pero y todos aceptaron entusiasmados, incluso fabricándose su arma más de uno. Y el día de marras reunió a todos los amigos en su casa, montó en la huerta un cañizo en el que colgaban al sol, como en un tendedero multicolor, cascos de botellas de cerveza de latón, y estableció las reglas: 2 tiros de prueba y 5 de campeonato; premio de una caja de plátanos para los dos primeros, y el resto pasaba a ser nombrado oficialmente el “Grupo de los matados”.
Y aquellos hombres, muchos de ellos abuelos políticamente correctos, por un instante glorioso se sintieron como David, como Viriato, como los trogloditas de las cavernas prehistóricas que acaso cazaban alguna liebre con algo parecido. Revivieron las luchas contra los Gomeros de Los Campitos, gritaron con un júbilo atávico… y se sintieron niños. 



lunes, 17 de junio de 2013

Una simple tarjetita



Todos alguna vez en la vida nos hemos hecho la pregunta “¿Qué hubiera pasado si…?”. Si aquella vez hubiera elegido diferente, si hubiera dicho sí en lugar de no, si no hubiera estado precisamente en aquel lugar y en aquel momento… La vida se nos plantea como uno de esos tableros que de niños nos ponían: ¿Cuál es el camino que debe seguir el oso para llegar a su madriguera?  Y, entre todas las posibilidades, unas no conducían a nada y otras conducían a sitios no deseados.
La literatura y el cine han jugado muchas veces con la idea. “Regreso al futuro” -pero antes Ray Bradbury en “El ruido de un trueno”- defendía que todo lo que hacemos, por muy insignificante que parezca, conduce a este presente. Si cambiamos el pasado, el hoy será completamente diferente. En “Dos vidas en un instante”, Gwyneth Paltrow cogía y no cogía el metro que la llevaría (o no) a descubrir in fraganti a su novio con otra: el instante cuenta. Y, por supuesto, en “¡Qué bello es vivir!”, James Stewart se da cuenta por obra y gracia de Clarence, un ángel de 2ª clase, de cómo sería la vida de su pueblo, su familia y sus amigos si él no hubiera existido.
Pero, sin ir al cine o a los libros, cualquiera de nuestras vidas es un claro ejemplo del “quéhubierapasadosi”. Mi padre y mi madre, por ejemplo. Mi madre tenía 19 años y estaba terminando el bachillerato cuando vino a pasar, desde la Palma, un verano a Tenerife, a San Andrés concretamente. Mi padre tenía 23 años, había terminado la carrera y estaba haciendo las Milicias Universitarias. Lo destinaron ese verano a San Andrés. Allí se conocieron y dieron unos cuantos paseos, nunca solos.
Y entonces ella se vuelve a La Palma. Mi padre le pide la dirección y, apenas ha dejado de ver el barco en que ella se va, le manda una ardorosa carta de amor a la que ella responde con otra -encabezada por un gélido “estimado amigo”-, en la que se declara sorprendida ante tamaño entusiasmo y le dice que apenas se conocen y que pueden ser simplemente amigos. Él le manda otra igual de vehemente y ella se pasa entonces más de 20 días sin escribirle. El 31 de octubre los dos escriben cartas que se van a cruzar. La de él es preguntando por qué no le ha contestado, le pide que sea sincera y le dice: “Si se me presenta ocasión de solicitar destino a Santa Cruz de La Palma ¿debo aprovecharla?”. La de ella es disculpándose por no haber escrito antes pero el comienzo de curso la ha tenido bastante ocupada y, además, ha habido muchas fiestas y bailes de los que no se ha perdido ni uno (esto tiene que haberle sentado a él a cuerno quemado).
El caso es que entonces cada uno espera que el otro responda y, al no hacerlo, se interrumpe la correspondencia.
¿Qué hubiera pasado si la cosa hubiera seguido así? En principio ustedes se hubieran librado de estos rollos míos. Los 16 descendientes, que hoy vivimos porque ellos decidieron unirse, no hubieran existido jamás, ni la casa de la calle del Pilar ni la del Toscal se hubieran llenado de risas de niños (por lo menos de esos niños). Nunca se hubieran celebrado las fiestas comunes –bulliciosas y divertidas- de las dos familias  y tampoco una de mis primas maternas se hubiera casado con mi tío paterno ni hubiera existido tampoco su descendencia. Este yo que soy yo no habría nacido nunca.
Pero entonces en navidad, dos meses después, mi madre le mandó a mi padre una tarjetita. Una simple tarjetita (además con retranca porque lleva una frase impresa que dice: “¡Qué engañosos son los hombres!”), en la que le desea felicidad. Fue suficiente para que mi padre cobrara esperanzas, para que volviera a insistir, para que aclararan malentendidos, para que pidiera un permiso en el cuartel para ir a verla y esperarla a la puerta del Instituto, para que luego pasaran dos años escribiéndose antes de casarse… En fin, para que estemos aquí, en este mundo, mis hermanos y yo, mis hijos, mis nietos, mis sobrinos y mis sobrinos nietos.
Una simple tarjetita. Ganas me dan de encuadernarla. 

lunes, 10 de junio de 2013

Fantasmas de La Laguna




Hay un cuento de Valle Inclán titulado “El miedo” en el que el narrador, un Granadero del Rey, habla de la única vez en que sintió “ese largo y angustioso escalofrío que parece mensajero de la muerte, el verdadero escalofrío del miedo”. Estaba solo en una capilla húmeda, tenebrosa y resonante esperando a que viniera el Prior de Brandeso a confesarlo cuando oye, en el silencio del lugar, dentro de un sepulcro, el entrechocar de los huesos del esqueleto enterrado y “el hueco y medroso rodar de la calavera sobre su almohada de piedra”.
Me puedo imaginar perfectamente el panorama: los pelos erizados, el corazón truncuneando a todo meter, la boca seca y agarrotada, las piernas de gelatina, el pensamiento de salir por patas ya y la convicción de que no te puedes mover...Y eso que todos decimos que no creemos en los fantasmas y que estos están ahora de capa caída. En las ciudades las palas mecánicas de la especulación y la poca sensibilidad urbanística han arrasado con sus hábitats naturales, esas viejas casonas y esos palacetes antiguos que guardaban bajo sus vigas historias truculentas y secretos inconfesables. No, no es buen tiempo para espíritus…
Ah, pero en La Laguna es otra cosa. La Laguna  es esa “ciudad tranquila de los conventos y de las huertas”, de la que Manuel Verdugo decía después:
mientras la lluvia pule la piedra de tus blasones
serena tejes tu noble ensueño de cosas muertas
en un silencio pleno de extrañas evocaciones”.
Es imposible pasear una noche por La Laguna (esas noches laguneras, noches de niebla y de frío) sin imaginar precisamente las extrañas evocaciones, los fantasmas que te acechan tras las altas claraboyas o las celosías de un convento.
Está el más famoso, Catalina, lamentándose eternamente por los pasillos del palacio Lercaro y por los alrededores de dónde estaba el pozo por el que se tiró la noche de bodas allá por el siglo XVI (antes muerta que mal casada) Todavía asusta, como tiene que hacer un buen fantasma, a los que hacen guardia en la casa, que oyen sus pasos en el piso de arriba y sus susurros en la noche.
Pero también hay otros. Enfrente del palacio, hay una casona deshabitada con los salones de la parte baja alquilados. Los inquilinos llamaron a los dueños para preguntarles: “¿Hay alguien en la casa? Porque todos los días a las 3 de la tarde se huele el aroma de un puro”. A los dueños, después de comprobarlo, se les puso la piel de gallina porque su abuelo, muerto hace muchos años, solía fumarse un puro en la puerta de la calle después de comer. Se ve que ni la tumba consiguió que dejara el vicio…
En la casa de mi amiga Maruca se oye el frufrú de telas y pasos en la escalera sin pies dentro. Nosotros le decimos que es el fantasma del Deán Palahí que vivió allí y que de vez en cuando se pasea a ver cómo va la cosa. Y más abajo, en la misma calle San Agustín, también hace acto de presencia con el acostumbrado trajín de ruidos el fantasma de un chico que murió en un duelo hace siglos.
En la Plaza del Adelantado hay otro fantasma célebre, el de Sor Úrsula de la Cruz, que llora todavía tras la celosía del convento de Las Catalinas recordando el momento en que vio desde allí decapitar en la plaza a su amante, un Nava y Grimón que se atrevió al enorme crimen de querer robarle la novia a Dios. Ella fue castigada a quedarse encerrada en su celda toda la vida y, cuando murió, se dice que tenía guardadas en el pecho las cartas de él. Hoy la han visto en noches de niebla pasear por la plaza, estremeciendo a los que se la tropiezan.
No, no creemos en los fantasmas, pero hasta en mi instituto, el más antiguo de Canarias, que antes fue un convento agustino,  las señoras de la limpieza no quieren ir por la noche al Patio de los Cipreses (en una de cuyas esquinas se encontró una tumba) porque se oyen ruidos raros.
En el cuento de Valle Inclán, cuando llega el Prior de Brandeso, un hombre arrogante y erguido, a confesar al Granadero del Rey y lo ve hecho un trapo, con los ojos desorbitados y muerto de miedo, le hace abrir la tumba y, sin una palabra ni un gesto, coge la calavera y se la da. En ella había un nido de víboras que el joven sacude con horror. El Prior lo mira “con sus ojos de guerrero que fulguraban bajo la capucha como bajo la visera de un casco" y le dice:
-          Señor Granadero del Rey, no hay absolución… ¡Yo no absuelvo a los cobardes!”.
A todos nos gustaría ser tan valientes como el Prior de Brandeso, pero lo cierto es que somos tan cobardes como el Granadero del Rey.




lunes, 3 de junio de 2013

Historias de Los Sauces: la historia de Gabriela




Gabriela se acuerda del día en que, siendo niña, el tío Eusebio, un hombre serio y autoritario, al que ella tenía un pánico enorme, la mandó a buscar agua a la fuente de Marta y para ello le dio un cesto. Gabriela recuerda su desconcierto ¿Un cesto? Es imposible llenar un cesto de agua ¿Será una broma? Pero el tío Eusebio nunca bromeaba y su mirada, impaciente y fija en ella, lo demostraba. Temblando cogió el cesto y vio que estaba tapizado de hojas de col.  Ni una sola gota de agua se derramó cuando volvía, de prisa y casi saltando, por el camino bordeado de ñameras. Entonces comprendió que hay cosas que a primera vista parecen imposibles y que no lo son.
De mayor, Gabriela se hizo novia de Enrique, que pronto se marchó a Venezuela a probar fortuna, y con el que mantenía, cartas van, cartas vienen, un amor tibio y tranquilo. Nada la había preparado para el impacto que tuvo el día en que apareció en su casa Juan, un primo de Enrique al que no conocía. Juan, que vivía en Tenerife y estaba haciendo la mili en Sidi Ifni, aprovechó unos días de permiso para ir a Los Sauces y ver a la familia. Cuando Gabriela lo vio –alto, con un bigotito fino, ojos cálidos y risueños, moreno por el sol africano-, me confesó que pensó: “Si no me caso con este hombre, me meto a monja”. No pensaba sino en él, no quería sino a él. Y a Juan le pasó lo mismo. Cuando se licenció de la mili, venía a cada poco a Los Sauces, en la cubierta de aquellos correíllos infames de entonces, para verla.
Los familiares, que, al principio, no sospecharon nada, le decían:”¿No escribes a Enrique?”. “Sí”, decía Gabriela, y se ponía a ello, sabiendo que, cuando no la vieran, rompería la carta.
Juan y Gabriela se casaron a los dos años en la Iglesia de Montserrat con la bendición de Don José, el cura confidente y amigo, y vivieron 58 años juntos, sin separarse jamás, hasta que él murió el año pasado. En la foto de la boda está ella, seria y un poco asustada, con un traje de chaqueta gris y un velo negro de encaje en la cabeza. Pero él está sonriendo con toda la felicidad del mundo en los ojos.
Hasta ese momento tuvieron que superar prejuicios, habladurías, la incomprensión de la familia, los reproches, la tristeza del novio ausente que escribía: “¿Qué negra mano se ha interpuesto entre nosotros?”… Pero Gabriela sabía que hay cosas, como llenar un cesto de agua, que en principio parecen imposibles y que no lo son. Y que hay amores que son tan sencillos como una canción.

(La foto, hecha por mi amigo Jesús, es de la Iglesia de Montserrat, donde se casaron Juan y Gabriela)