lunes, 27 de mayo de 2013

Gente de paz




Yo nací y crecí en un mundo de puertas abiertas. En los pueblos de mis veranos infantiles e incluso en la casa de mis abuelos en La Laguna la puerta de la casa siempre estaba abierta. Si la casa era de confianza, entrabas como quien pisa terreno comunitario y acogedor. Si no, uno se acercaba al zaguán y gritaba, por ejemplo: “¡Agustiiiina!”, y allá en el fondo, entre ruidos de cacharros de cocina, se oía la voz de la tal Agustina: “¿Quién eeees?”.Entonces uno decía: “¡Paz!” y entraba. A mí siempre ese “paz” me intrigó de chica hasta que descubrí que lo que realmente queríamos decir con ese salvoconducto era “Somos gente de paz”.
Las claves para entrar en algún sitio o para acceder a algo nos parecían cosas de cuentos, como el de Alí Babá con su “Ábrete, Sésamo” ante la cueva de los 40 ladrones. Los personajes de Tolkien en “El Señor de los Anillos” se las ven y se las desean ante las cerradas puertas de Moria cuando leen lo que dice la contraseña:”Habla, amigo, y entra”, mientras los lobos aúllan alrededor y unos tentáculos largos y sinuosos provistos de dedos salen de la pestilente laguna cercana y le agarran una pierna a Frodo. Y, aunque la ocasión no era muy propicia para ponerse a traducir, al final comprenden que el sentido correcto de la frase es “Di “amigo” y entra”.
También hay un montón de contraseñas en los libros de Harry Potter para algo tan sencillo como irse a su dormitorio. En la puerta, ante el retrato de la Señora Gorda, en los siete libros los alumnos de Hogwarts dicen “caput dragonis”, “hocico de cerdo”, “somormujo”, “sorbete de limón”, “fortuna maior”, “rompetechos” o “pitapatafrita”, y esas palabras bastan para que se abra un agujero en la pared.
Y no te digo nada de las novelas de espías con sus frases crípticas o sus salvoconductos misteriosos. Aunque a mí el que me viene a la mente es Psmith, en “Dejádselo a Psmith” de P.G. Wodehouse, que queda en el vestíbulo de un hotel con un desconocido (que le va a encargar que robe un collar) y tiene que llevar un crisantemo rosa en el ojal y decir la frase: “Mañana lloverá en Northumberland”, a lo que el otro tiene que contestar “Bueno para las mieses”.  La escena de Psmith, parado con algo parecido a un arbusto en el ojal, diciéndole a todo el que se pasa por allí lo del Northumberland, es de las más divertidas que he leído.
Pero ahora ya las claves no pertenecen al mundo literario sino al real. Si tienes alarma, necesitas una clave para entrar en tu casa. Necesitas otra para pagar o sacar tu dinero, para cargar tu teléfono, para entrar en Internet, y ahí dentro, para Twitter, para Facebook, para Yahoo o para Gmail. Te dan una contraseña para viajar, para entrar en un club o para el Imserso. Tienes que inventarte palabras largas y seguras o números que recuerdes, si no quieres acabar perdido como el hermano de Alí Babá. Y en algunos sitios, ya no basta ni eso, sino que sólo puedes entrar con tu huella dactilar o con el análisis del iris de los ojos… ¡Señoooooor! ¿A qué mundo hemos llegado?
Mucho me temo que a un mundo en el que crece la desconfianza y en el que la seguridad es un valor que prima ante la libertad. Hemos llegado, creo, a un mundo donde ya no queda mucha gente de paz.


lunes, 20 de mayo de 2013

Lo que las piedras cuentan




En mi jubilación me estoy dedicando a la investigación, tal que si fuera una Madame Curie en sus años mozos. Como lo oyen. Y a la investigación por Internet nada menos, que ya hasta manejo Google  como si fuera la minipimer (vale, es un farol, pero casi). Estoy metida en Facebook en un grupo, divertido y adictivo, llamado “Lo Que Las Piedras Cuentan” (LQLPC). Lo dirigen dos sabios, Melchor y Agustín –los “Olímpicos” o “Los Que Vigilan Las Piedras”- que han establecido unas normas generales, las “Normas del Conejo Frito y las Cuartas de Vino” (porque es generalmente en comidas ante estas viandas cuando se les ocurren las mejores y, a veces, más maquiavélicas ideas).
Cualquier miembro del grupo puede proponer un reto a los demás: un escrito, o una foto, o varias, que tengan relación con Canarias. Si lo aciertas, te llevas ¡un laurel! Los 10 primeros aciertos son laureles verdes; los siguientes serán laurel dorado. Después del 20 serás Coruja Plateada y, en el 30, Dorada. A partir de ahí, ya te nombran Atenea o Apolo, según el sexo, y, si tienes más de 60 aciertos, es que eres María, la sabia sin par del grupo, que, cuando nos volvemos locos intentando encontrar, por ejemplo, quién demonios es una señora en bañador, llega María, se hace la luz y nos espeta como quien no quiere la cosa: “Es Krystina Chojnowska-Liskiewics, la primera mujer que navegó en solitario alrededor del mundo, saliendo de las Islas Canarias el 28 de febrero del 76”. ¡Toma ya!
Yo llevo 19 laureles, o sea que soy todavía dorada. Cuando te metes a buscar, te envicias y no lo puedes dejar. Pero lo mejor es la camaradería y los vacilones. Como en un reto que adivinamos entre Macu y yo, una imagen de un velero que no corta el mar sino vuela ¿Qué barco es y relación con Canarias? Transcribo parte de la conversación:
Pepe: Y no es una réplica de la Bounty!!!
Alejandro: Ni del Mars.
Alejandro: Tampoco del Nuts.
Alejandro: Ni del Twix.
Yo: Ni del Malteser.
Pepe: Veo que tenemos ganas de cachondeo!!!
¡Y lo que aprendes! Ahora sé que de Canarias salieron los primeros globos tripulados en dirección a América; que Carlos Fuentes tenía un tío que era de La Laguna; que Ruiz de Padrón, un político que era de La Gomera, amigo de Benjamín Franklin, y a quien debemos la abolición de la Inquisición, murió en Orense añorando una cazuela de pescado fresco con gofio de su tierra; que en Las Palmas tienen el cráneo de San Joaquín y aquí, sólo una mísera canilla de San Clemente, lo que nos ha llevado a suponer que esa es la razón de que el Las Palmas vaya por encima del Tenerife en la clasificación  (y si hubieran tenido el Santo Prepucio igual estarían en 1ª). Conocí todo lo que hay que saber de un antepasado mío, el Almirante Díaz Pimienta, que vivió allá por el siglo XVI; y leí parte de un Don Mendo a la canaria, “El Doncel de Mondragón”:
Doncel: ¿Sodes vos el infanzón
            Pero Núñez de Pastrana,
            fijo de la barragana
            Doña Inés de Castrejón?
Ventero: No, señor, yo soy de Guía
            y me casé en Taganana.
            Mi madre es la tía Casiana
            y yo soy Pedro García.
Hay retos facilitos, como cuando te ponen que averigües dónde está la espadaña de una ermita o un Cristo de larga melena (el de la Vera Cruz de Teguise). Pero hay otros alambicados y mefistofélicos a los que llamamos “Pisco Sour”, en recuerdo de uno que costó días de investigación. Ante la foto de un cóctel, la pregunta era: “¿Cómo se relaciona este apetecible cóctel con un histórico personaje tinerfeño?”. ¡Agüita! El cóctel era un Pisco Sour que se inventó en el Morris Bar de Lima ¿Y? Pues que la calle donde está el Morris Bar es la Calle Boza, llamada así por Jerónimo Boza, que fue Corregidor de Guayaquil y que nació, adivina dónde, ¡en La Laguna!
Porque, eso sí, hemos averiguado dos cosas. Una, que Canarias parece el cuarto de la Bernarda, porque por aquí ha pasado todo dios: Los Beatles, Churchill, Darwin, Elizabeth Taylor y Richard Burton, Humboldt, Eugene O’Neill… Hasta Tintín rumbo al Congo.
Otra, que los canarios, igual que cuando derramas en el suelo una caja de boliches, se han desperdigado por el mundo, noveleros, conquistadores, actores, chulitos y frikis. Canarios hubo en El Álamo, en la conquista de París, en campos de concentración nazis, en la defensa de Caracas ante los ingleses, en Hollywood… No me extrañaría nada que acabáramos descubriendo que el segundo de a bordo en el Arca de Noé había sido bautizado en Santa Catalina en Tacoronte.
Menos mal que, cuando estamos eufóricos con un acierto y pensamos que nada se nos resiste, ahí están Los Que Vigilan Las Piedras que, al tiempo que nos dan nuestro laurelito, nos dicen, bajándonos los humos ante la tentación de apuntar muy alto: “¡Recuerda que eres mortal!”.
El silencio es de mármol
cuando hablan las piedras…
Dejad que las piedras hablen…
con tanta sabiduría.
(Toño Morala)


(Las fotos son de este sábado pasado en que nos hemos reunido un grupo de LQLPC en Güimar, en casa del amigo piedracuentero Rafael, a comernos una paellita. Y la tarta Sacher que hice yo para la ocasión con las iniciales del grupo)
PD: "Lo Que Las Piedras cuentan" es un grupo abierto de más de 1000 personas al que todos pueden entrar. Si les interesa aficionarse a buscar retos, seguir pistas, coger nervios porque ya casi está y aprender algo más de quiénes fuimos y quiénes somos, este es el enlace: http://www.facebook.com/groups/329319080493487/458804240878303/?notif_t=group_activity

lunes, 13 de mayo de 2013

El día del eclipse




Yo, después, he visto muchos eclipses parciales de sol y de luna pero no me olvidaré nunca de que el primero que vi, el 2 de octubre de 1959 a las 11 horas y 42 minutos de la mañana, fue un eclipse total de sol, un espectáculo único que aquí, en Canarias, no se volverá a ver hasta el año 2187.
Yo tenía 11 años y vivía en la calle del Pilar. Desde días antes, en la calle no se hablaba de otra cosa. En casa, mi padre, tan bueno y paciente como siempre, nos estuvo explicando, con una lámpara y dos naranjas, en qué consistía el fenómeno. En la cocina, mi madre y mi abuela se dedicaban a ahumar cristales con una vela (todavía me pregunto de dónde sacaron tantos). Y los niños nos preparábamos para el acontecimiento dando la lata más que de costumbre como tiene que ser.
El día del eclipse todos los vecinos de la casa subieron a la azotea. Subió Doña Dorita, la del bajo, y los del 1º, nosotros –que éramos como siempre una tropa, con mi abuela, mis tíos y mi primo- y Doña Pura, la de al lado, con sus dos hijas, Purita y Paquita, tan viejas las tres que a cada escalón parecía que alguna rótula o alguna canilla se les iba a desprender por el camino. Estaban los del 2º: Esteban, el practicante, su mujer y su hijo pequeño, altos, pálidos y delgados como personajes de El Greco; y Don Joseana y Doña Benilde, con su hija Glorita, que les llevaba una silla, termo, cojines y abrigos a cada uno por lo que pudiera pasar allá arriba, a la intemperie. Y estaban también los que vivían en el extremo de la propia azotea, Berta, su marido y sus tres hijos, dos chicarrones más brutos que un tenique y Bertita, que era amiga nuestra. Allí paramos todos desde una hora antes del eclipse, la primera y única vez que vi juntos a los vecinos que vivíamos en la casa, todos mirando al cielo, nerviosos y expectantes, alegando y riendo, mientras los niños corríamos de aquí para allá y comparábamos cristales ahumados –“el mío es mayor”, “no, que es el mío”-, que no sé cómo no nos sajamos un dedo.
La calle del Pilar entonces tenía en su lado derecho, bajando, casas como la nuestra de 3 pisos (todavía existen algunas), pero a la izquierda eran, la mayoría, casas terreras con su huertita detrás, como la de Antoñita o la venta de Matías. No había apenas circulación de coches y, desde arriba, veíamos las azoteas llenas de gente, todos los ojos dirigidos al sol.
Cuando empezó el eclipse se hizo un silencio salpicado de ooohhhsss. Vimos cubrirse el sol, oímos los quiquiriquís de los gallos de las huertas de enfrente y sentimos que de repente hacía más frío y que la luz de la mañana desaparecía como en un atardecer rápido para quedar todo envuelto en semipenumbra. Y, entonces, en el cielo oscurecido apareció una línea blanca y fina que se iba estirando en dirección al sol, como si una mano gigante estuviera trazándola con un pincel invisible. Oí la voz de mi madre en el silencio de la azotea diciendo: “¿Qué es eso?”. Y, luego, los mayores empezaron a hablar de un avión a reacción ultrasónico (no habíamos visto ninguno entonces), que habían mandado desde Estados Unidos para observar el eclipse.
Aquel día me sentí parte de una comunidad y de un espectáculo mágico que iba más allá de mi comprensión, pese a las explicaciones de mi padre. Pero también aquel día, en el silencio de las personas que me rodeaban y en la voz de mi madre, por primera vez percibí el Miedo.

lunes, 6 de mayo de 2013

Guantanamera canaria




¿Recuerdan la estupenda “Guantanamera” de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, una película cubana que no gustó nada a Fidel por lo que tenía de crítica a su sociedad? Va de un peculiar cortejo fúnebre desde Guantánamo a La Habana para ir a enterrar a la difunta Yayita, una comitiva delirante que sigue el ahorrativo plan estatal de traslado de difuntos y que pasa tantas vicisitudes que al final no se sabe dónde está el cadáver.
La película es muy divertida pero, en el fondo, también triste, como muchas de las grandes comedias. Y lo curioso es que muchos de nosotros, al verla, pensamos que esos lances disparatados ocurren en otros sitios, no aquí, en nuestro rico mundo de Yupi.
Y, sin embargo, algo así le pasó a mi amiga Rebeca. Hace un tiempo murió su padre y, para cumplir sus deseos, decidieron trasladarlo desde Las Palmas, donde ellos viven, hasta El Hierro, su tierra natal. La esposa, los hijos y los nietos cogieron un avión directo de Las Palmas a El Hierro, pero el ataúd no cabía en la bodega del avión y les propusieron mandarlo en otro mayor vía Tenerife, que llegaría una hora más tarde. Llegaron todos al aeropuerto de El Hierro y decidieron esperar allí una hora para luego acompañar al féretro hasta donde iba a ser enterrado. Pero pasó una hora, y otra, y otra… Y, al final, les dicen que el avión, no se sabe por qué, fue desviado a Lanzarote y que haría noche allí. Entre unas cosas y otras, tardaron más de 48 horas en poder enterrarlo. Eso sí, el ataúd hizo por los aires un buen recorrido, desde la más occidental de las islas hasta la más oriental.
¿Qué fue lo que pasó? ¿Olvidaron que en la bodega del avión iba un cadáver? ¿Por qué le dieron el mismo tratamiento que a una maleta?  ¿No se supone que el traslado de un ataúd es un hecho extraordinario y que, por eso, requiere un mayor cuidado? ¿Alguien pensó en dar algún tipo de explicación a los familiares que esperaron horas a un ser querido? ¿O se pretendía que éste hiciera su particular cortejo fúnebre por los cielos canarios?
Vivimos en la falsa creencia de que todo funciona a la perfección, de que en la sociedad cada uno tiene un cometido que cumple con inteligencia y esmero, y que nuestra vida es como tiene que ser: las guaguas y aviones pasan, los supermercados están abastecidos, los teléfonos nos ponen en contacto a unos y a otros, los medios nos informan al segundo de lo que ocurre en el mundo… Pero basta un descuido para darnos cuenta de que, detrás de esa apariencia, acecha el caos: la gente se equivoca, las máquinas fallan y no se respeta ni a vivos ni a muertos.
Como cuenta Nieves Concostrina, en su “Polvo eres”, Paganini, Lord Byron, Voltaire, Quevedo, Alejandro Dumas, Goya, Santo Tomás de Aquino, Pedro I el Cruel, Evita Perón… también fueron paseados, después de muertos, sin ningún miramiento de aquí para allá. Yo, por si acaso me quieren dar una vuelta corpore insepulto, ya me estoy pidiendo un vuelo sobre las Antillas. Por lo menos para, desde el aire, hermanarme con los cubanos y transmitirles el mensaje consolador de que no son los únicos que tienen un desastre de sociedad.
Guantanamera, guajira guantanamera…