lunes, 25 de marzo de 2013

Tocar madera




Con esta llevo ya 238 entradas al blog. Como me dice mi amiga Milo, mira que te enrollas. Estábamos el otro día las dos en un guachinche comiéndonos un conejo frito y, señalándome una silla, me dijo: “Es que serías capaz hasta de hablar de la formica”.

Y por mí que no quede, porque, además, aquel guachinche se prestaba a ello. Para los que no son de aquí y no conocen esta gloriosa institución tinerfeña, un guachinche es un salón –a veces, un garaje- que se abre unos meses al año mientras dure el vino cosechado por el propietario. Suele estar convenientemente habilitado con sus helechos –de plástico, generalmente- y sus sillas y mesas de formica sobre las que se ponen –o no- manteles de papel.

La formica fue una revolución de los 60. De repente todas las amas de casa quisieron renovar sus cocinas, sustituyendo la madera de sus alacenas, mesas y sillas, por ese material plástico más liviano y fácil de limpiar, pero, sobre todo, más “moderno”. Mi marido recuerda cuando echaron abajo la cocina de la casa de sus abuelos en El Tanque, con su banco de piedra en torno a un hogar sobre el que había un cañizo para secar los quesos. Sobre ese fogón se colgaba el caldero con el potaje por las noches y se hacía la tertulia al calor del fuego, protegiéndose del frío que hay por esos pagos. Pero, como decía Nijota, “ya de las viejas cocinas / la leña y carbón huyeron, / ya no hay que hacer la comida /con carbón de pino o brezo; / ahora en un santiamén / le hacen a usted un puchero / con llamas de gas butano / metido en tubos de hierro” Y con el gas butano, vinieron los muebles de formica. Que a algunos oí llamándolos “de fornica”, trayendo a la imaginación escenas eróticas, tipo “El cartero siempre llama dos veces”.

Después de que, en el año 78, compráramos el solar donde ahora está nuestra casa, tuvimos dos años para ir reuniendo dinero para empezar a construirla y para diseñarla una y otra vez, hasta en los detalles. La cocina, el alma de la casa, quedó al fin a nuestro gusto: luminosa, alegre y, por supuesto, sin alacenas de formica, sólo armarios empotrados con puertas de madera y un banco redondo en torno a la mesa, también de madera, desde donde puedo desayunar mirando el valle a través del cristal de la puerta.

Todo esto no quiere decir, Dios me libre, que vaya contra los materiales plásticos, que de hecho inundan nuestra vida volviéndose imprescindibles. Pero la palabra “madera” viene del latín “materia”, origen, fuente, materia prima, que a su vez viene de “mater”, madre. Y pasar la mano por la superficie de la madera, sentir su textura alrededor, nos conecta con los bosques y con los elementos naturales –fuego, agua, tierra- de donde todo procede.

Por eso, digamos sí a todo lo que hace nuestro mundo más cómodo, incluidas las sillas de formica de los guachinches. Pero toquemos madera para no perder el vínculo que nos une a la madre naturaleza y a nuestras raíces. Eso dicen que trae suerte. 

lunes, 18 de marzo de 2013

Humo negro, humo blanco







Hace poco, en una charla con los amigos, hablando del racismo, una de mis amigas  me preguntó que cuántos amigos de otras razas tenía yo. Aunque me he pasado toda la vida –en mis clases de ética y de filosofía, en la educación de mis hijos, en mi trato con los demás- defendiendo que las características externas no son lo importante en las personas y que, aunque hayas nacido y te hayas criado en medio de la selva tropical, son más las cosas que nos unen que las que nos diferencian, no me había parado nunca a pensar en esa pregunta (yo misma me considera producto del cruce de muchas razas), y me vi después repasando mi vida y haciendo un ejercicio de análisis para separar, por sus características étnicas, a los amigos que he tenido.

Y, aunque en principio pensé en unas pocas personas –después de todo, nuestras ciudades no son multirraciales como lo son las grandes urbes americanas o europeas-, me vi de pronto recordando a muchas más: las niñas libanesas e hindúes del colegio –mi dulce Layu, y Moni, que era buenísima jugando al baloncesto-; Miguel, el niño guineano amigo de mi hermano que me escribía a los 13 años poemas de amor y que años después me saludó con un abrazo en un encuentro en la calle y me comentó, dolido, que no le querían dar la nacionalidad española; Mirta, la boliviana, mitad india mitad blanca que, cada vez que se encontraba con las colombianas en el Colegio Mayor, les decía “¡Devuélvannos el mar!”; Sara, la negra haitiana de ojos azules; el Nica (por nicaragüense), mi amable compañero de clase; Chilikingas, el Chili, este sí un indio puro,  al que nunca vi de mal humor; sobre todo, María, mi amiga dominicana, negra, grande y efusiva, que estuvo invitada en mi casa un verano y que me dejó el recuerdo de su enorme sonrisa y el regalo de un colgante de ámbar, la piedra de su país. Y después también pensé en la cantidad de alumnos –negros, árabes, hindúes, judíos…- que han pasado por mis clases y hablaban, sin extremismos, de sus hábitos e ideas religiosas y filosóficas y, de paso, enriquecían y ampliaban los horizontes del resto de la clase.

Pero nunca –ahora me doy cuenta- nos vimos, ni yo a ellos ni ellos a mí, como seres de distinta raza sino como personas, distintas, sí, en carácter, rarezas, costumbres y majaderías, pero coincidiendo en otras cosas, como gustos, ideas políticas, hobbies y hasta catarros.

La historia de la humanidad, sin embargo, ha sido muchas veces la historia de guerras entre personas que se veían diferentes. He llorado, atónita muchas veces por la crueldad de los hombres, en las sinagogas judías que recuerdan el Holocausto y en la casa de Ana Frank. Me asombra y asusta el odio racial que hace que no te importe matar a inocentes (o a culpables). No me gusta oír decir el “nosotros” frente a “ellos”. Creo que los estereotipos y generalizaciones (“los árabes son taimados”, “los catalanes son agarrados”…) son peligrosos. He leído mucho sobre las distintas culturas para tratar de entenderlas y no admito que hay pueblos mejores ni peores porque, a la hora de hacer burradas, todos los pueblos son iguales. Y soy consciente de que nuestro lenguaje tiene matices racistas. No hay más que ver el significado negativo de la palabra “negro” (“me tienes negro”) frente a “blanco”, patente estos días, sin ir más lejos, en las fumatas de la elección del Papa: humo negro, ooooh, decepción general; humo blanco, hala, a repicar campanas.

A pesar de este panorama, es esperanzador que haya candidatos o dirigentes negros en países de mayoría blanca (o al revés) o que se haya planteado la posibilidad de un Papa de otra raza, porque eso indica que lo que importa es la capacidad de gobernar. Es esperanzador un programa como el Erasmus (que se quieren cargar, por cierto) o ver que mis hijos y mis sobrinos tienen amigos de los que sabemos que son japoneses o senegaleses después de conocerlos, no por lo que nos cuentan de ellos.

Como dijo un director de orquesta a otro que decía que él no era racista porque en su orquesta había admitido a muchos judíos: “La diferencia entre tú y yo es que yo no sé la etnia de nadie de mi orquesta. Lo que me importa es que sean buenos músicos”.

El humo es humo y proviene del fuego, sea cual sea su color.

martes, 12 de marzo de 2013

Descubrimientos y despedidas





El filósofo Manuel Cruz decía en un artículo hace unos días que la vida transcurre entre dos franjas de experiencias. Una es la infancia y la primera juventud, que es el momento de descubrir cosas, cuando somos conscientes de que es la primera vez que hacemos algo: “este fue mi primer examen de matemáticas”, “es la primera vez que me enamoro”, “nunca había probado este plato”, “no sabía que hubiese una música tan bonita”…

La otra franja es la de los que ya tenemos una edad y empezamos, casi sin darnos cuenta, a despedirnos “del mundo, sus habitantes y sus objetos”. Es saber, por ejemplo, que hay libros en los estantes de tu biblioteca que no volverás a leer o sitios a los que nunca volverás. Lo vi en mi padre una vez, cuando, casi con 70 años, lo llevamos de excursión caminando por Anaga  hasta el fondo del barranco de Tamadite. La caminata, pese a lo agradable, fue demasiado para él y, cuando subió de vuelta todo el barranco, se volvió hacia atrás y gritó: “¡Adiós, barranco de Tamadite!”. Y, desde luego, nunca más volvió.

Pero hay momentos en la vida, y me refiero a los viajes, en los que las dos experiencias se juntan y, gracias a ello, se convierten en momentos especiales e inolvidables.

Pongamos, por ejemplo, esta semana en la que por primera vez he ido a Mallorca. Es la primera vez que veo lo bien que vivía un prior cartujo en Valldemosa y lo mal que vivían los cartujos (“Este vetusto monasterio ha visto, / secos de orar y pálidos de ayuno, /  con el breviario y con el Santo Cristo /  a los callados hijos de San Bruno”, que decía Rubén Darío). Es la primera vez que veo esos bancales estrechos llenos de naranjos y almendros en flor que llegan hasta el mar y playas blancas llenas de sebas. Es la primera vez que subo a un tren de madera que camina con el ritmo de 1912 y que como en un restaurante –Call Demoni- dedicado al demonio: estatua a la puerta, máscaras en las paredes y el propio Satán viniéndote a saludar y a darte caramelos. Es la primera vez que veo a la Virgen Negra de Lluc y al barco verde de Greenpeace en la bahía de Palma. Es la primera vez que veo una isla, Dragonera, en donde dicen que duermen los dragones, y que pruebo una sopa mallorquina en un Celler en el que antiguamente se reparaban coches de caballos. Es la primera vez que descubro en una casa señorial de Fornalutx un salón desierto y abierto a la calle en donde, sobre un piano, hay un retrato de Compay Segundo.

Pero, al lado de estos descubrimientos, también te vas despidiendo. Quizás no vuelva más allí, quizás no suba otra vez al Cabo de Formentor a sentir el viento en la cara ni al Santuario de Cura a ver alrededor toda la isla. Tal vez es la última vez en que vea el juego de luces que hacen las vidrieras sobre el suelo de la Catedral o ese color turquesa del mar sobre la arena blanca o los acantilados de la Sierra de Tramuntana.

Porque un viaje es un paréntesis en la rutina de los días pero también es parte de la vida y, como en ella, hay principios y finales. Y, al terminarlo, con el equipaje mental lleno de las nuevas gentes que hemos conocido y de las vivencias y sensaciones que hemos paladeado por vez primera (ese avión de vuelta sumergido en los olores de cientos de ensaimadas que los viajeros se traen es también una de ellas), también sentimos la tentación de volvernos hacia atrás y de gritar, como mi padre, otro “¡adiós, barranco de Tamadite!”.

Aunque siempre queda la esperanza de nuevos encuentros, la vida, realmente, es ir conociendo e irse despidiendo de lugares que se pueden amar.


lunes, 4 de marzo de 2013

Las Misses que conocí







Sí, sí, ya sé que por ahí hay un montón de escritos sobre “Los prohombres que conocí” o “Los escritores que conocí”, e incluso sobre “Los criminales que conocí”. Pero qué quieren que les diga, una no alcanza tales dotes intelectuales en estos momentos y de vez en cuando afloran, cual semilla, las lecciones del “Hola” y nos acordamos de esas veces (pocas, es verdad) en las que nos hemos codeado con la fama. Que en mi caso fue con tres Misses.
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