lunes, 25 de febrero de 2013

Historias de Los Sauces: la historia del Pupa y el Moya




Me la contó Francisco, al que conocí en mis veranos adolescentes en Los Sauces. Entonces él era un niño de 7 años, espigado y de grandes ojos oscuros, que parecía estar en todas partes a la vez. Cómo casi 50 años después nos conocimos y nos re-conocimos en aguas de La Graciosa forma parte de otra historia.

Francisco recuerda aquellos veranos tal como los recuerdo yo: mañanas de baño en el Charco, excursiones, juegos, tibias noches estrelladas y el jolgorio de la juventud celebrando un pueblo vivo y lleno de los veraneantes y los estudiantes que volvían por vacaciones. Muchas noches los chicos iban con guitarras a rondar a propias y foráneas, y el bullicio que armaban, oído con indulgencia por todos,  también era parte de la noche. En algunas rondas los chicos, olvidando el romanticismo del sonido de una guitarra y pecando de “modernos”,  lo sustituyeron por un tocadiscos con pilas (que entonces llamábamos “picap”), con discos del Dúo Dinámico o Adamo, cuyas canciones cantaban con entusiasmo.

Al final de la noche, cansados pero todavía con ganas de farra, los rondadores recalaban en el Bar Los Tilos, que era de Agustín Caldito, o en El Manantial, de los Santiaguillos, para tomarse la última copa.  Fue allí, en cada uno de los bares, donde encontraron al Pupa y al Moya, nombres con los que bautizaron a dos machangos grandes, tamaño natural, vestidos de cocinero y camarero, que los dueños habían puesto en la entrada como señuelo, invitación u hombre anuncio, y que los chicos del pueblo incorporaron enseguida a sus bromas. Por eso no fue extraño que, cuando pusieron un maniquí –una muñeca fina y delicada- en la tienda de Arabia,  todos decidieran que el Pupa y el Moya tenían que rondarla también.

Y así fue cómo se pasaron todo aquel mes de agosto por las noches: rondas a las chicas cargando el “picap” a cuestas, arrastre del Pupa y el Moya desde las puertas de sus bares respectivos y serenata a la maniquí de Arabia, que la oía, imperturbable y lejana, tras los cristales del escaparate, mientras los mirones se asomaban, divertidos, desde la Alameda.

Pero dos pretendientes compitiendo por el mismo amor es un triángulo insostenible, y, al final del verano, después de muchas deliberaciones, los chicos decidieron sacrificar al Moya. Se suicidó, o lo suicidaron, tirándolo por el puente de La Calzada en  un acto no exento de manifestaciones de pena y dolor. Y quedó el Pupa como único enamorado.

Sin embargo –contaba Francisco, que tiene alma de poeta-,  ella era un espíritu exquisito, acostumbrado a otros ambientes (tal vez, incluso París) y él, un pobre mozo, amándola de lejos con un anhelo desconsolado, mientras anunciaba a la puerta de su bar un potaje o una carne con papas. La maniquí de Arabia, fría e indiferente, ni siquiera le concedía lo que Bécquer pedía a su amada: ni una mirada, ni una sonrisa, ya ni te digo un beso… Era un objeto inalcanzable.

Y el amor del Pupa por la maniquí de Arabia fue desde entonces –como el de Cyrano por Roxana, el de Dante por Beatriz, o el de Abelardo por Eloísa- uno más de los grandes amores imposibles que en el mundo han sido.

(En la foto, cortesía de mi amigo Jesús, la casa frente a la Alameda en la que estuvo la tienda de Arabia)

lunes, 18 de febrero de 2013

Oh, l'amour, l'amour...




Esto de que febrero sea el mes de los enamorados y de que, por todas partes, veamos anuncios de corazoncitos y lemas como que “el amor está en el aire” en la publicidad de una agencia de viajes, hace que la cosa vaya calando entre todos. Hasta en la clase de mi nieto, de 7 años, han hecho un concurso de declaraciones de amor que el muy camelador ganó con unos versos que dicen: “Yo soy un barquito en medio del mar y tú eres la estrella que me va a guiar”. Así que ahora, qué remedio, me veo yo hoy escribiendo sobre el Amor, eso que dicen que mueve el mundo.

Además, será casualidad pero este mes, en lugar de darme por leer novelas de crímenes u otras zarandajas, ha caído en mis manos una novela que indaga sobre el Amor y sus misterios, algo que no está mal para un mes tan efervescente. Se llama “El verano sin hombres”, es de una autora norteamericana, Siri Hustvedt , y habla de una pareja que lleva toda la vida junta, una pareja bien avenida, con complicidades, que se quiere, vaya, y que él, de repente, le pide a ella una Pausa. La Pausa tiene 20 años menos y “unos pechos notables y auténticos, no operados”, nos cuenta la protagonista, una mujer culta, una poeta premiada y todo, guapa todavía a sus 50 años, que vuelve, desesperada y rabiosa a su pueblo natal donde reflexiona, también con humor, sobre el desamor.

También se cumplen, otra casualidad romanticona, los 200 años de “Orgullo y prejuicio” de mi Jane Austen, novela que vi hace poco elegida por un jurado de editores y escritores entre las 7 mejores novelas románticas de todos los tiempos. Y esto es curioso porque “Orgullo y prejuicio”, más que hablar de amor, habla de matrimonio, eso de que dos personas estén juntos de por vida, aguantándose majaderías. Las parejas de “Orgullo y prejuicio” no se casan por amor: los padres, por una atracción física que desaparece enseguida; la mejor amiga de Elizabeth, como quien hace una oposición a un empleo fijo; la hermana menor, por la novelería de un uniforme rojo en un cuerpo apuesto. Sólo Elizabeth y su hermana mayor creen que es importante el amor para estar juntos. Pero eso sí, el amor acompañado de dinero y posición. Probablemente ella no se hubiera fijado en Darcy si él no hubiera sido el dueño de la mansión de Pemberley en medio de una finca de 10 millas de largo entre bosques y arroyos caudalosos. Jane Austen tenía, aparte de su vena irónica, un punto de cinismo que la hace muy reconfortante.

Hace poco, cuando celebrábamos mi marido y yo con una cena nuestro 41 aniversario de boda, el cocinero, que nos había preparado una comilona digna de tal evento, nos preguntó que cuál era el secreto para estar tanto tiempo juntos.

¿Cuál es el secreto? ¿Será la química, esa oxitocina a la que llaman “la vacuna del amor"? He oído a muchas parejas de mi edad decir: “Es que los jóvenes de hoy no aguantan nada”. Pero muy triste será si el secreto está en el aguante. Unos dicen que está en tolerar; otros, en compartir; otros en ser sinceros: “Mi táctica es ser franco y saber que sos franca… para que entre los dos no haya telón ni abismos”, dice Benedetti.

Tal vez el secreto de las relaciones largas esté en todo eso y en mantener viva esa chispa primitiva que tantos poetas han cantado: Pino Ojeda que quisiera ser “el aire que te roza y te acaricia”; Adrian Henry que define al Amor de 15 maneras entre las que está “El Amor es un club con dos socios nada más”;  Pablo Neruda, para el que, cuando ve a la amada, “suenan todos los ríos de mi cuerpo, sacuden el cielo las campanas y un himno llena el mundo”; Quevedo, definiendo el Amor como que “es hielo abrasador, es fuego helado”; Bécquer sin saber qué dar por un beso; Ángel González, un poco pegajoso, diciendole a ella, Alga quisiera ser, alga enredada, en lo más suave de tu pantorrilla”; o Carlos Edmundo de Ory con “Te amo tanto que a Dios telefoneo”.

“Esto es amor; quien lo probó lo sabe”, como diría Lope de Vega.

lunes, 11 de febrero de 2013

Los cochitos locos





La primera vez que me subí a los cochitos locos (para los de fuera, autos de choque)  tendría unos 10 años y fui como copiloto de mi prima Mª Elena. Yo admiraba y envidiaba con toda mi alma a mi prima Mª Elena que, un año mayor que yo, se desenvolvía en la pista con la soltura de un Fittipaldi, esquivando a un cochito por aquí y embistiendo a otro por allá. Pero, sin embargo,  mi prima Mª Elena, de mayor, nunca aprendió a conducir. Y ahí descubrí que conducir un cochito loco no implica saber conducir.

Me acordé de esto cuando leí el martes pasado una imagen que David Trueba eligió en uno de sus escritos para hablar de la situación en la que los españoles nos encontramos ahora cada mañana, cuando abrimos ojos y oídos a las noticias que nos embisten por todos lados y que nos hacen pasar del asombro al pasmo y del pasmo al estupor: recortes, sobornos, sobres, enchufes, puñaladas traperas, barcenadas… Indecencias, al fin y al cabo.  Dice Trueba: “Todo es tan chocante últimamente que el español parece estar sentado en una silla en mitad de la pista de los autos de choque”.  Y, para colmo, añado yo, a nuestra indefensión e impotencia se suma el saber que quienes conducen esos cochitos locos no saben realmente conducir el país.

¿Qué es lo que nos puede proteger a nosotros, individuos sentados sin defensa ni amparo en medio del berenjenal?  Está, por supuesto, el enterarnos e informarnos bien de lo que pasa, el denunciarlo, el exigir honradez, decencia y sabiduría con escritos y manifestaciones. Pero yo creo también que los españoles nos protegemos con el humor. Un humor, todo hay que decirlo, tejido con hilos de rabia contenida, pero humor después de todo.

Y así nos van llegando perlas a través de todos los medios, como éstas de Twitter vía wasap familiar:
“La mujer de Bárcenas no sabía nada. La mujer de Urdangarín no sabía nada. La mujer de Julián Muñoz no sabía nada. Debo ser gilipollas, la mía se entera de todo”
“Sede Central del PP, ¿dígame?””Quería hablar con el encargado””¿Sobre?””Joer, lo vuestro es vicio”
“Yo me abrí una cuenta en Gmail, otra en Hotmail, otra en Facebook, otra en Twitter… ¡¡¡Yo qué sé, señor Juez!!!...Lo mismo me abrí otra cuenta en Suiza y ya ni me acuerdo…¡¡¡Yo qué sé!!!”
Mi hermana, que es médico, me manda un correo sobre los recortes de Sanidad: “Si llamas a Urgencias después de las 12, sale una voz que dice: “Sana, sana, culito de rana, que, si no sanas hoy, sanarás mañana”.
Por facebook circulan los carteles con la imagen de Rajoy en un film de Luis Bárcenas llamado “Todo sobres, ¡mi madre!” o en un paquete de queso marca “President” con el lema “Fácil de untar”.  O nos dicen que la tele de plasma del PP se va a presentar a las próximas elecciones.

Nos reímos con los chistes de Forges (el matrimonio en la cama y ella diciéndole enfadada: “¡Deja ya lo de “la herencia recibida”; esto se llama gatillazo!” ), con el vídeo de José Mota y Josema Yuste sobre la corrupción, que circula por Youtube o con las letras de chirigotas y murgas a quienes todo esto les ha venido al pelo. Y ver a Wyoming cada noche comentando la actualidad en “El intermedio” se ha convertido en cita obligada.

A lo mejor todo esto no arregla nada y es sólo la venganza del débil contra el fuerte. A lo mejor acabamos aplastados, escachados, vapuleados y zarandeados por los embates de los inconscientes que conducen esos cochitos locos, esos que creen que “dimitir” es un nombre ruso y que “abdicar” es un concesionario de coches de alquiler…
Pero ¿y lo que nos hemos reído?


lunes, 4 de febrero de 2013

Si a tu ventana llega una paloma...





Mi amigo Álvaro es de esa casta de hombres de la que han salido los Edison, los Benjamín Franklin y todos los demás inventores que en el mundo han sido. Álvaro, además, pinta –el cuadro de la foto es de él-, esculpe, hace coplas… Pero también resuelve complicados juegos matemáticos e inventa artilugios con los que, por ejemplo, medir amaneceres y atardeceres. Y ama a los animales. Por su huerta lagunera han pasado pavos reales, patos, hermosas palomas colipavas con ojos brillantes y colas orgullosamente desplegadas como abanicos de doncella; y también mensajeras, que él no quiere para verlas participar en concursos, sino que las tiene por el placer de cuidarlas, cruzarlas y verlas volar desde distancias cortas de regreso al palomar. Álvaro es un espíritu curioso que mira el mundo de otra manera.

Por eso no es extraño que, cuando se encontró, dando una vuelta por Madrid, con una tienda llamada “El espía”, entrara enseguida como quien entra, fascinado por tesoros desconocidos, al Palacio de las Mil y Una Noches. Allí fue donde descubrió una minicámara de vídeo, no más grande que su dedo meñique, que imaginó al momento colocada en el pecho de una de sus palomas, grabando el mundo desplegado debajo: los árboles desde la altura, el brillo de una acequia, el tejado de una iglesia… y, al final, su huerta y su palomar.

El primer problema que se encontró para cumplir ese sueño de ver el mundo a vista de paloma fue el precio de la cámara, 300 euros. Pero no hay nada que arredre a un entusiasta. Miró en Internet, preguntó a un amigo que tenía en Nueva York, hizo cientos de pesquisas y, al final –el que la sigue, la consigue-, tuvo en su casa una minicámara casi igual, enviada desde Hong Kong, por 12 euros.

El segundo problema fue cómo ponerle el aparato a la paloma. Pero mi amigo Álvaro tiene inventiva e imaginación para eso y para más, y fabricó un arnés que, a modo de mochila, tenía unas asas para pasarle por las alas a la paloma. Cuando lo tuvo hecho, eligió un macho azul joven y fuerte, le puso la cámara al pecho y lo lanzó al aire.

El resultado de ese primer vuelo fue que la paloma dio una buena vuelta y volvió al palomar trayendo una visión decepcionante: un paisaje desde lo alto interrumpido cada segundo por las alas de la paloma que, aunque no nos demos cuenta, se juntan por debajo cuando aletea. Había que pensar en otra solución.

La segunda vez, la paloma tenía otro arnés que le cubría la espalda hasta más allá de la cola, donde, bien sujeta, estaba la cámara. De esta manera, la paloma tendría más libertad de movimientos y la cámara no tendría nada que obstaculizara la visión. Álvaro se fue, emocionado, hasta la Mesa Mota y, desde allí, soltó a la paloma que partió alegre y osadamente a columpiarse en el aire. Dio vueltas cada vez más amplias sobre la montaña, sobre la vega, sobre La Laguna… y desapareció.

Álvaro todavía la está esperando. Pero si a tu ventana llega una paloma viajera, una paloma con minicámara incorporada como un turista japonés, una paloma con el ojo experimentado de quien ha visto mucho mundo… trátala con cariño y ofrécele un piscolabis –un poco de agua clara y un puñado de grano estaría bien- que sea el descanso del viajero. Y, luego, deséale buen viaje, y que los vientos, el sol de la mañana y nubes blancas como enormes bolas de algodón sean su compañía, mientras la cámara graba la hermosa y ancha tierra que se extiende bajo sus alas.