lunes, 31 de diciembre de 2012

Ella Habla Sola




Llego al fin de año con una ronquera tal que parezco Darth Vader. A más de uno he asustado, no crean, cuando contesto con un “diga” cavernoso y asfixiante al teléfono.

La arrastro desde el día 21 en que fui a la fiesta de mi antiguo Instituto, y una cosa llevó a la otra. Sí, ya sé que lo que debería haber hecho es quedarme callada como un tuso y recogida en casa, tragando litros y litros de tisanas de tomillo, miel y limón. Pero ¿quién se resiste a la vorágine de estos días? Después del 21 llegaron la Nochebuena y el día de Navidad, y después, el jueves, una comida con algunas “niñas” del colegio, y, empatando, una merienda-cena que dio mi hermana para brindar por su cumpleaños; el viernes, la cenita de los ídem con los amigos, y el sábado, el bautizo de mi sobrina-nieta. Y hoy, fin de año ¿Quién puede permanecer callada ante tanto evento?

Pero es que además de mi natural locuaz, yo soy una Mujer que Habla Sola, como llama también a su madre Manuel Rivas en su última novela “Las voces bajas”. Así que estos días a los eventos y a las llamadas telefónicas hay que sumar que me he pasado el tiempo musitando como Gollum por toda la casa.

Tampoco consuela saber que somos muchos los que hablamos solos. Estoy segura de que la mitad de esa multitud que va por la calle con el móvil en la oreja o con el manos libres, en realidad están disimulando y lo que hacen es echar solos parrafadas al aire que no quieren reconocer ni locos. Yo, por lo menos, lo confieso: hablo sola cuando trajino por la casa y mantengo conversaciones fluidas con la lavadora o el ordenador; hablo sola cuando cocino (“esto está quedando riquísimo” le digo a las paredes) o cuando conduzco (“¿Todavía estás vivo?” le digo cada día a un perrillo al que le ha dado desde hace meses por sentarse en medio de la calle).

Si se fijan, los que hablamos solos sí tenemos interlocutores, llámense máquinas, paredes, perrillos, la humanidad o “el otro que siempre va conmigo”, que decía Machado. Y es que creo que necesitamos verter hacia fuera todo lo que se nos almacena en la cabeza, no sea que explote. Hasta mi hija me dijo que leyó que los soliloquios son buenos para el cerebro. Pero, por lo que se ve, no para las cuerdas vocales.

Machado dijo también que “quien habla solo espera hablar con Dios un día”. Yo, la verdad, no aspiro ahora a tanto. Sólo a tener una voz clara y cristalina como el sonido del champán al caer en las copas esta noche; y fuerte, como el ruido de los petardos que le van a dar la bienvenida al año 2013.

Por ahora, un feliz año a todos, bronco y carrasposo.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Tengo una noticia buena y otra mala





La buena noticia es que no se acabó el mundo el 21 de diciembre. Aunque a mí realmente el pronóstico maya nunca me preocupó. Durante toda mi infancia cada año mi prima Mª Elena (un año mayor que yo) me informaba puntualmente de que, según su vecina Fefa, el próximo año sería “la” fin del mundo. Así, con “la”, que suena más estremecedor. Después de eso, una se acostumbra a catástrofes y apocalipsis. Donde estén las Fefas, que se quiten todos los mayas del mundo.

La mala noticia, claro, es que los periódicos van a seguir llenos de malas noticias (la tragedia vende más). Por eso, a lo largo de este 2012, como quien busca perlas en el fango, he estado coleccionando buenas noticias de primera página.  He descartado premios y triunfos políticos y deportivos, que siempre serán malas noticias para los derrotados; o bodas de duquesas y princesas, que no gustarán a los austeros. Me he quedado sólo con aquellas noticias que a todo el mundo pueda parecerles bien, teniendo en cuenta que siempre hay gente que ni fu ni fa, y pitufos gruñones que digan “a mí no me gustan las buenas noticias”. Helas aquí:

Aparecieron dos buenas noticias relacionadas con el arte. Una, en febrero, cuando el Museo del Prado presentó una copia remozada de la Gioconda, que a algunos les gustó más que el original; y otra,  en mayo, cuando se descubrió un nuevo Tiziano, que dormía “apagado por siglos de olvido, guerras y devastadores repintes”.

En ciencias, hubo otras dos buenas noticias. En julio se descubrió el bosón de Higgs, con el que se dice que entenderemos (o entenderán ellos) por fin el universo. Y, en diciembre, una terapia génica (ya en julio se había dado luz verde a este tipo de terapias) permitió curar y ver la sonrisa de Emma Whitehead, una niña de 6 años que había sido desahuciada por leucemia.

Y hubo una noticia del mundo natural, ya empezada en abril, cuando se dijo que el Guadiana volvió a abrir los ojos después de casi 30 años, y completada en noviembre cuando en la madrugada del día 12, en un ecosistema que se creía devastado, el Alto Guadiana volvió a correr y el agua a fluir como antaño.

Es decir, 366 días para cinco noticias buenas de primera plana ¿Qué conclusiones se pueden sacar de esto? Ya, ya sé que no muy buenas. Pero, para los optimistas, son signos de que, entre el ruido y la furia, la vida sigue; de que hay gente trabajando en los museos y científicos en los laboratorios; y de que, hagan lo que hagan los hombres, la naturaleza sigue su curso. Son pequeños brotes verdes que nos dan esperanza, como los que vimos después del incendio de La Gomera.

Y también, al final, siempre nos quedará la familia. En la mía celebraremos juntos la navidad un montón de adultos, entre los que hay jubilados como yo, pero también trabajadores, un par de ellos en paro, y estudiantes. Y hay además 9 niños que son el alborotador y esperanzador futuro, los brotes verdes. Este año, una más, Marta, mi sobrina nieta que viene desde la lejana California a bautizarse con aguas canarias.

Y eso, el poder reunirnos y el que la familia aumente, es realmente la mejor noticia.  

lunes, 17 de diciembre de 2012

Soy una anciana




Cuando mi madre –una mujer vital y activa a la que le encantaban los viajes y las reuniones- tenía 65 años, me comentó un día, indignada, que había leído una noticia en el periódico sobre “una anciana de 65 años”. “¡65 años, una anciana!”, decía furibunda. “¿Tengo yo pinta de ser una anciana?”.

Y es verdad que la palabra “anciana” parece ahora haberse convertido casi en un insulto, lejos de Los Ancianos de las antiguas civilizaciones. Recuerdo también a mi abuela discutiendo con mi primo Néstor por no sé qué cosa y como éste le dijo condescendiente: “Abuela, es que tú eres una anciana”. Mi abuela lo miró, con ojos centelleantes y, desde lo alto de su corta estatura, le espetó: “¡Anciana, tú!”.

Y mira tú por dónde, el otro día, mientras me miraba al espejo y me ponía crema hidratante en la cara, para, como decía Mafalda, maquillar los “ya” para que parezcan “todavía”, me di cuenta de que en tres meses cumplo yo 65 años. Y me encontré diciéndome. “¡Soy una anciana!”.

Pero no. No todavía.

Hace poco participé como jurado, en calidad de autora del “Blog de una jubilada”, en un concurso patrocinado por Philips sobre “Mayores activos e independientes”. Se presentaron cerca de 70 proyectos y los premiados fueron “Salir de casa”, un proyecto contra la soledad que intenta evitar lo que se dice de que “los jóvenes van en grupo, los adultos, en pareja, y los viejos van solos”; y “Teátrate”, sobre la participación de los mayores en ese mágico juego que es representar un papel, ser otro, en un escenario.

Esta semana pasada volví a Madrid para la entrega de premios y, en este acto, hubo ponencias interesantes sobre nosotros, el mundo de los mayores, la tercera edad, los viejos, los ancianos. Me enteré de que, de todas las personas que en la humanidad han cumplido 65 años, dos terceras partes viven ahora; que cada día que pasa aumenta la esperanza de vida 6 horas; que en 2030 España será el país más viejo de la Tierra, por encima de Japón; que más de mil ciudades europeas se han convertido en “amistosas” con el envejecimiento; que las tecnologías médicas han contribuido al hecho de que cada vez envejezcamos mejor y más sanos… Incluso un ponente optimista (demasiado optimista, tal vez) habló de que la inmortalidad puede estar al alcance humano.

Al final, Ángeles Barrios, la organizadora del evento, tan encantadora como eficiente, me invitó a mí, única jubilada entre los ocho miembros del jurado, a que subiera al estrado para entregar uno de los premios. Y allí, entre Ángeles por un lado y, por el otro, María Iglesia Gómez, Jefa de la Unidad de Innovación para la salud de la Comisión Europea (que entregó el otro premio), estaba yo, representando, no a los ancianos, que evocan imágenes de decrepitud e indefensión, sino a los mayores activos e independientes. A personas como Kant, que escribió sus mejores libros con más de 60 años; o Billy Wilder, que hizo películas estupendas hasta los 75 ( y no hizo más porque las aseguradoras no querían asegurar a alguien tan mayor) y que dijo aquello de “quiero morir a los 104 años, completamente sano, asesinado por un marido que me acabara de pillar, in fraganti, con su joven esposa”; o Mamá Nena, la suegra de mi hermano, que hasta los 92 años estuvo haciendo de comer para toda la familia.

Después del acto y la copa de vino español, que fue a mediodía, me fui a dormir una siesta de dos horas al Hotel y, por la tarde, fuimos mi marido y yo, paseando despacio hasta el Teatro Maravillas, que estaba cerca, a ver a Verónica Forqué que en “Shirley Valentine” hace una canto a la vida. Todo muy relajado, tranquilo y sosegado.

Porque anciana, no, pero una ya tiene una edad. Y hay que tomarse las cosas con calma y filosofía.



lunes, 10 de diciembre de 2012

La madre que la parió




Estamos en tiempo de presentar libros. Lo han hecho Elvira Lindo con su último Manolito Gafotas, y Pippa Middleton, que también presentó uno titulado “Celebración” para lo cual, según leí en una revista, se cambió tres veces de traje. Y lo ha hecho mi hija Ana con su primera novela, “El blog de la Doctora Jomeini”, el martes último en la Librería Lemus. Y ni ella, ni yo, que oficié de presentadora, necesitamos cambiarnos de traje en el par de horas que duró el evento. Es lo que tiene pertenecer al pueblo llano.

A pesar de este inconveniente, me encantó el acto.

Me gustó estar rodeadas de libros, mudos y a la vez elocuentes compañeros de rodaje, tanto para Ana como para mí.

Me gustó la comodidad de estar arropadas las dos por miradas y sonrisas amigas.

Me gustó la idea de Paco Lemus de hacer un maridaje entre libros y vinos y que brindáramos, después de hablar todos, con un vinito frío y afrutado que Domingo, el dueño de las Bodegas Marba, nos ofreció.

Me gustó que el libro de Ana se vendiera bien; que Julia, Luci, Jesús, Chari, Araceli, Pedro… me dijeran que les había atrapado; que sea una ocasión para entretenernos y disfrutar, que falta hace.

Me gustó el buen humor de la gente, las conversaciones en corrillo mientras probábamos el pique que prepararon Tere y Luci.

Pero, sobre todo, lo que más me llegó al alma fueron las palabras de mi hija sobre por qué cuernos me pidió a mí que le presentara el libro.

Sólo por esto merece la pena ser la madre que la parió.

(Para los que no fueron, adjunto los vídeos de la presentación, un poco cortado al principio cuando , como el rey, digo eso de “es un motivo de orgullo y satisfacción" y hablo de lo orgullosa que estaría mi madre si estuviera allí)


lunes, 3 de diciembre de 2012

La princesa prometida




Una de mis películas favoritas, vista y revista un montón de veces, es “La princesa prometida”.
Me gusta ese aire de cuento antiguo que tiene, esos nombres cautivadores que nos llevan a la infancia, como el reino de Florín, el Pantano de Fuego, los Acantilados de la Locura, el Foso de la Desesperación. Me gustan sus personajes malos malos, como el inteligente Vizzini, que presume de ello diciendo: “¿Habéis oído hablar de Platón, Aristóteles, Sócrates? ¡Unos incultos!”. O el cobarde Príncipe Humperdinck y el malvado Conde Ruger con sus 6 dedos en la mano derecha… Y me gustan los malos buenos, el español Iñigo Montoya (“Hola, me llamo Iñigo Montoya. Tú mataste a mi padre. Prepárate a morir”, la frase más famosa de la película) y el gigante Fezzik que habla con rimas malas (“Fezzik, ¿hay rocas delante? “Si las hay, son horripilantes”).
¡Y los secundarios…! Ese obispo fañoso que habla de “¡el madrimoñio, eze zueño dendro de un zueño…!”; ese rey que, como muchos reyes, no se entera de nada; ese Billy Cristal irreconocible dando vida al Milagrero Max, que resucita a un muerto con una píldora de chocolate; o ese invisible y temible pirata Roberts, que cede su nombre (que es lo que verdaderamente da miedo) y se retira, forrado, a La Patagonia.
Es un cuento contado por un abuelo (Peter Falk, el Colombo de nuestra época) a su nieto (el niño de “Aquellos maravillosos años”), que está en la cama con gripe y al que lo que le interesa son los videojuegos y no un libro, ante el cual pone cara de asco, diciendo “Para, abuelo, ¿es una novela de besos?” y preguntando si trae algo de deportes. “¿Bromeas? –contesta el abuelo- Esgrima, peleas, tortura, venganza, gigantes, monstruos, persecuciones, fugas, amor verdadero, milagros…”
Y me encanta lo optimista que es. Cuando Westley y Buttercup, el chico y la chica, van por el Pantano de Fuego, un sitio espantoso con arenas movedizas, fuegos repentinos que te incendian los bajos de la falda y unas ratas del tamaño de vacas, muertas de hambre, Westley dice: “No me construiría una casita aquí, pero los árboles son preciosos”.
La vida no es una fiesta. No hay día en el que los periódicos no anuncien desgracias e infortunios sin fin que te dejan el alma encogida: muertes, desahucios, recortes, malos pronósticos, paro, privatizaciones de lo que debería ser público y universal… Así que mi propuesta hoy es que, para los ratos grises que el mundo está empeñado en proporcionarnos, lo mejor es sentarnos ante la tele, bien repanchingados en el sillón favorito con los pies estirados, y regalarnos esta joyita. No me digan que no anima un diálogo como éste, dicho en medio de un bosque de calamidades:
Buttercup: Nunca sobreviviremos.
Westley: ¡Tonterías! Sólo lo dices porque nadie lo ha logrado nunca.
Pues eso.