domingo, 25 de noviembre de 2012

Cartas del más allá




Esta es una entrada escrita hace 8 años, casi recién jubilada. La repongo con fecha actual porque no hay nada como el pasado para replantearnos el hoy.

Mi padre, que era muy ordenado, dejó todas las cartas que había recibido en su vida en carpetas, año por año, desde el año 37 hasta el 2006 en que murió. Y ahora me toca a mí (que tengo tiempo) ver lo que se hace con ellas. Así que muchas tardes como ésta, en la que cae una lluvia mansa y apetece sentarse cerca de un fuego, voy leyéndolas poco a poco y tomando notas de cosas curiosas para comentárselas después a mis hermanos y a mis primos.

Leyéndolas, descubro en los años de la guerra a mi abuela, joven, con 39 años y siete hijos, de los que ya se le han muerto dos, angustiada porque al mayor con 19 años lo han movilizado.“Me paso la vida llorando y muy triste”, dice. Y a mi abuelo, que era contratista, carpintero, poeta y periodista y que hacía objetos bellos (todavía tengo un batidor de chocolate de madera hecho por él). Morirá a los 60 años pero en ese tiempo todavía tiene 46 y escribe a mi padre, que entonces tiene 17 y está trabajando en el Ayuntamiento de Garafía, con una letra preciosa, ancha y firme, que yo no conocía hasta ahora. Y le da consejos, le cuenta de la vida en La Laguna (acaban de mudarse desde La Palma) y le manda poesías, como una muy bonita que se llama “Infancia” y que empieza así: “Para colgar mi columpio/ de dos fúlgidas estrellas,/ al Teide subí una vez./ Estaba limpio el sendero,/ sobre mi frente el azul,/ la nieve bajo mis pies…".

Y, mientras, mi tío y los amigos de mi padre, desde el frente, casi ni nombran la guerra aunque dicen que se va a terminar enseguida. Desde Figueras un amigo le cuenta a mi padre en junio del 39 que están custodiando un tesoro abandonado por los rojos de cuatro mil millones de pesetas en oro y plata: Y comenta: “Estoy durmiendo a 10 metros de donde está esa riqueza, pero…”.. Y otro compara “la vida que nos pasábamos ahí juntos, como el día que estuvimos en la bodega y la fiesta de las Nieves, con la situación lamentable en que hoy nos encontramos”. Y otro dice: “Aquí en la trinchera tenemos ratos de música. Lo que nos faltan son chicas para hacer bailes”. Porque sobre todo de eso es de lo que hablan, aparte de los sitios de la península que van conociendo: de chicas. Mi tío le dice a mi padre que le busque una madrina de guerra en Garafía que sea bonita, aunque ya tiene una en Vigo, otra en Córdoba y otra en La Laguna. Pero un amigo, que también le pide direcciones de chicas para solicitarlas como madrinas, más práctico, le dice: “Tú no te ocupes de que sea guapa o fea, sólo que mande algo de esa tierra garafiana. Así tendré en mis manos buenos higos, nueces y almendras que comer”.

Porque esa es otra: la vida material, el día a día, los pocos recursos que hay. Mis tías no encuentran zapatos para los niños, “no hay hilo blanco, dicen, ni siquiera para zurcir”; la carne y el pescado están carísimos y no hay café.

Y, al mismo tiempo, las cartas van desgranando sucesos (un incendio en una trilla de La Laguna en el 39 que, con la que estaba cayendo, destruyó todas las cosechas; o en el 49 el volcán de San Juan en La Palma…) pero también las penurias de la emigración desde Venezuela o Cuba o de la mili en Sidi Ifni; y las pequeñas cosas, como cuando a mi madrina le querían cobrar 10 céntimos en Gerona por el asiento en la iglesia, o las peregrinaciones, las fiestas y los cotilleos:”Pepa está gorda como una pelota y el sábado se le casa el novio con otra”, dice mi tía-abuela Isabel.

Y, en medio de todo esto, en muchas cartas, al lado, por ejemplo, de donde mi abuela le dice a mi padre que se abrigue mucho, no vaya a coger un catarro, está el sello rojo que dice “Censura militar. La Laguna”.

Cuando termine de leerlas, probablemente haré lo mismo que mi padre: guardarlas en carpetas por si algún nieto algún día tiene tiempo y ganas de sentarse algunas tardes como ésta con ellas. Porque, al final, es ésta una tarea entretenida, que te va enganchando, y las vas leyendo como si fuera una novela, aunque casi sin darte cuenta todas estas voces te están contando tu propia historia y la de tus hijos y nietos.
Pero también, en el fondo, están contando la historia de todos nosotros.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Puenteando




Anda el gobierno jodelón, empeñado en quitarnos, no sólo las grandes e imprescindibles cosas, sino también las pequeñas, esas que en estos aciagos tiempos nos mantienen la alegría de vivir.

Primero fue el cafelito de media mañana que el señor Beteta dijo que se tenía que terminar, hombre, que hasta ahí podíamos llegar. Después fue la paga de Navidad que, aunque exigua, daba para el turrón y las uvas. Y ahora quiere quitar los puentes, una tradición nacional, tan querida por todos, gracias a la cual  mucha canita al aire hemos echado por esos mundos.

¡Ese puente del Pilar, ese Todos los Santos, el maravilloso acueducto del día de la Constitución –muchos no se la han leído pero todos saben que su día es el 6 de diciembre- , ese 1º de mayo y, en Canarias, ese 30 de mayo! No es que quiten la fiesta, no. Todavía no se han atrevido a tanto (pero todo se andará). Sólo la juntan con el domingo quitándole a los puentes lo mejor, su razón de ser, su hueco etéreo entre dos firmes pilares.

Quedan para el recuerdo buenos viajitos puenteros, como varios que hicimos de rutas enológicas por la Ribera del Duero, Rueda y La Rioja. O uno que fuimos cantando, como Carlos Cano, desde Ayamonte hasta Faro. O aquel, al Londres de diciembre, quitándonos el frío en pubs ahumados. Se acabaron esos miniplaceres para los trabajadores. Y para los jubilados, también se recorta el Imserso, hala, no sea que empiece a parecernos Jauja Lloret de Mar nevando. A quedarnos recogiditos en casa, como tiene que ser.

Para mí que lo que les pasa a nuestros próceres, aparte del sadismo con que nos tratan, es que no han captado lo hermoso que es un puente, tanto en lo físico como en lo psíquico.

En lo físico, los puentes unen orillas, salvan abismos, abren caminos. Hay en Santiago del Teide un puente pequeño que, cuando pasábamos por allí, siempre llamábamos “el puente al campo” porque no parecía ir a ninguna parte. Pero un día paramos y vimos que conducía a un Vía Crucis, el Camino de la Virgen, que sube por la montaña. Todo puente tiene su sentido, desde ese hasta el Puente de las Cadenas de Budapest, que cruza el Danubio, o el de San Francisco que el cine nos ha regalado.

Y en lo psíquico, los puentes unen a las personas. Puentes hacia los otros son una buena conversación, un libro, una película, este blog… Si te sientes solo, dice el dicho, es porque construiste muros en lugar de puentes. Y sí que veo a nuestros gobernantes instalados en cierta soledad…

De todas formas, el calendario les ha frustrado las ganas de fastidiar. En 2013 los festivos caen en viernes, lunes o fines de semana y les ha impedido hacer el machuca y limpio que pretendían y que dejarán para el 2014.

De aquí a allá podríamos hacer una fina campaña de mentalización pro-puentes, con mensajes sutiles como este poema de la mismísima Marilyn Monroe, que empieza trágico y premonitorio pero termina con una frase optimista que podríamos elegir como lema:
Ay maldita sea me gustaría estar
muerta –absolutamente no existente-
ausente de aquí –de
todas partes pero cómo lo haría.
Siempre hay puentes –el puente de Brooklyn.
Pero me encanta ese puente (todo se ve hermoso desde su altura    
y el aire es tan limpio) al caminar parece
tranquilo a pesar de tantísimos
coches que van como locos por la parte de abajo. Así que
tendrá que ser algún otro puente
uno feo y sin vistas –salvo que
me gustan en especial todos los puentes –tienen
algo y además
nunca he visto un puente feo.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Una gansada




Mi amigo Walter nació en Viena en medio de la Segunda Guerra Mundial. Pero, igual que le pasó a Camus, algún sol radiante debió brillar sobre su infancia para librarlo de cualquier resentimiento y para hacerlo el hombre afable y jovial que hoy es.

Walter está también jubilado y pasa temporadas en la isla, cuyos caminos, vericuetos y rincones conoce mejor que nosotros. Y este último domingo, el 11 de noviembre, él y su mujer Susana nos han invitado al Martinigans, el día de San Martín, que oficialmente en el mundo alemán señala el comienzo del Carnaval (¡antes de la navidad, no sea que se les haga tarde!) y que se celebra comiendo un ganso.

Hay varias historias que relacionan a San Martín con los gansos, pero Walter, en la mesa, contó más bien varias versiones de la historia de nuestro ganso, al que naturalmente llamamos Martín.

Según una primera versión, Martín era un atrevido ganso al que se le hicieron pequeños los límites de su casa y se dedicaba a colarse en  la finca que mis amigos tienen en Austria, muy cerquita de la frontera con Hungría. Walter y su amigo Bernard, que tiene una granja al lado, lo acecharon durante días para cazarlo pero el ganso, como un 007 cualquiera, los burlaba siendo más rápido y astuto que ellos, hasta que un día lo acorralaron y sucumbió bajo la fuerza de un martillo, pum, pum y pum.

En otra versión, el ganso era poco menos que un descendiente de aquellos gansos del Capitolio romano que salvaron la ciudad avisando, con sus graznidos, del ataque de los galos. Igual que ellos, Martín pertenecía a la finca y ejercía su papel guardián con fiereza (hasta dientes tenía, decía Walter), aunque esto no impidió su destino bajo el cuchillo de Bernard.

En la tercera versión, seguramente la verdadera, Martín vivió una vida apacible junto a otros gansos y patos  de la finca hasta que llegó a un peso más que suficiente, 4 kilos y medio, para celebrar el día de San Martín en nuestro amor y compaña.

Sea como sea, el ganso acabó en nuestra mesa, dorado y relleno de cebolla, manzanas, pasas embebidas en vino tinto, ciruelas y limón, y acompañado de la col roja y bolas de papa, tan tradicionales en la comida austriaca. Después de todo, es este un final previsible para un ganso.

Lo que no es tan previsible es que acabara sus días, bajo el sol de Los Cristianos, a 5000 kilómetros de los verdes, y ahora fríos, prados austriacos en los que nació y creció. Pero así es la vida, con los ríos que van a dar a la mar y los gansos que van a dar a la mesa.

Y es que, inexorablemente, a todo ganso le llega su San Martín.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Jalogüin y la doctora Jomeini




Hace 4 años, coincidiendo con Halloween, mi hija Ana publicó su primer libro, "El blog de la Doctora Jomeini". Hoy 4 años después, recuerdo aquel primer paso. que ya va por su 3ª edición. La editorial lo ha acaba de reeditar para España e Hispanoamérica como pueden ver aquí.

Este lunes iba a hablar de Jalogüin, esa fiesta de brujas, esqueletos, vampiros y de todos los personajes del submundo, que se está imponiendo entre nuestros niños, a quienes les encanta disfrazarse para, ¡Uuuuuuh!, darte miedo. Mis nietos se han vestido de… bueno, de ese horror que ven en las fotos, y mis hijos, cuando chicos, también lo hacían y se lo pasaban estupendamente en las fiestas que organizaba mi amiga americana en su casa, adornada para la ocasión con velas, arañas y calabazas. Más de una vez hasta yo me vestí de Bruja Piruja. 

Mucha gente se echa las manos a la cabeza porque dicen que esto es una americanada, una tradición importada. Y sí, es verdad, lo es, pero ¿y qué? Son tradiciones importadas el árbol y las postales de Navidad, el luto, los trajes blancos de novia y hasta las romerías, que nos parecen tan autóctonas.
Jalogüin (me gusta más españolizado) tiene sus fuentes nada menos que en los romanos y su culto a la diosa Pomona, la diosa de los frutales, huertas y jardines; en los mitos celtas del Samhain que celebraban el fin de las cosechas y el momento en que había que ahuyentar, disfrazándose como ellos,  a los hijos de la Noche -muertos y demonios-, que podrían llegar del Otro Mundo; en la adaptación que la Iglesia hizo de este culto pagano, uniendo Todos los Santos al Día de Difuntos, día que, en mi casa por lo menos, se ponían velas por cada miembro de la familia que hubiera muerto… Y, de ahí, la calabaza y los disfraces y los difuntos y los demonios que aparecen en Halloween. Las tradiciones pueden ser, como ésta, de ida y vuelta y contribuyen a enriquecer y dar color a nuestro mundo. Y si encima sirven para que los niños se diviertan, hagan acopio de golosinas y nosotros comamos buenos potajes de calabaza, mejor.


Bueno, pues de todo eso quería hablar hoy. Pero mi hija Ana me ha dicho que no, que hoy se han puesto de acuerdo más de 50 blogueros para contar que Ediciones Tombooktu publica su libro, “El blog de la Doctora Jomeini”, y que ¿cómo no voy a participar yo, la madre de la Pantoja? Yo estuve con ella, no sólo cuando nació, sino también cuando a los 10 años le dieron el Premio de Redacción de la Coca-Cola y cuando le daban los premios de poesía en el Instituto; yo recogí por ella otro primer premio de poesía en el Club Náutico cuando estaba preparando el MIR en Valladolid; yo fui con ella a La Palma a recoger el Félix Francisco Casanova… ¿Cómo no voy a estar presente hoy, que sale la edición en papel de su primera novela? Una novela tierna, divertida al estilo de su blog, que se lee en un pispás y que nos enseña que, igual que en el mundo de Jalogüin, también hay un lado oscuro en los quirófanos. Ah, y una novela que ¡yo! le voy a presentar dentro de poco.


Así que, como ven, le he hecho caso y he hablado de su libro. Y, además, cualquiera le dice que no. La Doctora Jomeini, cuando se enfada, puede dar más miedo que todos los fantasmas de Jalogüin.







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