lunes, 29 de octubre de 2012

La yema de huevo




Desde luego, si alguien se merece un monumento en este mundo es el inventor del huevo frito: un huevo como Dios manda, de gallinas sueltas picoteando en el campo, frito en buen aceite de oliva, con su clara blanca y festoneada como un encaje de Holanda y su yema doradita en la que mojar un pan recién salido del horno… ¡Gloria bendita, oiga! Y casi todos hacemos lo mismo, empezamos por la clara y dejamos la yema, lo mejor, para el final.

Ese, el posponer el placer sabiendo que la expectación y la anticipación también forman parte de él, es uno de los privilegios humanos que nos separa claramente de los animales, que van a lo que van y no se andan con tantas zarandajas.

Por la yema de huevo, yo, que soy como Harry (el de “Cuando Harry encontró a Sally”), que se leía el final de los libros antes de terminarlos, me aguanto las ganas cuando leo uno especialmente emocionante para disfrutar más cuando llegue al desenlace. Por la yema de huevo, mi hijo y mi nuera, hace ya más de un año, nos reunieron a los padres respectivos, nos dieron una opípara cena y se contuvieron hasta los postres para decirnos que se casaban.

Este sábado le hemos organizado a mi hermana, que dentro de poco cumplirá los 60, una megafiesta sorpresa. Fueron divertidas la preparación y la conspiración entre todos para que ella no se enterase, pero mejor fue la fiesta: la casa, espaciosa y acogedora, de Juan y Carmen, generosos amigos que la prestaron para la ocasión y llenaron de luces sus jardines; los vestidos, flores y collares de los años 60 que todos los invitados llevábamos y la música, también de los 60 –la mejor- que un grupo (“Almas de goma”) interpretó, con Elvis, los Beatles y Popotitos haciéndonos bailar a mayores y jóvenes; las guirnaldas brillando con el número 60 y los carteles con la cara de mi hermana, hechos por su hijo Miguel, colgados por todas partes; las conversaciones, risas, tintineo de copas que se oían mientras degustábamos exquisiteces culinarias, hablando en grupitos o sentados en mesas de manteles blancos; la presencia allí y la voz de terciopelo de Anne (“Boney M”) sonando, estremecedora y cálida, en la noche teguestera; los regalos; el aguante de muchos hasta cerca de las 5 de la mañana aprovechando que, con el cambio de hora, en realidad eran las 4…

Pero el momento cumbre de la noche fue, sin lugar a dudas, la sorpresa de mi hermana. Y mejor todavía fue cuando, después de quedarse con la boca abierta ante más de 100 amigos y familiares, muchos llegados de fuera, y de los abrazos y besos y de vestirla como Holly, la de “Desayuno con diamantes”, boquilla y guantes largos incluidos, le pusimos un vídeo con un repaso tierno y divertido de su vida en el que muchos de nosotros le decíamos que la queríamos. La última en hablar fue su hija, mi sobrina Isa, que está haciendo el Erasmus en Polonia. Lo que mi hermana no sabía es que, mientras oía a su hija mandándole felicitaciones y lamentándose de no poder estar en la fiesta, mi sobrina estaba en realidad en ese momento detrás de ella.

El  instante en que la vio y se abrazaron y se echaron a llorar y todos también llorábamos y reíamos a la vez fue la mejor sorpresa, el deleite final, el regusto que conservaremos siempre en las papilas de la memoria. La guinda del pastel. El broche de oro. La yema de huevo.



lunes, 22 de octubre de 2012

Historias de Los Sauces: la historia de Alberto




Alberto había vuelto a Los Sauces desde Venezuela a los 19 años, causando entre los vecinos la acostumbrada expectación. Expectación que él acusó inventándose la letra de una canción que cantaba, con una voz muy bonita tipo Enrique Guzmán, al ritmo del limbo rock: “Cuando a Los Sauces yo llegué, la gente me empezó a mirar, de la cabeza hasta los pies me empezaron a investigar…”
Alberto era alto, delgado y con un encanto especial que él conocía muy bien. Sabía hablar y tenía sentido del humor hasta para reírse de sí mismo, lo que hacía que cayera bien a todo el mundo. Y no había chica que no lo mirara con buenos ojos.
Él se dejaba querer, bailando con una en la verbena por las fiestas, nadando con otra en el Charco, subiendo a Los Tilos con la de más allá y diciéndoles a todas lo guapas que eran. Hasta que se encontró con Carmita.
Carmita era la hija más pequeña de una familia con muchas hijas, tal vez la más agraciada pero sin nada especial. Nadie se explicaba por qué, de repente, Alberto parecía prestarle más atención, pero tampoco le daban más importancia, un ligue de verano más que se apagaría con el último de los fuegos de las fiestas de septiembre. Pero no fue así. La madre de Alberto, Doña Manuela, fue la primera sorprendida cuando él le dijo, al mes de empezar los devaneos,  que se quería casar con Carmita, que estaba muy pero que muy enamorado y que por mantenerla no habría problema porque se quedaría a vivir en casa de ella hasta que él encontrara trabajo.
Cuando se trata de los hijos, las matriarcas de La Palma hacen lo que sea y Doña Manuela no fue menos. Y, después de visitar a curanderos y médicos y de hablar con todo dios, llegó a la conclusión de que su hijo estaba embrujado. La abuela de Carmita, que gobernaba una casa llena de mujeres con mano de hierro, tenía fama de bruja y algo le habría echado en el café para que al chico le dieran esos amores repentinos y volcánicos sin fundamento. Y entonces empezó el desembrujamiento: rezados, pastillas, agüitas, visitas a la Virgen de las Nieves, promesas de madre y tías… Y una mañana Alberto se despertó y, de repente, sintió que ya no tenía ganas de ver a Carmita ni en pintura. Se desenamoró sin más.
Cuando años más tarde yo le preguntaba por el episodio, me decía: “No hay razones. Yo no pensaba en otra cosa que en casarme con ella. Era un embrujo en toda regla”. Y eso sí, desde entonces él, que era un gran cafetero y al que siempre recuerdo acunando con mimo la taza de café entre sus dedos largos y elegantes, restringió el consumo a las casas de confianza. Tomar café, sí, pero seguro, porque nunca se sabe si detrás de cualquier agasajo se esconde una bruja.

(La foto, obra de mi amigo Jesús, es de La Calzada, donde vivió Alberto con su familia. La Calzada es un camino que, yendo desde la Plaza hasta la carretera de San Andrés, es, como se ve, bastante empinado, hecho que Alberto también registró en el Limbo Rock que inventó: “A La Calzada fui a vivir con mi papá y con mi mamá y un burro tuve que comprar para subir y pa bajar.”)

lunes, 15 de octubre de 2012

Qué tal el verano




Ahora que los días se van volviendo casi imperceptiblemente otoñales –ya está recogida la vendimia, las capas de la reina se llenan de flores amarillas y sobre las 7 de la tarde empiezan esos atardeceres de un intenso naranja, tan propios de octubre- la pregunta que muchos de los que te encuentras por la calle te hacen es: “¿Y qué tal el verano?”. Nadie pregunta nunca, después de cada estación, qué tal el otoño, o el invierno, o la primavera, no. Qué tal el verano, la estación rompedora, distinta, sensual, dadora de pereza y vitalidad. Y me lo preguntan ¡a mí!, una jubilada que ya no marca las estaciones con el ritmo de las vacaciones y el trabajo. Pero, porque en esa pregunta hay un algo nostálgico, una añoranza de tiempos mejores, vamos a tomarla en serio.
¿Qué tal el verano? Luis Feria lo define en un poema así: “Cuánto azul, qué de vida, qué de mar. Qué de luz tan sin fin”. Yo asumo todo eso en este verano pasado y busco entre los días soleados uno que brille en el recuerdo más que los otros: por ejemplo, el día del Carmen, en el que por primera vez (siempre hay cabida en la vida para primeras veces) fui en un barco por la bahía de Santa Cruz en la procesión de la Virgen.
Cuando era jovencita me encantaba ese día, no sólo porque mis padres me dejaban estar en la calle hasta altas horas de la noche (las 10, cuando terminaban los fuegos), sino también por el bullicio y porque ese día –más de cien barquitos en el mar- era como si la ciudad recordara al pueblito pescador y chicharrero que fue. Después de esos años han pasado más de 50 en los que yo tomé otros rumbos. Pero este verano mi consuegro Antonio nos invitó a la procesión.
En La Graciosa dicen siempre que mejor que tener un barco es tener un amigo con barco; y nosotros tenemos esa gran suerte, un consuegro y amigo con un barquito llamado Ofiura, que es el nombre de una estrella de mar que se esconde bajo las rocas del fondo. Con él de vez en cuando va a pescar o a descubrir barcos de siglos pasados naufragados cerca de la costa, y a ese barquito nos subimos el 16 de julio con la ilusión de las experiencias nuevas.
Y allí estaba todo el cuadro de mis años mozos: tras el remolcador que transportaba a la Virgen, adornados con flores y banderitas, iban barquitos, fuerabordas, barcas de pesca, yates pequeños, lanchitas, falúas, botes, chalanas, bermeanos, esquifes, motos de agua… todos rebujados en un alegre batiburrillo, acercándose tanto unos a los otros que a veces parecía una pista de cochitos locos. Los bucios, caracolas, bocinas, trompetas, sirenas, pitos, cohetes…se afanaban en producir mil sonidos mientras se oían músicas de todas partes, cántigas a la Virgen e, incluso, salsa en alguna barca en la que, en bañador, bailaban unas chicas (¿un guiño a los carnavales aquí también?).
Y, por supuesto, estuvo el broche de los fuegos  y el olor del mar y las risas y todo lo que recordaba de aquellos días lejanos. Sólo que esta vez, día relajado de un relajado verano, yo no estaba en el muelle o en la avenida  de Anaga como antes, sino allí, en medio de los barcos tras la estela de la virgen marinera.


lunes, 8 de octubre de 2012

La lección del perenquén




Vivir en el campo significa vivir con bichos, con toda clase de bichos. Hay moscas que no había visto en mi vida hasta que vine aquí, lagartos tornasolados tostándose al sol como turistas en el sur, ratoncillos, mariposas de delicados colores y oscuras como la noche, gusanos excavadores y removedores de tierra, arañas minúsculas y mayúsculas con patas como torres de televisión, filas interminables de afanadas hormigas, ranitas satinadas que te sobresaltan cuando riegas entre las hojas, saltamontes entrenando en la hierba, toda un sinfónica de pájaros: canarios, herrerillos, capirotes, chirrines, herrerillos… Un zoo diminuto, vamos.
Pero entre todos ellos hay uno que me fascina por ese aire atávico de ser, o de creerse, el último descendiente de los dragones: el perenquén, llamado también salamanquesa, geco y, en La Gomera, pracan. Y no soy la única, no. Tengo ilustres precedentes que alguna vez se han quedado también embobados contemplando su talante majestuoso y su seguridad de estar por encima de las miserias de este mundo.
Italo Calvino en su libro “Palomar” le dedica un capítulo entero (“La panza del geco”), analizando sus patas delicadas y fuertes, su cabeza con los ojos salientes y sin párpados, el mentón duro y todo escamas como el de un caimán…, pero también su concentración inmóvil, su impasibilidad, su apariencia de “artefacto mecánico, (como) una máquina elaboradísima y perfecta, estudiada en cada microscópico detalle”.
También Gerald Durrell en “Mi familia y otros animales” habla durante muchas páginas de un perenquén al que bautiza como Gerónimo “porque sus asaltos contra los insectos eran tan astutos y premeditados como las hazañas del famoso piel roja”. Gerónimo se movía con la suavidad de una gota de agua y sus ojos dorados brillaban victoriosos después de una buena cena a base de escarabajo. Durrell cuenta una pelea entre él y una mantis religiosa (a la que llamó Cicely) con la emoción de una final del campeonato del mundo de boxeo. Ganó Gerónimo pero Cicely fue una digna rival.
En la terraza de mi casa vive toda una familia de perenquenes. Cuando tenemos fuera una cena con guitarreo posterior, un perenquén grande sale poco a poco de debajo de las tejas y se planta, quieto, cerca del farol. Alguna palomilla de la luz que pasa cerca desaparece en un visto y no visto, mientras él cena con la tranquilidad de un gourmet, escuchando la música desde las alturas. Elige sus presas delicadamente, con elegancia y sin alardes, satisfecho de ser y sin necesidad de hacer más de la cuenta.
Calvino sospecha que esta es la lección del perenquén. Pero yo también pienso, cuando lo observo durante un rato con su altiva estampa de Señor de las Paredes, que nos está enseñando a tener objetivos, a tener paciencia para intentar conseguirlos y a que, cuando se presenta la ocasión, sea una palomilla de la luz o la bola dorada de la fortuna, zas, aprovechémosla rápidamente y no la dejemos pasar, porque nunca se sabe si después vendrá un espacio vacío de oportunidades.
Y, después de la lección, el perenquén se da media vuelta y paso a paso, con andares de rey y sin dignarse dirigirnos ni una sola mirada, se marcha a su casa hasta la noche siguiente. 

lunes, 1 de octubre de 2012

Sostiene Gomeira II: el caso de la dueña del guachinche





Mi amiga Gomeira me sigue llamando a veces desde Valle Gran Rey, cuando tiene cobertura, que esa es otra historia. Sostiene Gomeira que lo que pasa allí no lo ha visto ella en ningún otro sitio del mundo. Que sí, que ahora que se han apagado los ecos del incendio (aunque no el susto ni el olor a lo inesperado, a que la vida puede dar un vuelco en cualquier momento), el pueblo amanece relajado, el agua de La Puntilla tiene una temperatura inusualmente templada y, desde la playa, todos saben que, cuando Yaya saca un cartel a la puerta de su bar, es que hay camarones,  que, sostiene, están riquísimos con una cervecita allí al lado del mar.

Pero también sostiene que, al lado de esto, se dan casos raros entre el personal dedicado a la hostelería y a atender al mogollón de turismo que viene a solazarse a esta isla que le dicen colombina por aquello de que sus aguas fueron las últimas que Colón bebió antes de embarcarse a otros mundos. Sostiene Gomeira que hay dos clases de guachincheros: los amables, que te sonríen y te ofrecen con lujo de detalles el menú del día, dándote hasta la receta del potaje de berros, la carne de cabra o la leche asada; y los que miran a los que se acercan a comer como si fueran unos muertos de hambre, que a lo único que van es a hacerles trabajar.

Cuenta Gomeira que suelen ir a tomarse unos vinos a un guachinche cerca de Chipude y que la dueña, una mujer estirada y más seca que un esparto, es de los segundos. Y  con la particularidad de que sólo les da vino. Así, a palo seco “Pero –le digo- ¿no tiene nada, ni un trozo de queso, ni unos manisitos…?” “Bueno, sí, nos pone una cabrilla, que es una taza con gofio y azúcar, que al final nos sabe a polvorón desgorrifiado. Y con una sola cuchara para todos, que no veas los trabajos para no lamerla…””¿Y por qué sigues yendo” “Porque el vino está de muerte”, sostiene.   

Como quiera que cada vez que iban, de tanto vino y poco gofio con azúcar, salían bastante ajumados y casi a cuatro patas, sostiene Gomeira que determinó llevarse ella el piscolabis la próxima vez. Y, en efecto, cuando volvió, llevaba en un cesto, a lo Caperucita, un buen plato de jamón ibérico que sacó en cuanto la dueña les sirvió el vino. Pero hete aquí, me cuenta, que ante la visión del jamón, le cambió el talante a la dueña y acercándose a ellos, terminó comiéndose ella más de la mitad del plato.

Sostiene Gomeira que ella no conoce otro sitio  donde sean los clientes quienes ofrezcan las viandas al hospedero. Y que ya está pensando en llevar unas buenas garbanzas, de esas que a ella le salen tan bien, no sea que encima la vayan a criticar en todo el pueblo por agarrada.

Que todo puede suceder, según sostiene Gomeira