lunes, 27 de agosto de 2012

Chafalmejadas o la restauradora de Borja




El pitorreo mundial que se ha montado a costa de la octogenaria de Borja, Cecilia Giménez, que transformó un eccehomo doliente con corona de espinas en un Paquirrín vacilando con gorro de batelero del Volga,  me hizo recordar a mi abuela y su “¡No seas chafalmejas!”.

Chafalmejas, para nosotros, es la persona, chapucera e informal, que no vale para lo que hace y, por lo tanto, lo hace mal. Que era exactamente lo que me pasaba a mí cuando mi abuela intentaba enseñarme a bordar y, más que un bodoque o un realce, me salía un reburujón parecido a una cotufa.
Así que Cecilia Giménez pintando y yo bordando somos unas chafalmejas ¿Y qué? El ser chafalmejas está entre las potencialidades humanas. Fueron chafalmejas los piratas somalíes que atacaron un buque de guerra el pasado enero confundiéndolo con un mercante; o el ladrón que atracó un banco con pasamontañas y mono azul de trabajo en el que aparecía su nombre y el de su empresa; o el Jefe de la lucha antiterrorista de Scotland Yard que llevaba un folio con información supersecreta a la vista de todos los periodistas. Por no hablar de las chafalmejadas de los que nos gobiernan.

Y, como nadie es perfecto, yo propongo en el caso de la restauradora del eccehomo prescindir del escarnio y la mofa y elevar, en cambio, al alcalde de Borja una petición formal: nombrarla Hija Adoptiva del pueblo. Y esto por múltiples y buenas razones:

Porque, como la Dolores de la copla, ha hecho que el nombre de su pueblo sea conocido a nivel mundial.

Porque una persona que, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, se pone a restaurar un cuadro de una iglesia, está más pertrechada que el caballo de Espartero.

Porque, igual que hizo Picasso con “Las meninas”, ha generado un proceso de libertad creativa tan grande que, en pocos días, hemos visto variaciones del eccehomo como la Duquesa de Alba, Rajoy, Don Limpio, Miss Piggy, Messi, Chewbacca, Belén Esteban, ET…

Porque incluso el autor de la obra, Elías García Martínez, al que no conocía ni dios, estará agradecido y satisfecho, donde quiera que esté, de haber pasado por fin a la posteridad.

Porque ella confiesa que tiene la pasión por la pintura y, si a los 81 años tienes una pasión en lugar de estar tirando migas de pan a las palomas, es para quitarse el sombrero ante ella e intentar imitarla.

Porque me inspira ternura esa “buena intención”, que me recuerda el “perdón, fue sin querer” de mi nieta, cada vez que me rompe una figurita.

Porque ha hecho carcajearse a este país que, últimamente, no estaba para muchas risas.

Porque ha conseguido sus más de 15 minutos de fama mundial.

Porque, si usted, señor Alcalde, me hace caso y deja también la obra tal como está, se formarán colas de turistas para sacarse una foto con ella y el pueblo será de los primeros en salir de la crisis.

Así que acepte mi petición, señor Alcalde. Ella se lo merece más que muchos.
Aunque sea una chafalmejas.

lunes, 20 de agosto de 2012

Flipo con el ruido




Cartel a la entrada de mi pueblo: “VAS A FLIPAR”. Efectivamente, flipando me quedé cuando lo vi. “Si crees que en Carnavales hay mucho ruido…” ¡Sí, lo creo! Carnavales es el martillo demoledor del chundachunda, que hace huir, despavorida, en esas fechas a toda la gente que conozco del centro de Santa Cruz. “…espera a ver esto”. Y esto es, al parecer, un campeonato nacional de motos. Pero no anuncian las motos, no. ¡Anuncian el ruido de las motos! ¡Y diciendo que va a dejar chiquito el ruido de los Carnavales! Sigo flipando (flipar: quedar estupefacto por el asombro o el miedo.  Yo, por las dos cosas)
Y es que hay ahora una tendencia al cuanto más ruido, mejor –lo llaman “animar la calle”-, primer objetivo de todo Ayuntamiento que se precie: música a un nivel altísimo en las fiestas patronales y en los saraos y chiringuitos de fines de semana; música también en las calles peatonales, sobre todo en Navidades (si en esas fechas le cantas a uno de esos sufridos vecinos lo de los peces en el río, puede saltarte al cuello); ruidos variados en las celebraciones de los hinchas por el triunfo de su equipo… Y eso que hay crisis. Como le dice una de las dos viejitas de Forges a la otra: “Como estará la cosa que el Ayuntamiento este año, para las fiestas, sólo tiene presupuesto para 84.000 ruidos”. “Vaya moñiga de fiestas”, contesta la otra.
Y luego hay que sumarle el ruido de los vecinos –mi amiga Loque dice que es que los suyos son pobres y no tienen sino tacones-; el de las personas que a gritos en la noche nos informan de su vida, costumbres, amores y desamores; el del camión de la basura de madrugada, responsable, según unos primos míos, de que hayan tenido un montón de hijos; el de las teles a todo volumen… Hay casas donde no quieren vivir sin ruidos. Tengo otro primo –mi familia es muy amplia- que conectó la tele al encendido de la entrada. Abre la casa, toca el interruptor y, hala, al mismo tiempo, la luz y el telediario.  “Todo conspira cada vez más -dice Muñoz Molina- para distraernos, para aturdirnos, para dejarnos sordos con una incesante cacofonía de reclamos”.
Pero muchas personas, yo entre ellas, perseguimos y buscamos el silencio. El silencio es el espacio en el que nacen las ideas, incluso la música, el más maravilloso de los ruidos (pero no a todas horas, oye). El silencio es el momento de escucharte a ti misma, de comprender por qué haces las cosas, o simplemente de no pensar en nada.
Y no hablo del silencio total, el que puede haber hallado, qué sé yo, un ermitaño en el más recóndito de los desiertos. Porque a los humanos nos gusta sentir la vida alrededor. Y hay muchos ruidos apacibles, voces de los ecos que decía Machado, que acompañan al silencio, sin romperlo: la lluvia sobre la tierra, la risa de la brisa del río de la canción, las tijeras en la mañana tranquila mientras limpias y podas los geranios, la presencia amortiguada de los que van con nosotros por la vida.
Estoy frente al mar, ruido silencioso: chapoteo de las olas, paz, sosiego, tranquilidad, mente en blanco. Y, de repente, pasa frente a mí un grupo de motos de agua, ¡¡BRRORRORROUUUUMM!!, haciéndome añicos el momento.
Y yo me quedo, desgaviotada, flipando con el ruido.

lunes, 13 de agosto de 2012

Curiosity o ignorada marcianita



Marte está de moda. Tiene más tráfico que el aeropuerto de Castellón. El que la NASA se haya gastado un pastón en mandar una nave allí, Curiosity, para curiosear solamente y sacar fotos de un pedregal rojo me parece admirable. No hay nada más fecundo y emocionante que la curiosidad. Gracias a ella salimos de las cavernas y hasta hemos inventado un mundo virtual en el que algunos osados escriben blogs. Gracias a ella conocemos nuestro planeta cada día un poco más. Y gracias a ella ahora nos aventuramos a sacar la nariz fuera y a familiarizarnos con el cráter Gale desde donde Curiosity se va a echar a andar, cargada con todo tipo de cámaras, como si fuera un turista japonés.

Sí, Marte está de moda. Pero siempre lo ha estado. Lo estuvo cuando Ray Bradbury nos sorprendió con sus “Crónicas marcianas”; cuando Orson Welles asustó a los americanos con una segura invasión de naves marcianas que atacaban con sus “rayos de calor”; cuando en “Mars attack!” Tim Burton nos mostró un tipo de marciano con cabeza de bombilla gigante, que nadie querría tener por vecino.

Una visión más amable la tuvimos nosotros cuando en los años 60 cantábamos “Ignorada marcianita”. Todos los que fuimos jóvenes en esa época nos sabíamos de memoria esta canción de Billy Cafaro. Sonaba siempre en los guateques juveniles y sigue sonando en cuanto nos juntamos dos o tres carrozas en torno a una guitarra:
“Ignorada marcianita,/ aseguran los hombres de ciencia/ que en diez años más tú y yo/ estaremos tan cerquita / que podremos pasear por el cielo /  y hablarnos de amor…”.  Y terminaba: “Marcianita, blanca o negra / espigada, pequeña, gordita o delgada / serás mi amor./ La distancia nos acerca / y en el año 70 felices seremos los dos.”

Ahora, visto lo visto, esta última afirmación nos parece ingenua y disparatada pero en aquel tiempo supongo que algunos lo vieron como una posibilidad. La carrera espacial estaba despegando y el planeta rojo, siempre misterioso, se veía al alcance de la mano. ¿Existirían los marcianos? ¿Nos estarían viendo a nosotros, al planeta azul, también tan cercanos? ¿Habría allí también alguien que cantase a su vez “Ignorada terricolita”?

Cada verano en nuestros ordenadores aparece un email en el que nos avisan de que Marte y sus marcianitos vuelven a acercarse otra vez a la Tierra. La medianoche del 27 de agosto, dicen, el planetario Internacional de Vancouver anuncia que Marte, a sólo 55,75 millones de kilómetros de la Tierra, a dos pasos como quien dice, será tan brillante y grande como la luna llena “Será como si la Tierra tuviera dos lunas”. El email termina con la frase “Nadie que esté vivo en este siglo podrá volverlo a ver”.

Hay emails etéreos, esos que hablan de ser uno con el universo y de que, al lavar los platos, te sientas una con el agua. Los hay apocalípticos, cuando predicen desgracias sin fin, sobre todo si una no los reenvía. Y los hay hiperbólicos o, para decirlo llanamente, mentirosos, batatosos o troleros. Éste de Marte es de estos últimos, hecho para tenernos a la intemperie toda la noche con el cogote hacia el firmamento.

Cuando vino el cometa Halley nos fuimos toda una tropa de familiares y allegados a verlo de noche desde la costa del Porís que, según los enterados, era un sitio idóneo para ello. Llevamos tortillas, vino, chocolate caliente y un bizcochón y, al final, muy alegres y brindando por el Halley, lo localizamos al lado de la constelación Libra. Fue una noche muy divertida, lo que no quita para que a la vuelta, de madrugada, después de recorrer 150 kilómetros, nos diéramos cuenta de que la constelación Libra también estaba encima de nuestra casa.

Estoy segura de que el próximo 27 de agosto, si es que realmente Marte está ahí al lado, habrá tanta novelería como en aquel entonces. También seguro que Marte será brillante, espectacular y rojo como un rubí. Pero, ¿igual que la luna llena? ¿Dos lunas en el cielo? ¿La marcianita de la canción ya dispuesta a ser feliz para siempre con su terrícola? ¡Ja! ¿Se apuestan algo a que no?

Yo, por lo menos, no me voy a pasar la noche intentando descubrirlo en el cielo. Ni siquiera por curiosity.

lunes, 6 de agosto de 2012

Sostiene Gomeira: el caso de la santa desahuciada


El escritor Antonio Tabucchi, que murió este año cuando empezaba la primavera, tiene un libro maravilloso, “Sostiene Pereira”, sobre un viejo periodista portugués que reflexiona, sostiene opiniones sobre el tipo de sociedad en la que vive (Lisboa, 1938, dictadura de Salazar) y toma conciencia de lo que hay que hacer frente a ella.
Recordando a Tabucchi, en su honor voy a llamar Gomeira a una amiga que, como su nombre indica, vive en la isla de enfrente, La Gomera, y que me llama de vez en cuando, concretamente desde Valle Gran Rey. Aunque no se parece en nada al héroe portugués (ella no es de tortilla a las finas hierbas, como él, sino más bien de garbanzas),  coincide con él en que me cuenta los pormenores de su vida por allí, analiza todo lo que no sale nunca en los periódicos y reflexiona sobre ello.
Sostiene Gomeira que lo que no pasa en Valle Gran Rey no pasa en ningún lado. Que anda el pueblo enfolinado con la pelea de las vírgenes. Que la cosa empezó, sostiene, porque en La Rajita, uno de los barrios de Vallehermoso, echaron abajo la Fábrica de conservas y, de paso, se cargaron también la ermita que estaba a su vera, dicen que porque no fuera a ser que luego, topando con la Iglesia, no pudieran vender el terreno; pero también sostiene que pudo ser por otra cosa, que la gente allí, mucho jabla, jabla y, a veces, con poco fundamento.
Sostiene Gomeira que con la ermita desapareció la imagen de Santa Marta, la patrona de La Rajita, que vete a saber quién se la mangó y a dónde fue a parar. Los rajiteros, desconsolados y huérfanos, porque un barrio sin patrón es como un bocadillo sin pan, porque a ver entonces en honor de quién celebran las fiestas, rápidamente organizaron una colecta y apoquinaron todos para comprar otra Santa Marta remozada.
Gomeira sostiene que ahora tienen una nueva imagen pero, como en la canción, Santa Marta no tiene tren ni tranvía ni iglesia y, como las colectas no dan más de sí, los rajiteros pidieron aposentarla en la iglesia de Vueltas, otro barrio de Valle Gran Rey, y hacerle allí los agasajos y armar la fiesta correspondiente por todo lo alto. Pero la que se armó fue la de Dios, sostiene, porque los de Valle Gran Rey, sobre todo los de Vueltas, dicen que cómo va a venir esa intrusa a hacerle sombra a la Virgen del Carmen, que es la verdadera patrona. Que Santa Marta nunca ha sido de Valle Gran Rey. Y de Vueltas, menos.
Sostiene Gomeira que el cura, intentando calmar las iras, determinó que podrían bendecir a Santa Marta en la iglesia e incluso hacerle una misa, pero nada de sacarla en procesión, que dicen los enfolinados que hasta ahí podíamos llegar.
Gomeira cuenta que, al final, le hicieron una fiesta de las que a ellos les gustan, con verbenas, fuegos y toda la pesca, pero a la que no asistió nadie de Vueltas, que no se iban a rebajar a dar la bienvenida a una advenediza, que será todo lo santa que quieran pero no está al nivel de una virgen y que viva la Virgen del Carmen.
Pero tampoco, sostiene Gomeira, hay acuerdo entre los rajiteros, que después de todo se criaron viendo desde chicos otra Santa Marta. Me cuenta que le dijo a una: “Uy, Carmita, ¿y cómo no fuiste a la fiesta de Santa Marta?” Y Carmita, remangando la nariz, le contestó: “¡Esa no es mi santa!”.
De todas formas, sostiene Gomeira, al final la fiesta de Santa Marta resultó estupenda, a pesar del cura, de los de Vueltas y del enfrentamiento virginal, porque estuvo en ella el ventorrillo de La Rubana, que hace la mejor carne de cordero de toda la isla, acompañada, además, de ñame guisado y de un vino que te puedes morir. Y no importa un buen rifirrafe, incluso una pelea entre patronas al más alto nivel, si al final se puede catar algo así, según sostiene Gomeira.
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