lunes, 30 de julio de 2012

La octava isla



La Graciosa es la octava isla canaria. Los gracioseros son muy quisquillosos con todos los que dicen que hay siete islas canarias, canciones incluidas. Hay realmente ocho islas habitadas y la octava, en el Archipiélago Chinijo, es esta asombrosa isla, de la que Ignacio Aldecoa, que vivió aquí un tiempo, decía que “la felicidad, en esta isla del Atlántico, cubre musgosamente las rocas, en las que la gente del pueblo la siente bienvenida”.
Vengo desde hace 30 años de vez en cuando a la casa –blanca con ventanas azules, como casi todas las gracioseras- que mi hermana tiene en La Caleta del Sebo. Aquí hemos caminado los senderos, hemos mariscado y pescado (mi marido no olvida pescas memorables de 27 peces de buen tamaño en una sola mañana), hemos hecho amigos y hemos asistido incluso a una boda marinera, la de mi sobrino Miguel con Nayra hace 4 años, en un barco en medio de las olas y frente a una de las playas más bonitas que he visto, Playa Cocina, una calita transparente al pie de Montaña Amarilla.
La isla te ofrece regalos previsibles: el sol, las playas, el goce del silencio –mar y viento en los sentidos- o el ritmo tranquilo que se palpa en las calles de arena de La Caleta, con sus bellos nombres marinos: La Crujía, Las Sirenas, La Popa, Noray, La Carnada, La Eslora, Virgen del Mar…
Pero también la isla te da momentos impagables. Como la cola del pan, por la mañana temprano, donde te dejan pasar para seguir un ratito allí, alegando. Y el café de después, frente al mar y los riscos de Famara, en donde no se habla de la prima de riesgo ni del desastre que es el país, sino del tiempo, del estado del mar o de ir a calamarear a la caída de la tarde.
Y también brinda sorpresas, como ver en la iglesia –pequeñita y marinera – una pila bautismal hecha con una concha de tortuga sobre una nasa; o encontrarte, detrás de las dunas, con Los Arcos, puentes naturales sacudidos por las olas, o con El Jameíto, donde te bañas bajo las rocas jugando con la luz y el color. O visitar un lugar curioso adonde no va casi ningún turista, el Cementerio, que, a pesar de todo, canta a la vida, con lápidas donde se ve a los que se fueron, limpiando pescado o felices a bordo de su barca. En una de las tumbas decía: “Si en el mar te ves perdido / y oyes un timple sonar, / echa rumbo a La Graciosa / que pronto la has de encontrar”. Y en otra: “Si el tiempo nos lo permite / y la pesca se les da / traen marcadas en sus rostros / huellas de felicidad”.
Y, como en todos sitios, lo mejor es disfrutar de la amistad de la buena gente graciosera. Como Piedad y Lala, o Valentín, que sabe donde viven los pulpos, o Mingo, que inventa y canta folías mientras pesca (“Marinero que navegas, / ten cuidado con tu vida, / porque te vas navegando / junto a dos tablas unidas”). Sólo aquí pueden invitarte, de hoy para mañana, a unas cabrillas “que todavía están nadando en el mar”, o a unos calamares transparentes, pescados la noche anterior, que, al comerlos asados, te transmiten todo el sabor de la maresía.
La Graciosa no te da la felicidad, a pesar de Aldecoa, porque la propensión a ella es algo que cada cual lleva consigo. Y tampoco es el paraíso (después de todo, está habitada por seres humanos).
Pero se le parece mucho.





lunes, 23 de julio de 2012

Un templo de sabiduría



Yo tenía un amigo que, sobre todo después de tres copas, miraba a la lejanía melancólicamente, mientras fumaba una pipa tipo Sartre, y decía: “Hay cosas que no te enseñan en las universidades…”. Y se quedaba después un rato, asintiendo con la cabeza, como quien ha dicho una verdad deslumbrante e incuestionable. Por supuesto, yo le daba y le doy la razón. Aviados estaríamos si sólo hubiéramos vivido de lo que nos enseña la universidad.
Porque en el mundo hay otros templos del saber. Y uno de ellos –lo digo con reverencia- es La Peluquería, La Pelu para todas las que asistimos a tan sagrado recinto. Sí, muchos intelectuales la menosprecian y ningunean, pero eso es porque no saben todo lo que se aprende en ella de la vida y sus misterios.
No crean que en la peluquería se abordan sólo temas tan apasionantes como los pelos, aunque es verdad que todas podríamos hacer una tesis doctoral con lo que sabemos de depilación, permanentes, baños de color o cardados. Pero también allí se relatan eventos familiares contados con pelos (claro) y señales, y se analiza la actualidad política nacional e internacional de un modo que ya quisiera la ONU. De hecho, he oído unas cuantas soluciones a la crisis que no están nada mal. Y, sobre todo, allí se aprende con la lectura del libro de texto por excelencia de las peluquerías: el “Hola”.
En el “Hola” aprendemos que existe la eterna juventud en algunos seres privilegiados: personas que una ha visto crecer, como Isabel Preysler, que se casó más o menos cuando yo (ella con su primer marido y su primera nariz, y yo, con el marido y la nariz de siempre) y que ahora parece más joven que mi hija (y que las suyas); o Paloma San Basilio, que vino, con abrigo de pieles, a mi clase de 3º de Filosofía (con lo cual es de mi quinta, aunque confiesa un par de años menos) y que ahora la vemos como si fuera una my fair lady de 20 años, trinando por los escenarios.
En el “Hola” aprendemos idiomas, queramos o no, por lo menos para entender que una top model lleva unos petshop amarillos, un clutch naranja y unos leggins morados ¡Totalmente fashion!
Gracias al “Hola”, se nos sube la autoestima y nos vemos divinas de la muerte. Cuando voy a por el pan y me pongo lo primero que encuentro, no voy de trapejo, sino de “casual look”. Si llevo collares y una flor en el pelo, no es que sea una hippie trasnochada sino que sigo la moda hippy chic. Y no te digo nada si visto una camiseta que todavía tengo de cuando el hombre llegó a la Luna ¿Anticuada yo? ¡Voy vintage!
Algunos piensan que es una revista elitista y superficial pero ¡qué equivocados están! Si hay una publicación que enseña, igual que “El Capital” de Marx, que todavía hay clases y que la brecha entre ellas es enorme, es el “Hola”. Basta ver que en el baño de servicio de las mansiones que fotografían –llenas de brocados y oropeles- cabe una casa de cualquiera de nosotros. Por menos de eso se han encendido mechas revolucionarias, aviso.
Decididamente, como decía mi amigo, en este mundo hay muchas, muchas cosas que no te enseñan en las universidades.
(La imagen del principio, que titulé "Doña en la pelu", la dibujó mi hermana Chari, con la que he compartido ratos de peluquería y lectura del "Hola")


lunes, 16 de julio de 2012

Una cuestión de narices


Cuando era chica, en aquel patio de mi colegio, sombreado con enormes laureles de Indias, las niñas formábamos interminables filas: filas para entrar y salir de las clases, filas para las tablas de gimnasia, filas para cualquier acto religioso. Los colegios y las filas eran términos y realidades afines e inseparables. Y yo, mientras esperaba mi turno y veía pasar por delante de mí a mis compañeras como hormigas, una detrás de otra, me fijaba, no en el paso marcial o cansino, ni en los himnos religiosos o patrióticos que cantábamos con un entusiasmo digno de mejor causa, sino en las narices.



¡Qué diversidad de narices! Chatas, aquilinas, respingonas, clásicas… No había ninguna igual a otra. Y también, detrás de ellas, había pensamientos, deseos y aspiraciones diferentes que, igual que las narices, podían ser desafiantes, altaneros, curiosos, arrugados, graciosos, respondones…
No sé por qué me llamaban tanto la atención. La nariz, después de todo, es la hermana pobre de los órganos sensoriales, la más olvidada (Nietzsche dice que ningún filósofo –hasta él- ha hablado de ella con veneración ni gratitud, hay que ver) Cuando lloramos, las lágrimas parecen hasta poéticas, pero no hay manera de encontrarle poesía a una nariz con mocos. Aun cuando Quevedo la convierte en protagonista en su “Érase un hombre a una nariz pegado, / érase una nariz superlativa…”, lo hace para vilipendiarla y calumniarla. No la pone bonita, no.
No nos definimos bien hasta que dejamos atrás las narices de la primera infancia, que se parecen todas. Y después, cuando ya tiene un buen tamaño, nos ponemos a buscarle faltas si no responde al modelo establecido por la moda del momento. Rachel la de Friends, la princesa Letizia y mi amiga Ángeles, por ejemplo, reemplazaron por eso una nariz aguileña, con personalidad, por una recta y normalita que no dice mucho.
Porque la nariz define el estilo de tu cara, la centra, le confiere carácter. Cyrano no pasaría de ser un amante desairado si no hubiera tenido su descomunal nariz. La de Pinocho es tan expresiva que se convierte en termómetro de la mentira. Y siempre se ha dicho que si Cleopatra hubiera tenido la nariz un pelín más corta, habría cambiado la faz del mundo, nada menos.


Todavía hoy, cuando me paro a contemplar el mundo, me sigo fijando en las narices y pienso lo mismo que entonces ante las filas de mi colegio ¡Qué cantidad de personas diferentes con narices diferentes hay en el mundo! E, igual que en el colegio nos adaptábamos a las filas, en el mundo también nos ponemos de acuerdo para convivir juntos. Y ahora, en estos momentos de catacrack, el desafío está en ver si seremos capaces,  siendo tan distintos, de aparcar diferencias, insultos gratuitos, promesas amañadas, y empezamos de una vez a empujar unidos. A ver si tenemos narices.


jueves, 5 de julio de 2012

¡Me mudo de casa!



Después de 4 años y 202 posts, me mudo de casa… virtual. Ha llegado el momento de dejar el nido (el periódico digital loquepasaentenerife.com) que tan amorosamente me ha acogido desde mi jubilación y emprender el vuelo en solitario. Ja, siempre he querido decir algo así. Hace que me sienta un Beatle después de Los Beatles, Ana Torroja después de Mecano, Sting después de The Police, Josema Yuste después de Martes y Trece.
Todavía la nueva casa no está totalmente preparada, y es normal. La última vez que me mudé de verdad, hace 31 años, estuve más de 2 meses sin puertas en los armarios (lo que obligaba a tenerlos ordenados) y casi sin muebles. Las mesillas de noche eran dos cajas de aceite “Adelina”, muy cómodas para apuntar en ellas todos los mensajes telefónicos. Y ahora pasa algo por el estilo. Falta hacer el traslado de los posts anteriores y otras minucias, pero mi hija me ha preparado un salón acogedor, de los de “recibir”, como se decía antes, pero abierto a la amistad y al aire cotidiano.
En la pared hay cuadros que evocan lo visto y lo soñado. Está el retrato de Jane Austen, la autora que tan amablemente desde los celajes me ha prestado su rostro y su nombre durante todo este tiempo. Está “El almuerzo de los remeros” de Renoir, trasunto de todas las veladas y saraos que, entre copas, cantos y buenas conversaciones, he compartido con los que quiero. “Los girasoles” de Van Gogh me recuerdan veranos dorados en la campiña francesa; y “Venecia” de Monet es un destino sólo entrevisto desde el aire, pero largamente imaginado y deseado. Y está uno de mis cuadros preferidos, “La noche estrellada” de Van Gogh, lluvia mágica de estrellas que parece caer sobre nosotros en la oscuridad.
En la repisa hay un reloj que marca las 10 y 10, una hora en la que las jubiladas podemos despertarnos sin remordimientos. Al lado hay una jarra de cerveza que habla de pequeños placeres. Y no pueden faltar libros en la habitación de alguien que se ha pasado la vida entre ellos. Incluso hay uno abierto (¿tal vez el que leo ahora, “Las horas distantes” de Kate Morton?) en el que un marcapáginas de mi colección señala el instante suspendido de la historia.
Sí, también hay un violín colgado. Y no, no sé tocar el violín, ni la bandurria, ni la pandereta. No sé tocar nada ni sé cantar. Pero el violín reivindica la música, que da sentido y color a la vida. Por ella, canto todo lo que puedo. Y considero a Tagore mi héroe por decir: “El bosque sería muy triste si sólo cantaran los pájaros que mejor lo hacen”.
Y hay también una ventana abierta al mundo y a todo lo que éste nos quiere mostrar.
Mi hija hizo una vez un poema que empezaba diciendo:
Esta es mi casa,
donde trabajo,
vacilo,
siento incompletas la noche
y la mañana.
Donde descanso,
donde respiro,
donde resuelvo penumbras…”
Esta es también mi casa a partir de ahora. Aquí, sillón mullido incluido, estaré esperándote siempre que quieras. ¡Bienvenido!


martes, 3 de julio de 2012

Mándese una papa




En Tenerife tenemos, junto con los genes tinerfeños (de dudosa pureza, gracias a Dios), un profundo conocimiento de las clases de papas. Vamos, que somos como mi hijo que, de chico, no sé por qué extraña aleación de sus neuronas, otras cosas no, pero se aprendió todas las capitales del mundo. Yo le preguntaba, un suponer, la ley de Coulomb o el reinado de Isabel II, y él me decía: “Eso, no, pero pregúntame capitales que ya verás”. Pues aquí igual. A lo mejor no tenemos los mejores gobernantes ni sabemos la mejor manera de administrar este vergel de belleza sin par, pero de papas entendemos un rato.

Y es que no en vano las mejores comidas típicas de aquí van acompañadas de papas. Pero no de cualquier clase, ojo, que para eso somos muy finos. Las papas arrugadas, que acompañan a un conejo en salmorejo, un cabrito en adobo o una vieja guisada, tienen que ser bonitas, o negras, o bonitas negras, o negras oro, o Michael Jackson (negras con piel blanca). Que no son fáciles de encontrar, eh, sobre todo si te vas a otras islas. Mi amiga Marian preguntó en la recova de Las Palmas por papas bonitas y le dijeron, señalándole unas normales: “¿Le parecen poco bonitas estas?”.

Para un puchero o unas costillas con piñas, las buenas son las rosadas, o las coloradas, o las caras, o las recaras. Las roste sirven para todo y mis preferidas son las que se “fluren”, las que se desmigajan enseguida y puedes escacharlas con aceite y vinagre. Están las kineguas y las autodate, papas de rancio abolengo inglés, canarización de “King Edward” y “Out to date”. Y si estuviéramos jugando al 1, 2, 3, responda otra vez, tendríamos que nombrar las peluca, las borrallas, las azucena, las meloneras, las galácticas, las slani, las druin e, incluso, veranera e invernera según la época del año.

Si algo eché de menos en los 4 años de exilio y estudio madrileños, allá entre los años 67 al 71, fueron unas buenas papas. Recuerdo que nos reunimos una vez en casa de una amiga un grupo de canarios, llevados por la nostalgia, para hacernos un conejo en salmorejo con papas arrugadas y, al final, parecíamos los de la canción “A qué volver”. Sólo que en vez de decir: “La casa ya es otra casa”, decíamos: “La papa ya es otra papa…” Tampoco nos salió igual el salmorejo sin las necesarias pimientas palmeras, si les digo la verdad.

De la presencia de la papa en nuestra vida dan fe expresiones de nuestro lenguaje:“a ti lo que te gusta es la papita suave”, “no tiene papas en la boca”, “se quedó como una paparrala” o el “mándate una papa que ahora están baratas”. Y coplas como “Padre mío, San Benito, / patrón de los labradores, / acaba con la lagarta / y dame papas mayores” o “Al pasar por La Laguna / me dijo una lagunera: / No te vayas pa que almuerces / chicharros con papas nuevas”.

¿Para cuándo un monumento a la papa o una moción para ponerla en el escudo de Tenerife? Porque, además, hay que ver lo democráticas que son. No hay casa o fiesta sin ellas e igualan a ricos y pobres, que las pueden degustar arrugadas, guisadas, fritas… en platos deliciosos y engordones. Oh, hasta vi el otro día en un bar de Tejina que anunciaban “Papas paranoicas e histéricas”, que estoy por acercarme a ver de qué va la cosa…

Y en los últimos tiempos, en mi pueblo por lo menos, donde antes había campos secos dejados de la mano de Dios, ahora aparecen huertitas de papas que, ordenadas en pulcras hileras, estallan en flores blancas. Y surgen también iniciativas que promueven este aprovechamiento del campo en tiempos difíciles, como la de “Huertos compartidos”, que es otra manera de llamar a lo del “medianero” de antes. ¿Que tengo una huerta pero no tiempo, ganas o salud para sembrarla? Pues te la dejo a ti, que eres joven, fuerte y quieres trabajar, a cambio de compartir la cosecha.

Tal vez empecemos ahora una nueva era de economía de subsistencia, basada en la papa como cultivo estrella. Tal vez volveremos, como Miguel Hernández, “a mi huerto y a mi higuera” y pajareará nuestra alma colmenera “por los altos andamios de las flores”. Mira por donde, tal vez surja algo positivo de este “catacrack”.