martes, 29 de mayo de 2012

Estrenando vida en 3D




Mi sobrino Jesús y su mujer Corina están trabajando ahora en Silicon Valley, cerca de San Francisco, y, desde allí nos tienen informados a toda la familia de la vida que llevan en Estados Unidos, de sus visitas a preciosos parques naturales (sin oso Yogui, por ahora), del eclipse solar que se ha visto este mayo por aquellas tierras, y, sobre todo, de lo embarazados que están, con una niñita en camino. Y, como hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad, todos hemos recibido ya la ecografía de mi futura sobrina-nieta con 24 semanas. Y en 3 dimensiones, como si fuera la protagonista de “Avatar”.

¡Hay que ver! Y pensar que las fotos de mi boda, hace 40 años, fueron en blanco y negro, hechas con cámaras de fotos antediluvianas que mi padre y mi tío desempolvaron para el evento… Ahora si sales con los ojos cerrados, como me pasó a mí, la técnica prodigiosa del photoshop te los abre de par en par. ¡Si hasta te quita arrugas y michelines sin necesidad de dieta…!

¡Y no digamos de los embarazos! Yo no supe nunca si lo que iba a tener era niño o niña. De hecho, como ya he contado, mi hijo Dani se llamó Elisa durante los casi 10 meses de embarazo (no quería salir, el tío) Ni siquiera la forma de la barriga (“barriga picuda, niña segura”) hizo presagiar que, en lugar de una dulce niñita, iba a ser un chicarrón de 4 kilos y pico, bien equipado de atributos masculinos.

En cambio, ahora, no sólo sabemos el sexo del bebé de mis sobrinos, sino también el peso, la forma de la naricita y hasta a quién se parece de la familia (igualita, igualita a mi sobrino Carlos). Por los milagros de la técnica, la conocemos ya, la vemos ponerse la mano en la boca, sonreír y yo diría que hasta enfurruñarse, harta de ser el centro de atención mediática (“¿Y el derecho a la intimidad, qué?”, parece decir).

No debería asombrarme de todos estos avances. Después de todo yo formo parte de la humanidad privilegiada que ha visto llegar al hombre a la Luna y la televisión a los hogares. He disfrutado de los mejores inventos del mundo (como la lavadora y el tampax). Ustedes y yo podemos enterarnos al segundo de lo que pasa en cualquier rincón del planeta y, si queremos, dar la vuelta al mundo en 80 horas. Y nuestra esperanza de vida es el doble que la de nuestros antecesores.

No, no debería asombrarme, pero me asombro. Me sigue llamando la atención esta capacidad del ser humano de llegar a los límites, en este caso, de ampliar nuestra visión del mundo hasta más allá del nacimiento. Pero lo que más me asombra, lo que me parece más milagroso es que esa personita, a la que en cierto modo miramos con condescendencia de adultos (“¡La pobre! ¡No le queda nada!”), estará dentro de poco riendo, llorando, aprendiendo, viviendo. Y, todo hay que decirlo, hablando en 3 idiomas, español por su padre, alemán por su madre e inglés por la soleada California en la que va a nacer y en la que asistirá a la guardería. Se armará un lío al principio (mi hija, por contagio de un amiguito que hablaba inglés, me decía, ceceando, a los 2 años “¿Vamoz a la zuiminpul, mami?”), pero luego estará perfectamente preparada para un siglo XXI más cosmopolita.

Y es que, más que cualquier milagro de la técnica y de la ciencia, lo que me deja más maravillada, antes y ahora, es el milagro de la vida. 

martes, 22 de mayo de 2012

En donde se comprueba que mi nieto tiene mucho de Oliver Twist




Este año, en que se hacen 200 años de su nacimiento, me ha dado por volver a leer a Dickens, y concretamente me lo estoy pasando pipa con “Oliver Twist”. Ya saben de qué va. Un pobre niño huérfano es criado en un hospicio entre palizas y miserias. Cuando, después de 9 años, huye, cae –de la sartén a las brasas- en la guarida de unos ladrones que quieren aprovecharse para sus robos de su cara angelical (que puede engañar) y de su delgadez (apta para pasar por postigos estrechos). Al pobre, que es (irrealmente) bueno a más no poder y que se pasa llorando casi toda la novela, le ocurren mil perrerías: tiros, secuestros, cárcel, traiciones… En resumidas cuentas, un dramón.

Ah, pero ese dramón es Dickens quien lo cuenta y, aparte de que escribe estupendamente, con una ironía muy inglesa con la que critica, de paso, a todas las instituciones y a la hipocresía de la sociedad victoriana, tiene un dominio increíble del suspense. Muchas de sus novelas fueron publicadas en los periódicos por entregas y eso se nota. Cada capítulo, redondo y nunca demasiado largo, cuenta un momento completo de la historia y termina siempre dejándote intrigada.

Igual que ahora hay mucha gente enganchada a “Amar en tiempos revueltos”, también en el siglo XIX Dickens enganchó y acostumbró a la clase media inglesa a leer. En muchos edificios se compraba un solo periódico y todos los vecinos se reunían, un suponer, en el 3º, para leer juntos el capítulo de ese día. Nos podemos imaginar los comentarios posteriores y la presión sobre el autor: “No se le ocurrirá matar a la pobre Nancy ¿verdad? Aunque, claro, con esa vida de pelandusca que lleva…”. Y hasta en Estados Unidos, en donde los periódicos ingleses llegaban más tarde, los seguidores se agolpaban en el muelle para gritar a los que venían: “¿Esta muerta la pequeña Nell?”.

Y, ahora, 200 años después, Dickens sigue más vivo que nunca. Y, si no, vean…

Domingo, en mi casa. Mis nietos –Susanita y el Terro- se han quedado desde el sábado con nosotros y estamos esperando a mi hija y a mi yerno para comer. Voy a poner de aperitivo unos montaditos de jamón. Ya, ya sé que no son las gachas que le ponían a Oliver, pero algo habremos avanzado en dos siglos, digo yo. Dejo en la cocina un plato con rodajas de pan, otro con jamón y un cuenco con tomate rallado. Cuando vuelvo a montarlos, me encuentro con que al plato de jamón le falta una buena porción. Con voz que recuerda al señor Bumble, el irascible celador del Hospicio, llamo a mis nietos: “¿Quién se comió el jamón?” “¡Yo no fui!”, dicen los dos. “Pues el fantasma de la ópera no fue –les contesto-, así que castigados los dos”. Lloros y súplicas vehementes mientras se masca la tragedia (después de que “alguien” haya mascado el jamón). Les razono, tan moralista yo como una dama victoriana: “No me importa que hayan comido una parte. Lo que me importa, y por eso los castigo, es que mientan”.

Al rato, viene Susanita y me dice: “Esto es de parte del Terro”. Y me entrega el dibujo que les adjunto.

No se puede negar que aquí está todo Dickens: drama, suspense, ironía, robo, mentiras, enseñanzas morales, arrepentimiento, y lágrimas, lágrimas muy gordas. Sin olvidar el charco que éstas forman debajo.

Dickens, desde los celajes, estará contento. ¡Qué mejor homenaje para celebrar su bicentenario que el que nos demos cuenta de su rabiosa actualidad!  

martes, 15 de mayo de 2012

¡Riddikulo!




Es una verdad universalmente aceptada que en este mundo existen seres intimidantes y de gran personalidad –Hitler, la señorita Rottenmeier, mi profesora de Literatura de 6º, Napoleón, mi tío abuelo Cándido…-, ante los cuales uno se acoquina y se trabuca. ¿Qué podemos hacer para vencer el apocamiento que estas personas producen? ¿Cómo verlas como lo que son, hombres y mujeres al mismo nivel que el resto de la humanidad, con virtudes –hasta Hitler las tenía-, defectos y miserias?

J.K. Rowling en el capítulo 7 de “Harry Potter y el prisionero de Azkaban” ideó una solución que me gustó. Lupin, el profesor de Artes Oscuras, les dice a sus alumnos que dentro de un armario hay un boggart, un ser que adopta la forma de aquello que más teme cada uno. Y enseñó: “Lo que sirve para vencer a un boggart es la risa. Lo que tenéis que hacer es obligarle a que adopte una forma que vosotros encontréis cómica”. Y así, por ejemplo, el niño Neville, que le tiene pánico al profesor Snape, cuando el armario se abre de golpe y sale el boggart-profesor Snape, con su nariz ganchuda y gesto amenazador, no tiene que hacer otra cosa que imaginarlo ridículo. Al tiempo que agita la varita mágica y dice “¡Riddíkulo!”, el profesor Snape aparece vestido como su abuela, sombrero alto con un buitre disecado encima, vestido verde largo ribeteado de encaje, bufanda de piel de zorro y un bolso grande y rojo.

Mi hija ha recurrido a un truco por el estilo cuando, este sábado último, ha tenido que dar una charla de despedida a sus compañeros y colegas del MIR. Empezó diciendo que, para no estar nerviosa en esa tesitura, se iba a imaginar que todos estaban desnudos. Por supuesto, yo le aconsejé que no dijera semejante cosa, que un respetito es muy bonito, pero ¿hay alguna hija que haya hecho caso a su madre, a pesar de que ésta casi siempre sabe qué es lo mejor? Y, además, en algo le doy la razón: no es lo mismo hablar ante una sala llena de personas trajeadas y acicaladas que hablar ante un montón de personas en pelota picada. Las cosas como son.

Yo, sin embargo, creo que, para bajar a alguien del pedestal en que se ha encaramado (o lo hemos encaramado), no hay necesidad de tales excesos. Bastará, simplemente, con quitarle años. Hace un tiempo vi, a dos pasos de mí, a Rajoy por la calle Herradores de La Laguna. Iba paseando, relajado, en mangas de camisa, dejándose querer por unos 15 o 20 acólitos que le rendían pleitesía. Y me lo imaginé jovencito, como un Marianito estudioso al que no se le pasaba por la cabeza que alguna vez se metería en el fregado de querer dirigir un país en crisis. Y menos imaginaba que, en un futuro lejano, se vería huyendo de los periodistas por el garaje del Congreso. Oh, hasta le sonreí y todo, a pesar de que nunca he votado ni votaré por él…

Háganme caso, quitar años baja peldaños del podio del poder y reduce a las personas a su yo más auténtico. Está bien lo de estar contento consigo mismo y con las elecciones que uno ha tomado en la vida, que te han colocado donde estás ahora. Pero ¿creerse el rey del mambo, pensar que hay personas por encima de otras, mirar al resto de la humanidad desde las alturas? Vamos, anda. Eso es más ridículo que verte de abuela bruja con un buitre apolillado en el sombrero.

martes, 8 de mayo de 2012

Las drama mamás


Célula madre ejerciendo

El jueves pasado, en mi paseo mañanero, oí por la radio una entrevista a Amaya Ascunce, una periodista y bloguera muy simpática, a la que Planeta edita un libro titulado “Cómo no ser una drama mamá. Las 101 frases de tu madre que juraste no repetir”. Amaya ha acuñado el término genial de drama mamá, refiriéndose con él a todas esas madres que, durante toda la vida, te aconsejan, te reconvienen y te amonestan, con frases contundentes, siempre poniéndose en lo peor y echándole un poquito de drama a la cosa. Es decir, Amaya ha hablado de mí, de mi madre, de mi abuela…, de todas nosotras.

Y es que, con respecto a nuestros retoños –que lo siguen siendo, así tengan cerca de 40 tacos, como los míos-, las madres tenemos un rol fundamental, que es el de preocuparnos. Las drama mamás somos, en esencia y por encima de todo, madres preocupadas.

Nos preocupamos por el asunto de la comida y mostramos esa preocupación con el “¡Come y calla!” universal o con las respuestas a la eterna pregunta que te hacen toooodos los días: “¿Qué hay para comer?”. “¡Comida!”, o, más finamente:”¡Mierda frita pinchada en un palo!”. De chicos, cuando no queríamos cabezas fritas (de pescado o conejo), vísceras, lengua o demás porquerías por el estilo, las madres siempre decían: “¡Pero si es lo mejor!” (“¡Pues comételo tú, guapa!”, le hubiéramos dicho si nos hubiéramos atrevido, que no era el caso).

Nos preocupamos por el baño, como una vecina mía que, cuando venía a recoger a su hijo que jugaba con los míos, siempre le decía: “¡Y ahora, a bañarse! ¡Y con jabón!”.

Nos preocupamos por las relaciones con los amigos o con el otro sexo y aquí hay drama mamás para todos los gustos. Desde el “Date tono, mi hija Zoila”, con el que despedía la madre de una amiga a su hija, a ver si pescaba marido, hasta el “Vas a estar más vista que el TBO”, de otra, que quería que su hija fuera más recatada. Y estaba también el consejo de mi abuela para que no nos fiáramos nunca de un chico por mucha labia que tuviera: “Prometer hasta meter y, después de metido, se acabó lo prometido”.

Hay que entender a las drama mamás. Nuestro principal objetivo no es dar la vara, como parece, sino que los hijos salgan para adelante “más derechos que una vela”. Con un “ten fundamento” me despedía siempre mi abuela Lola. Y el “¡porque lo digo yo!” cerraba el capítulo de cualquier negociación. Todas esas frases forman parte del catecismo obligatorio que todas las drama mamás aprendemos, por ciencia infusa, desde el primer mes de embarazo.

Yo siempre he ejercido de drama mamá. No hay vez que no les diga, cuando se van de casa, lo de que “vayan con cuidadito” y, si se van lejos, siempre les pido que manden un mensaje de que llegaron bien. Se suelen olvidar, esa es la verdad, porque tampoco he tenido tanto éxito como drama mamá. Ustedes han oído eso de que, en todas las parejas, uno hace el papel fuerte y otro, el flojo. Bueno, pues yo soy la floja. Cuando me enfadaba, en alguna ocasión hasta les daba la risa. Mi nuera ahora, cuando quiere que su hijo la obedezca, sólo tiene que decir un verbo: “¡Mírame!”. Y la cosa le funciona, oye. Pero yo no tengo la mirada hipnótica… A lo más que llegaba con mis hijos era a decirles, para que hicieran algo, el “¡Cuento 3!”. Pero, cuando llegaba al “¡2!” y veía que como si oyeran llover, seguía con el “¡2 y medio!”, “¡3 menos cuarto!” y así.

Amaya Ascunce en su blog dice que, con él, quiere liberar a la drama mamá que hay en su interior para que sus hijos no tengan que soportarla. Pero… Ayer estaba en casa de mi hija. Los niños habían terminado de hacer la tarea y ella les decía que recogieran libros, lápices y cuadernos y los metieran en la mochila, para después ducharse. Ante el remolonear de ellos, mi hija pronunció una frase que me emocionó hasta lo más profundo, porque significa que, a pesar de todo, existe un hilo de unión entre las generaciones, un reconocimiento de que todas formamos parte de una sociedad de drama mamás que se extiende a lo largo de los siglos. Algo así debió pronunciar Eva a Caín, Cleopatra a Cesarión, Isabel la Católica a Juana la Loca.

La frase fue: “¡Cuento 3!”. 



martes, 1 de mayo de 2012

Declaración de inocencia




Me he pasado la tarde del domingo leyendo poesía, lo confieso, señor Juez, pero ha sido en defensa propia y empujada por la necesidad. La víspera había estado en el cumpleaños de mi amiga Marian disfrutando de unos buenos chuletones asados y de un vinito de la cosecha del dueño de la casa, de la zona de Las Riquelas, que te puedes morir. Habíamos cantado a voz en cuello eso de “qué tiene la Zarzamora que a todas horas llora que llora por los rincones” y otras coplas sentidas por el estilo. Usted convendrá conmigo que, después de tales y placenteros excesos, se precisa un descanso reparador en un domingo tranquilo ¿no? Pero, claro, no contaba con que hoy, en mi pueblo, es la Romería de San Marcos, en la que la gente como que se vuelve loca y, desde el alba, están tirando voladores con premeditación y alevosía. ¡Y menos mal que una vive en las afueras!

A las 9 de la mañana, visto que eso del descanso dominical hoy no tocaba, me levanté y fui a por el periódico. Y a esas horas tempraneras, no se lo va a creer, pero el pueblo ya estaba tomado por la Policía municipal y la Guardia civil, había coches aparcados en los dos arcenes de la carretera, la gasolinera donde compro el periódico estaba cerrada (aunque Chago, el dueño, que hablaba por fuera con un seguritas, estaba al quite y me lo dio) y muchos coches tenían la capota abierta con la música chunda chunda a todo meter. Grupitos de chicos y grupitos de chicas, cada uno por su lado y todos ya convenientemente disfrazados de mago, movían la cabeza al compás mientras sostenían un vaso de vino en la mano y se hablaban a gritos para oírse. Y todo eso ¡a las 9 de la mañana! Demasiado para un cuerpo en ayunas.

De vuelta a la paz del hogar, un desayuno plácido y una lectura detenida del periódico. Ah, mi sudoku difícil, mi damero maldito, mi crucigrama blanco… Pero también, señor Juez, estaban las noticias, que no hay manera de encontrar una buena ni en la cartelera. Hoy hablaban, adivínelo, de la crisis, de que el Presidente está sorprendido de la falta de apoyo a sus medidas, de que el panorama es desolador, de que se destapó en España una red de blanqueo de dinero del clan Obiang, de los que se van a quedar sin tarjeta sanitaria en septiembre y probablemente mueran, de que Gadafi financió a Sarkozy en 2007, de que rebeldes sirios lanzan un ataque desde el mar, del independentismo de los catalanes, de 10 menores que mataron a otro en Madrid por no gritar “¡arriba la patria dominicana!”, de los 6 millones de parados… Demasiado, también, para el alma.

Así que, Señoría, no hubo más remedio que recurrir a medidas desesperadas. Ya sé que la poesía no se estila, como los jazmines en el ojal de la canción. Que es casi un crimen leerla y hay que hacerlo a escondidas, porque “viene de un lugar que nadie controla, que nadie conquista”, según Cohen. Que Benedetti, Góngora, Kavafis, Pessoa, Auden, Machado… son las ovejas negras de la literatura por haber querido hablar, en rima y ritmo, de algo tan pasado de moda como los sentimientos.

Pero era necesario para la paz del alma y del cuerpo, para lograr un momento zen en el que, pertrechada con la “Antología poética” de Borges y “mientras la tarde azul caía sobre el mundo” (Neruda, claro), pudiera leer, por ejemplo, un poema a la luna que diga:
La luna de las noches no es la luna
que vio el primer Adán. Los largos siglos
de la vigilia humana la han colmado
de antiguo llanto. Mírala. Es tu espejo.
Y llegar así al instante en que una se da cuenta de que hay que alejarse de los cohetes, del chunda chunda y el griterío de los romeros, de la prima de riesgo (qué pariente tan peligrosa) y del mundanal descalabro, alejarse, en fin, del ruido y la furia para, de la mano de la poesía, encontrarnos a nosotros mismos. Soy inocente, señor Juez. 
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