martes, 28 de febrero de 2012

Libros como armas




Para los amantes de la lectura, ver una manifestación de estudiantes, como la del pasado lunes 21 de febrero en Valencia, armados con libros en la mano, es una gozada. Ahí es nada, “el enemigo” blandiendo El Lazarillo de Tormes y Siddharta. Muchas guerras se habrían evitado si se hubiera empezado por ahí y por pasar más tiempo en las bibliotecas.

Ay, las bibliotecas… No hay mejor sitio para las personas a las que nos gusta el silencio y leer. Y si, además, nos gusta el orden (tengan en cuenta que yo tengo en mi cocina las especias organizadas por orden alfabético, desde la albahaca hasta el tomillo), fue lógico que, en mi Instituto, yo fuera la encargada de la Biblioteca durante 20 años. Como dice el Rey en sus discursos, fue todo “un motivo de orgullo y satisfacción para mí”. La encontré con apenas 700 ejemplares bastante caducos (estaban, por ejemplo, los tropecientos tomos de la Summa Teológica de Santo Tomás de Aquino, que creo que nadie se ha leído en esta vida) y la dejé con cerca de 30.000.

Durante esos años, formé parte de un grupo de personas encargadas de otras bibliotecas y, con ellas y con otros entusiastas colaboradores de mi centro, editamos Antologías e ideamos campañas, planes de lectura y actividades relacionadas con el leer. Recibimos hasta premios y yo disfruté como una loca leyendo, organizando, estando al tanto de las novedades, diseñando estrategias y hablando con todo tipo de personas.

Y, al final, con tanto organizar y organizar, terminas haciendo catálogos, no sólo de títulos, autores y lectores, sino también de fans.

Hay fans de la poesía. Te vienen pidiendo, con cara de enamorados, poemas de amor e, igual que nosotros a los 14 años (y ahora), se conmueven con Bécquer y con su “por un beso… ¡yo no sé qué te diera por un beso!”.

Pero también hay fans de todo lo contrario y quieren novelas realistas. Cuando les ofreces un libro, te ponen la misma cara de asco del niño de “La Princesa prometida”, cuando le dice al abuelo que le lee el cuento: “Para, para… ¿¿¿Es una novela de besos???”.

Están los sedientos de sangre, que se han leído las “Crónicas vampíricas” de Anne Rice y todos los tomos de “Crepúsculo” y vienen a por más libros de vampiros, más, más, más (ocasión magnífica para endilgarles “Drácula” de Bram Stoker).

Están los fans de un solo libro, que se han leído, un suponer, “Noche de viernes” de Jordi Sierra i Fabra y quieren que le busque uno exactamente igual. Este problema no lo tienen los fans de Harry Potter porque, después del éxito millonario de Rowling, sí que hay miles de libros casi iguales.

Hay fans de las novelas de terror que, cuando les ofrezco “El corazón delator” de Poe, me miran con lástima como diciendo: “Esta no ha conocido miedo de verdad”. Les solía dejar con Stephen King y Lovecraft, a ver.

Están también los fans de la ciencia-ficción, como un grupo de mis primeros alumnos, que me aficionaron al tema regalándome “2001: una Odisea en el espacio” de Clarke. Cuando la leí, por fin comprendí la película, que me había dejado en treinta y tres.

Y estamos los fans de los libros y las bibliotecas, los fans puros y duros. Y es que las bibliotecas tienen también infinidad de bondades añadidas, como leí hace poco en un libro dedicado a nosotros (“Signatura 400” de Sophie Divry): “¿Mal de amores? ¿Misantropía? ¿Desesperación hacia el mundo? ¿Dolor de cabeza? ¿Insomnio? ¿Indigestión? ¿Callos en los pies? Puedo atestiguarlo, no hay una sola de esas patologías que la Biblioteca no pueda aliviar”.

Y yo creo que tal vez este sea el momento apropiado para juntarnos todos los fans, ir hasta esos arsenales que son las bibliotecas, armarnos de libros que nos señalen el camino y, con ellos en la mano, ponernos en pie de una guerra que sea distinta a todas. ¿Qué libro te llevarías?

(La viñeta es del genial El Roto, puesta el jueves 23 de febrero de 2012 en El País)

martes, 21 de febrero de 2012

Escribo, luego existo




Me van a permitir que hoy me ponga filosófica y cartesiana, que una vez al año no hace daño. Lo hago con el permiso del mismísimo Descartes que segura estoy de que me lo está dando desde los celajes. No en vano, en cuanto he visto por esos mundos (concretamente, en París y en Amsterdam) un cartelito en una puerta donde diga “Aquí vivió Descartes en el año 1600 y pico”, me he apresurado a posar delante de él con cara de intelectual, tal cual si fuera el Tajmahal; no en vano les conté su vida, costumbres y pensamientos a mis sufridos alumnos durante varios años; no en vano hasta les ponía una película de una de mis series favoritas, “Doctor en Alaska”, en la que el tal doctor hablaba de Descartes como el genio que se dio cuenta por primera vez de que la mente era una cosa y el cuerpo otra.

Y también Descartes fue el que dijo el “Pienso, luego existo” (Cogito, ergo sum), la frase más copiada, parafraseada, cambiada, alabada, criticada, coreada, mal y bien interpretada de la historia. Es la trending topic del twitter filosófico.

La he visto como título de un programa de la tele en la 2, en el que mi profesor D.Emilio Lledó y otros filósofos hablaban, sobre todo, de lo humano.

La he visto en una viñeta de Forges como “Mato, luego existo”, aplicada con razón, en aquellos tiempos del terror, a los etarras que tenían, como único motivo de su existencia, el de matar.

La he visto como título de un libro de John Allen Paulos, como “Pienso, luego río”, que habla de anécdotas, historias, chistes, parábolas y adivinanzas filosóficas, haciendo caso a la frase de Wittgenstein “Podría escribirse una obra filosófica buena y seria, compuesta enteramente de chistes”.

La he visto en otra viñeta de Quino pronunciada por un fantasma que, al verse atravesado por alguien que pasa, termina, torrontudo y más cartesiano que nunca: “Bien, pero pensar, pienso”.

La he visto, en los 80 como crítica social hecha por Barbara Kruger como “Compro, luego existo”, y después, paradójicamente, en los años de consumismo loco, utilizada tal cual por los almacenes Selfridges de Londres, como propaganda para las rebajas.

La vi en otra viñeta de Forges (ese gran filósofo), en el 95, cuando el Ministerio de Educación quería borrar del mapa los estudios de Filosofía, como “Pienso, luego estorbo”.

La he visto en una revista de moda, como “Visto, luego existo”, y en una canción como “Siento, luego existo”.

Y la he visto en las manifestaciones de los Indignados el pasado año como “Pienso, luego insisto”.

Y todos nosotros la tenemos en mente cuando caemos en la cuenta de que lo fundamental de nuestra existencia y lo que nos hace verdaderamente humanos es un verbo relacionado con el pensamiento: amo, recuerdo, comparto, ideo, lloro, siento, deseo, sufro, quiero, disfruto, río, imagino, invento, sueño, y yo, ahora, escribo… luego existo.

¡Grande Descartes!

(A mis alumnos, con los que he recorrido una parte del camino para conocernos a nosotros mismos un poco más)

martes, 14 de febrero de 2012

La estatua




La Estatua era el lugar de citas cuando éramos jóvenes. “Quedamos en la estatua” era la frase para reunirnos con las pandillas para ir después al cine, o con algún amor temprano, o con los compañeros a la salida del cercano Instituto.

La Estatua –en realidad un busto de bronce- estaba y está en la Rambla en Santa Cruz y todos los de mi generación la conocen por ese nombre. Nadie o muy pocos saben a quién representa. Sólo que está ahí para oír a los jóvenes, que se reunían a sus pies, desgranar chismes, risas, penas de amor, planes, saludos cariñosos o despedidas.

Hace poco me di un paseo mañanero por Santa Cruz. Fui por toda la Rambla, desde la Piscina Municipal hasta mi barrio del Toscal, en un día luminoso y limpio, agradeciendo en la piel el aire tibio. Al pasar por la estatua, por primera vez, después de tantos años, miré a quién estaba erigida y leí que era a un capitán de infantería llamado Diego Fernández Ortega que “dio su vida por la patria el 5 de enero de 1915”.

Me quedé pensando en esa persona que murió el día en que vienen los Reyes y, cuando llegué a casa, busqué quién fue y cómo dio su vida por la patria. Resultó ser un militar nacido en Santa Cruz pero que se marchó de aquí con 1 año. Se quedó huérfano de padre, también militar, con 12 años, ingresó en la Academia de Infantería a los 15 y murió en la guerra de Marruecos mientras arrastraba el cadáver de un compañero, cerca de Ceuta, en medio de un tiroteo. Tenía 7 medallas al mérito militar pero sólo 26 años. No tuvo mujer ni hijos. Sólo se había dedicado a combatir y había sido ya herido gravemente en dos ocasiones anteriores.

Hay testimonios sobre su carácter en su expediente militar (“activo, animoso e inteligente”) y en cartas anteriores a su muerte (“Sereno, con perfectísima conciencia de su deber, con una firmeza ejemplar, sin alardes de ningún género y sí, por el contrario, con una modestia que encanta…”). Debió ser querido porque la estatua la levantaron sus compañeros, que reunieron 4.300 pesetas de entonces para ello. Pero murió joven, más joven que mis hijos ahora. Y en una guerra.

Forges decía hace poco en una de sus viñetas: “No hay guerras justas y guerras injustas: sólo hay malditas guerras”. Y en una novela escrita en el año 43 (“Magnus Merriman” de Eric Linklater), en la que, entre otras cosas, se habla de la Gran Guerra, la 1ª Guerra Mundial, ese desastre absurdo en el que murieron cerca de 10 millones de hombres, leí: “Muchos reyes han caído y muchas naciones perecido, muchos ejércitos se habrán agotado y muchas ciudades fueron arrasadas, para esto y sólo para esto: para que los desgraciados de las tabernas tuvieran un gran caudal de recuerdos”.

Pero, cuando mueren aquellos que sufrieron las guerras y salieron vivos para recordarlas, ¿qué queda? Estatuas en los parques y ramblas, al pie de las cuales los jóvenes, ajenos a la inconsciencia y a la crueldad humana, puedan quedar para ir a divertirse un rato. 



martes, 7 de febrero de 2012

San Fanurio




La semana pasada, después de pasar dos días en el sur, eché en falta un zarcillo de plata. No estaba en el neceser donde los suelo poner ni en la maletita que llevo ni en mi cuarto ni en ningún sitio. Llamé entonces a Tina, una chica que me echa una mano de vez en cuando en la limpieza de la casa del sur y le dije que me lo buscara allí. Rodó sillones, camas y mesas y no apareció. Me llamó al día siguiente y me dijo: “Tú lo que tienes que hacer es rezar a San Fanurio” “¿San qué?”, dije yo, que era la primera vez que lo oía (y eso que fui a un colegio de monjas). “Un santo muy milagroso –me respondió ella – Él te lo encuentra todo y sólo tienes que hacerle después una tarta”. “¿Y quién se la come?” “Tú, por supuesto”, me contestó, ante mi alivio, porque ya me veía yendo en peregrinación vete a saber dónde con una tarta a cuestas para hacérsela comer a un santo, que estaría, por otro lado, hasta el gorro del empalague.

Sí, ya sé que hay santos especializados en tareas distintas, igual que los ministros. Está San Expedito, abogado de las causas urgentes y justas, o Santa Rita, patrona de lo imposible. A San Cristóbal se le reza para no perder las maletas y a San Roque, “para que el perro no te toque”. San Antonio consigue novio y San Cayetano debe de estar ahora desbordado porque él se encarga de que tengamos trabajo. Y, a estos, se le añade ahora San Fanurio…

La verdad es que me picó la curiosidad y miré en San Google (es el santo que busca y rebusca) y, oye, ¡existe! Es nada menos que el patrón de Rodas, un santo ortodoxo griego que es un hacha encontrando cosas perdidas y al que, efectivamente, hay que hacer una tarta (en estos tiempos ya ni los santos te dan nada gratis). La tarta, que hay que hacer con nuestras manitas (nada de Echetos ni La Princesa), se llama fanurópita y tiene que tener 7 o 9 ingredientes, según pienses que fueron los martirios del santo. Pero nada de comérmela yo sola (más alivio, que no es cuestión de hacer esos excesos en plenos meses de dieta posnavideña), sino que hay que repartirla entre 7 mujeres casadas sólo una vez.

Parece que la cosa es bastante eficaz. Hay uno que cuenta en Google como, después de rezar al santo, encontró 2 dientes que se le habían partido y caído en un accidente casero y que luego estaban en una rendija de las tablas del suelo (no dice para qué quería los dientes en cachitos otra vez, aunque a lo mejor era para ponérselos al ratoncito Pérez).

Hay, como pasa con estas cosas, informaciones contradictorias sobre este santo. Tina me había dicho que era millonario y que lo perdió todo, por lo que se afana en ayudarnos a buscar lo perdido. Hay otras informaciones que cuentan que estaba muy apenado porque su madre y su hermana le salieron, por decirlo suavemente, casquivanas, y que por eso cuando se reparte la tarta hay que decir al mismo tiempo “Dios perdone a su madre y a su hermana”. Pero lo que cuenta la Iglesia Ortodoxa griega es que, de él, lo único que se sabe es que se encontró, en una iglesia enterrada, una imagen con su nombre rodeada de otras imágenes narrando su martirio.

El caso es que, una semana después, mi marido se levantó pronto porque le tocaba llevar a los nietos al colegio y dejó su pijama doblado sobre una silla. Cuando yo fui a ordenar la habitación, allí, sobre el pijama, estaba mi zarcillo de plata.

La tarta que hice (de chocolate) la llevé a una fiesta a casa de mi consuegra el sábado y casualmente había 7 mujeres casadas sólo una vez. No dije nada a favor de las casquivanas, no conté los ingredientes y también de ella comieron solteros, mujeres casadas 2 veces, hombres casados y niños. No sé si San Fanurio habrá quedado contento o no, sobre todo porque tampoco me había acordado de rezarle.

Pero hay otra cosa. El nombre de San Fanurio viene del verbo griego “faino”, que significa aparecer, descubrir… San Fanurio es “el que descubre”.

Pero también “faino” está en la raíz de la palabra “fantasma”, el que se aparece (y, por lo visto, deja zarcillos, que nadie ha visto hasta ese momento, sobre un pijama).

No me digan que no es para inquietarse. 
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