martes, 27 de septiembre de 2011

Carritos de caramelos


(Carrito Adrián en la Plaza de España de Santa Cruz . Foto cedida  por su nieto Adrián IR y publicada en "Fotos antiguas de Tenerife a. de 1980")
Este post se escribió hace 4 años, cuando quemaron el carrito de Doña Nati, en su honor y en el de tantos carritos que alegraron nuestra infancia.


¿Hay algo más mágico para un niño que un carrito de caramelos? Los carritos, en el Santa Cruz de mi infancia, eran una institución, tan indispensable como el cine a las 4, un centro de atracción irresistible en el que, sobre todo los domingos, y cada día a la salida del colegio, los niños recalábamos.

Todos tenemos un carrito de caramelos en nuestras vidas. El carrito era el trasunto de la casita de chocolate de Hansel y Gretel o de los dulces con que tientan a Pinocho. No por nada una de las poesías preferidas de mi hija, de pequeña, y ahora de mis nietos, es “El Hada Acaramelada” de Gloria Fuertes, la historia de un hada que monta un puesto de caramelos gratis a la puerta del colegio (“¡Todo gratis!” regalaba / yoyoes y caramelos… / El Hada cuanto más daba / más se le llenaba el cesto”).

Mis carritos fueron dos. Mientras vivimos en la calle del Pilar, fue el del Abuelo, en el Parque, que, además, era un verdadero carrito: blanco, con dos grandes ruedas, andas para transportarlo y un mostrador de cristal en el que se exhibían todos los tesoros. Y el Abuelo era también un verdadero abuelo, pequeño, arrugado, con pelo blanco y con una paciencia infinita con toda la chiquillería que gritaba a la vez: “¡Abuelo, una melcocha!”, “¡Abuelo, ¿cuánto cuestan las chufas?”, “¡Abuelo, dame una peseta de pipas!”…

Alrededor del carrito, arremolinados, los niños hacíamos transacciones comerciales y administrábamos nuestras finanzas, que ríete tú del Fondo Monetario Internacional. Media peseta se nos iba en pastillas de a perra chica, y otra media, en pastillas de a perra gorda. Y luego la regaliz (la finita y la gorda hueca) con el cartuchito de polvos (“refresco” lo llamábamos) para mojar, y la melcocha, deliciosa y estirable, y el puntiagudo pirulín, mi preferido, que, incluso, cuando, años más tarde, ya casada, supe que en un carrito de la Plaza del Charco en el Puerto de la Cruz los vendían, me fui hasta allí a buscarlos. También, en ocasiones, comprábamos un bastón de caramelo con rayas de colorines que chupábamos por turno y que nos duraba horas y horas. Nunca 5 pesetas, que era nuestro capital semanal, estuvieron tan bien aprovechadas.

Cuando, a mis 12 años, nos mudamos al Barrio del Toscal, mi segundo carrito fue el de Doña Nati, situado estratégicamente en la esquina de García Morato y San Martín, enfrente de Méndez Núñez. Con más prestaciones, allí comprábamos el pan y el periódico por las mañanas y de allí eran los primeros cigarrillos que probaron mi hermano y mis primos. Pero seguía siendo, en esencia, un carrito de dulces y caramelos y también era el lugar por donde, más tarde o más temprano, todos los chicos del barrio pasábamos.

No sé si el carrito del Abuelo sigue estando en su rincón del Parque. Hace unos años pasé por allí y sí estaba, convertido en quiosco y con un letrero, “El Abuelo”, que lo recordaba. Pero el carrito de Doña Nati, aunque hace tiempo que estaba cerrado, sí que seguía estando firme en su esquina, como un símbolo de permanencia. Hasta que esta semana pasada, en la madrugada del lunes, unos desaprensivos, gamberros e incívicos personajes lo han quemado.

La noticia (¿Sabes que han quemado el carrito de Doña Nati?) enseguida voló entre todos los que en su día lo conocimos y a todos nos sacudió y nos dejó un regusto amargo: indignación ante una ruindad innecesaria, pena por la destrucción de una parte de nosotros, consternación -¿quién puede querer destruir un carrito de caramelos?- y, al final, una certeza: quienes lo hicieron nunca fueron niños.


(Carrito de Paco en la calle 25 de Julio. Publicado en "Fotos antiguas de Tenerife a. de 1980")

martes, 20 de septiembre de 2011

Holas que vienen y van



En honor a la verdad, yo soy una persona amable. Tal vez porque mis padres también lo eran, pero siempre doy los buenos días, las buenas tardes y las buenas noches con una sonrisa, siempre agradezco lo que tengo que agradecer y siempre atiendo bien, incluso a los que te llaman por teléfono a horas intempestivas para preguntarte por tus filias y fobias políticas o para venderte una almohada viscoelástica.

Por eso me sorprende, más que me ofende, la gente antipática. La chica de unos 14 años que una vez me dijo a la salida del garaje del Instituto, cuando yo trataba de ver si venían coches, “Pasa de una vez, vieja” (y yo tenía entonces unos 50 años, tampoco es que fuera tan vieja…); la señorita que me llamó por teléfono para hablarme de loterías y que, al decirle yo que “lo siento pero nunca compro”, me colgó sin contemplaciones; la que me hizo también por teléfono una entrevista de media hora sobre publicidad y se enfadaba porque no me acordaba de ningún anuncio (al final, los inventé); o la compañera que, al buenos días mañanero, contestaba con el ceño fruncido “¿Qué tienen de buenos?”.

Y luego están los que no saludan, que tal parece que les cobran por ello. Morri, un colega bloguero, que hace en su “El mundo está loco” un genial y certero análisis de los especímenes con los que se encuentra, investiga en su post las reacciones de los demás cuando uno los saluda con un simple “hola”. Y así, clasifica al personal en El avestruz, que, por no saludarte, casi mete la cabeza bajo tierra; El Tristanbraker, que tampoco saluda pero te mira como si fueras un extraterrestre; El Chasquis, que sí saluda pero con chasquidos de fastidio; y la persona normal, que saluda y sonríe y que, según Morri, es una rara avis.

Y, sin embargo, ¡cuánta gente amable hay en el mundo! Ya hablé una vez de Macu, que, sin conocerme, me ofreció cama y hospitalidad en un momento de apuro. Pero también está el que te da paso sonriéndote desde el coche; el que te deja pasar en la cola del supermercado cuando tú llevas dos barras de pan y él, el carro lleno; los profesionales, sean trabajadores de un banco, profesores, camareros o notarios, que saben tratar a la gente con amabilidad y buen hacer; o aquel chófer inglés a quien mi amiga Puri, al subirse a la guagua, preguntó si paraba cerca de su hotel, y él, no sólo asintió sonriendo, sino que, cuando llegaban, desvió la guagua dos calles más arriba y ¡la dejó en la misma puerta del hotel!

En un mundo de tropecientos millones de habitantes, la amabilidad es la llave de la cohesión, la base de la armonía social, la que abre el camino a la cooperación y a la paz, la que te hace pensar que no todo está perdido. Como dice un proverbio de mi propia inspiración, “más vale en un día gris un hola mañanero con la boca abierta en una sonrisa sincera, que un bufido en mañana soleada”. Manita de santo, oye, para levantar el ánimo y apencar con lo que te echen.

Así que hola y pasa un buen día. :-D 

martes, 13 de septiembre de 2011

El olvido que somos




El día en que fuerzas paramilitares de Colombia mataron al padre del escritor Héctor Abad Faciolince le encontraron en el bolsillo un poema, atribuido a Jorge Luis Borges, que empezaba con la frase: “Ya somos el olvido que seremos”. Para conjurar ese olvido, el escritor dedicó a su padre un libro, “El olvido que seremos”, del que yo hice una reseña hace tiempo para el “Diario de Avisos”.

Muchos de nosotros estamos ya en esa edad en la que querríamos también conjurar el olvido. Nos quejamos de que se nos olvida dónde ponemos llaves, gafas o cartera. La frase “¿qué era lo que yo tenía que hacer ahora?” es casi la letanía de cada día. Nos acostumbramos a hacer largas listas recordatorias que luego no recordamos dónde pusimos. Por no hablar del pasado y de aquellas personas o sucesos o cosas que un día fueron importantes para nosotros y que hoy se han perdido en la niebla.

Una de mis mejores amigas, llamémosla Carmen, se hizo novia, casi al mismo tiempo en que yo conocí a mi marido, de un chico (llamémoslo Pepe) 7 años mayor que ella. Salíamos muchas veces juntos los cuatro y todo iba muy bien hasta que Carmen se fue a estudiar fuera y la lejanía le hizo ver que aquel no era su media naranja y lo dejó. Aquello fue para Pepe una tragedia y, muchos años después, cada vez que lo veía, me hablaba de ella como “la mujer de su vida”, a pesar de que ya estaba casado y con hijos.

Carmen no vive aquí pero viene de vez en cuando y entonces salimos y reanudamos la conversación allí donde la habíamos dejado. Hace poco, fuimos a comer juntas y nos encontramos con Pepe que, como siempre, me saludó a mí muy cariñoso, pero, en cambio, a ella se la quedó mirando, como diciendo “¿De qué me suena esta cara?”. Le dije: “¿Te acuerdas de ella?” y él ponía una cara de despiste total, mientras decía: “Me suena, me suena”. “Pues fue novia tuya 3 años”, le dije riendo. Pasmo total, exclamaciones de asombro y toda la pesca. ¿Adónde fue a parar todo el amor, la angustia, las tórridas pasiones? A Carmen y a mí, después, nos daban ganas de ponernos manriqueñas y decir: “¿Qué fue de tanto galán…? ¿Qué se hicieron las llamas de los fuegos encendidos de amadores? ¿Fueron sino devaneos…?”.

Por eso, ante los grandes disgustos de la vida, ante los lloros, las pérdidas, las desilusiones, las traiciones… es consolador pensar que mañana serán, si acaso, anécdotas, o, tal vez, nada. O incluso que, aunque algunas veces te dejen un agujero en el alma, el ser humano sabrá recomponerse y salir adelante.

Al fondo de la caja que Pandora, llevada por la curiosidad, abrió derramando todos los males del mundo, no sólo estaba el pájaro verde de la esperanza, sino también, como un último regalo de los dioses, la capacidad de olvidar.

Bienvenida sea, aunque el olvido también al final nos arrastre a nosotros e, igual que el replicante de “Blade Runner”, nos perdamos en el tiempo como lágrimas en la lluvia. 

martes, 6 de septiembre de 2011

¡Ay, qué placer!




En mis años mozos había una canción, “Las tardes del Ritz”, en la que Lilian de Celis cantaba con voz aflautada: “Ay, qué placer es bailar un foxtrot con un doncel que nos hable de amor…”. Al volverla a oír hace poco, me quedé pensando que hay gustos para todo ¿Bailar un foxtrot? Mucho tendrían que mejorar lumbagos y juanetes para considerarlo un placer. Y menos lo sería que “un doncel”, al que imagino recostado y con flequillo, tipo el de Sigüenza, me viniera a hablar de amor. Más bien me daría risa, oye. Y es que creo que hay placeres y placeres.

Eso lo sabían muy bien los hedonistas, unos filósofos que, con Epicuro a la cabeza, no tenían un pelo de tontos. Sabían que la felicidad está en los placeres, sí, pero no en placeres momentáneos, un ris-rás y ya está, sino en placeres duraderos, cultivar la mente y todo eso.

Yo estoy de acuerdo con ellos, en general, aunque me resulta difícil separar lo mental de lo corporal. Yo más bien dividiría los placeres en aquellos comunes a todos nosotros, los que satisfacen las necesidades vitales (el hambre, la sed, el sexo, la protección frente a las inclemencias…) y que, por tanto, nos ayudan a sobrevivir y a perpetuarnos; y los otros, los pequeños placeres, que son totalmente personales y nos distinguen de los demás, esos caprichos que nos damos de vez en cuando y que nos hacen respirar hondo y decir, esta vez, sí, con ganas: “¡Ay, qué placer!”.

Hay un librito pequeño, “El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida” de Philippe Delerm, que he regalado un montón de veces porque es un canto a esa individualidad y al goce por la existencia. Sus pequeños placeres, que no son los míos, son ese primer trago de cerveza en un día de calor (yo soy más de vino, qué se le va a hacer), leer en la playa (que me es incomodísimo) o conducir de noche por una autopista (que ni loca que yo estuviera).

Pero yo también tengo mis propios pequeños placeres:

Levantarme por la mañana, desayunar y volverme a acostar a leer un rato con la ventana abierta a la tranquilidad de la huerta.

Bañarme en agua clara, entre rocas, bajo el primer sol de la mañana, zambulléndome con los ojos abiertos a la belleza submarina y respirando después profundamente el aroma del mar.

Tomarme un malvasía seco o un Albariño frío, después de la compra semanal, acompañado con una rodaja finita de pan recién hecho y queso tierno.

Organizar un buen sarao, verbena o cuchipanda con los amigos y la familia.

Hacer un regalo a alguien a quien quiero.

Sentarme a la caída de la tarde en un poyito que hay a la salida de mi cocina (yo lo llamo “el banco del psiquiatra”), que da sobre el valle del Portezuelo. El sol se está poniendo, dorando las montañas mientras el valle se oscurece y se ven encenderse las luces de las casas lejanas. Pienso en que en las cocinas empiezan a prepararse las cenas y que todo forma parte de un ritual eterno que se repite desde siempre y al que yo también pertenezco. Todo está en paz.

Ay, qué placer.

(La foto, tomada el 8 de septiembre de 2011, ilustra uno de mis pequeños placeres: un baño entre rocas en una calita del oeste de Tenerife. Estoy diciendo precisamente "¡Ay, qué placer!")