martes, 30 de agosto de 2011

Más p'allá que p'acá




En mi infancia, aquella época en la que llamábamos a mi casa “La Pensión Charo” por la cantidad de amigos y parientes palmeros que se quedaban en ella, los niños nos acostumbramos a las personas excéntricas, a aquellas que, según mis tías, estaban más p’allá que p’acá. Siempre aguardábamos con expectación a la próxima visita para ver con qué nos iba a sorprender. Una vez era la prima Rosario, ya talludita, que, por las noches, se ponía en combinación negra a bailarnos sevillanas. Otra vez era el tío Felipe, que se pasaba el día parapetado tras un periódico en el que hacía agujeros para mirarnos a todos y no perderse nada. O aquel amigo al que le gustaba con locura comer mezclas extrañas, como batidos de sardinas con papaya. Por no nombrar a todos los que nos contaban a los niños historias truculentas de cementerios y aparecidos. La verdad es que, en aquellos tiempos en que no había televisión, las veladas en mi casa eran la mar de entretenidas.

Después, a lo largo de la vida, vas conociendo a más gente que, cuando menos, hace cosas raras: aquella señora, tía de un amigo, tan limpia y aseadita que les quitaba la tierra a las macetas para fregarlas por dentro; los señores que ordenaban a sus tres criadas que vistieran una muñeca que tenían, mañana, tarde y noche con distintos modelitos, como si fuera el Niño Jesús de Praga; aquel que se tomaba tan en serio los seriales de televisión que, incluso, quería mandarle un giro a un personaje que, el pobre, estaba pasando tantos apuros…

Pero es el terreno de la enseñanza, en el que yo me he movido, el que parece estar más abonado para que florezcan en él tipos, que podrían impartir sabiduría, no te digo que no, pero que no pueden ocultar su condición de raros.

Así, estaba el que se metía en el maletero del coche cuando tenía que estar en clase y, al pasar los alumnos por delante, decía desde la rendijita: “¡Estoy aquiiiií!”.

O el que se metía en el recreo en clases cerradas y oscuras a comerse un bocadillo detrás de una columna.

O el profesor de latín que ponía de tarea, naturalmente sólo a las chicas, que bordaran las declinaciones en una sábana.

O el que avisaba con antelación que “la semana que viene no voy a venir porque me va a dar un ataque de esquizofrenia”.

O aquel al que le dio por ir con la verdad por delante y decir a cada uno lo que realmente pensaba de él. No se le podía decir ni “buenos días”, porque igual te espetaba: “Me dices buenos días, cuando eres un hipócrita y un tal y un cual”. O pasaba al lado de otro y le decía “¡Pelota, que eres un pelota!”.

O el que llevaba un megáfono a clase para no dañarse la garganta.

O el que grababa los claustros para ir poniéndolos y comentando por todos los bares que frecuentaba, que ya son ganas.

O el que tiraba los exámenes sin corregir en el monte.

O el que sacó el esqueleto del laboratorio, le puso un chubasquero y se puso a bailar con él bajo la lluvia en el patio del Instituto.

Sócrates, a quien la naturaleza no le entusiasmaba, decía que era porque “nada me han enseñado la tierra ni los árboles, sino los hombres en la ciudad”. Si nos atenemos a la visión socrática, ¿qué nos ha enseñado la contemplación de tanto profe que está más p’allá que p’acá?

Por lo pronto, dos cosas: una, que poner el listón para ver dónde empieza o acaba la normalidad puede convertirse en un asunto espinoso.

Otra, que la enseñanza, de verdad, estresa mucho.

(Para mis sufridos ex-compañeros, que este 1 de septiembre han empezado con más o menos entusiasmo un nuevo curso escolar. Mi corazón está con ellos)  

(En la imagen "La nave de los locos" de El Bosco)

martes, 23 de agosto de 2011

Abracadabra




"¡Abracadabra!”, gritábamos de pequeños agitando una varita, con esa total confianza que los niños tienen en la magia. Incluso añadíamos “pati di cabra”, antes de pedir un deseo: que aparezcan dulces en la mesa, que salga el sol, que sea de repente Navidad. Y siempre decíamos seguros: “Ya verás, ya verás. Sólo hay que esperar un ratito”.

El mundo de la magia pertenece al imaginario de todos nosotros. Todos hemos estado allí y hemos creído ciegamente en que alguien puede volar o curarte una herida o hacer salir un conejo de un sombrero, todo por arte de birlibirloque. Hasta que un día despertamos. A mi nieto le regalamos un juego de magia con un CD con las instrucciones y, todo nervioso, me pidió que se lo pusiera para aprender a hacer magia. Cuando lo vio, exclamó compungido:”¡Son trucos! ¡¡No es magia!!”. Y en sus ojos, desilusionados, me vi a mí misma y a todos los que, como yo, escépticos y descreídos, hemos abandonado ese mundo hace años.

Ahora, personas maduras, todo lo racionalizamos. El conjuro sanador de Abracadabra sabemos que deriva de un talismán romano cuya forma triangular se creía que extraía la enfermedad del cuerpo. Nos olvidamos de que las brujas fueron personajes necesarios para curar los males en las comunidades en las que vivieron y nos quedamos, como le pasa a la brujita que tengo colgada del techo sobre el escritorio, con lo folklórico, con el equipo que llevan: con el sombrero puntiagudo que, según he leído, es una derivación de las tocas que llevaban las mujeres en la Edad Media; con la escoba multiusos, que igual servía tanto para un barrido como para un viajito al aquelarre más próximo; y con esa nariz ganchuda, seguro que fruto de una venganza de los sin-poderes (los muggles de Harry Potter) para hacer creer que las brujas fueron feas. Una de mis amigas, que es maestra de primaria y que tiene una nariz aquilina con mucha personalidad, no pudo aguantar la risa cuando uno de sus niños le dijo: “Seño, ¿usted es bruja?”.

Hemos convertido ese mundo, que una vez fue poderoso, fascinante, aterrador, en un carnaval, una fiesta de Halloween, un negocio con velas, cartas de tarot o bolas mágicas. ¿Realmente no creemos en nada de nada de todo esto?

Pienso que sí, que algo ha quedado. Tengo amigas que cuidan con esmero rosas de Palestina porque protegen del mal. Yo estoy convencida de que la mano de mi madre en mi frente, cuando tenía fiebre, tenía efectos curativos. El toque sanador de las brujas lo han tenido muchas mujeres de mi familia que sabían de cataplasmas y de hierbas, y tenían un remedio para cada cosa: la salvia y el tomillo con miel para catarros, la manzanilla para el estómago, la greña de millo para el riñón, la melisa, tila y valeriana para dormir bien… Mi abuela paterna me hacía todo un ritual, creo que para abrir el apetito, que incluía un rezado, unos masajes con aceite en la barriga y, al final, el cabo de una vela encendido en el ombligo al que hacía el vacío con un vaso al revés. Si la hubieran visto en Salem, la hubieran quemado.

Y, aunque ahora, en el mundo racional de la cordura, la única magia que yo he hecho es decir: “¡Ábrete, Sésamo!” ante las puertas automáticas (dejando maravillados a mis nietos de pequeños), me gustaría haber heredado ese toque y, cuando alguien sufre, invocar esa magia curativa de una larga línea de mujeres-brujas que me han precedido, para poder decir un abracadabra efectivo que sane las heridas de este mundo.

Seguro que funcionaría. Sólo habría que esperar un ratito. 

martes, 16 de agosto de 2011

Una english boda



Hace 4 años me fui a la boda de mi ahijada Dácil en medio de la campiña inglesa. Esto fue lo que escribí entonces:


Este agosto he pasado unos días en el sur de Inglaterra, adonde fui a la boda de mi preciosa ahijada Dácil: an english wedding, una inglesa boda, para seguir con el chiflado estilo de los ingleses que, empezando por los adjetivos, todo lo hacen al revés. Como diría Obelix, están locos estos ingleses.

Los ingleses no tienen euros como el resto de Europa, sino un lío de libras, chelines y peniques. Nos complican la vida midiendo las distancias en millas y yardas con unas equivalencias rarísimas, que digo yo, un suponer, que por qué una milla no mide 1000 metros, como sería lo lógico, en lugar de 1609. Los enchufes no tienen agujeros redondos, sino aplastados, con lo cual no puedes enchufar ni el secador sin antes volverte loca buscando adaptadores. Tienen coches con volante a la derecha (¡Cielos! ¿Dónde están las luces?) y conducen en las carreteras por la izquierda para tenerte en un sinvivir. Además, cenan a la hora de la merienda y desayunan huevos fritos como si fuera una cena. Y, para colmo, tienen la dichosa manía de hablar en inglés, que el otro día pedí té sólo para mí y le dije a la camarera “tea only you”, sólo tú, como en la canción de los Platters.

Pero, a pesar de todo, Inglaterra, a mis ojos, tiene algo que la hace muy, muy especial, y es que toda ella es literatura.

 Esas mansiones enormes (como Wotton House, donde nos quedamos para la boda, con retratos de antepasados en los pasillos y robles centenarios en los jardines) son un reflejo exacto del Manderley de “Rebeca”, del Blandings donde el Lord Emsworth de P.G.Wodehouse criaba cerdos o del Mansfield Park de Jane Austen. Bajando esas escaleras, me sentía poco menos que Lady Pinkerton (de los Pinkerton de Hampshire).

En esos pueblitos por los que pasábamos (con su High Street, su oficina de correos, su pub, su iglesia con tumbas al lado, sus casitas individuales…) parece que va a aparecer, doblando la esquina, Guillermo Brown silbándole a Jumble o Miss Marple camino de la Rectoría.

¿Y estará Robin Hood detrás de algunos de los viejos árboles que forman un dosel oscuro sobre los caminos que serpentean entre un pueblo y otro? ¿No van los “tres en una barca” de Jerome K. Jerome por esos ríos de plácidos remansos y esclusas, que te encuentras de repente?

Los pubs, de vigas oscuras, grandes chimeneas para los tiempos fríos y mesas con marcas de siglos de cerveza, podrían ser perfectamente “El Poney Pisador”, donde Frodo conoce a Aragorn en “El Señor de los Anillos”, o “El descanso del Pescador”, aquel en el que someten a chantaje a Marguerite, la mujer de “La Pimpinela Escarlata”.

Inglaterra es el Windsor donde Shakespeare vio a alegres comadres; es el Londres, donde Sherlock Holmes descifra asesinatos; es el Bath, en el que Anne Elliot de “Persuasión” (otra vez Jane Austen), en una sociedad basada en el qué dirán, recibe una carta de amor; es el Stonehenge –ovejas entre enormes piedras prehistóricas- adonde van, en su primera cita, los protagonistas de “Thornyhold” de Mary Stewart; es el Oxford, en el que Tolkien y C.S. Lewis formaron un grupo, “The Inklings”, para leerse sus escritos y hablar de sagas islandesas, mientras fumaban una pipa y bebían cerveza.

Me he pasado la vida leyendo a esta Inglaterra. Por eso, a pesar de que están locos estos ingleses, cuando Dácil le dio el “yes” a su novio Simon, cuando me puse para la boda un perifollo en el pelo, para no ser menos que las nietas de la reina Isabel, y cuando, después, recorrimos durante unos días, por senderos perdidos, los verdes campos del sur inglés, me sentí allí –para decirlo con una expresión que siempre dice mi amigo Melchor en los viajes que se nos antojan cómodos y familiares- como si estuviera en casa lejos de casa. 








(En las fotos, arriba, Wotton House en Dorking. Al final el Támesis, Stonehenge y un pub de carretera)

martes, 2 de agosto de 2011

El aljibe es mío




En los tiempos de la revista “Triunfo”, allá por los años 70, el periodista Luis Carandell tenía en ella una sección, llamada “Celtiberia Show”, en la que hablaba de “las hazañas, andanzas, milagros, ejemplos, decires, gracias, desgracias, ocios y negocios” de los celtíberos. Una vez la protagonista del Celtiberia fue una casa, muy cerca de la mía, que, en su tiempo, fue eso, una casa pero que con las herencias se convirtió en dos, probablemente con trifulca en medio porque cada heredero quiso dejar bien claro cuál era su propiedad. Hoy sigue tal cual, con esa diferencia total (color, tejados, tamaño de puertas y ventanas, incluso una partida por la mitad…) que muestra que los herederos no se pusieron de acuerdo en nada de nada.

Aunque pienso que las herencias hay que dejarlas claras para que hijos y descendientes no se peleen por ellas, también es verdad que algunos (como Franco, ese hombre) dejan todo “atado y bien atado” y, después de eso, todo se desata con naturalidad. Pero sí creo que, por lo menos, hay que hacer testamento y decir que el broche de azabache es para Piluca y el sombrero de plumas para Ricardito que siempre fue muy festolero.

Hay en mi familia una historia, también celtibérica, a cuenta de las herencias y las propiedades que, cuando menos, es curiosa, y cuando más, nos dice también algo de la naturaleza humana y sus miserias.

Mi marido heredó de sus abuelos la casa familiar, una casa de campo, abandonada desde hace tiempo, con un aljibe cercano. Un vecino quiso comprar este aljibe pero mi marido no quiso separarlo de la casa, aunque le permitió usarlo mientras no se vendiera. Años después, el vecino decidió mudarse y puso en venta su casa y, ante la sorpresa de mi marido, puso un cartel que decía: “Se vende casa con aljibe”. “Pero si te presté generosamente el aljibe, si hablamos… ¿Cómo te atreves a vender algo que no es tuyo?”, le espetaba, indignado, mi marido. “¿Tú tienes papeles?”, decía él. “Las palabras se las lleva el viento”. Por supuesto, mi marido tuvo que ir a un abogado y a un notario que mandó un requerimiento al vecino, y éste dijo que había habido un malentendido y que parece mentira que entre buenos vecinos le hubiera mandado un guardia con papeles.

Rousseau decía que el estado, la sociedad, la violencia y las guerras empezaron cuando a alguien se le ocurrió decir: “Esto es mío”. Pero en mi familia, que todo esto se toma a cachondeo (realmente un aljibe no vale el trabajo, tiempo y dinero de estar con abogados), en el Amigo Invisible de Navidad de ese año, aprovecharon la coyuntura y le regalaron a mi marido casco, escudo, pistolas, alfanjes, puñales, hondas, arco y flechas… y una pancarta que decía: “El aljibe es mío, so mamón”.


Rousseau y Luis Carandell, en donde quiera que estén, seguro que se mirarían, poniendo ojos en blanco y meneando la cabeza, y sentenciarían: “¡No dirán que no les avisamos!”.