martes, 26 de julio de 2011

Receta antiestrés: El Hierro




Búsquese una isla pequeña y protegida en medio del Atlántico, hecha por los volcanes y el viento.

Duerma en Frontera, donde la nube baja, refrescante, desde el monte. O en Sabinosa, junto al Pozo de la Salud, en donde hay una terraza para tomarse un gintónic viendo caer el sol sobre El Golfo.

Siéntese en el Mirador de la Peña a ver el mar y los Roques de Salmor. Allí viven los descendientes de lagartos gigantescos.

Huela el agua que gotea en las hojas del tilo que hoy recuerda al Garoé, el Árbol santo de los herreños (Las hojas de tus ramas habrán sido / fuente de cristal resplandeciente, / que dejaban caer en la vertiente / el jugo de tus brazos recogido…).

Pasee por las lavas cordadas, junto al Mar de las Calmas.

Báñese en las aguas transparentes de la Cala de Tacorón.

Pruebe, en La Restinga, el sabor del mar en lapas y cabrillas.

Oiga el silencio.

Encuentre de repente, saliendo de la niebla,  un rebaño de ovejas en medio del pinar.

Comparta risas y complicidades con amigos de toda la vida, mientras toma un café y un bizcocho con virutas de chocolate, recién salido del horno, en un bar de carretera en San Andrés.

Lleve bocadillos para visitar el oeste de la isla, de laderas de vértigo y escondidas calas. Puede pasar el día sin ver una casa.

Pise la arena roja de la solitaria playa del Verodal.

Contemple, como lo hicieron los antiguos, el horizonte desde el Faro de Orchilla, la punta más occidental de Europa, el punto de no retorno, donde acababa la tierra conocida.

Escuche el viento que ha retorcido a las sabinas en el paisaje mágico de La Dehesa.

Saboree un cabrito frito delicioso y un vino artesanal, “de pata”, en Echedo. Al salir, párese a oír una rondalla que toca y canta en la plaza.

Cante coplas sentidas y desgarradoras, tipo “El relicario”, cuando vuelva en el coche a casa después de cenar, bajo un cielo limpio y lleno de estrellas.

Aspire el olor de las olas que retumban por los arcos y bufaderos de Las Puntas.

Hable con la buena gente herreña. Con Amós, que cambió un restaurante con fortuna en Santa Cruz por cultivar piñas, ciruelas, mangos o guayabos en su finca herreña y servir jugos frescos a los clientes del hotelito que montó en Frontera; hable con Macu, que vino hace tiempo para un trabajo temporal en Valverde y dice ahora que ni loca vuelve a Tenerife; con la pareja que montaba con entusiasmo de novatos una tienda de campaña para pasar la noche en la Punta de Orchilla; con Guillermo, a quien operaron de un tumor cerebral y ahora festeja la vida, mientras habla con todo el mundo y pesca  por las tardes en La Restinga; con Jose, que siempre deja la llave de su casa puesta por fuera. Oiga cómo viven las señoras que llevan 15 días en la Ermita de la Virgen de los Reyes por una promesa o por qué hay gente de fuera que se compra una casa en El Tamaduste.

Brinde con una copa de vino blanco frío y seco y dé gracias por estar aquí.


Mezcle y revuelva todo. Degústelo. Paladéelo. Suéñelo. Manténgalo en la memoria.











martes, 19 de julio de 2011

El tinglado religioso




Yo nací en una casa muy religiosa. Íbamos a misa los domingos, rezábamos el rosario todos los días y ni locos nos perdíamos una procesión, novena o ceremonial. Incluso cada 15 días nos traían la urna de San Antonio para que le rezáramos y pusiéramos en ella el correspondiente billete. Así que yo, de pequeñita me sabía hasta la letanía completa, aunque, en lugar de “Reina de los profetas” (¿qué era eso de “profetas”?), decía “Reina de las croquetas”, que estaba más cerca de mis entendederas.

Ya de mayor, aunque me siguen gustando los rituales, me alejé bastante de ese mundo, pero está claro que lo respeto y, si el cielo existe, seguro que mis padres están allí.

Pero aunque las creencias son necesarias (Ortega dice que se dan por sentado y en ellas se vive), otra cosa es el tinglado que en torno a ellas se monta. Como, por ejemplo, el asunto de las reliquias. Yo vi una vez una uña larga, retorcida y putrefacta de San Juan de la Cruz (que sólo con verla ya se te quitan las ganas de leer su “Noche oscura del alma”) y un brazo leñoso de Santa Teresa, que creo que Franco tuvo debajo de la almohada para ver si la Santa hacía el milagro y así podía seguir gobernándonos 40 años más ¡Si hay hasta reliquias del prepucio del Niño Jesús y, con los trozos de la Santa Cruz que se han vendido en relicarios, se podría haber hecho otra vez la Muralla China!

La educación religiosa nos instruyó en que, en este valle de lágrimas que es la vida, nada mejor que pedir, y a veces hasta exigir a santos, vírgenes y cristos que nos asistan para pasar el duro trayecto ricos, sanos y felices (incluso alguno se pide ser inmortal). Cuando mi madre enfermó, cada mañana, después de las visitas de la tarde anterior, yo encontraba más estampitas en su mesilla: de San Martín de Porres, de la Virgen de Fátima, del Beato Juan de Liébana… “¿Y este señor barbudo quién es?”, le preguntaba yo. “Un cura muy milagrero, el Padre Ambrosio…”, me decía. Me recordaba una copla que dicen por El Bierzo: “Si vas a San Benitiño, que es moito mais milagreiro…”. Porque en esto, como en todo, hay hasta un ranking y los forofos correspondientes. Jacinto, un señor de San Andrés que mi madre conoció de chica y que era comunista y ateo hasta las trancas, se peleaba hasta con el mismísimo Carlos Marx si le tocaban a la Virgen de Candelaria. Y estaba también aquel que decía que “en llegando al Cristo de Tacoronte, se acabaron todos los Cristos”. Claro que alguna se equivoca y, en vez de a San Antonio de Padua, le reza a San Antonio Abad, con lo cual novio no consigue pero tiene unos cerdos que da gusto verlos.

Una vez un actor, que venía mucho a Tenerife de paso para América, fue invitado a comer a una casa de comidas por Las Mercedes y, al ir al servicio, se encontró, asombrado, en medio del pasillo con una foto suya caracterizado de Jesucristo en una obra religiosa en la que había actuado. La foto estaba en una hornacina con velas y flores delante, ante la cual probablemente los dueños del negocio rezaban todas las noches para que les fuera bien. Hay toda una industria dedicada a estampitas, frasquitos con agua de Lourdes, piedras del Santo Sepulcro, rosarios, velas, votos y reliquias. Y, aunque lejos de mi intención está en los tiempos que corren ir en contra de negocios florecientes, ¿por qué aferrarnos en nuestros miedos y necesidades a los intermediarios? ¿Por qué, si hay que suplicar porque así somos los humanos, no hacerlo directamente al Jefe, sin sobornos ni recaditos?

Así, le podríamos decir con fervor: Del tinglado religioso, líbranos, Señor.  

martes, 12 de julio de 2011

Okupas



Mi hija, mi yerno y mis nietos se han venido a vivir a mi casa estos dos últimos meses, mientras les acaban las obras en la suya. Y, de pronto, todo tu mundo se descontrola.

Has tenido que recolocar tus cosas que, en más de diez años, han ido desparramándose en armarios y estantes. Has empezado a hacer dos o tres lavadoras diarias cuando antes las hacías a la semana. Y cocinas todos los días comida para un regimiento. Se acabó eso tan socorrido de congelar: si no se come en el almuerzo, se come en la cena pero aquí no sobra nada. Y también se acabó eso de despertarte a la hora que te dé la gana: los colegios mandan.

Y, como si la casa estuviera ocupada por duendes, de repente empiezan a ocurrir perrerías. No sólo es que desaparecen misteriosamente o aparecen en sitios insospechados tus bolígrafos, tus folios, las tijeras, ese sujetalibros tan bonito –se lo llevó mi nieto el Terrorista para el colegio- o que tus libros tengan dibujos añadidos. Es que, además, el único limón sutil (esos limones pequeños y aromáticos) que este año ha dado el limonero sembrado el año anterior y que ibas a poner en un bizcocho, te lo encuentras convertido en una carita con ojos, sonrisa y un palillo por nariz; es que tus zapatillas de estar en casa han sido embadurnadas por debajo con tu mejor crema de manos, de tal forma que, cuando te las pones, vas dejando huellas blancas por el pasillo y haciendo chof chof (¿cómo se les ocurre?); es que un pañuelo bordado a mano lo encuentras pegado con pegamento a un dibujo (“porque es precioso, Aba”, me dicen); es que a las puertas de las mamparas del baño también le han puesto pegamento para que no pudiéramos moverlas (eso lo copiaron de Pippi Calzaslargas); es que te pegas un susto de muerte cuando, después de ducharlos, los ves con unas ojeras negras (resultado de que antes, sin tú saberlo, se habían puesto tu rímel en las pestañas); es que las 12 calabazas que han nacido están todas pintadas con rotuladores al estilo pop-art…

Esta semana se han ido, dejando la casa extrañamente vacía. A la mañana siguiente, cuando me desperté, tenía un mensaje de mi hija en el móvil: “Aaaah, mamaaá, el Terro me pegó… Terro, que desayunes, hijo… Susanita, a ver si te callas un rato… Pero ¿ya se mancharon la ropa?... 
Era por si nos echabas de menos” 

martes, 5 de julio de 2011

Tonto, también Tan Tebastián




Forma parte este título de un chiste bobo que contábamos de niños, en aquellos tiempos de coches con matrículas de ciudades ¿Una matrícula con dos T? Tan Tebastián ¿Y con tres T? También Tan Tebastián ¿Y con cuatro T? Tonto, también Tan Tebastián.

Me he acordado de esto porque han nombrado a San Sebastián, la hermosa ciudad guipuzcoana, Capital Cultural europea para 2016, y, dado que ahora su alcalde es de Bildu, muchos lo consideran una grave injusticia, como si realmente a quien nombraran fuera a él. Anda, pues, alborotado el personal. Por lo menos, he oído a Rosa Aguilar –dolida-, a Belloch diciendo que es un disparate, a nuestro Jerónimo Saavedra, rascado porque no salió Las Palmas, y a unos cuantos más que despotrican contra el nombramiento. Y, la verdad, no sé muy bien a qué viene la pataleta.

Mi amiga Cae nació en San Sebastián y, durante toda mi adolescencia y más allá, ella y yo hicimos miles de planes para pasar unas vacaciones allí. Ella me hablaba de los baños en La Concha, de su familia y amigas (con su tía, incluso, tuve una amistad entrañable por carta), de Urgull e Igueldo, las dos montañas enfrentadas, de las tamborradas. Tenemos que ir algún día, tenemos que ir, decíamos. 
Pero nunca fuimos y así San Sebastián se convirtió en mi asignatura pendiente, en un lugar hermoso y lejano, un Shangri-Lá, al que, por diversos motivos, nunca llegaba la ocasión de viajar.

Y hace 5 años por fin fui. No con Cae, que estaba por otros derroteros, pero fui y reconocí la ciudad que había soñado 40 años antes. Allí estaba el Barrio Viejo, lleno de tascas con sus pinchos y su chacolí; allí estaba el mar saltando, bravo, casi sobre los puentes del río Urumea; allí las arenas de La Concha y Ondarreta y la isla de Santa Clara y el aire limpio del Cantábrico entrando y saliendo por los Peines del Viento, y las gentes vascas, amables y generosas. Así que San Sebastián cumplió mis expectativas y me pareció una ciudad preciosa llena de proyectos: el Festival de Cine, que acababa de terminar por aquel entonces; un congreso de cocineros, con los grandes de los fogones, que empezaba; música por todas partes; sociedades gastronómicas pregonando la buena calidad de la cocina vasca, de la que, ciertamente, di fe. Y, también, por lo menos en ese momento, como ahora, una ciudad llena de vida y en paz.

Las ciudades tienen vida propia, trascienden a sus habitantes y a sus gobernantes. París, que fue Ciudad Europea de la Cultura en 1989, ha superado la guillotina, y Amsterdam (1987) o Cracovia (2004), la ocupación nazi.

¡Y claro que San Sebastián, mi sueño cumplido, la gobierne quien la gobierne, merece estar entre otras capitales europeas de la cultura! Al lado de la monumental Berlín (1988), de la mágica Praga (2000), de la bella Brujas (2002), de la marinera Génova (2004), de la principesca Luxemburgo (2007) o de la acogedora Guimaraes (2012), por supuesto que tiene que estar, ¡tonto!, también Tan Tebastián.

(La foto la hizo Melchor Padilla desde el Monte Igueldo en diciembre de 2006)