martes, 26 de abril de 2011

Cartelera de políticos

Como en aquella antigua canción de Luis Mariano que decía “La primavera ha venido, no sé cómo ha sido”, los márgenes de nuestras carreteras han experimentado las pasadas semanas, y de la noche a la mañana, una explosión de carteles multicolores, tal cual un jardín primaveral.

Los políticos, ante la proximidad de las elecciones municipales, han decidido ponerse de tiros largos (ellos, corbata y chaqueta, ellas, un tres piezas) o de look desenfadado (vaqueros y camiseta, que ya se sabe que hay que parecer colegas de los jóvenes); han ido a la peluquería a recortarse el pelo, ponerse reflejos o hacerse un lifting; se han enfundado la sonrisa deslumbrante y, ya así dispuestos, se han hecho la foto para la campaña.

Que la cosa no es sencilla, ¿eh? Porque es verdad (yo lo he oído) que hay mucha gente que vota mirando la cara del cartel. “Es que tiene carita de bueno, oye”. Y entonces a ellos no les queda más remedio que, por lo menos, parecerlo. Y, además, saben que, pongan la cara que pongan, los de la oposición siempre van a decir que parecen imbéciles. Que es realmente como deben sentirse ellos (a mí me pasaría) el día en que toca posar.

En los carteles los hay que prometen el oro y el moro, como, por ejemplo, poner la capital del archipiélago en su ciudad, como si eso sólo dependiera de un alcalde. Algunos tienen su punto original, simplemente poniendo propuestas: “Más guaguas”, “Más guarderías”, “Más parques”… pero se pasan cuando hablan de “más aire fresco” y ponen al candidato con la corbatita y el flequillo al viento. Algunos aparecen con media sonrisa o serios, para dar a entender que lo son, aunque realmente parece que han comido algo que les ha sentado mal. En otros se pueden contar hasta las muelas del juicio…

Por eso es refrescante encontrarse, justo al lado ¿casualmente? de tanta foto, tanta promesa, tanto aspirante a ejercer la noble ciencia de la política, un cartel como éste de la Feria del cochino negro de Pinolere:




Ya ven ustedes, ahí hay alguien que, pase lo que pase, no defraudará jamás. Al revés de lo que, desgraciadamente, les pasa a muchos políticos, del cochino se aprovecha hasta la conversación.

No me extrañaría que alguien votara por él. 

martes, 19 de abril de 2011

Un gastrohomenaje




No soy muy amiga de esos homenajes post-mortem. Siempre recuerdo al pariente de una amiga, que le dijo a su mujer que, cuando él muriera, hiciera unas buenas garbanzas e invitara a todos los amigos, que eran muchos, a comer y a beber en su honor. La pobre mujer, me contaba mi amiga, de lo menos que tenía ganas era de un jolgorio, pero allí se metió a prepararlo, haciendo de tripas corazón, por respetar la voluntad del difunto. La verdad es que, cuando uno se va, quiere irse como Machado, “ligero de equipaje”, sin dejar detrás obligaciones para los que se queden.

Pero con mi tía Isabel la cosa cambia. Era tía de mi padre, la más cercana a él porque sólo se llevaban 8 años y, por eso, llevo su nombre. Era guapa y simpática, con unos ojos azules muy expresivos y una sonrisa fácil. Se casó con el tío Paco, que era su cómplice, su compañero, su amor, hasta que un accidente de aviación, cuando volvía de un viaje de trabajo a Madrid, a los pocos años de casados, se lo arrebató delante de sus acongojados ojos y de los de sus hijos, que habían ido a recibirlo a Los Rodeos. Y ahí fue donde la tía Isabel mostró el temple de muchas mujeres de mi familia. Salió para adelante, dio carrera a sus cuatro hijos, y prosiguió con su vida, trabajando, cuidándolos, yendo algunas tardes a merendar con sus amigas o a intercambiar recetas y a jugar al parchís con su hermana, la tía Nieves (haciéndose trampas mutuamente), disfrutando de las reuniones familiares y, sobre todo, cocinando.

Durante mi primer año de carrera, cuando tenía clase por la tarde y no me daba tiempo de bajar a Santa Cruz, yo iba a comer a casa de la tía Isabel en La Laguna, una casa fría con huerta detrás, como muchas casas laguneras. Hablábamos mucho (sólo hacía un año de la muerte del tío Paco) y recuerdo que me decía que sus hijos y la cocina eran lo que la habían salvado.

Era una cocinera extraordinaria. Allí probé por primera vez las crepes y disfruté de unas exquisiteces que hoy le habrían valido una estrella Michelin. En Navidad nos regalaba a los 16 sobrinos y sobrinos-nietos un queque, siempre distinto, y una botella de los licores que hacía (mistelas, licores de leche, de naranja, de limón…), y sus cenas de nochebuena, en las que incluso hacía un pan riquísimo, eran famosas en la familia.

La tía Isabel murió hace unos meses, a 3 años de cumplir los 100, aunque había dejado de ser ella hacía muchos más. En el entierro, cuando hablábamos sus hijas y sus sobrinas de su generosidad y su alegría, que repartió a manos llenas, hablamos también de un rasgo peculiar: no daba recetas a cualquiera. Yo dije que tenía 5 recetas, otra dijo que ella también tenía unas pocas… Y se nos ocurrió la idea de este homenaje.

El pasado domingo nos hemos reunido 20 personas de su familia con el único propósito de celebrar que pasó por nuestras vidas. Yo hice su limonada con champán y su pan de nueces. Las demás trajeron su pulpo y sus helados, su higado en adobo, sus sandwichs de sardina, su flan, su “leche fachenta”, su tarta de manzana, su licor de leche. Todas las recetas que nos fue dejando caer, como quien regala perlas, van a ir a un librito con su foto en la portada. Y, aunque no estoy muy segura de que quisiera que sus secretos culinarios salieran a la luz, sí que le habría gustado, porque era muy presumida, verse tan guapa. Y sé que, sobre todo, le habría encantado estar ese domingo con nosotros, riendo y contando anécdotas pasadas, incluso recordando los cuentos de príncipes y brujos, largos y un poco truculentos, que contaba por la noche a sus hijas.

Se fue libre y despojada de recuerdos, los buenos y los dolorosos. Pero fue muy querida y tuvo una vida larga, y todos estábamos allí para dar gracias por haber formado parte de ella.

Y estos gastrohomenajes, alegres, lúdicos, que celebran la vida, sí que me gustan. 

martes, 12 de abril de 2011

Los que están en camino




La semana pasada, dando un paseo por el sur con mi amiga Susana, vimos salir de la playa a dos chicos jóvenes, de unos 20 años, con un atuendo extraño. Vestían bañador, camiseta y sueter negros y llevaban un sombrero, también negro, de ala ancha. Le pregunté a Susana, que es austriaca y ha visto mucho más mundo que yo, si serían judíos, por el sombrero, muy parecido a los que llevan estos. Susana los miró y me dijo: “No, no, son gesellen, gehen in die Welt, los que van por el mundo, los que están en camino”.

Existe una tradición en Centroeuropa, me contó, por la que los jóvenes que quieren aprender un oficio se dedican un tiempo a viajar, vestidos de una manera determinada (sombreros, capas…), ofreciendo sus servicios por las casas de campo a cambio, antaño, de alojamiento y comida y hoy, pidiendo además un pequeño salario.

Y, efectivamente, nos paramos a hablar con ellos y supimos que eran alemanes, bávaros, que estaban aprendiendo las técnicas y los secretos de la carpintería e iban vestidos con las señas de identidad de su oficio, ese sombrero que no se quitaban ni para ir a la playa (me pregunto si en el agua tampoco). Habían venido a Tenerife como parte de ese camino, pero no encontraban trabajo, nos dijeron con una sonrisa y un encogimiento de hombros, porque ellos hacían techos de madera y aquí todos los techos eran de hormigón.

Me gustó esa expresión, ese estar en camino. Me recordó el refrán de que a los hijos hay que darles raíces y alas, esas alas que me llevaron a mí a hacer fuera la especialidad, a mi hijo y a mi sobrino al Erasmus en Amberes y Friburgo, a mi hija a Madrid a hacer el MIR, a mi amigo Andriu a pasarse un año sábatico en Estados Unidos. Y también me recordó a los emigrantes que hace años iban a América y ahora vienen a Europa.

Los que están en camino… Miles de jóvenes lejos de sus casas, aprendiendo a trabajar, a buscarse la vida, conociendo otras costumbres, otros ritos, otras maneras de vivir, otros idiomas. Aprendiendo a recorrer los caminos del mundo y que el haber nacido en un punto de esta Tierra, aunque ciertamente lo ames, no te capacita para hablar de “ellos” y “nosotros”.

Y pensé, con Baroja, que el racismo y los nacionalismos se curan leyendo y viajando. Estando en el camino. 

martes, 5 de abril de 2011

Desconfía de los griegos




Timeo danaos et dona ferentes, desconfío de los griegos incluso cuando traen regalos. Esta era una de las frases que tradujimos 20 veces en las clases de latín y que yo, en aquellos tiempos mozos, no entendía muy bien. A mí, que me encanta regalar y que me regalen, la nacionalidad del donante me la traía al pairo. Pero ahora que soy más sabia y las nieves del tiempo platearon mi sien (sobre todo, si paso algún tiempo sin ir a la peluquería), comprendo perfectamente el peligro de los regalos y lo que aquellos sesudos romanos querían decir.

Porque hay regalos y regalos. Y hay gente a la que da gusto regalar y otra para la que tienes que hacer un cursillo.

Entre los primeros está mi cuñado. A mi cuñado le puedes regalar un CD en Reyes, por ejemplo, y lo recibe con entusiasmo diciendo: “¡Hombre! ¡Justo lo que quería!” y se deshace en elogios sobre la música y el autor en cuestión. Y luego, cuando al año siguiente te encuentras entre sus discos el mismo CD todo empaquetadito, tal cual se lo diste, se lo vuelves a regalar y te vuelve a decir: “¡Hombre! ¡Justo lo que quería!” y vengan más elogios. No veas lo que nos ahorramos con él y lo agradecido que se queda.

Entre los segundos está mi hija, sin ir más lejos. Ella, cuando le compro alguna ropa, siempre pone cara de fos y dice que eso es “mi” estilo, no “su” estilo, y lo mismo si ve algún regalo que hago a los demás: “¡Mamá! ¡Ese no es “su” estilo sino “tu” estilo”. Y ahí me ven estudiando los estilos (dórico, jónico o corintio) de todo el mundo a ver si acierto.

Y no digamos nada de los regalos de boda. Antes de que se inventara eso tan práctico de regalar dinero y ya está, y antes de las listas de boda, la gente regalaba lo que se le ocurría para que tuvieras tu casa como para un reportaje de revista: juegos de sábanas bordados y colchas floridas, bandejas (a mí me regalaron 10), portarretratos (otros tantos), cristalerías (2, una la cambié por un tocadiscos), figuras de bronce y mármol (que escondí en el baúl de los recuerdos y que todavía andarán en algún mercadillo)… 

Y también te regalaban El Jarrón.

A nosotros nos regalaron un jarrón esplendoroso. Puesto en el suelo, me llegaba casi a la cintura. Era de un color tornasolado tirando a verde y tenía volutas doradas en la boca y en las asas (sí, también tenía asas). En Versalles hubiera quedado estupendo, no te digo que no, pero en un minipiso de 50 metros cuadrados, como era el primero en que vivimos, resultaba excesivo, la verdad: todo el piso era jarrón. Cuando venían los amigos, solían pegar un respingo al verlo y siempre les decíamos, sabiendo que era una empresa casi imposible: “Haz como si no estuviera aquí”. En las sucesivas mudanzas nos lo tirábamos por el aire -“¡Ahí va el jarrón!”- pero nunca se cayó al suelo, el maldito. Y, encima, Mina, la señora que entonces me ayudaba en la casa y que rompió todo lo rompible, con el jarrón eran unos mimos, un cuidado tan exquisito, unas exclamaciones sobre lo precioso que era… que, al final, se lo regalamos ante su pasmo y agradecimiento infinito.

Y es que en esto de los regalos, viene muy bien el dicho de que para gustos se hicieron colores. Los romanos sabían lo que decían.