jueves, 30 de abril de 2009

Despertándome




Yo siempre digo a todo el mundo que lo mejor de la jubilación es despertarte cuando te da la gana. Y les doy envidia hablándoles de ese placer de no poner hora ninguna en el despertador, del silencio de la vida en el campo, de abrir los ojos y las orejas al sonido de los pájaros y a veces a la lluvia o al viento en los árboles…¡Ah, no hay nada igual!
Claro que después tengo que reconocer que hay excepciones.
Por ejemplo, cuando vienen los nietos (generalmente dos días a la semana) a los que desde el alba ya les oyes las vocecitas y, en menos que canta un gallo (o mejor, antes de que cante el gallo), ya están en tu cama abriéndote los ojos a la fuerza.
O cuando viene la señora de la limpieza (otros dos días a la semana), a la que nada más llegar le suele sonar el móvil con Bisbal a todo trapo: “Que serías la lluvia y yo la tempestad ¿quién me lo iba a decir?”.
O cuando los vecinos deciden “esmerriar”, neologismo que significa “arar la huerta con el Merry”, que, no es por nada, pero hace un ruido de mil demonios.
También cuando pasa por la carretera (que está lejos pero se oye) el coche que en mi pueblo anuncia a toda voz los fallecimientos y las fiestas con total equilibrio.
O cuando hay voladores para celebrar la romería, o el día de San Marcos, o el de San Juan, o el de San Pedro, o la Virgen de los Remedios o la del Socorro o la Candelaria. También por el año nuevo, por el cumpleaños del vecino o porque el Tenerife marcó el día anterior (y no te digo la traca cuando ascienda).
También, claro, hay que contar las veces que pongo el despertador para hacer diligencias o irme de viaje o porque tengo que llevar al aeropuerto a alguien que se va de viaje.
Y las veces en que me olvido (que es siempre) de desconectar el despertador que puse esas veces anteriores, y me suena temprano…
Bueno, pero algunos sábados y domingos me levanto cuando me da la gana, chínchense

jueves, 23 de abril de 2009

El gen coleccionista





¿En qué lugar del ADN humano se esconde el gen coleccionista, esa afición a coleccionar cosas que nos hace parientes cercanos de las urracas? Toda la gente que conozco lo tiene y, si tuviera que hacer una clasificación, la haría muy sencilla: se coleccionan cosas grandes o cosas chicas.
Tengo un amigo que colecciona coches antiguos que él mismo repara. Y la mujer de otro amigo colecciona belenes, que es un hobby precioso pero que, en cuanto pasas de cien, ocupan bastante lugar, al contrario que el saber. Están los que reúnen jarras de cerveza o botellas raras o instrumentos musicales o brujitas o diccionarios. Y también tengo un amigo que colecciona copas de chupito, todas distintas, pero que tienen que ser robadas, así que más de una vergüenza hemos pasado al salir de un restaurante y oír el tintineo en sus bolsillos. Después están las colecciones chicas, las que puedes guardar en un rinconcito, y en las que la variedad es enorme: llaveros, monedas, posavasos, sellos o, incluso, estampitas de santos.
Yo confieso que tengo el gen coleccionista bastante desarrollado pero que, dentro de lo que cabe, me he decantado por una colección de cosas chicas: colecciono marcadores de libros. El único problema es que tengo unos siete mil.
El gen coleccionista es el que te lleva, en cualquier viaje, con ojos de loca, a retrasar a los demás en cuanto ves un puesto en que los vendan. Es el que te hace dar la lata a los amigos y familiares que se van de viaje: “Ah, ¿te vas al Kilimanjaro? Pues mira a ver si en un puesto watusi encuentras un marcador de libros y me lo traes, porfa, que de ese sitio no tengo…”. Es el que nos hace reunirnos con otros coleccionistas para intercambiar los “repes”, como cuando en la niñez coleccionábamos cromos de “Sissi emperatriz”. Es también el que te hace regodearte en la colección, mirándola amorosamente, repasándola o enseñándosela a los que te visitan como si fueran las joyas de la corona.
Tengo muchos preciosos, como una colección de diez que me trajo mi amiga Ana de un viaje de estudios que hizo a China. Son delicadísimos y, cuando aprenda chino, sabré lo que dicen. Tengo marcadores de la Patagonia, de Turquía, de Egipto o de Australia. Pero mis preferidos son los personales, los únicos, los que algunos de mi familia y amigos me han pintado, bordado, dibujado, tejido o escrito.
Durante años en la Biblioteca del Instituto tal día como hoy, día del Libro, hemos regalado un marcador especial. Este año, que es el primero en muchos en que no tengo que organizar esa semana grande de homenaje al libro, quiero celebrarlo de todas maneras y compartir con ustedes uno de esos marcadores preferidos, el que mi amiga Marian, que es una de las personas más creativas que conozco, me regaló. Es un soneto a un marcador de libros, el único sobre este tema que yo sepa, escrito en un marcador de libros.
Que ustedes lo disfruten y feliz día del libro.

Entre páginas (Poema a un marcador de libros).
Ávido lector, fino y pequeño,
que entre páginas pasas la existencia
y de una historia a otra con paciencia
saltas tú al capricho de tu dueño.
Retales alimentan tus ensueños,
fragmentos de ficciones o de ciencia,
y crece, poco a poco, tu sapiencia,
y avanzas cuando el amo tiene sueño.
Inventas los pasajes ignorados,
y creas con gran imaginación
finales que siempre te están vedados
de lances, de amoríos desdichados,
de tramas policíacas, de traición,
de héroes o de hombres despiadados.
                                 (Marian Méndez) 

jueves, 16 de abril de 2009

A la búsqueda del tesoro





Hace unos años mi amigo Daniel Duque, que coordinaba entonces el suplemento cultural en “La Opinión”, me pidió para la sección “La biblioteca personal de…” una lista de mis diez libros preferidos con el porqué de esa predilección.
Dado que es verdad que leo y releo mucho, la cosa me resultó un poco difícil. Al final opté por elegir uno de cada tema literario: una novela policiaca, “La piedra lunar” de Wilkie Collins, con ese personaje tan extravagante y entrañable que es el mayordomo Betteredge; una de literatura fantástica (por supuesto, “El Señor de los anillos”, de Tolkien, que me he leído once veces). De poesía hablé de “Palabra sobre palabra” de Ángel González. En novela histórica, elegí “La plata de Britania” de Lindsey Davis, la primera de la serie del detective Marco Didio Falco en la antigua Roma. De novela de humor puse una de mi admirado P.G. Wodehouse y de filosofía un ensayo de mi profesor Emilio Lledó. De ciencia ficción, opté por “Los desposeídos” de Úrsula K. Le Guin, que habla de un mundo extraño y fascinante que plantea la posibilidad de una sociedad anárquica. También en literatura española acababa de leer “El lápiz del carpintero” de Manuel Rivas y, como me había gustado mucho, la añadí. Y en literatura hispanoamericana, “Crónica de una muerte anunciada” de García Márquez que me gusta incluso más que “Cien años de soledad”.
Si ahora tuviera que repetir la lista, probablemente cambiaría algunos títulos. ¿Cómo no puse a mi querida Jane Austen (que me presta su nombre y su rostro para este blog) y su “Persuasión” u “Orgullo y prejuicio”? ¿O a Guillermo el travieso de Richmal Crompton, que me acompaña desde la infancia y al que de vez en cuando releo para reírme un rato? ¿O “La vida, instrucciones de uso” de Perec o esa joyita de “Paradero desconocido” de Kressmann Taylor o una biografía, con lo que me gustan?
Pero hay un libro que seguiría poniendo siempre. Fue el primer libro “serio” que leí y el que me abrió las puertas de la literatura, el que me proporcionó ese gozo de dejarte atrapar por una historia y de no querer que termine nunca. Ese libro fue “La isla del tesoro” de R.L. Stevenson.
Lo tiene todo. Sentimos al principio el miedo de Jim y su madre en la oscuridad de la noche, esperando y temiendo que vengan a matarlos. Oímos las risas y los cantos de los piratas: “Son quince que quieren el cofre del muerto,/ son quince y una botella ¡Oh, oh, oh! ¡Viva el ron!”. Participamos de la camaradería y del empezar a tomar decisiones. Y, sobre todo, vivimos la aventura del mar del protagonista, joven, casi un niño, como era yo cuando la leí por primera vez, y al que se le abría el conocimiento de un mundo nuevo y de personajes inolvidables. Como ese Long John Silver, truhán y sinvergüenza, pero con un encanto al que Jim, aún conociéndolo, no puede sustraerse. ¡Cuántos Long John Silver hemos conocido en la vida!. Y, claro, está la búsqueda del tesoro, el viejo juego del escondite unido con la ambición y la curiosidad humana.
A veces juego con mis nietos a “esconder tesoros”, como el domingo de resurrección pasado con huevos de pascua escondidos por el jardín. Oigo sus vocecitas agudas –“Caliente, caliente, como el agua de la fuente” o “Frío, frío, como el agua del río”- y percibo el entusiasmo que toda búsqueda proporciona.
Los fantasmas de Jim y Long John Silver nos acompañan. 

lunes, 13 de abril de 2009

¿Un mundo sin televisión?





Es difícil imaginar un mundo sin televisión. En la película “Regreso al futuro”, cuando el protagonista viaja en el tiempo al año 1955, sus abuelos acaban de estrenar su primera televisión. Nosotros tuvimos que esperar 6 años más para tenerla.
Cuando mi amiga Úrsula se fue a Venezuela, en su primera carta no me habló de las bellezas de Caracas (ni de la de los caraqueños, que en esa época era un tema que nos interesaba mucho) sino de que ¡había visto la televisión!. Cuando, por fin, tuvimos tele en Canarias, eran los años 60 y la fuimos a ver una noche a casa de unos primos, los primeros de la familia en comprarla. Recuerdo muy bien el día porque hasta nos hicimos una foto. En ella están tres primos, mis dos abuelas, mis padres, mis dos hermanos y yo, cuatro amigos de mis primos y dos vecinos, todos privados ante el magno acontecimiento. Debimos armar una buena porque en la foto aparece la mesa con distintas viandas y bebidas, pero lo que más recuerdo es que nos pasamos casi una hora contemplando embelesados la carta de ajuste.
Luego pasó la época del blanco y negro y no nos perdíamos ni un solo programa: “Bonanza” “Un millón para el mejor” “Reina por un día”, “Napoleón Solo”, “Escala en Hi-Fi”, “Estudio 1”… siempre los mismos actores. A mi abuela la tenían loca: “Pero, ¿éste no fue el que mataron el otro día?”. Era el recibimiento en la intimidad del hogar de una serie de señores que, de pronto, nos eran familiares. Incluso la abuela de una amiga no se iba nunca a acostar sin esperar a darle las buenas noches educadamente al locutor que cerraba la emisión.
Gracias a la tele vimos llegar al hombre a la luna, la muerte de Kennedy, la coronación del Rey (yo la vi con el goteo puesto esperando para dar a luz a mi hijo), el 23-F que sacudió nuestras esperanzas y el 11-S y el 11-M que nos transformaron en vulnerables.
No, no concebimos ya un mundo sin televisión. Pero ahora, en esta dorada jubilación, la veo de vez en cuando. Nunca por las mañanas ni en las comidas pero sí hay tardes en que la abres, estiras las piernas y a lo que te echen: “Viajar” (a ver a dónde vamos hoy), la cocina divertida de Jamie Oliver, el rosco de “Pasapalabra”, alguna serie, como el humor gamberro de “Aída” o “Yo soy Bea”, a la que me engancharon mis alumnas de hace tres años y que no veo la hora de que termine, y, por supuesto, alguna película.
Pero, ¿tendrá razón El Roto que, en su viñeta del 1 de abril en El País, nos dice que “si desconectásemos todas las televisiones, el mundo desaparecería”? ¿O Manuel Vicent que unos días más tarde dice que “la televisión te agarra el alma y te la saca”?
No lo sé, pero quedan muy lejos los fines de semana de cine obligatorio de mi infancia, el NODO, las noticias oídas sólo en la radio o escuchar por las noches en el transistor, acostada ya y a oscuras “El buen teatro en su hogar”. La radio nos había encendido la imaginación pero la televisión nos abrió ventanas y tendió puentes a este mundo inmenso. Bienvenida sea. 

jueves, 2 de abril de 2009

Platón y sus amores





Ha muerto el romanticismo? ¿Se han acabado ya los ramos de flores con poesía incluida, como los que mi padre enviaba a mi madre todos los aniversarios de boda? ¿Existen todavía los amores platónicos? ¿Nos dará miedo ponernos sentimentales?
Hablando hace poco entre amigos salió que la palabra “recordar” viene de cor, corazón. ¿No es maravilloso pensar que el recuerdo sea algo guardado en el corazón? Pero enseguida mi marido puntualizó que el recuerdo no tiene nada que ver con el corazón sino con el cerebro (que, no es por nada, pero no tiene nada de romántico, donde va a parar). Y otro amigo también apuntó que “incordiar” tiene la misma raíz. Y así no se puede.
También apareció esta vena prosaica y materialista en una ocasión en que empecé a recitarle a mi hijo la rima de Bécquer “tu pupila es azul y cuando miras…” Me interrumpió enseguida para demostrarme que las pupilas son negras y que, en todo caso, se diría “tu iris es azul”. Él es así, un amante de la verdad pura y dura y déjate de pamplinas de ritmos y rimas en asonante.
Cuando se lo conté a uno de mis primos preferidos, que tiene dos hijas jovencitas, me dijo que me alegrara porque, si a él se le ocurriera nombrarles una rima de Bécquer, ellas dirían: “¿Dónde la oíste? ¿Quién es el cantante? ¿Está en disco o se puede bajar de Internet?”. Y otra vez, cuando le aconsejé que llevara a su mujer a una cena romántica y le recitara baladas al oído, me dijo que, si hiciera eso, su mujer lo llevaría ipso facto a urgencias de psiquiatría de La Candelaria.
Y, sin embargo…
Y, sin embargo, lejos de Platón y de su amor ideal, mi sobrina y mis alumnas del curso pasado leen apasionadamente “Crepúsculo”, “Luna nueva”, “Eclipse” y “Amanecer”, la tetralogía de Stephenie Meyer que habla del amor real, intenso, peligroso y, por supuesto, romántico entre un vampiro y una pálida mortal.
Y, sin embargo, lejos de la violencia de un Tarantino por ejemplo, se hacen películas sobre las historias románticas e irónicas de mi Jane Austen (“Orgullo y prejuicio”, “Sentido y sensibilidad”, “Persuasión”, “Emma”, “Mansfield Park”). Y gustan a mucha gente (yo incluida).
Y, sin embargo, lejos del regalo de una batidora o de unas zapatillas de felpa (que también), ninguna mujer se resiste a una flor (o, ya puestos, a un diamante).
Y, sin embargo, lejos de las prisas y del tiempo medido, siempre nos conmueven una mirada y una caricia tierna.
Y, sin embargo, lejos de la vorágine de la vida, hay personas que se paran, miran alrededor y escriben un poema.
O como esta jubilada que, mira tú por donde, hace en su blog una reflexión tan trasnochada que habla del romanticismo.