lunes, 22 de enero de 2018

Desta escapemos




"Desta escapemos" es la fórmula tradicional en broma que usan mi familia y amigos después de un viaje en avión para comunicar que hemos llegado bien, que no ha ocurrido ninguna de las catástrofes imaginadas antes del viaje y que, al final de este, nuestros pies han tocado la bendita tierra. A los canarios, obligados como estamos a viajar por los aires, nunca nos extrañó que el Papa Juan Pablo II, en sus visitas por el mundo, nada más bajar por la escalerilla, se lanzara a besar la tierra como un poseso. Tentada he estado yo de hacerlo más de una vez después de un zarandeado vuelo.

Esta semana pasada he pensado en que muchos habrían usado la frase familiar -de conocerla- después de ver las perrerías que el destino ha hecho con el mundo. Lo deben de haber dicho los 168 pasajeros del avión turco que derrapó en el asfalto mojado de la pista del aeropuerto de Trebisonda y se cayó por una pendiente hasta quedar embarrancado cerca del mar (en la imagen inicial). Imagínenselo, el morro hundido, la cola levantada, humo, olor a gasolina, y la gente horrorizada, gritando y tratando de pasar por encima de los demás. No hubo muertos ni heridos, pero no me digan que no es para decir, ya en tu casa cuando se lo cuentes a familia y vecinos, un aliviado "Desta escapemos".

Lo tienen que haber seguido diciendo los hawaianos que recibieron en sus móviles un mensaje del servicio de alertas oficial que, en mayúsculas, rezaba: "Amenaza de misil balístico en dirección a Hawai. Busque refugio de inmediato. Esto no es un simulacro". También el aviso interrumpió la programación de televisión y radio.  La Agencia de Emergencias tardó 10 minutos en Twitter y 40 en los móviles en avisar de que era una falsa alarma. En ese intervalo angustioso, unos buscaron refugio para los niños, otros se pusieron a rezar, otros se despidieron de sus seres queridos... ¿Dónde puede uno esconderse ante un caso así? Un jugador de golf, que participaba allí en un torneo, tuiteó: "Estoy debajo de colchones metido en la bañera con mi mujer, mi bebé y mis suegros. Por favor, Señor, que la amenaza no sea real". Lo menos que se puede decir después, tras maldecir en arameo al causante del desaguisado, es "Desta escapemos".

Y "desta escapemos" podríamos decir nosotros ante desastres que por ahora no nos tocan, como los dos ciclones que amenazan la isla de Reunión (donde vive el hijo de mi amiga Esther), o las bombas invernales que están dejando a los que viven en el norte de Europa con los pelos como carámbanos. Es como si a una pandilla de dioses chiflados les hubiera dado por jugar al pimpampum con los humanos y estuvieran todo el rato: "¡Ahí te va una ciclogénesis! ¡Pim! ¡Ahí, una artrosis! ¡Pam! ¡Ahí, la última ocurrencia de Trump buscándole las cosquillas al coreano! ¡Pum! ¡Y vengan accidentes, rupturas, pérdidas, miserias...!". Y nosotros, viéndolas venir y hurtando el cuerpo a  ver si no atinan.

Fernando Savater, en un homenaje que le hicieron en la Feria del Libro de Guadalajara (México), decía: "Una persona libre nunca se pregunta esto que oímos siempre. '¿Qué va a pasar?'. Las personas libres tienen que preguntarse: '¿Qué vamos a hacer?'". Así que, siguiendo sus sabios consejos, esta semana de catástrofes, he hecho lo que debía: recrearme con mi casa, mis lecturas y la gente que quiero. Y rogar por que ante lo inevitable podamos seguir diciendo"Desta escapemos". Y si no, que los dardos del destino nos encuentren disfrutando.

lunes, 15 de enero de 2018

Pottermanía




Ustedes saben que me gustan mucho los libros de Harry Potter de J.K.Rowling. Y si no lo saben, se lo digo ahora: me encanta todo ese universo mágico desde que, allá por el año 1999, mi hija me regaló el primero y me quedé enganchada para siempre. Desde luego no se me ha ocurrido jamás vestirme con capa y sombrero puntiagudo, como hacen los miles de fans en las largas colas que se forman para comprar los nuevos libros (un fenómeno editorial nunca visto y que viene a desmentir eso de que ahora no se lee). Pero sí que he leído y releído todos los libros y los he recomendado muchas veces. Tengo hasta un artículo publicado en la Revista del Instituto en el año 2001 (cuando aún ni habían salido sino 3 tomos de los siete que forman la saga, ni se habían llevado al cine), en el que animo a leerlos porque nos divierten, entretienen y nos cuentan una buena historia, los ingredientes que todo buen libro necesita, desde el Quijote hasta "El Señor de los Anillos". Recuerdo que años después le llevé el primer tomo a un amigo que estaba ingresado en el Hospital y, no solo se lo leyó en un solo día, sino que me pidió los demás y se los fui llevando día a día hasta que se los terminó en una semana. No hay mejor antídoto frente al aburrimiento.

Los libros de Harry Potter gustan a grandes y a chicos porque Rowling ha tenido la sabiduría de reunir en ellos toda la magia y el encanto de los cuentos infantiles y de la literatura fantástica. Además de las tramas que cada vez se hacen más inquietantes y adictivas, hay hechizos y encantamientos, espejos mágicos, laberintos, escobas voladoras, pociones, varitas mágicas, capas que te hacen invisible, cuadros cuyos personajes se mueven y se van a visitar al de al lado. Aparecen animales y seres que solo existen en sueños y en leyendas de otros tiempos, como los grifos, los unicornios, los fénix, los centauros, los dragones, los hombres-lobo, las sirenas, las mandrágoras, los vampiros, los trols, los fantasmas... Hay reminiscencias de Úrsula K.Leguin en ese Castillo de Hogwarts, lleno de pasadizos secretos y de habitaciones escondidas y cambiantes; y de Tolkien, en el Sauce-boxeador y en la araña gigante Aragog (tan parecidos al Viejo Hombre Sauce y a Ella-la-Araña de "El Señor de los Anillos"). Y hay humor, mucho humor.

Este año los Reyes Magos, que me conocen bien, uniendo mis dos aficiones me han regalado el libro "Harry Potter y la Filosofía (Hogwarts para muggles)" de Gregory Bassham y William Irwin. En aquellos lejanos tiempos en los que daba clase, con el propósito de fomentar la lectura, encargaba a mis alumnos de Ética y de Filosofía un trabajo de fin de curso que consistía en que se leyeran un libro, cualquier libro que quisieran, y en el último mes expusieran sus temas éticos y filosóficos, convencida de que todos los libros los tienen. Y "Harry Potter" no podía ser menos.

Lo estoy leyendo con calma en estas tardes frías de mantita y chimenea y me estoy encontrando con los temas eternos de la filosofía: la libertad y el destino, la identidad, el amor, el ansia de poder, el bien y el mal, el conocerse a sí mismo, la educación, la muerte y el sentido de la vida... Me lo estoy pasando pipa.

En el primer capítulo del primer libro, "Harry Potter y la piedra filosofal", la profesora McGonagall le dice a Albus Dumbledore, el director de Hogwarts, refiriéndose a nosotros los muggles (es decir, a personas que ignoramos todo sobre brujos y magos que viven en un mundo paralelo): "¡Esa gente jamás comprenderá a Harry! ¡Será famoso... una leyenda... no me sorprendería que el día de hoy fuera conocido en el futuro como el día de Harry Potter! Escribirán libros sobre Harry... Todos los niños del mundo conocerán su nombre." Tal vez, después de estos 20 años desde que se publicó por primera vez la saga de Rowling, podríamos decirle que comprendemos a Harry (un personaje inteligente y valiente, pero que también pasa miedo y mete la pata y está triste a veces y es humano, sobre todo), que forma parte de nuestro horizonte literario y que apreciamos sus libros como el clásico que ya es. Y, en efecto, todos los niños (y los grandes) del mundo conocen su nombre y se emocionan con su historia, ya desde el brindis del final de ese primer capítulo: "(Harry Potter) no podía saber tampoco que, en aquel mismo momento, las personas que se reunían en secreto por todo el país estaban levantando sus copas y diciendo, con voces quedas: '¡Por Harry Potter... el niño que vivió!'.".

lunes, 8 de enero de 2018

Si se calla el cantor...




Mi amigo Fernando, que es de El Bierzo, esa comarca de grandes bosques y antiguas tradiciones, cada vez que viene por aquí nos hace unas queimadas que te puedes morir. La otra noche en su casa lagunera, alrededor de una  –los reflejos azules del fuego en ese juego de vaivenes hipnóticos-, hablamos de cosas de antes, como a veces nos pasa, y él nos contó que, cuando era niño, era muy corriente que los hombres en el monte o en las huertas cantaran. Al segar, al arar, al recoger las cosechas… en el aire limpio de su pueblo se oían los cantos, bien de un cantor o bien de varios, como un acompañamiento natural al trabajo manual. Sin embargo, ya desde hace muchos años, cada vez que vuelve, no los ha vuelto a escuchar nunca más, como si ese aspecto musical hubiera desaparecido completamente del comportamiento habitual de los campesinos.

Los demás que le escuchábamos, a pesar de ser urbanitas, también hemos oído hablar siempre de los cantos de siega y trilla, de los de arada, de los de vendimia…, canciones de trabajo originadas en las faenas del campo que pueblan el cancionero popular desde hace siglos. En la zarzuela “La Rosa del azafrán” , por ejemplo, se oye “Cuando siembro voy cantando”. Pero por lo que se ve, ya eso no es lo habitual ¿Por qué no? -se preguntaba Fernando-  ¿Es que antes eran más felices?

Más tarde he recordado un artículo de Manuel Vicent en el que, abundando en lo mismo, también afirmaba, pesimista, que “los albañiles ya no cantan en los andamios”. Las razones que él exponía iban más allá del miedo a perder el trabajo o de que se les hubiera acabado el repertorio de pasodobles. Significaba para él que “en este país se ha pasado página al libro de la historia. Había miseria y dictadura cuando en cada bastida un paleta o algún peón canturreaba las coplas de Antonio Molina o de Juanito Valderrama (…) En efecto, eran tiempos duros, de odio y de anís del Mono, pero desde la posguerra se estaba abriendo de forma inexorable un compás hacia el optimismo, el mismo que ahora parece cerrarse.” El silencio de los andamios para él se corresponde con el de los patios de vecindad “donde las criadas vertían las coplas de la Piquer”. Hoy nadie canta mientras trabaja ¿Será que la vida ya no está para coplas?

No tengo respuesta para eso y no sé si alguien la tiene. Pero  –ya conocen mi vena positiva-  pienso que no todo está perdido. Mucha gente que conozco y a quien he preguntado me dice que siguen cantando, igual que hacía mi madre mientras hacía las tareas de casa. Algunos en la ducha, ese sitio que, por lo visto, tiene connotaciones musicales porque despierta hasta vocaciones operísticas; otros, mientras hacen algo con las manos: limpiar, ordenar, fregar la loza…  Tengo una amiga que canturrea siempre, incluso mientras va por la calle, y yo, este domingo por la mañana, cuando recogía el árbol y guardaba en la caja las figuras del nacimiento, me oí a mí misma cantando lo de “Brindo por las mujeres que derrochan simpatía…” unas cuantas veces. Y da igual si cantamos bien o mal, si nos sabemos la letra o nos la inventamos, si las canciones hablan de amor o de si Tenerife tiene seguro de sol. El caso es que la música nos sigue acompañando porque es una puerta abierta al optimismo.

Espero sinceramente que labradores y albañiles recuperen el tono. Porque ya lo decía Horacio Guarany:

“ Si se calla el cantor, calla la vida
porque la vida, la vida misma es todo un canto.
Si se calla el cantor, muere de espanto
la esperanza, la luz y la alegría…”

Que no calle el cantor.

(La imagen inicial de los segadores es de Vicent Van Gogh y está en el Pushkin Museum de Moscú)

lunes, 1 de enero de 2018

La gente está loca




Y que conste que no lo digo yo sola, sino que es vox populi. Seguro que desde el albor de los tiempos ya lo decían los vecinos del que se dedicó a embadurnar paredes con machanguitos en las cuevas de Altamira. Astérix y Obélix lo repetían a propósito de los romanos. Y hoy basta echar una ojeada a los periódicos y al entorno, para que eso de que "la gente está loca" sea una frase citada como un mantra por todo el mundo refiriéndose no a locos oficiales, no, sino a personas que se supone que son "normales".

Por ejemplo, ¿sabían ustedes que Dan Brown, el de "El código Da Vinci" se cuelga cabeza abajo atándose por los tobillos para evitar lo de la página en blanco y para hacer que le venga la inspiración? ¿O que en Corea del Norte solo hay 18 estilos de corte de pelo autorizados para las mujeres (y entre ellos no hay ni un mísero moño)? O una noticia de hace años que me extrañó. Contaban que François Hollande llevaba la corbata torcida en el 40% de sus apariciones públicas. Entiéndanme, no me extrañó eso, ya bastante difícil es atarse la corbata o tener que ponérsela porque sí en determinadas ocasiones. No, lo que me dejó pasmada es que haya gente que se entretenga en contar las veces que a una persona se le tuerza la corbata e, incluso, que hagan una clasificación del 1 al 5 a ver cuándo estaba más y cuándo estaba menos. La gente está loca.

Con lo animado que ha estado el panorama político en el último trimestre del año, es una frase que he oído a los dos bandos enfrentados en el disparate catalán. Pero encuentras más cosas: la denuncia de una madre a la profesora de su hijo porque en la función de navidad las niñas tenían faldas con estrellitas y así brillaban más que los niños que solo tenían una estrella en la camiseta; o el pifostio que le armaron a Lewis Hamilton porque se le ocurrió decir a su sobrino que los niños no se vestían de princesa, por lo que tuvo que pedir perdón públicamente y darse de latigazos virtuales; o el fichaje de jugadores de fútbol por 85 millones de euros mientras se lanzan cohetes porque el salario mínimo suba a 850 euros; o que una activista de Femen, desnuda, tratara de robar el niño Jesús del Belén de la Plaza de San Pedro. Y hay quien propone suprimir los fines de semanas para trabajar todavía más ("El fin del finde" se titulaba el artículo en el que lo leí) ¡Señoooor, la gente está loca!

Y, para rematar el año, en este mes en el que se ha comido, bebido, comprado, fiesteado... en exceso, todo el mundo se lanzó ayer a correr por esas calles como posesos a los que perseguía el diablo en las carreras de San Silvestre. Hasta mi yerno y mi nieta mayor participaron, con 40.000 personas más, en la de Madrid, con este frío (9º) y sin ninguna necesidad. Fatal.

¿Siempre hemos sido así los humanos? ¿O ha habido un momento en que se nos ha ido el baifo, como decimos aquí? Jorge Luis Borges tiene una frase que dice: "En aquel tiempo buscaba los atardeceres, los arrabales y la desdicha; ahora busco las mañanas, el centro y la serenidad". A estas alturas de mi vida, hoy que es el primer día del año 2018, solo me quedaría con una de sus búsquedas: me gustaría, si es posible, que el nuevo año nos cogiera un poquito más serenos, por favor.

martes, 26 de diciembre de 2017

Portadas que abren mundos




Hace poco me encontré con una portada que me sorprendió, a pesar de ser la de un libro archiconocido, "Mansfield Park" de Jane Austen. El autor de la portada es Fernando Vicente, un ilustrador que confiesa disfrutar con el proceso de ilustrar un clásico, "tanto de la lectura como de dar vueltas sobre algo conocido o de buscar documentación".  Y eso se le nota. 

Los lectores de "Mansfield Park" muchas veces se quedan con que es la historia de la pariente pobre, Fanny Price, que ocupa un segundo plano en la vida de su aristocrática familia y que, cuando esa vida se agita con la llegada de una elegante y superficial pareja de hermanos, ella no se deja influir y es el anclaje. los principios firmes, el discernimiento claro. Pero además Fernando Vicente, con esta portada, va más allá y muestra a Fanny Price perdida en un laberinto, y me obligó a mí a releer el libro con sus ojos y a centrarme en la presión que ella recibe, incluso por parte de los que la quieren bien, para hacer lo que no quiere hacer: casarse con un buen partido, un hombre seductor, rico y agradable que además está muy enamorado de ella, y en un momento y entorno social en el que el matrimonio es la mejor, y a veces la única, solución en la vida. En la portada hasta en el cuello se ve la tensión de ella al ver que no hay salida.

Me encantan esas portadas de buen lector e ilustrador, que se alejan de clichés y que te invitan a disfrutar de lo que hay detrás de ellas. Y sin embargo, hace poco leí un artículo sobre portadas de Víctor Selles, en el que dice que lo que importa en ellas es que sea un reclamo publicitario y que "Esto se consigue con clichés. Se logra con colores pastel en las novelas románticas y naves espaciales con planetas al fondo en el caso de la ciencia ficción. Se consigue con fotomontajes para la literatura juvenil e ilustraciones para la infantil, y con el mismo cuadro de Hopper de la mujer bañada por la luz de media tarde para la ficción literaria". Como lectora, no estoy muy de acuerdo. Cuando daba clase, muchas veces animaba a mis alumnos a que cuidaran la presentación en sus trabajos. Les decía que igual que un plato con una gracia por aquí o un perifollo por allá anticipa el disfrute, un trabajo sin faltas, bien escrito y con una ilustración original, predispone a su favor a quien lo tiene que calificar. Lo mismo pasa con la portada de un libro: es el primer paso, el umbral para que esperemos con expectativas burbujeantes lo que va a llegar después. Que igual es un churro y una decepción, pero también, por qué no, puede responder a nuestras esperanzas y nadie nos quitará esa gloriosa entrada en un mundo nuevo.

Esta semana en la que finalizamos un año como quien cierra un libro (un libro un poco caótico este 2017, todo hay que decirlo), abramos el próximo con una portada más conciliadora, más acorde, estoy segura, con lo que casi todo el mundo espera. Yo haría esa portada a 2018 con los bellísimos versos que el poeta José Miguel Junco Ezquerra ha publicado estos días:

"Ojalá que se ponga por su lado más cóncavo de tu parte la vida
y que en esa hondonada se prodigue el abrazo
y se fundan de veras con tu sangre otras sangres
y al convite se sume con su canto un jilguero
y el dolor te sea leve y la paz sea contigo."

Feliz año.


lunes, 18 de diciembre de 2017

Los meneos de la vida




La semana pasada ha sido bastante agitada para mí. Por una parte, por la vida social propia de estas fechas que se traduce en comidas, cenas, celebraciones, encuentros, compras...; y luego en más comidas, más cenas, más celebraciones, más encuentros y más compras. Por otra parte, por el borrascón que nos ha pasado rozando y que, pese a responder al bello nombre de "Ana", ha tenido más bien el talante de una "Tremebunda". En esas andábamos cuando mis amigas y yo decidimos ir el martes a Las Palmas (ida y vuelta el mismo día) a comer en casa de Eli, que vive frente al mar.

Si por algo protesto de vivir en una isla es que a cada rato hay que coger el avión. Nada de ir por barco a la isla vecina viendo lo temperamental que se nos puso "Ana" (hablaban de olas de hasta 7 metros, válgame el cielo). Pero tampoco los aires estaban lo que se dice tranquilos y ahí nos ven sufriendo sacudidas, vaivenes, yenkas y chachachás. Menos mal que yo iba sentada al lado de mi amiga Úrsula, que es la serenidad en persona, y que viendo que yo me iba poniendo lívida por momentos, me dijo: "¡Pero si esto es como subirte en un tobogán!". Ahí fue cuando le tuve que confesar que yo tampoco me subo ni nunca me he subido en toboganes, ni en norias, ni en aparatos de esos mefistofélicos en los que se oye gritar a la gente por los aires. Miento, sí me monté una vez en una noria, la del Prater de Viena, pero es que, aparte de hacerle los honores a la película "El Tercer hombre", iba tan despacio que solo parecía una agradable vuelta a la manzana.

Parece haber en algunos seres humanos la tendencia a buscar el peligro (bórrenme a mí de esa lista) ¿Han visto una atracción que se llama "El martillo"? No es normal que te pongan cabeza abajo a no sé cuantos pisos de altura (sé de una que se hizo caca del miedo cuando se subió). Y hay otra atracción que es un ascensor bajando a toda velocidad, que hace que el cerebro casi se te desprenda y llegue al techo, y que, por raro que parezca, hay a quien le encanta. No tengo ni idea de cómo puede haber personas que ¡hasta paguen! por semejantes torturas.

Y eso que, si se fijan, la vida es también como una noria, una atracción de feria que te da momentos de subidón y otros de bajona. Si repaso lo vivido esta semana, ahí están los subidones de los encuentros con los amigos y con la familia (casi uno cada día), o la alegría de oír en el programa "El Foco" de Televisión Canaria a dos de mis ex-alumnos -tan creativos y brillantes-, uno, el periodista Roberto González, entrevistando al otro, el actor Álex García. Y las bajonas, la preocupación por una amiga muy querida a la que operaron de un tumor el viernes, o el catarrazo que me ha tenido en un moqueo continuo nada sexy (otra vez "Ana" y sus fríos haciendo de las suyas...).

Y es que la vida ya tiene suficientes meneos como para calmar nuestra sed de aventuras y la llamada de la selva que nos convoca ¿A qué buscar fuera peligros de pacotilla? Como dice mi marido, que es también un hombre tranquilo. "¡Qué necesidad!".

lunes, 11 de diciembre de 2017

Tiempos Heroicos




Hay un dicho, creo que de Alfonso X el Sabio, que reza:  "Viejos leños para quemar, viejos libros para leer, viejos vinos para beber, viejos amigos para conversar". Si ustedes se identifican con esta cita es porque también han vivido Tiempos Heroicos, unos tiempos que siempre salen a colación cuando nos reunimos esos viejos amigos (a lo mejor, mientras nos tomamos uno de esos viejos vinos y hay un viejo leño quemándose en la chimenea). Los Tiempos Heroicos pueden ser la mili, o el tener que ir caminando de Vallehermoso a Valle Gran Rey a través de las montañas (como me cuenta mi amiga Consuelo), o la guerra para nuestros mayores, o los primeros años en que nos buscamos la vida lejos de la protección de nuestros padres...

Esta semana cenamos en casa de Miguel Ángel, uno de esos viejos y queridos amigos. Mientras comíamos una carne a la piedra en el bello comedor acristalado de su casa guamasera -noche de luna llena sobre el césped y el perfil sombreado del Teide al fondo-, mi marido y él (ante el regocijo de Ana, su pareja, y mío) rememoraban los Tiempos Heroicos en los que compartieron la carrera de Físicas en Madrid y, sobre todo, la estancia en el Colegio Mayor San Juan Evangelista.

El San Juan, el Johnny para todos, entonces, allá por el año 66, ni estaba terminado. El director reunió a los 400 alumnos que estaban apuntados y les dijo que les habían cortado los créditos y que, si ellos aceptaban pagar las mensualidades y vivir allí en las condiciones precarias en que estaba el colegio, tal vez podrían seguir adelante y sobrevivir. De los 400, sólo ciento y pico valientes dijeron que sí y empezaron el curso 66 en noviembre, con las escaleras en construcción, sin calefacción ni agua caliente. No había ascensor, ni cafetería ni comedor, y ni, mucho menos, canchas. La habitación solo tenía la cama y el armario, pero sin baldas ni gavetas. No estaba ni la mesa ni la silla ni las estanterías que tan necesarias son para estudiar. Los cristales de las ventanas estaban con los papeles pegados y sucios de la obra, que ellos tuvieron que despegar y limpiar. El Johnny fue el primer colegio que instauró el autoservicio: nada de personal de limpieza, sino que eran los propios alumnos los que limpiaban su habitación y se lavaban su ropa, incluida la de la cama. Ese año pasaron más frío que vergüenza, pero el Colegio se terminó y se inauguró oficialmente en el curso 67-68.

Pero incluso así, el San Juan tuvo desde ese inicio intrépido el sello que lo caracterizó siempre: una vida cultural plena que lo convirtió en uno de los espacios de libertad del Madrid de la época. Miguel Ángel, que fue uno de esos ciento y pico fundadores (mi marido llegó un año después), recordaba ver ese año a Nuria Espert, sentada en una de las salas (supongo que bien abrigada, eso sí), recitando las "Nanas de la cebolla" de Miguel Hernández. Otra vez fue Ramón Tamames, que hizo una crítica encendida al capitalismo, con lo cual inmediatamente se pidió que fuera un banquero a defenderlo. Todas las charlas acababan en diálogo, en exposición de otras ideas, en nuevas preguntas y no se aceptaba nada porque sí. Se veían películas que estaban superprohíbidas (yo vi allí "El acorazado Potemkin" de Eisenstein, que por otra parte me aburrió) y, al lado de portería, había un punto de venta de libros que no encontrabas en ningún otro sitio (no necesariamente "peligrosos": Neruda, sin ir más lejos). Mi marido y yo recordábamos que fue en el San Juan, en el año 70, auspiciado por el Club de Música y Jazz del Colegio, donde oímos uno de los primeros festivales de jazz de España. Allí estaban Teté Montoliú, Donna Hightower, Pedro Iturralde... Una gozada.

Fue una noche memorable, para recordarla y para recordar Tiempos Heroicos. Sí es verdad que parecíamos los abuelos Cebolleta, resucitando hechos de hace 50 años que, sin embargo, no veíamos muy lejanos. Un Tiempo Heroico es siempre aquel en que hicimos cosas que ahora no haríamos, ni siquiera con una pistola en el pecho. Pero qué bueno es saber y recordar que alguna vez las hicimos y, sobre todo, que nos lo pasábamos pipa haciéndolas.

(En la foto inicial, el Colegio Mayor San Juan Evangelista. El Johnny para los amigos)
google-site-verification: google27490d9e5d7a33cd.html