lunes, 26 de septiembre de 2016

El final del verano llegó y tú partirás...




Ahora que ya el verano se ha diluido como la crema bronceadora en la piel, ahora que ya no salimos al fresco de la noche a ver estrellas, ahora que el otoño se nos ha echado encima y el invierno está ahí mismo, noto en todos (sobre todo, en los de mi generación) una mirada melancólica al verano que se ha ido y, de paso, a todos los demás veranos que se pierden en la memoria con su distinta longitud: largos, los de la infancia y, cada vez más cortos, los actuales. "Confiados al sol y a las noches de estrellas -se lamentan con el poeta Felipe Benítez Reyes- , / ¿quién diría que ahora oiríamos la lluvia / nuevamente, venida de improviso, cayendo sobre el mar?".

Al que más al que menos, les da la vena poética y filosófica y hablan de la fugacidad del tiempo y de todo aquello tan preciado en esta estación que parece estar huyendo y derramándose a toda prisa, como arena entre las manos. Hablan de las nubes de verano ("reventado clavel blanco y distante, / lepra inversa del cielo sois vosotras, / altas nubes de junio", las llamaba Vicente Gallego); de las canciones y verbenas de otros tiempos, y, por supuesto, de amores de verano que, en estíos lejanos, nos dieron serenatas a la luz de la luna y nos acompañaron en bailes y en zambullidas en el mar. Todo adquiere valor porque participa de lo efímero.

Por eso, tal vez, siempre pintamos el verano con palabras sublimes y los más bellos trajes; "Reverberaba el sol, las piedras restallaban, los pámpanos erguían sus hojas combatientes, su densa sombra lenta adormeciéndonos. Ardía el mundo, nosotros más que el mar" (Luis Feria). O "El verdor se vistió de llama y de presagios / y el aire fue temblor / de abiertas mariposas y de músicas" (Justo Jorge Padrón). O el retrato que le hace Manuel Machado, tan pespunteante, como un pájaro que picotea una flor:
Frutales
cargados.
Dorados
trigales...
Cristales
ahumados.
Quemados
jarales...
Umbría 
sequía, 
solano...
Paleta 
completa:
verano.


Pero, por más que los poetas lo canten, por más que recordemos pasadas vacaciones que transcurren como un soplo, por más que hablemos hasta de síndromes postverano de aquel que echa de menos el dulce no hacer nada, si lo piensan bien, esta percepción tan bella del verano no es más que un espejismo, una imagen falsa adornada con tópicos. Porque el cielo seguirá brindándonos todo el año el espectáculo de las nubes viajeras "como pañuelos blancos de adiós", que decía Neruda; las canciones seguirán cantándose cada vez que los que las oíamos nos reunamos con una guitarra y la alegría -o la melancolía- en el cuerpo (50 años después  todos recordamos la letra de la canción que hoy puse de título, "El final del verano" del Dúo Dinámico); los ratos de pereza y plenitud pueden ocurrir en cualquier momento (y si no, hay que buscarlos); y los amores de verano... ¡ay! amores de verano los hay que han durado 50 inviernos.

¡Oh! locas apariencias,
sueños vivos que cada cual se lleva
como un mágico velo transparente
tan igual a la nada, diadema
de un fulgor ceniciento ¿quién te ciñe
cada año en sus sienes, sin pesares.
sin esas roeduras que corrompen
el breve corazón? Pasan las horas,
mas el hombre está solo entre esos fuegos
que giran fatuos su inasible llama.
("Las estaciones", Juan Gil-Albert)



lunes, 19 de septiembre de 2016

Un hombre serio




Siempre me han gustado los hombres serios. Los chicos que me hicieron tilín en mi adolescencia no eran los típicos bromistas que contaban chistes jajaja todo el rato, sino tipos serios a los que les gustaba saber quién era yo y me escuchaban. No les faltaba, eso sí, el sentido del humor. Y, cuando llegó el hombre de mi vida con el que llevo 51 años, también él era un chico serio. Esto no fue obstáculo para que, cuando me vio por primera vez sin conocerme de nada, desde el fondo de la guagua a la que yo acababa de subir, me regalara una sonrisa.

En el cine mi actor favorito no era Jerry Lewis (aunque me hacía mucha gracia), sino el Gregory Peck de "Matar un ruiseñor", "Vacaciones en Roma" u "Horizontes de grandeza". Y en la literatura también me atraían tipos como el Mr. Darcy de "Orgullo y prejuicio" (luego genialmente interpretado por Colin Firth en la serie de la BBC), el conde Pierre de "Guerra y Paz" o el Trancos-Aragorn de "El Señor de los Anillos". Es decir, no los atormentados (como el Heathcliff de "Cumbres borrascosas", por ejemplo), sino aquellos que, aun siendo serios, saben sonreír e iluminarte la vida.

Por eso, me gustan los protagonistas de los libros de Mónica Gutiérrez. Mónica es una escritora catalana a la que tengo el placer de conocer, primero virtualmente por su blog Serendipia que durante años me ha deleitado con sus recomendaciones de libros, tan cercanos a mis apetencias; y después, personalmente, cuando fui con mi hija a Barcelona hace un par de años y pasamos una tarde muy agradable con ella, hablando de la vida y sus cosas.

Ha escrito tres libros que me han encantado: "Cuéntame una noctalia", del que ya hablé aquí, "Un hotel en ninguna parte", y el recién salido (editado por Roca) "El noviembre de Kate". A este último le he dado ahora la máxima nota en Amazon, porque es un libro que, aparte de que está escrito con una extraordinaria sensibilidad, tiene de todo para pasar un rato estupendo: una historia de planes de venganza que traman tres amigos en un bar escondido, una chica que no ha encontrado su lugar en el mundo, un programa de una emisora de radio de los que me gusta escuchar, un toque de humor que sobrevuela toda la historia, unos personajes reales como la vida misma: algunos, odiosos (como un jefe que nunca escucha ¿les suena?) y otros, encantadores, como unos indistinguibles gemelos de 6 años, fans de las tortitas...

Y sobre todo, el libro posee las dos características comunes a las novelas de Mónica: un lugar para refugiarse cuando el exterior se vuelve tormentoso (en este caso, el acogedor caserón de un carpintero jubilado que está aprendiendo a hacer pan) y unos atrayentes protagonistas, que dan nombre a cada capítulo: Kate, la joven con zapatos de bruja y largas bufandas de colores, y Don, el hombre serio y preocupado que sabe -él también- regalar una sonrisa. No pude evitar recordar a Gioconda Belli  que, cuando habla del hombre ideal, dice: "Las piernas también son importantes, pero les perdonamos las torceduras, lo tosco, las imperfecciones, si al encontrarnos con la boca, vemos una sonrisa en la que poder confiar y unos ojos que nos aseguren la mañana.".

Así que celebremos el que podamos disfrutar de esta joyita de libro y, al igual que Kate y su amigo Pierre, el barman, que siempre saben por qué brindar (¡Por las aceitunas sin hueso! ¡Por las buhardillas! ¡Por los románticos muertos!), alcemos ahora una copa de vino y brindemos, aquí también, ¡Por el noviembre de Kate! ¡Y por los hombres serios!






lunes, 12 de septiembre de 2016

¡No le queda nada!




Esta semana mi nieta pequeña, con 3 años, ha empezado el colegio. La noche anterior ella, muy ufana, me enseñó su uniforme, planchadito y colgado en la percha; y, al día siguiente, sus padres, que se pidieron el día libre (como tiene que ser para un evento tan importante), la acompañaron, como a una reina, a su primer encuentro con la dura realidad. Le hicieron fotos antes de entrar, toda sonriente, e incluso después en la clase, desde la puerta. Pero allí. sentada en una mesa con otros tres niños, a todos se les veía serios, perdidos y tan pequeños como a ella.

¡Me gustaría decirle tantas cosas! Que no se asuste si ve a otros niños llorando, porque los lloros y el primer día de colegio van juntos en el mismo paquete, como el turrón y las navidades. Le contaría, para que se riera, que mi hermano, su tío-abuelo, se hinchó a llorar gritando. "¡¡¡Que yo no sé ni la o!!!" cuando entró en ese mismo edificio en el que ella está ahora; que su padre interpretaba de niño el numerito desgarrador de Marco (el niño de "De los Apeninos a los Andes") con lo de "¡No te vayas, mamá! ¡No te alejes de mí!...". Y que ellos, como todos, a la semana ya ni se acordaban de padres, madres ni de la santa compaña.

Me encantaría, para instruirla en todas las posibilidades que le esperan, que pudiera leer los libros de Guillermo el proscrito y de sus amigos Douglas, Enrique y Pelirrojo (Richmal Crompton), que en el colegio batallan con entusiasmo contra profes y asignaturas ("Me pone furioso - dijo Guillermo- eso de que los mineros tengan sindicatos y huelgas y cosas para no tener que trabajar demasiado y que nosotros tengamos que seguir trabajando hasta agotarnos"). O los libros donde Goscinny y Sempé nos hablan del pequeño Nicolás y sus también compañeros de colegio: Alcestes (el que come todo el rato), Eudes (que da mamporros en las narices) o Agnan (el ojito derecho de la maestra)... O el libro "Abajo el colejio" de Ronald Searle, que está lleno de faltas de ortografía y que echa pestes de los direztores, de las comidas, de las torturas... Bueno, éste, mejor no.

Pero sí que le diría que ¡no le queda nada! Le diría, para abrirle los ojos, que ahora empieza un largo recorrido en el que tendrá que aprender cosas que le importan un rábano y que olvidará con la misma rapidez; que habrá profes a los que odie (pero de los que contará anécdotas cuando sea mayor); que, igual que un soldado que va pasando por un campo de minas, tendrá que sortear pruebas, exámenes y, si Dios no lo remedia, reválidas; que sabrá lo que son las injusticias (¡pero, profe, yo no fui!) y las deslealtades (¡pues ahora no me ajunto contigo, hala!)...

Pero también le diría, para animarla, que en ese camino se va a encontrar con libros maravillosos con los que imaginar y disfrutar; que habrá profes que la entusiasmarán; que aprenderá lecciones que nunca va a olvidar; que sabrá también lo que es la justicia y la lealtad; y que se va a encontrar ahí, en el colegio, a muchos de los amigos que la acompañarán en la vida. Le contaría que ese primer día, hace 62 años, conocí a Conchi, a Dulce y a Ani, que hoy todavía son mis amigas. que luego fui encontrando a las demás, y que ella sabrá, como yo lo sé, lo bueno que es que se pueda contar con quienes te conocen desde siempre.

Pero nada de todo esto le diré, claro. Ya lo irá ella averiguando: en el fondo, es un portentoso viaje de descubrimiento el que empezó esta semana. Esa tarde, cuando llegó a casa, le pregunté si le había gustado. Me dijo que ¡sí!, que había estado con su amiga Martina y que había hecho un sol de plastilina. No me pareció mal: hacer con una amiga un sol de plastilina puede ser el comienzo de una hermosa amistad. Como Armstrong, en teoría un pequeño paso. Pero en la práctica, un extraordinario camino por recorrer.


lunes, 5 de septiembre de 2016

Una lavada de coco


Cuadro de mi hermana, Chari Duque, con barcas a punto de irse a pescar cabrillas.

"Mira, te voy a contar lo que le pasó a mi amiga Milo, que, como ya sabes, es una pintora fantástica que, allá donde va, lleva los bártulos de pintar, no sea que vea un paisaje maravilloso y se quede sin inmortalizarlo por falta de material. Esa vez que te cuento resulta que fue a la Gomera y descubrió, detrás del hotel, una palmera recortada frente a la montaña, de una belleza tal que los dedos se le fueron veloces a los pinceles y se puso a pintarla como una loca. Pero la tarde ya decaía y unos nubarrones siniestros la hicieron parar y decir: "Mañana, con mejor luz, sigo y termino el cuadro". Esa noche una tormenta de truenos y relámpagos estremeció a todo el pueblo y a la mañana siguiente, limpia la atmósfera y con una claridad sorprendente, Milo volvió a su cuadro inacabado, a sus pinceles y a su palmera ¿Palmera? Ya no había palmera. La tormenta acabó con ella y, a lo mejor, con una obra maestra.

Mi hermana Chari (ya sabes que también pinta), cuando se lo conté, me dijo que eso mismo le pasa a ella también, pero con las barcas en La Graciosa: pinta un paisaje marino, tan chulo él, con sus olas, sus gaviotas y sus barcas; pero, si se entretiene un poco, retocando un toque de azul por aquí o un toque de gris por allá en una barca, cuando levanta la vista para mirarla mejor, ésta ya ha cogido rumbo a pescar cabrillas o viejas, "Con decirte -me explica- que lo primero que pinto a todo meter en esos cuadros son las barcas, no sea que se me vayan, y, luego, el entorno, mar, cielo y toda la pesca...".

Así que ya ves, el tiempo huye, como decían los romanos que eran unos sabios (sólo que ellos lo decían más fino, tempus fugit, que sonaba más trascendente) y arrastra con él animales, personas y cosas que cambian rápidamente, como también decía Heráclito, otro sabio ¿te acuerdas? Sí, hombre, el de que "no te puedes bañar dos veces en el mismo río", porque la segunda vez ya son distintas las aguas y tú tampoco eres el mismo (dímelo a mí que lo pienso cada mañana cuando me miro al espejo). 

Si quieres, te puedo citar a más gente que habla de ese tiempo fugitivo y cambiador. A Quevedo (¡Cómo de entre mis manos te resbalas! ¡Oh, cómo te deslizas, edad mía!...), o a Sterne (Los días y las horas... vuelan por encima de nuestras cabezas como nubes ligeras de un día ventoso, para nunca más volver...) o a Julián Marías (Quisiéramos retenerlo y se escapa...). O, ya puestos, a mí, que te digo que las palmeras desaparecen sin ton ni son, las barcas se van con viento fresco, la nochebuena se viene, la nochebuena se va, y nosotros nos iremos y no volveremos más.

Por eso hay que aprovechar las ocasiones en que uno está todavía como una rosa perfumada maringá, coger la bola dorada de la oportunidad, el carpe diem de siempre que nadie te podrá arrebatar..."

Y a los que están medio moscas porque hoy me he puesto tan filosófica, les diré que todo este rollo, con citas incluidas, es lo que yo le estoy contando estos días a mi marido, que es la persona más casera del mundo, para convencerlo de que hagamos 2 o 3 viajitos antes de que termine el año, que para luego es tarde... Ya les contaré.

lunes, 29 de agosto de 2016

No sea burra




Me contaba hace poco una amiga que su hija cambiaba de lugar de vacaciones todos los años "para que sus niños no se aburrieran". Si les digo que me quedé perplejita cuando me lo dijo, no les miento. Y es que el aburrimiento se ha convertido en uno más de los siete pecados capitales, en la puerta a la infelicidad, en el azote de Dios. Un niño dice ahora que se aburre y allá que ves a los adultos, desalados, buscándole motivos de diversión: la tele, el cine, un parque temático, unas vacaciones, un castillo hinchable... Todo es poco para que los reyes de la casa tengan la felicidad garantizada. Ni un bostezo, ni una mano sobre mano, ni un minuto de tedio a solas.

Nada que ver, por supuesto, con lo que nos tocó a nosotros, los niños de antes. Si alguna vez le dije a mi madre (a la que nunca vi aburrida) eso de "me aburro", ella, usando el "usted de enfado", me decía: "Pues no sea burra". Así que calladita estaba más guapa, porque, además, corría el peligro de que siguiera diciendo: "Pero no te preocupes, que te voy a quitar el aburrimiento de un plumazo", Y allá que me endilgaba una lista de tareas pendientes: ordenar tu armario, hacer recados, terminar un bordado que empezaste hace siglos, recoger y doblar la ropa tendida en la azotea, regar las plantas, ayudar a pelar papas... Si, por un casual, seguíamos insistiendo, ya se nos llevaba al médico. No en vano el aburrimiento está emparentado con la melancolía, que según los antiguos griegos, era la "bilis negra". 

Cuando ya fuimos talluditas, a finales de los 60, mira tú por dónde, el aburrimiento fue una pose muy filosófica, muy existencialista, que se puso de moda. Sartre lo asociaba con "la náusea" y Juliette Greco, la musa de todos ellos, iba vestida de negro por la vida, con una cara de aburrirse muchísimo por allá abajo, en las cavas oscuras de Montmartre. Decir eso de que "la vida no tiene sentido" era lo más de lo más. 

Pero lo cierto es que no me acuerdo, ni de no encontrarle sentido a la vida, ni de aburrirme nunca. Y ahora, de jubilada, menos (ya les he dicho muchas veces que la vida de una jubilada es una vorágine). Repasando este agosto que se ha ido volando, ha sido un no parar. Esta última semana, por ejemplo, ha habido baños placenteros en el mar, un concierto de boleros precioso en la noche chicharrera, una cena con los amigos preparando un viajito próximo, un paseo por La Laguna viendo al mundo pasar, dos días con los hijos y los nietos en el sur, un libro leído y disfrutado, conversaciones interesantes con gente que me cae bien. He caminado todos los días una hora, he cocinado pan de nueces para casa y minisandwichs de tomate para llevar a una fiesta. He ordenado fotos, una zapatera y el armario de la ropa blanca. Me he reído con las gracias de mi nieta pequeña y he llorado con el terremoto que hubo en Italia... Simplemente, he vivido ¿Quién podría aburrirse? No tengo tiempo para ello.

Pero yendo más allá ¿y qué si no hay nada que hacer? Ana María Moix dice que el aburrimiento "puede constituir una puerta al mundo interior, al diálogo con uno mismo, a la imaginación, al descubrimiento de mundos sólo abarcables a través de la lectura, a cuantas experiencias únicamente podemos acceder en la más absoluta soledad". Así que ¿por qué tener miedo a aburrirse? Después de un agosto pletórico, me pido un septiembre vacío de acontecimientos, con su punto de aburrimiento y todo: el "dolce far niente", el dulce hacer nada, que dicen los italianos. Y tal vez haya entonces una tarde dorada, como aquella lejana en la que Alicia se aburría tejiendo una cadena de margaritas, en la que descubramos un conejo blanco que nos lleve a un País de las Maravillas.


lunes, 22 de agosto de 2016

Si pudiera escribir...




La semana pasada escribí mi post número 400, desde que empecé este blog hace ya 8 años, cuando me jubilé. 400 escritos hablando de lugares amables, de propuestas un poco locas, de alguna filosofada, de mi pueblo y alrededores, del yo y las circunstancias, de este país, de lo que las ciencias adelantan y de alguna historia de las de antes. 400 artículos en los que lo importante ha sido el diálogo y el buen humor generado al hilo de los comentarios de ustedes. 400 oportunidades de encontrarme con amigos que, aunque en muchos casos son virtuales, no por eso dejan de ser reales.

Tal vez sea hoy el momento de reflexionar y contestar a todos los que alguna vez me han dicho que por qué no escribo un libro con todo ese material (realmente quieren decir "con todo ese rollo que tienes"). Y la verdad es que tengo un montón de razones para no hacerlo. Una, es que ya hay demasiados libros; otra, que esto es un blog y no tiene nada que ver con una novela; una tercera, es que ya planté un árbol y tuve hijos y, aunque no he escrito un libro entero, sí he participado con artículos de mi especialidad en el "Diccionario Histórico de la Antropología española". de lo que me siento muy orgullosa. Digamos que ya cumplí con mi cuota para pasar a la inmortalidad (aunque, pensándolo bien, ¿quién quiere pasar a una inmortalidad de la que ni te vas a enterar?).

Pero principalmente no se me ocurre escribir un libro porque, sobre todo, yo soy lectora y siento un inmenso respeto por el trabajo de un escritor. Imre Kertész, el genial autor de "Sin destino", Premio Nobel de Literatura, decía que cada vez que leía a Kafka le daba vergüenza atreverse a escribir. Alessandro Baricco, el autor de la poética "Seda", confesaba en una entrevista que "algunas veces, si encuentro que algo es verdaderamente bueno, tengo la intención alocada de dejar de escribir porque otro escribe mejor que yo". Si ellos, que son los grandes, sienten eso, ¿cómo no sentirlo yo? El que más me ha gustado cuando habla de esto es el escritor portugués Lobo Antunes, que una vez dijo: "¡Ah, si pudiera escribir como Messi juega al fútbol...!".

Parafraseándolo, a mí también me dan ganas de decir:
Si pudiera escribir como Gustavo Dudamel dirige su orquesta...
Si pudiera escribir como Velázquez pintó el aire entre las lanzas y Leonardo, una sonrisa imposible...
Si pudiera escribir como Arzac cocina un bacalao al pil pil...
Si pudiera escribir como Paco de Lucía entretejía la música en las cuerdas de una guitarra...

O, ya que estamos en Olimpiadas, podía seguir diciendo: si pudiera escribir como Simone Biles hace gimnasia, como Nadal juega al tenis, como Michael Phelps o Mireia Belmonte dominan el agua, como Justin Rose mete una pelota en el hoyo de un solo golpe, como Pau Gasol lanza una canasta, como Usain Bolt desafía al viento...

Porque de eso se trata, de la excelencia. Para ser escritor (y, si lo eres, debes ser un buen escritor) no basta juntar palabras y no tener faltas de ortografía. Tienes que tener talento, originalidad, imaginación, creatividad. Tienes que sorprender. Una vez a Camilo José Cela alguien tuvo la ocurrencia de pedirle que le diera un buen argumento para hacer una novela. Cela le contestó: "Un hombre y una mujer se aman. Con talento, le puede salir a usted "La Cartuja de Parma".

Pues eso. No tengo la intención de reescribir "La Cartuja de Parma", no soy escritora ni haré nunca una novela. Pero sí seguiremos conversando, ustedes y yo, de lo divino y, sobre todo, de lo humano desde este modesto blog durante -espero- otros 400 escritos más. No se van a librar.

¡Salud!

lunes, 15 de agosto de 2016

El bosque antiguo




De pequeña no me gustaban los bosques. En ellos se perdían los niños si no ponías miguitas de pan por el camino, había casitas de caramelo en las que habitaban brujas que te comían en cuanto engordaras, y lobos que te engañaban para llegar antes a casa de la abuelita y poder hacer doblete: cazuela de abuela y nieta al precio de una. Quita, quita. Muchas pesadillas tuve en las que mis padres se olvidaban de mí en las excursiones a Las Mercedes y, luego me veía por la noche perseguida por susurros, aullidos espeluznantes y sombras amenazadoras ¡Uf, qué bueno era el despertar, rodeada de paredes y no de árboles!

Y, sin embargo ahora, ¡cómo me gustan los bosques! Los bosques umbrosos de los que hablaba Garcilaso en sus Églogas, los bosques de los Ents en los libros de Tolkien -"Los Ents amaban los grandes árboles, y los bosques salvajes, y las faldas de las altas colinas, y bebían de los manantiales de las montañas..."- , los bosques vivos y poderosos de "Un cuento oscuro" (Naomi Novik), un libro que leí el mes pasado...

Y, más allá de los bosques literarios, me gustan los bosques reales, aquellos en los que he caminado como si tuviese sobre mi cabeza un dosel verde y acogedor de ramas entrelazadas: en Asturias, en donde habitan las rusalkas, los espíritus de las damas del bosque; en el Perigord, en donde descubrimos la vida que bulle en la aparente inmovilidad; en Inglaterra, lugar de improbables Robin Hood detrás de cada árbol; y, sobre todo, en mi tierra, donde los bosques tienen sabor antiguo.

He estado esta semana pasada en La Gomera, una isla que conozco hace más de 30 años. Durante un tiempo, la visité dos veces al año, en junio y en septiembre, para ir a examinar de la selectividad a los alumnos de allí. Y entre examen y examen, siempre tuve tiempo para dos cosas: darme un baño en aguas transparentes y caminar entre brezos, loros y pinos por el corazón umbrío de la isla. Este verano he repetido el viejo ritual -aguas frescas y sombras del bosque-, como quien hace una promesa al volver a un lugar querido. Y ha sido una maravilla respirar el aire limpio de la cumbre y perderse por senderos, y ver, desde los miradores, las tres islas, nítidas en el horizonte: El Hierro, pequeña y misteriosa; La Palma, verde y ya sin fuego, con La Caldera de Taburiente en el centro; y la imponente figura del Teide en Tenerife ("Si Tenerife quiere Teide, / que lo haga de madera / porque el Teide de verdad / lo disfruta La Gomera", dice una copla).

Caminando por El Cedro y por los altos de Garajonay, por ese bosque de hace millones de años en el que los árboles parecen ancianos que nos miran con ojos insondables, sentimos que alguna vez debimos haber vivido en un lugar así. Y muchas veces, empujados por la nostalgia de aquellos tiempos en los que hablábamos con los árboles, los hombres trasplantamos algún ejemplar a la ciudad, para que nos ayude a recordar. Hay un baobab, traído de no sé dónde, en la calle del Pilar en Santa Cruz, que más parece un turista sorprendido que se pregunta: "¿Qué hago yo aquí?".

Y es que el aquí natural de los árboles es el bosque. Como el de La Gomera de estos días, el bosque antiguo que, antes de la historia, ya estaba aquí, y aquí seguirá cuando todos nos hayamos ido. Despojados del miedo infantil pero no de la magia de los cuentos, ¡cómo me gustan los bosques!