lunes, 13 de noviembre de 2017

Gente que influye




Y no me refiero con este título a peces gordos de la economía o de la política. Ni tampoco a esa cosa que ahora llaman influencers, sea lo que sea eso. No, me refiero a aquella persona que muchos de nosotros hemos conocido en las primeras etapas de la vida y que, de alguna manera, fue importante y marcó nuestro camino. Gente, como el George Bailey de "¡Qué bello es vivir!", que, si no hubiera nacido, ahora los demás no seríamos los mismos.

Tengo un libro que habla de gente así. Se llama "Mi infancia son recuerdos..." y es un conjunto de relatos -coordinado por Josefina Aldecoa- de distintos autores y famosos, voces diferentes que recuerdan "el papel inolvidable de un maestro que en uno u otro momento de nuestra infancia o adolescencia ha sido decisivo para nosotros". Y así, en el libro se ven las deudas de gratitud de Emilio Aragón hacia el profesor que le hizo disfrutar de la lectura, de Concha García Campoy a su profesora porque "ella fue la primera en mirarme con otros ojos", de Fernando Fernán Gómez a la actriz Carmen Seco que le enseñó a recitar versos, de Emilio Lledó al profesor que le preguntaba "¿Qué te sugiere?" tras la lectura de un pasaje del Quijote ("un paso esencial para aprender a pensar, para aprender a ser"), de Manuel Toharia hacia quién le inspiró la curiosidad por la ciencia, o de Fernando Savater hacia quien le enseñó a no mentir.

Cuando he preguntado a mis amigos, casi todos reconocen a alguien así, en su vida. Todos hemos tenido excelentes profesores que amaban su trabajo (y también otros que se equivocaron de profesión y que nunca tendrían que haber dado clase). Pero cuando yo pienso en aquellos años del colegio y en alguien que pueda haberme enseñado algo importante, quien me viene a la cabeza es una monja, la Madre Concepción, que ni siquiera me dio clase.

Nuestra relación con las monjas solía ser de "guerra fría". Desde los 10 años a los 16, durante el Bachillerato, las monjas no nos daban clase sino que eran nuestras cuidadoras. Ellas nos llevaban del patio a la clase o a la capilla procurando que formáramos perfectas filas, supervisaban el aula de estudio para que no habláramos (¿se puede encerrar el agua del mar?), nos castigaban frecuentemente cuando no hacíamos todas esas cosas y, en general, hacían el papel de soldados guardianes hacia los que abrigábamos escasa simpatía (y ellas igual hacia nosotras). Pero cuando teníamos 14 o 15 años, vino al colegio una nueva Directora que nos sorprendió tratándonos como seres humanos adultos.

La Madre Concepción (la Madre Concha la llamábamos entre nosotras) tenía alrededor de 30 años en esa época. Era una mujer alta, guapa y con clase a la que nunca vimos un mal gesto. Nos hablaba, no en plan "coleguita" ni en plan sargento, sino con la naturalidad y el respeto con los que se debe hablar a una persona hecha y derecha. Y a nosotras en su presencia ni se nos ocurría mentirle y hasta le contábamos nuestras trastadas, como la vez que nos habíamos fugado del colegio y cómo luego habíamos vuelto a entrar (porque lo emocionante era la fuga en sí). Tenemos fotos con ella en las excursiones que hacíamos al Teide y, cuando a final de 6º nos fuimos del colegio, ella fue la que nos acompañó en nuestra última comida en común. Cuando años después fui profesora, el recuerdo de su actitud y trato hacia nosotras fue un ejemplo al que acudir cuando me veía enfrente de un montón de adolescentes ante los que tenía que hacer el papel de profesor. Como ella, supe siempre que, si tratas con respeto a una persona, tenga la edad que tenga, ella también te respetará.

Muchas veces en la vida al cabo de los años pensamos en esas personas que nos han influido casi sin ser nosotros conscientes de ello en su momento. Nos damos cuenta después, cuando asumimos que nunca jamás las volveremos a ver, de que fueron importantes, y lamentamos no habérselo agradecido entonces. Pero en este caso, hace cosa de un par de meses en una de las comidas que hacemos regularmente mis amigas del colegio y yo, Eli, que vive en Las Palmas pero que casi nunca se pierde una, nos apareció con una amiga suya, mayor que nosotras. Nada más verla, y aunque habían pasado más de 50 años, supe que era la Madre Concepción.

La Madre Concepción, Concha ahora para nosotras, tiene 87 años y sigue siendo la persona cercana y elegante que era entonces. Con el espíritu y la voz todavía joven que recordábamos, nos contó que, después de aquellos años del colegio, había estado en varios sitios, entre ellos en algunos países de América; que hacía 30 años que ya no era monja y que ahora vive tranquila con su hermana en Las Palmas. Le gusta leer y la música (tiene la carrera de piano), y sale y juega a la canasta cada semana con sus amigas. Estaba verdaderamente contenta de vernos y asombrada de que la recordáramos con tanto cariño.

Hay un proverbio chino que dice: "Cuando bebas agua, recuerda la fuente". Es bueno recordar las fuentes de las que partimos, pero todavía es mejor que la vida te brinde, como ahora, la oportunidad de dar las gracias a quienes, aun sin saberlo, han influido en nosotros ayudándonos a ser como somos. Y este escrito es una forma como otra cualquiera de hacerlo. Gracias, Madre Concha.

lunes, 6 de noviembre de 2017

Al olor del orégano


El Castaño de las Siete Pernadas

Hace unos 3 años, en un post que escribí dedicado a los castaños (lo titulé "Toma castaña"), dije esto:
"Hubo un tiempo en que bosques como éste poblaron la isla. Hubo un tiempo de árboles gigantescos, viejos habitantes de las cumbres del norte, como aquel Castaño de las Siete Pernadas de Aguamansa, del que habla Leoncio Rodríguez en "Los árboles históricos y tradicionales de Canarias". Un árbol con fama de llevar ventura a los que enamoraban bajo sus ramas, y tan grande que se podía subir cómodamente una mesa para sentarse a comer en lo alto.
No sé si ahora existirá este castaño o los castañeros de mi infancia, pero lo dudo...".

Y mira por dónde, hace unos días se me quitaron todas las dudas. Nos invitaron al grupo "Lo que las piedras cuentan" (del que ya les he hablado aquí y aquí) a un desayuno y a un paseo posterior por una finca en Aguamansa, y resulta que el Castaño de las Siete Pernadas ¡existe! Allí estaba, con tres pernadas menos, eso sí, pero en pie desafiando todavía a los siglos. Andrés, uno de los dueños de la finca, nos contó que una noche tranquila, sin tormenta ni viento, lo despertó un estruendo terrible, como si el mundo se viniera abajo. Se levantó enseguida y lo encontró así, partido por la mitad "¿Y qué crees que le pasó?" "Vejez, supongo". Pero viejo y todo (se le calculan más de 500 años), sigue siendo impresionante. Dulce María Loynaz, que también visitó la finca en 1951, habla asombrada de él en su libro "Un verano en Tenerife": "El enorme tronco ha tomado un aspecto rugoso, coriáceo, animal casi. El árbol parece más bien un gigantesco paquidermo coronado de ramas milagrosamente verdes.". Todavía hay un hueco (tapado) en su base en donde está guardada la mesa que a veces se subía a sus ramas y que fue testigo de tantas meriendas felices. Nosotros , 20 personas cogidas de la mano, lo rodeamos y abrazamos porque, según dicen, estos seres centenarios saben transmitir buenas energías.

La finca es enorme (48 hectáreas) y preciosa. En los altos del valle de La Orotava y al pie de los acantilados de Los Órganos, ya muy cerca de la cumbre, está llena de árboles excepcionales: castaños enormes, sí, pero también pinos altísimos y manzanos, perales y otros árboles frutales cargados, en este noviembre, de frutos. Y todo el paseo que hicimos hasta el Castaño, y después, más arriba, hasta la Fuente de los 50 Chorros, estuvo acompañado del olor del orégano que tapizaba el suelo de las veredas y rincones.

El olor del orégano, humilde y familiar, nos llevaba a hablar de mojos, salmorejos, licores de hierbas, cazuelas y de tanto plato nuestro que lo lleva como ingrediente. Yo recordaba, riendo, aquella vez que, caminando entre matas de orégano por los montes de Anaga, mi hermana exclamó: "¡Qué olor a pizza!". Esther rememoraba las procesiones de antes en su Guía natal cuando los Descansos -altares que se ponían en las casas para que la imagen los visitara- estaban unidos por pasillos perfumados hechos de orégano y poleo. Todos, mientras cogíamos un ramito o una planta viva para transplantar, caminábamos con calma, fijándonos en hiedras y flores, o en el tronco hueco de otro castaño herido por un rayo o en las gallinas que andaban a sus anchas por todas partes. El aire era limpio a esas alturas y la casa, con un balcón dirigido al valle desde el que, antaño, el padre de los actuales dueños trabajaba (¡qué gozada!), descansaba bajo el sol, sabiéndose vivida y amada...

Qué bueno es que todavía existan sitios así, tan bellos, en los que sumergirte y gozar en un día de otoño. Qué gusto andar entre árboles que ya estaban aquí cuando se fundó La Habana, árboles ajenos a las minúsculas vicisitudes y preocupaciones que ocupan nuestros días. Qué placer darnos cuenta de que los grandes árboles y las pequeñas plantas del orégano conviven y nos muestran lo que verdaderamente importa: existir dando cada uno lo mejor de sí mismo. Y qué contenta me puso que el castaño que creí perdido y destruido, todavía exista... Un día perfecto.

(A Ricardo, Alicia y Andrés, que nos recibieron generosamente y nos mostraron ese pedazo de isla que han conservado milagrosamente sana. A Iris, tan buena organizadora. Y a nuestro grupo, "Lo que las piedras cuentan", por todo lo compartido)





lunes, 30 de octubre de 2017

Yo es que me mondo



Este chiste fue publicado por Ros (Álvaro Fernández Ros) el pasado lunes, 23 de octubre en El País. Y esta es la carta que escribí (y que nunca envié) al Director del periódico:

Querido Señor Director:

Empezaré jurándole por lo más sagrado que soy de risa fácil. Me gustan las personas con sentido del humor, aquellos que encajan las bromas e interpretan bien una ironía, los que saben dar una respuesta ingeniosa sobre la marcha y se ríen hasta de sí mismos. Disfruto con los libros de P.G.Wodehouse, David Lodge, Sophie Kinsella, Jardiel Poncela, Guareschi, Pancho Guerra... y me río a carcajadas con las películas de los Hermanos Marx, de Jerry Lewis, de Woody Allen, de Louis de Funes y hasta con las de Paco Martínez Soria y Gracita Morales. Me encantan Les Luthiers y sus instrumentos inventados, Martes y 13 y sus empanadillas, Gila y sus guerras y, ya que estamos, todo el Club de la Comedia junto. Vamos, que no cuesta nada hacerme reír y mis amigos saben que hasta con un chiste mal contado lo logran. Y sin embargo, Sr. Director, debo confesarle con profundo pesar que todavía no he podido ni sonreír a medias con un solo chiste de Ros, el dibujante de la imagen inicial, que usted está empeñado de 2 años para acá en meternos diariamente por las narices (dicho con todo respeto y delicadeza).

Convendrá usted conmigo que en estos tiempos que corren, un buen chiste se agradecería y animaría bastante el cotarro en que se han convertido los periódicos. Que nos tienen ustedes en un sinvivir, oiga, entre tantos sobresaltos por la cuestión catalana por un lado, y tanto susto por las gracias del coreano y el loco del pelo amarillo por otro, que un día, como los dejen sueltos, van a armar un desbarajuste en el mundo, con lo que nos ha costado tenerlo medianamente aseadito. No me diga usted que, entre susto y susto, no vendrían bien unas risas. Hasta en su mismo periódico he leído que el ruido de una bomba puede menos que el estallido de una carcajada. La risa es liberadora de miedos, así que, hasta por prescripción facultativa, deberíamos troncharnos ¿Por qué se han empeñado ustedes en que no lo hagamos?

Que conste que no soy la única que no le ve ni maldita la gracia a ese señor. En diciembre del año pasado ya Lola Galán, la Defensora del Lector, afirmaba haber recibido varias cartas de lectores diciendo lo mismo, como uno que afirma: "Desde que comenzaron las viñetas de Ros podría confesar que casi nunca he entendido el contenido".  El dibujante, después de decir que está influenciado por las escuelas inglesa, francesa y americana (?), contrapone lo siguiente:
"Procuro no dejar su sentido en la superficie. No son chistes de un instante, sino en lo que yo llamaría "capas" más abajo. Si no se adivina a la primera lectura, yo invitaría a los lectores a buscarlo, a releerlo, a observar detalles del dibujo. Si no se entiende un significado claro, los invito a observar y disfrutar del dibujo, de ese descanso que ofrece a la lectura que lo rodea en la página de El País. Y los invito a leerme al día siguiente y si tampoco les es claro, me entiendan si les pido que me crean esta frase de Nietzsche en "El crepúsculo de los ídolos": "Lo que necesita ser demostrado para ser creído no vale la pena", que es una manera de decir que si se explica un chiste, se rompe o se marchita".

Yo le diría a esto que no es que no sean chistes de un instante. Es que no son chistes y punto (Definición de chiste: "Dicho. ocurrencia o historia breve, narrada o dibujada, que encierra un doble sentido, una burla, una idea disparatada, etc., y cuya intención es hacer reír"). Pepe Monagas le diría: "Mándese una papa". Pero como imagino que el dibujante lo que nos quiere decir aquí es que quienes lo entienden son los que tienen un coeficiente intelectual de 300 p'arriba, creo que entre todos deberíamos hacer un esfuerzo y aceptar esa invitación para encontrar el sentido de esas "capas" que oculta la imagen. Veamos...

Aquí se ve un molino de viento funcionando. Para que lo haga, el viento tiene que venirle de frente. Sin embargo, se ve que el viento que tumba la palmera está al revés del que mueve al molino ¿Estará ahí la gracia? ¿O a lo mejor en que la mujer en la isla desierta está cogiendo viento y no sol (jajaja)? ¿O que igual lo que está haciendo es secándose el pelo y el molino simula ser un secador gigante (pero funcionando con viento al revés)? Sea lo que sea, ¿qué gracia tiene eso, por todos los santos?

Desde luego, me ha hecho pensar, eso no se puede negar (y escribir esta carta). Pero ¡ay! ¡cuánto echamos de menos aquellos tiempos del dibujante Romeu y su personaje Miguelito, de Quino con Mafalda y sus sopas, de la buenísima Maitena, de Goscinny con Astérix y Obélix (y ¡Están locos esos romanos!), de los pitufos, de Lucky Luke... Nos hacían pensar, pero también y sobre todo, sonreír, reír y carcajearnos...

¡En fin, señor Director! Siempre nos quedará Forges.

Suya afectísima: Una jubilada con ganas de reír a pesar de (o, a lo mejor, a causa de) lo que está cayendo.

lunes, 23 de octubre de 2017

Los tam-tams de la selva




En las películas de nuestra niñez -tipo las de Tarzán o "Las minas del Rey Salomón"- los tam-tams sonaban como llamadas ominosas a la guerra y nos ponían los pelos de punta, cuando en realidad eran peticiones de auxilio entre tribus. Hay una escena en "Cocodrilo Dundee II" en la que Paul Hogan hace también una llamada fraternal con unas vainas, parecidas a las de los tamarindos, a las que da vueltas en el aire produciendo un zumbido que oyen de lejos orejas maoríes amigas.

Algo de eso me pasó hace poco a mí. Cuando una llega a cierta edad tiene un derecho ganado a permitirse caprichos. Siempre me acuerdo de una ministra socialista, Elena Salgado, que decía que a sus 61 años reivindicaba el derecho a tener celulitis. Bueno, pues mi capricho desde los lejanos tiempos en los que abandoné por la fuerza el placer de tomarme un café bien cargado después de la comida es sustituirlo por un trozo de chocolate y, últimamente,  por un After Eight, esas obleas finitas de chocolate rellenas de menta que son, mmmmm, deliciosas. Pues bien, hace poco, cuando iba  a hacer mi compra usual de avituallamiento, me encuentro con que ni en Mercadona, ni en Macro, ni en Hiperdino, ni en El Corte Inglés, y ni siquiera en la gasolinera de mi pueblo , que es lo más, las tenían. Cuando pregunté me dijeron que esas cosas solo vienen en Navidad, igualito que el turrón.

Como el vicio es el vicio, no me quedó más remedio que recurrir al tam-tam y pedir en mis grupos de wasap a familiares y amigos que, si veían After Eight en algún sitio, avisaran a esta pobre chocolateadicta.

¡Y qué pronto dio resultado! Cande me dijo que su hija había visto una estantería llena en Carrefour, Ani me trajo 2 paquetes del Aeropuerto de La Palma, Carmen Delia encontró otro en el Supercor de Candelaria, mi hermana vino con uno desde La Graciosa... Munición suficiente para aguantar hasta las navidades, por lo que les estoy infinitamente agradecida. Como ven, el wasap se ha convertido en el tam-tam de petición de auxilio de estos tiempos.

Hay quienes protestan de los grupos de wasap. Dicen que solo sirven para intercambiar chistes y chorradas, que interviene gente a quien no conoces apenas, que la llegada de mensajes nos importuna continuamente. Puede ser. Pero yo los pienso poner en mi lista de inventos fabulosos del hombre, junto con la lavadora y el tampax. Eso sí, si no quieres chiflarte, los grupos tienen que ser pocos y selectos. Miren, por ejemplo, el caso de dos de los grupos de wasap en los que estoy.

Uno, el familiar, diría que es el sustituto del salón de mi casa de la calle San Miguel, un lugar por el que pasaba todo el personal a lo largo del día: mi madrina que vivía al lado, mis primos, los vecinos de arriba, los amigos del barrio... Allí, mientras la cafetera no paraba de hacer cafés de la mañana a la noche, nos enterábamos de los sucesos y eventos, discutíamos sobre lo que pasaba en el mundo, organizábamos los festejos y regocijos, felicitábamos por cumpleaños y éxitos y consolábamos en los fracasos. Igualito, igualito que lo que hacemos ahora en el wasap. Bueno, no es lo mismo porque no nos vemos y, ay, no nos tomamos aquellos cafecitos juntos, pero, si no fuera por el grupo de wasap, nuestra familia, que es grande y con algunos de sus miembros lejos, estaría más lejos aún.

El otro grupo, el de mis amigas del colegio, las que juntas hicimos el bachillerato y capeamos los mares procelosos de la adolescencia, es el perfecto sustituto también de aquel patio de recreo lleno de laureles enormes que existe ahora solamente en nuestro recuerdo. Entonces allí hablábamos de amoríos y de exámenes, nos dábamos consejos mutuos sobre los infinitos y apasionantes problemas que se nos presentaban y nos ayudábamos frente al mundo adulto. Ahora, en este patio virtual, hablamos de nietos y de la vida, nos aconsejamos para resolver escollos, que ya no nos parecen tan graves, y nos ayudamos en lo pequeño (¿Cómo hacen el potaje de berros? ¿Han leído "Patria"?...) y en lo mayor (una operación, un viaje, una boda...). Tampoco es lo mismo porque 60 años separan las dos situaciones, pero sigue habiendo risas y complicidad y, si no fuera por el wasap del patio del colegio, nos veríamos de pascuas a ramos y no estaríamos tan cercanas como estamos.

De los tam-tams dijo la cantante Totó la Momposina que eran "el ruido del corazón, el que se escucha en el vientre de la madre. A todo el mundo le llama y no sabe la razón".Tam-tam, tam-tam... Mientras ese ritmo siga siendo la mano amiga, el diálogo, el toque familiar, la convicción de que el otro está ahí, oyéndolo, y que puedes contar con él... ¡que sigan sonando en las ondas estos mensajes diarios, oh, benditos tam-tams de la selva de internet!

lunes, 16 de octubre de 2017

Los jallos de las mareas




El Diccionario de Canarismos define jallo como "objeto que arrastra la marea y que generalmente se encuentra en playas y callaos". La palabra jallo es un equivalente a "hallazgo", un derivado deformado del verbo hallar. Es lo que encuentro cuando voy caminando lentamente a la orilla del mar y me detengo para recoger algo sorprendente que las olas han arrojado a la orilla.

Toda la vida los niños hemos buscado jallos en las mareas, pero la primera persona a la que oí llamarlo así, con ese nombre, fue a mi amiga Marianela, cuando hace 3 años partí de sus recuerdos infantiles en el Faro de Alegranza -en cuyas aguas reposan ahora sus cenizas- para publicar el post "Los hijos del farero". Ella me hablaba de los jallos allí encontrados entre los que había hasta botellas con mensaje (echadas a lo mejor por algún Capitán Grant, como en la novela de Julio Verne), y yo le contaba de los míos en El Arenal de Bajamar o en Las Teresitas de antes: una gargantilla de cuentas minúsculas con el nombre de "Singapore", que evocaba historias fascinantes; piedras brillantes y pulidas que parecían preciosas, allí reluciendo bajo el sol; una tabla pequeña y labrada que los niños estábamos convencidos de que era el resto del naufragio de un galeón; una enorme caracola que guardaba dentro el bramar de las olas... Tesoros que guardábamos como si fuera el cofre perdido de algún pirata.

Con las maderas que encontraba en la playa hacía mi tío Aldo esculturas fantásticas. Mi hermana también, en las playas de La Graciosa, ha "jallado" troncos y trozos de remos con los que se ha hecho repisas y marcos de espejos, hoy en la pared de su casa graciosera (en la imagen inicial). Encontrar jallos valiosos -el "costeo" se llamaba esta ocupación- fue siempre un trabajo supletorio para los marineros, una forma de aumentar sus ingresos con los regalos del mar. Viera habla de las preciadas pellas de ámbar gris -una sustancia grasa que se forma en el intestino de los cachalotes y que se usa en productos cosméticos y farmacológicos-, que hicieron ricos a quienes los encontraban. Playa Lambra en La Graciosa es una deformación de Playa del Ámbar.

Y es que el mar, cuando no le da el pronto, es bastante generoso y guarda en su interior lo que no está escrito. Ya lo decía el Capitán Nemo, otro gran descubridor de "jallos" (solo que en los fondos marinos) en "Veinte mil leguas de viaje submarino": "El mar provee a todas mis necesidades", tanto alimenticias ("mis rebaños, como los del viejo pastor Neptuno, pacen tranquilamente en las inmensas praderas del océano"), como hallazgos personales, productos del mar y de despojos de naufragios: perlas, conchas, lingotes de oro..., que dejaban boquiabierto al profesor Aronnax, el protagonista del libro.

E igual pasa en la vida. Si buscamos con cuidado, vamos encontrando los jallos que las mareas del destino van arrastrando cerca de nuestro camino: un trabajo que nos gusta, un amor verdadero como en los cuentos, un lugar en el que encontrarnos bien, un libro o un poema que nos impacta y conmueve, el recuerdo luminoso de los que se fueron y la compañía de los que aún estamos aquí... Tesoros que nos hacen volvernos shakespearianos ("Hay una marea en la vida de los hombres cuya pleamar puede conducirlos a la fortuna...") y que guardamos como si fuera el cofre del pirata. Igual que cuando éramos niños.


lunes, 9 de octubre de 2017

En el ombligo del mundo: un viaje a Grecia


(La Sibila de Delfos, de Miguel Ángel)

En aquellos lejanos tiempos en los que los dioses dominaban la Tierra, Zeus -que, a pesar de ser el rey de todos ellos, no lo sabía todo- quiso averiguar en qué lugar estaba el centro del mundo. Para ello puso a volar a dos águilas desde cada extremo del universo y lanzó desde los cielos una piedra, el omphalós, el ombligo del mundo. Águilas y piedra se encontraron  en Delfos, una zona de aires limpios en la ladera del Monte Parnaso, cercado por rocas centelleantes, las Fedríades. Allí se levantó un templo a Apolo y, no sólo se guardaban los Tesoros de las Ciudades-Estado (era tierra sagrada e inviolable), sino que también se resolvían las preguntas e inquietudes sobre el futuro que ricos y pobres llevaban a los pies de la Pitia o Pitonisa. Esta, medio colocada por extrañas emanaciones que brotaban de la tierra, daba enigmáticas respuestas que los sacerdotes traducían e interpretaban.

He estado en estas dos semanas anteriores allí, en Delfos, en el ombligo del mundo, un lugar bellísimo que transmite paz y hace pensar en la Grecia original. Hemos subido la montaña sagrada igual que los miles de peregrinos que antaño tenían tanta fe en las respuestas del Oráculo ¿Qué le hubiéramos preguntado entonces sobre el tiempo por venir? ¿Vislumbraría algo de lo que esperaba al mundo como para dar una respuesta sabia?

¿Habría adivinado la Pitia este futuro en que los nombres de los dioses y de los filósofos han sido degradados a carteles en hoteles y restaurantes (Hotel Hermes, Hotel Poseidón, restaurante Epikouros, Taberna Panta Rei, Shop Artemisa...)? ¿Habría pre-visto las riadas de japoneses llegados en cruceros de alturas imposibles contaminando el aire con flashes y selfies y llenando las calles de los pueblos blancos del sur y de las islas? ¿Le habría dado un pasmo la visión de los pueblos convertidos en un enorme escaparate de ofertas repetidas? ¿Habría soportado la carga de las desapariciones de tantas bellezas: ciudades enteras que una vez fueron poderosas, como Micenas y la propia Delfos; estatuas consideradas maravillas del mundo como la de Zeus en Olimpia o la de Atenea en el Partenón; tesoros de los que nunca más se supo...? ¿Sufriría una depresión muy grande al darse cuenta de que ya no era el ombligo del mundo?

Si la Pitia -la Sibila de Delfos que Miguel Ángel inmortalizó en el techo de la Capilla Sixtina- fuera verdaderamente sabia y vislumbrara la Grecia actual, me atrevería a decir que no quedaría decepcionada porque lo importante se ha conservado. Vería que en los griegos de hoy sigue latiendo el mismo ingenio y tesón de aquellos inventores y constructores que edificaron enormes templos e idearon los primeros artilugios de la ciencia (hasta un "cine" capaz de presentar un mito en movimiento). Sus descendientes han hecho la maravilla del Canal de Corinto que cercena un istmo en dos o el Museo Nacional frente a la Acrópolis, un edificio hecho de inteligencia y luz. Y se hacen fuertes frente a las crisis.

Comprobaría que sigue habiendo fiesta y risas y magia en las tasquitas frente al Mar Egeo, en donde se siguen sirviendo los mismos alimentos que comía Platón: aceitunas, queso, berenjenas, higos, pepinos, pescados... y un vino fresco y dorado que te puedes morir. Que los paisajes tienen, igual que antes, el color del verde de los olivos que les regaló Atenea y del azul transparente del mar de Poseidón. Y que el sol sigue tiñendo de naranja el cielo y congregando adoradores en cada atardecer.

No, nosotros sabemos (igual que esa Sibila clarividente hubiera adivinado si lo fuera) que allí ya no está el ombligo del mundo, si es que estos existen.  Pero, igual que el sonido radial de una campana, las ondas de aquella civilización prodigiosa han llegado hasta nosotros: la filosofía, la ciencia, la idea de la democracia o de unos juegos universales (todavía se llaman olímpicos)... allí nacieron y se propagaron hasta hoy. Hasta en el fondo de nuestro lenguaje viven las raíces griegas. Por eso, como en un rito, mis compañeros de viaje y yo, al final de cada comida, hemos alzado una copa de ouzo, el licor griego hecho de uvas maduras y anís, y hemos brindado por esa Grecia eterna que forma parte de lo que somos.


Delfos
El omphalós, el ombligo del mundo
Lepanto
El Canal de Corinto
Hasta el vino alude a mitos. Este (delicioso) al León de Nemea

Atenas desde la Acrópolis


lunes, 18 de septiembre de 2017

Había una vez un pueblito que quiso ser independiente




Había una vez un pueblito que quiso ser independiente... y no hablo de quienes ustedes piensan. Ya bastante guineo tenemos con ellos en televisiones y periódicos. No, lo que yo quiero contarles hoy, ocurrió hace mucho, mucho tiempo y no en una galaxia muy lejana. Para no andarnos con rodeos, fue en 1925 y en un pueblito, más bien un pago, de Los Llanos de Aridane en la isla de La Palma: Tazacorte.

El porqué a este pueblo le dio en ese momento por desear la independencia, no ya de Los Llanos, no ya de la isla de La Palma, no ya del Archipiélago Canario, sino de España entera, yo creo que habría que buscarlo en un hecho ocurrido unos 14 años antes. En 1911, Tazacorte era un pueblito pesquero con 2500 habitantes y, ya entonces, lo que más querían estos, sobre todo los progresistas, era no tener que depender de Los Llanos, que desde lo alto los miraba paternalista (en la imagen, puede verse). El caso es que, según cuenta el periódico "El Apurón", solicitaron al gobierno de la nación, con el correspondiente papeleo y la intercesión de Pedro Pérez Díaz, líder republicano y abogado del Consejo de Estado, que les concedieran el privilegio de ser ciudad y ¡se lo concedieron! El edicto del rey Alfonso XIII decía así: "Queriendo dar una prueba de mi Real aprecio al pueblo de Tazacorte, provincia de Canarias, por el desarrollo de su agricultura, industria y comercio, y su constante adhesión a la Monarquía Constitucional. Vengo a concederle el título de Ciudad. Dado en palacio el 23 de marzo de 1911. Alfonso"

¡Para qué fue aquello! Los palmeros no se cortan un pelo a la hora de hacer una buena celebración y esta lo fue ¡Nada menos que ser una ciudad! ¡Igual que Santa Cruz de La Palma, igual que Madrid, igual que Nueva York! Cohetes voladores, manifestaciones con bandas de música, banderas, gritos de euforia y cánticos hasta altas horas de la madrugada... ¡Una juerga monumental de varios días, vaya, que hasta el guardia tuvo que ir a pedir que se cortaran un poco, que había gente durmiendo!

Pero no a todo el mundo le gustó la decisión. El diputado conservador por La Palma en Madrid empezó a dar la lata allí poniendo a los de Tazacorte a caer de un burro: que si eran un barrio de barqueros salvajes y peleones, que si eran anticlericales y antimonárquicos, que si daban gritos subversivos... Y tanto manejó amistades y tanto susurró maquiavélicos comentarios en oídos compinches que consiguió que el gobierno diera marcha atrás, poniendo como excusa que se habían equivocado de nombre y que a quien habían querido nombrar ciudad era a Tacoronte en Tenerife. Tacoronte, sin comerlo, ni beberlo, ni haberlo solicitado, se vio convertida en ciudad ¿Se imaginan, después de las celebraciones, el desinfle, la afrenta y la indignación de los bagañetes (así llaman a los tazacorteros)?

Esa rabia tiene que haberles durado unos cuantos años más, en los que cualquier minucia se sumaba a la malquerencia de España. Y en 1925 dijeron que hasta aquí llegamos y ¡hala! se declararon unilateralmente independientes de España. "Con bicheros, palos y cañas / gritamos con voz de calibre: / ¡Viva Tazacorte libre / e independiente de España!" cantaban por las calles, mientras con escopetas de caza guardaban las "fronteras" y no dejaban entrar a ninguno de los "extranjeros" palmeros que los rodeaban. La independencia les duró 3 días. Al tercero, las autoridades, que no se andaban con muchos miramientos, aparecieron en la costa en forma de buque de guerra y ni cortos ni perezosos les mandaron un obús que, pasando limpiamente sobre el pueblo, fue a dar a la montaña de Argual (obuses tenían pero lo que es puntería, poca). Los de Argual eran extranjeros, claro, pero hasta hace 3 días eran sus vecinos y parientes. No les quedó más remedio que rendirse, abrir fronteras y proclamarse otra vez españoles. La buena noticia fue que ese mismo año les dejaron independizarse de Los Llanos y desde entonces Tazacorte es un municipio (que era lo que siempre quiso ser desde el principio).

En esta historia curiosa que todos los palmeros conocen (gracias, Enrique y José Vicente, por contármela) hay mucho material de reflexión: las pasiones por las que luchamos, las puñaladas traperas que se dan en política, las prioridades, lo malas que son las decisiones unilaterales, lo disparatada que es la naturaleza humana... Errores y aciertos forman parte de la historia de los pueblos. También de este, cuyas gentes hablan de ellos con humor en las parodias que representan en las fiestas de San Miguel. Hoy los de Tazacorte siguen siendo luchadores, apasionados y avanzados en todo (no por nada en La Palma a su pueblo se le llama "el París chiquito"). Y en estos tiempos que corren, más de uno habrá que recuerde, sentado tranquilamente en la Avenida, la gesta de hace un siglo, mientras se come un pescado fresquísimo frente a ese mismo océano, ancho y sereno, desde el que una vez les disparaban obuses con mala puntería.
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